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Retrato de Dorian Grey El



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Retrato de Dorian Grey El

TITULO ORIG.

The Picture of Dorian Gray 7.3/10

AÑO

1945

 




DURACIÓN

110 min.

 




PAÍS



DIRECTOR

REPARTO

Albert Lewin

Hurd Hatfield, George Sanders, Donna Reed, Angela Lansbury,

Peter Lawford, Lowell Gilmore, Richard Fraser, Morton Lowry.




Drama

SINOPSIS: Un hombre consigue no envejecer al hacer un pacto con el diablo, sin embargo si que lo hará su retrato, en el que se reflejarán todos los actos que haga.






Magnífica novela de Wilde que sin embargo fue desaprovechada, no quiere decir que sea mala película pero pudo haber sido mucho mejor, esto se nota aún más para quienes hayan leído la novela antes de ver esta producción.

La historia es excelente, salida del genio creativo de Wilde nos lleva a reflexionar acerca de ideales humanos tales como el bien, el mal, la juventud, la belleza y de manera muy interesante, la manía de Hollywood de no dejar ninguna historia quieta le agrega detalles y hasta personajes a la trama, lo cual no hace del todo mal, sobre todo si miramos los desastres que ha ocasionado esta costumbre en otras obras.

Gracias a la originalidad de la trama y a que invita a la reflexión la historia se crece aún más dentro del mundo cinematográfico, y si usted desea ver esta historia en vez de leerla no parece que tenga otra opción aceptable que no sea esta película. La narrativa está muy bien llevada y sobre todo se ajusta a la novela y a la época, ya que sugiere en vez de mostrar y las pocas veces que muestra logra su efecto de manera adecuada.

Los diálogos son muy acertados y además fieles a la novela, la banda sonora tiene sus momentos buenos pero debo confesar que me fastidió el “goodbye little yellow bird” apenas a la segunda vez de escucharlo, el vestuario está muy bien así como el maquillaje, en cuanto a la dirección pudo haber sido mejor aunque no está del todo mala, cumple pero no sobresale; lo que sí me parece muy bien es la fotografía, utilizando el color sólo en momentos claves y el resto de la película en blanco y negro, lo único que le criticaría es que las luces son fuertes, un poco más sombría hubiese sido mejor.

En el reparto no cabe duda que el show se lo lleva George Sanders, el personaje le da material y él lo aprovecha excelentemente, el protagonista gestualmente está muy bien pero a la hora de hablar falla, se vería bien en cine mudo o en teatro pero en cine sonoro se le nota la falta, los demás están correctos pero sin sobresalir y Angela Lansbury no lo hace mal pero tampoco como para haberse ganado la nominación al Oscar.





Lo único importante es la belleza.

Albert Lewin, director de dos películas (ambas sobresalientes; la otra es Pandora y el holandés errante, de 1950, con James Mason y Ava Gardner, entre otros), escribió y realizó en 1945 la que, hasta la fecha, es la mejor adaptación de la inmortal novela de Oscar Wilde. Se ha dicho a menudo que su mérito es nulo, que se limita a copiar fielmente los diálogos de la novela y a mutilar diversos fragmentos y reflexiones. Injusta valoración propia de quien critica el cine según un modelo meramente literario y no cinematográfico, por no mencionar el hecho de que sería estúpido pretender adaptar la obra (como han hecho todas y cada una de las versiones posteriores, concebidas en apariencia para el lucimiento de los distintos guaperas de moda pero sin garra ni mordiente más allá de una estética pretendidamente sofisticada pero vacía) sin incluir las magistrales conversaciones que escribió Wilde, en las cuales reposa la mayor parte de la carga filosófica, moral e intelectual de una obra maestra de la literatura.

Como tal obra la historia es bien conocida: Dorian Gray (Hurd Hatfield) es un elegante y sofisticado joven de la alta sociedad londinense cuya belleza angelical no pasa desapercibida para las mujeres y cuya fortuna permite que su futuro matrimonial sea objeto de interminables polémicas en los salones de té de las damas de la aristocracia. Esa belleza no le pasa inadvertida a Basil Hallward, un pintor en horas bajas que descubre en el rostro de Dorian el vehículo para la realización de un retrato perfecto y en éste la rentabilidad que sus pinturas habituales no le dan. Dorian, complacido en su vanidad, accederá a ello y acudirá con frecuencia al estudio del pintor, al igual que un amigo de éste, un cínico y sarcástico lord llamado Henry Wotton (impecable, absorbente, magnético George Sanders), que se ve inmediatamente atraído por la personalidad de Gray y por el efecto que una belleza tan perfecta ejerce en él mismo y a su alrededor. La amistad (o mejor dicho, dependencia) que surge entre ambos les lleva a compartir innumerables veladas, ya sea en el estudio, en las cenas y bailes de sociedad, o en, poco a poco en mayor medida, los suburbios de Londres que dan cobijo a los bajos fondos: fumaderos de opio, cabarets de dudosa moral, locales de juego… La vanidad de Dorian, su propia frustración al comprender que su éxito social se debe a su belleza y no a quien realmente es él bajo la capa de piel que lo cubre, le hará formular en voz alta el deseo de permanecer siempre hermoso, pacto implícito con el diablo que se cumplirá y que hará que durante más de veinte años sea el retrato de Basil, y no él, quien sufra las consecuencias del paso del tiempo, pero también de la caída en picado, de la decadencia moral en que se sumirá el propio Dorian en su lucha por conservar a la fuerza los efectos de una belleza que no era tan exterior, un paso del tiempo que, junto a su cada vez mayor bajeza moral, irán creando una figura terrorífica, el rostro de un interior putrefacto, criminal, degradado y malvado.

La relación entre ambos, esa homosexualidad latente con tendencia a la dominación, sirve para la introducción de todas esas píldoras de sabiduría de las que la novela es una interminable fuente de la que extraer aforismos. Experiencia es la palabra con la que llamamos al conjunto de nuestras equivocaciones, o la frase que encabeza este artículo, son buenas muestras de ello. En especial el personaje de George Sanders es un continuo altavoz de genialidad del que a cada momento emanan axiomas metafísico-existenciales, a la par que es plasmación de una lógica implacable y terriblemente asumible, intelectualmente ingeniosa, brillante. Lord Henry, cual Pepito Grillo del averno, es la voz de la conciencia del propio Dorian que lo inclinan al mal camino de la explotación sin límites de su narcisismo, y a la persecución continua de una acumulación de satisfacciones con la belleza exterior como única raíz. Wottom es también su principal cicerone en esta caída a este infierno dantesco en el que la corrupción nunca tiene techo y los medios para conseguir la propia satisfacción, el mantenimiento de una belleza hechizante que formalmente es la misma pero cuya percepción por las mujeres ha variado por entero, llegan incluso al asesinato.

Así, Wilde nos habla de la perversión del culto a la belleza como único ingrediente de la vida o del arte (podríamos cambiar “belleza” por “entretenimiento” y trasladar la trama al Hollywood actual), de la belleza o más bien de la superficialidad, critica la vanidad y la autocomplaciencia, no ya de quienes son tan débiles de dejarse arrastrar por tales valores, sino de quienes dejamos que éstos sean los que gobiernan una sociedad corrupta y podrida donde se exalta lo vulgar, lo feo y lo vacío, mientras que reflexiona además acerca de cuestiones como el carpe diem y el tempus fugit, que Lewin traslada acertadamente con esa atmósfera entre gótica y onírica que salpica toda la película y que está emparentada con los ambientes de horror de los cuentos de Edgar Allan Poe.

En particular, la habilidad de Lewin para la utilización de los escenarios como acertado complemento del retrato interior de cada personaje resulta notable, así como la pormenorización en determinados objetos que sirven para marcar pautas narrativas (ya sea, por ejemplo, el propio retrato, en el que, sobre todo al principio, se sugieren las primeras mutaciones en su constitución moral con la utilización de distintos ángulos de cámara, como en el uso del color y su contraposición al blanco y negro predominante en la cinta, o esa estatuilla de un ídolo egipcio cuyo plano de detalle aparece siempre que se invoca el pacto diabólico que Gray ha urdido con la providencia y el paso del tiempo). Sin embargo, es cierto que Lewin manifiesta cierta falta de pericia y ambición a la hora de arriesgar con una narración que bien podría dar mucho más de sí, aunque a juicio de quien escribe, logre transmitir el papel subterráneo de un ente demoníaco a través de su desdoblamiento en varios caracteres (el propio Gray, y sobre todo Wottom, pero no son los únicos) u objetos (la mencionada estatuilla o el retrato), entendido no como la fantasiosa creación de un ser rojizo con cuernos, rabo y tridente, sino como la propia naturaleza del mal, del lado oscuro del hombre.

Con todo, la recreación de la atmósfera y de la tensión narrativa es más que correcta, y nos hace pasar sucesivamente del terreno del drama de época al suspense criminal y de ahí al cuento de terror gótico precursor de otras cinematografías más recientes, al mismo tiempo que en esencia conserva los parámetros críticos que Wilde plantea en su novela, su agudo retrato de las debilidades del ser humano, de sus ambiciones, anhelos e imperfecciones, de su moral a la carta, todo adornado con un ingenio que inquieta a la vez que hace sonreír tanto por el poder y la fuerza irreprochable de sus argumentos como por la sutil ironía que suele acompañarlos, una vez más, gracias a la magnífica interpretación de Sanders, muy por encima en su papel de cualquier otro actor de la cinta, desde luego más que el sosainas de Hatfield, y también más que Peter Lawford, Donna Reed o la, por aquel entonces, prácticamente encasillada en papeles de estética victoriana, Angela Lansbury.

Una magnífica película, estupenda adaptación de una todavía mejor novela, imprescindibles ambas, para mirarnos al interior de nosotros mismos y reflexionar acerca de conceptos tan vigentes hoy en día como la hipocresía, la moral colectiva, los valores y costumbres inducidos a través de la llamada “aceptación social” y la superficialidad utilizada como anestesia a través de la cual confundir la falta de reflexión, de duda, de pensamiento, con la ansiada felicidad.






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