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SINOPSIS


Un grupo de sefarditas que no se resigna a aceptar el hecho de que la historia considere al pueblo judío, como causante de la muerte de Jesús, decide representar el "Proceso a Jesús" de cara al público. El objetivo que persiguen es aclarar si estuvo justificado condenar a Jesucristo.

El dramaturgo Diego Fabri, escribió un famoso drama titulado "El proceso de Jesús".

El tema de la obra se centraba en la reproducción que pretendían hacer unos judíos, del siglo veinte, del juicio a que fue sometido Jesús, para intentar decidir si la condena de Cristo resultó o no correcta con arreglo a la legislación positiva vigente en el tiempo del proceso. Ante un Tribunal designado a tal fin van compareciendo en el escenario una serie de testigos, que representan a distintos personajes evangélicos. Todos representan sus papeles con sinceridad y seriedad, como si efectivamente estuvieran testimoniando sobre hechos y cuestiones recientes.

Pero el proceso no llega a su final. De pronto se alzan voces desde el patio de butacas desde un palco y un proscenio, desde un pasillo por un acomodador, desde la sala de espera por la mujer de la limpieza, desde el propio escenario por un tramoyista que lo invade... Discuten con el Tribunal, gritan y apostrofan a los jueces y defienden apasionadamente al procesado. Todo está previsto y predeterminado en el entramado de la obra; pero surgen también esta vez con espontaneidad verdadera, otras voces de contagio entre diversos espectadores:

'- ¡No matéis a Cristo! ¡Jesús es inocente! ¡No nos quitéis al Señor!...

El proceso de Fabri concluye sin sentencia, pero el fallo absolutorio lo pronuncia el público y no el tribunal, es espontáneo y no meditado, y nace del corazón y no de consideraciones jurídicas.

Creo, sin embargo, que el tema debe ser abordado desde el estricto punto de vista del Derecho.

El proceso de Jesús no se comprende, si no se conoce:

Primero: la realidad sociopolítica de su entorno.

Segundo: los sentimientos e ideologías de sus incondicionales y de quienes se declararon sus enemigos.

Tercero: las normas legales referentes a las facultades penales y competencias de quienes con alguna Autoridad juzgaron y sentenciaron a Jesús.

Pero es aún más imprescindible conocer lo que Cristo hizo, y lo que Cristo dijo y lo que Cristo predicó, para deducir de ahí si su conducta pudo o no infringir el derecho vigente y, por tanto, si su condena tuvo o no atisbos de juridicidad y conformidad en el Derecho aplicable.

Problemas estos que presentan hartas dificultades a la hora de abordarlos objetivamente, las fuentes históricas pueden resultar escasas o insuficientes y contradictorias y no desapasionadas. En el creyente puede más su fe que la realidad contrastada. En cualquier adversario puede haber un fondo de resentimiento en menor o mayor manera disimulado. El cristiano convencido y el anticristiano, el amigo y el enemigo, cuando escriben sobre el tema, ponen más su pasión que su conocimiento.

Creo que debo ceñirme a la única fuente cierta y primordial: a los Evangelios; y si acaso a algún dato histórico de autor no sospechoso en materia no discutida y cuya autenticidad no sea dudosa. Por ejemplo, el historiador casi contemporáneo de Cristo Flavio Josefo se refiere a los movimientos independentistas de los llamados "Zelotes" o "Zelotas" que durante un cierto tiempo -unos setenta años- protagonizaron escaramuzas y motines contra los romanos, habiendo enfrentamientos cruentos, asesinatos y mortandades. Sostienen algunos historiadores que, entre los discípulos de Cristo, algunos pertenecían a la secta zelota. Se ha insistido especialmente sobre Judas Iscariote, e incluso sobre los Hijos del Trueno, Santiago y Juan.

Es importante constatar que la expresión "Rey de los judíos", que gustaba a los Zelotes, desempeñó un papel decisivo en la condena de Jesús y en que se le aplicase un género de Condena (la cruz) reservado a los esclavos y rebeldes.

Lo que es evidente es que ningún pueblo había ofrecido a la dominación romana una continuada resistencia política tan obstinada. No es pues de extrañar que gran parte del pueblo simpatizase con los zelotes, puesto que el romano, como todo opresor, era generalmente odiado. Este pueblo judío que se consideraba el elegido de Dios, deseaba ardientemente el advenimiento del Mesías anunciado por sus Profetas, estaba ansioso de un Rey, fuerte como David y esplendoroso como Salomón, que llevara a Israel a las más altas cimas de su gloria.

Es de tener en cuenta que cuando un pueblo con exacerbado deseo de libertad, que se considera el elegido del Señor, y que ha puesto fin a su cautiverio tras innumerosos años de tenacidad, librándose de los egipcios, cruzando el desierto durante cuarenta años de penalidades, y que sufrió nuevos cautiverios y persecuciones hasta quedar sometido a la soberanía del soberbio romano... cuando este pueblo cree que ha encontrado su Mesías, un David que les dará poder y gloria, desborda su entusiasmo. Pero cuanto mayor es el júbilo, más grande será después la decepción.

Porque, el que ha sido recibido por los judíos como el Caudillo más glorioso, comete la para ellos imperdonable imprudencia de enfrentarse al poderoso, tildándole de hipócrita y de "sepulcro blanqueado", expulsar airadamente a los mercaderes del templo, admitir que se deben impuestos a los romanos ("dad al César lo que es del Cesar") y pronosticar la ruina de Jerusalén y de su templo.

¿Es éste nuestro ansiado Mesías, la Esperanza de Israel?, ¿Es éste el Hijo de Nuestro Dios, el Todopoderoso?, ¿Es éste el que hace milagros, cura leprosos, da vista al ciego, multiplica los panes y peces, convierte el agua en vino y resucita a Lázaro? Muchos de los que aclamaron a Cristo el Domingo de Ramos, estarán después, el Viernes Santo, ante el palacio del pretor, vociferando a favor de la Crucifixión de Cristo. Mala cosa es no perdonar las ofensas; peor quizás no perdonar el haber sido defraudado.

Frente a éste pueblo ávido del Mesías estaban las clases más conservadoras, la aristocracia judía, fariseos, saduceos, escribas; temerosos de que cualquier innovación diere al traste con su prerrogativas; cumplidores estrictos de la ley -de la letra de la ley- aparecen, con alguna excepción, enemigos declarados de Jesús. Los príncipes de los Sacerdotes, son quienes urden el proceso legal contra Jesús. Su arma es el Sanedrín, la Asamblea de los dignatarios y de los doctores de la ley. El Sanedrín es el tribunal máximo, presidido por el Sumo Sacerdote, cuya competencia era respetada por el pueblo judío. Le pertenece la jurisdicción civil y le pertenece también la penal, pero no tienen autoridad para pronunciar una sentencia capital sin la aprobación del Gobernador de Roma.

A Cristo le falla el pueblo; su pueblo. Le falta también el poderoso: los fariseos; y, por último, le fallan sus incondicionales. Judas le traiciona, y le entrega con un beso a los esbirros que lo prenden en el Huerto de los Olivos, Pedro por tres veces consecutivas niega ser su discípulo; los demás Apóstoles se dispersan o huyen en un caos colectivo de deserción.

De esta forma, Jesús va a encontrarse absolutamente solo y abandonado a su suerte ante sus acusadores y jueces. Sin posibilidad de defensa, sin testigos de descargo. Quien en cierto sentido es el único que le apoya, es el pretor Poncio Pilatos cuando dijo:

-Yo no hallo culpa alguna en él.

Este es en líneas generales el ambiente que rodea a Jesús en tomo a su proceso. Totalmente desamparado, se enfrente a unos acusadores implacables, a un Magistrado romano vacilante que, al final y en definitiva, le va a resultar más fácil contentar al Cesar que actuar en conciencia en la decisión de un caso que le tuvo que resultar muy enojoso.

Fácil es de admitir que Jesús se somete sin queja a un proceso en el que no le cabe la mínima posibilidad de garantía o defensa. El caso de indefensión es palmario. Nada puede, pues, extrañar que la sentencia sea adversa y tenga luego que cumplirse. Ni siquiera le va a valer a Cristo la gracia de la amnistía, cuando el pretor ofreció la opción:

-¿A quién suelto, a Jesús o a Barrabás?

La multitud, orquestada por los sumos sacerdotes, clamaba:

-A Barrabas ¡Suelta a Barrabas!

Los evangelios dicen que Barrabás había asesinado y que era un malhechor. También aquí la amnistía favoreció al culpable y perjudicó al inocente.

Inocente: He aquí la palabra. Nos encontramos ante un juicio de naturaleza penal, donde la interrogante, "¿inocente o culpable?" es la disyuntiva fundamental.

La intuición de inocencia es como la de aquel niño, personaje del poema "La pedrada" de Gabriel y Galán, que al presenciar una procesión de Semana Santa y observar las figuras de cartón-piedra que representaban la flagelación del Señor, recogió un guijarro y lo lanzó contra el soldado romano que portaba el látigo en su mano y,

"del infame sayón, cayó botando la enorme cabezota de Cartón".

Las gentes que presenciaban el desfile procesional acosaron al niño:

-"¿porqué, porqué has hecho eso? ...

-¡Porque sí; porque le pegan sin ningún motivo...!"

Aquí, como en la obra de Fabri, también se absuelve a Cristo espontáneamente y de corazón.






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