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TÍTULO ORIG.

Robin Hood 6.2/10

AÑO

2010







DURACIÓN

140 min.

 




PAÍS



 




DIRECTOR

Ridley Scott

GUIÓN

Brian Helgeland (Historia: Brian Helgeland, Ethan Reiff, Cyrus Voris)

REPARTO

Russell Crowe, Cate Blanchett, William Hurt, Max von Sydow, Mark Strong,

Danny Huston, Oscar Isaac, Matthew Macfadyen, Lea Seydoux, Eileen Atkins, Mark Addy, Kevin Durand, Scott Grimes, Douglas Hodge, Alan Doyle, Robert Pugh, Gerard McSorley.



GÉNERO

Aventuras. Acción | Siglo XIII. Edad Media. Capa y espada. Cine épico

SINOPSIS

Inglaterra, siglo XIII. Robin Longstride (Russell Crowe), un magnífico arquero que lucha en las Cruzadas al servicio del rey Ricardo Corazón de León (Danny Huston), vuelve de Tierra Santa saqueando poblados mientras lucha contra las tropas francesas. Cuando Ricardo muere alcanzado por una flecha francesa, Robin se traslada a Nottingham para cumplir una promesa que hizo a Sir Robert Loxley (Douglas Hodge) antes de morir: llevar su espada a su padre, Sir Walter Loxley (Max Von Sydow). Allí conoce a Lady Marion (Cate Blanchett), la viuda de Loxley. Mientras tanto, en Inglaterra, reina Juan Sin Tierra (Oscar Isaac), un rey sin carácter e incapaz de hacer frente tanto a las rebeliones internas como a las amenazas externas urdidas por el pérfido Godfrey (Mark Strong). El objetivo de Robin y sus hombres será impedir una sangrienta guerra civil y devolver la gloria a Inglaterra.

CRÍTICAS

Adulta pero no demasiado seria; llena de acción pero no juvenil... No sólo es la peli de Robin Hood sin melena que hemos estado esperando durante décadas, sino también el trabajo de Ridley Scott y Russell Crowe más entretenido desde Gladiator.

Esta película, estéticamente imponente, incorpora abundantes dimensiones político-históricas a su épico lienzo, aunque a menudo parece destinada a sofocar cualquier placer que el público pudiera haber obtenido de la leyenda popular.

Reconcilia de forma inteligente diversas tendencias del mito de Robin Hood. No hay duda de la potencia y la excelencia del cine que se despliega en la pantalla.

Una elaborada y bien hecha película de violenta acción que usa el nombre de Robin Hood por la sencilla razón de que es un marca reconocible no protegida por el copyright.

Quizás lo peor de este tedioso asunto es que resulta esencialmente una precuela para el Robin Hood más conocido por redistribuir las riquezas.

La probada habilidad de Scott para las secuencias de acción no es suficiente. El empeño por 'intelectualizar' la historia (...) termina por aniquilar cualquier amago de encanto emocional. De otro modo, sobra reflexión, falta flexión, es decir, emoción

La película está desprovista de tensión, sentido de la aventura, humor, dramatismo y sentimiento. Es un producto de apariencia impecable, pero falto de vida.

Scott construye unos fondos muy verosímiles y potentes, escenas espectaculares, y también unas figuras acordes con esos fondos.






Ridley Scott continúa su rumbo errático bajo los moldes del cine más comercial.

Desde este momento no le debo nada ni a Dios, ni a los hombres”. Con esta sentencia que Robin Hood esgrima a sus compañeros al principio de la película, cuando está a punto de ser decapitado, queda claro para los que todavía tengan dudas, que Robin Hood es lo más próximo al Gladiador que el propio Ridley Scott dirigió hace ya una década. No sólo el hecho de que Russsell Crowe vuelva a protagonizar -en su quinta colaboración con Scott- al personaje principal nos remite al Máximo Décimo Veridio que interpretó en Gladiador sino que de nuevo la historia se centra en un héroe que salva a toda una nación de su propia ruina y que bajo una pétrea integridad moral sólo muestra sus principios y creencias como único motivo para la lucha. Esta vez las espadas y los yelmos se ven sustituidos por flechas y cotas de malla, y el Coliseo romano por el bosque de Sherwood. Cierto es que la épica a la que nos suele tener acostumbrados Ridley Scott mantiene su pulso formal, aunque no logra emocionar debido a un guión que se pierde en los recovecos políticos de la trama y se olvida por completo de la evolución de su personaje principal.

Si algo aporta esta nueva versión, de las más de treinta que ya se han rodado sobre el legendario arquero, es que bien podría funcionar como una precuela de todas las anteriores. La historia de este Robin Hood firmado por Brian Helgeland, guionista entre otras de Mystic River, se centra en los orígenes de mito. En lo que sucedió antes de que Robin Hood pasara a ser una leyenda mundial. Por tanto, algunos de los pasajes más famosos de la leyenda -como la lucha con palos sobre el río entre Little John y Robin Hood o el entrenamiento de los moradores de Sherwood que pudimos ver en Robin de los bosques (The adventures of Robin Hood, 1938) o en Robin Hood, príncipe de los ladrones (Robin Hood, Prince of Thieves, 1983)- desaparecen aquí para centrarse en cómo Robin Hood ayudó al pueblo inglés a evitar la invasión francesa en el siglo XIII. Los hechos históricos se mezclan con la leyenda en una narración que arranca con la muerte de Ricardo Corazón de León y el traslado de Robin Longstride a Nottingham para comunicar la muerte de un oficial del rey que le pide como último deseo que devuelva su espada a su padre. Robin viaja a Nottingham, y tras entregarle la espada es acogido por Sir Walter Loxley, interpretado por un Max Von Sydow que parece el Antonius Block envejecido de El séptimo sello. Haciéndose pasar por su hijo, Robin y la hija de Loxley, lady Marion se enamoran y Robin descubre que su origen y su procedencia está en Nottingham. Con ecos del Braveheart de Mel Gibson, Robin (ahora ya de “Loxley”) une a los pueblos ingleses en la lucha contra la invasión francesa en un espectacular desembarco final rodado a la antigua usanza, es decir, con más extras y efectos especiales que efectos digitales y postproducción, y en el que formalmente resuenan algo más que los disparos del desembarco de Normandía rodado por Spielberg en Salvad al soldado Ryan.

Durante el descubrimiento del pasado de Robin que se muestra a través de los nada sutiles flashbacks se siembran (y no se resuelven) numerosos enfrentamientos que además de rellenar el innecesario minutado, crean suficiente expectación como para que el espectador reclame una resolución. Por supuesto, para la decepción del público, ésta nunca llega y la lógica narrativa capitula bajo los criterios del yugo que impone el cine más comercial. En primer lugar la confrontación entre Sir Godfrey y el canciller William Marshall, interpretado por William Hurt, que tras la destitución de su puesto en virtud de Sir Godfrey después del nombramiento como rey del príncipe Juan, le jura al nuevo canciller que vigile bien su espalda porque elegirá muy bien el lugar donde clavarle la daga. Sin embargo, será en el desembarco francés, cuando el propio Robin Hood atraviese con una certera flecha el cuello del canciller, con un espectacular plano aéreo que simula el recorrido de la flecha. Por otra parte, los niños huérfanos de Sherwood, a los que se otorga demasiado misterio al principio de la película, pasan a un segundo plano y apenas influyen diluyéndose su relevancia en la trama. No será hasta la batalla final cuando de nuevo aparezcan (de forma algo ridícula e innecesaria) cabalgando sobre ponys bajo las órdenes de lady Marion como si fueran los Rohirrim del El señor de los anillos. Se echa de menos también algún que otro momento para la comedia, algo que sí lograba el Robin Hood interpretado por Kevin Costner, y que es pasto obligado para el buen cine de aventuras. Son demasiados los cabos sin atar en un guión muy previsible que cierra su pobre aportación a la leyenda británica, bajo la voz en off de lady Marion relatando cómo Robin Longstride se convirtió en Robin Hood, saltándose además el punto de vista que se había mantenido durante toda la película.

En lo puramente formal, Scott demuestra una vez más que es uno de los directores más fiables en cuánto a épica atmosférica se refiere. La recreación de la época contentará al público que no le pida más a la historia, a través de un montaje que mantiene el ritmo durante todo el metraje, y que a pesar de abusar del nerviosismo en la cámara al hombro, fluye con normalidad y pragmatismo, aunque en su globalidad recuerde a numerosas películas vistas recientemente. No hay ningún riesgo de aquel director que proponía nuevos camino con películas como Blade Runner o Alien y que tanto influyó en la cinematografía de género. Por suerte, tampoco estamos frente a la mediocridad ofrecida en su última película medieval, El reino de los cielos. Sin embargo, Ridley Scott parece deambular bajo la lógica de los criterios comerciales, anquilosado en su propia realización, y sin ofrecer nada que sorprenda o emocione. Decía la espada que detona toda la trama de este nuevo Robin Hood “alzaos una y otra vez hasta que los corderos se vuelvan leones”. Ridley Scott, tal y como le sucede a otros directores que tanto han influido en décadas anteriores como Tim Burton o Martin Scorsesse, parece haberse convertido en un dócil corderito demasiado petrificado y cómodo bajo su sombra olvidando la fiereza que le caracterizó en el pasado.

El molde ya está hecho, queda claro que funciona y el riesgo por parte del director británico no se intuye por ninguna parte. Sin embargo, la épica lograda bajo esta horma de cine espectáculo no deja cabida ni a la sorpresa ni a la emoción. Y sin sorpresas y emociones, por muy bueno que sea el molde, la película acaba resultando de forma irremediable tan repetitiva como lo resulta ver por enésima vez a Robin Hood caminando por los bosques de Sherwood.



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