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Primavera verano otoño invierno... y primavera



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Primavera verano otoño invierno... y primavera

TITULO ORIGINAL

Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom 7.7/10 MB

AÑO

2003

 




DURACIÓN

103 min.

 




PAÍS



DIRECTOR

Ki-Duk Kim (AKA Kiduck Kim)

GÉNERO Y CRÍTICA



2003: San Sebastián: Premio del Público / Drama

SINOPSIS: Nadie escapa a los cambios estacionales que dan ritmo a nuestra

existencia desde que nacemos hasta que morimos; tampoco los dos monjes que comparten un monasterio aislado entre montañas. Bajo la atenta mirada del monje de más edad, el más joven vive el transcurso de las estaciones. Primavera: un niño monje se ríe de una rana que intenta librarse de una piedra en su espalda, pero deja de reírse cuando el monje mayor le hace lo mismo como castigo. Verano: el joven tiene ya 17 años y experimenta sus primeros sentimientos amorosos con la llegada de una muchacha convaleciente que necesita reposo. Otoño: el joven está en la treintena y regresa al templo, donde el mayor le azota cuando intenta suicidarse ante una estatua de Buda. Invierno: ya en la edad madura, el monje vuelve al monasterio, ahora deshabitado. Una mujer embarazada llega hasta allí. Primavera: el viejo monje conversa con la naturaleza. Cerca, un niño monje juega...

Un precioso cuento tan sencillo como la vida misma.

Una bella y fascinante metáfora sobre el aprendizaje vital

imágenes de restallante, reposada belleza. Ahí radica el principal problema de un filme tan hermoso como frío, tan magistralmente narrado como en el fondo previsible: en la obviedad de sus propuestas, que quedan de manifiesto casi antes de ser mostradas. A la postre, lo que se pretende un hondo ejercicio de espiritualidad deviene en catálogo de budismo para principiantes, en una pedagogía divulgativa que se parece mucho a la que intentó Bernardo Bertolucci en la más desafortunada de sus películas, 'El pequeño Buda'. Podrá satisfacer las expectativas de muchos lectores de libros de autoayuda y llenará el ojo (a la postre, lo que quedará para siempre en la retina es su impresionante belleza) a mucho espectador agradecido de ver en pantalla cambiantes paisajes. Pero se aconseja abstención a agnósticos, ateos y cinéfilos de los que son capaces de no confundir lo elemental con el cine de otros notables antecesores espirituales del gran cine oriental del pasado, con Yasujiro Ozu a la cabeza.

Bella moralina oriental. Filme vocacionalmente didáctico, con perfección formal y cuyas imágenes de la naturaleza resultan exquisitas.





Temas: Tiempo e Historia. Sufrimiento. Matar al otro. Pecado-muerte. Sacrificio-redención. Rito funerario.

La historia muestra a un viejo monje budista que vive en una ermita flotante rodeada de montañas (la ermita se construyó sobre el bellísimo lago artificial de Jusan, en la provincia de Kyungsang) y su aprendiz, un niño de ocho años que comparte su vida y alojamiento. Con el transcurrir de las estaciones, cada una con su cromatismo y su simbología, el joven aprendiz crece y madura. La película muestra el descubrimiento del amor y sus consecuencias negativas, según el budismo: el joven abandona la ermita a la que vuelve años después, desesperado. Su maestro le devolverá la paz. La vida continúa.



Dios en el cine

Terminamos nuestro repaso a algunas representaciones de Dios en el cine actual con un breve apunte sobre esta bellísima película coreana. Primavera, verano... sintetiza en su desarrollo los principios básicos del budismo, en concreto, el proceso de ascesis que lleva a un ser humano desde su putrefacción original a la purificación definitiva, a través de la supresión del sufrimiento. La historia está situada en un templo budista que flota en medio de un lago. En ese entorno excepcional e imposible, aislado de la civilización, se nos relatará la relación entre un monje budista y su discípulo a lo largo de los cuatro momentos de la vida de este último: su infancia (primavera), su adolescencia (verano), su juventud (otoño) y su madurez (invierno), para terminar la película con el recomienzo del ciclo, convertido ahora el discípulo en nuevo maestro. A lo largo de estas etapas, el muchacho recorrerá las diferentes fases que le conducen hacia la liberación: el encuentro con el dolor, la pérdida de la inocencia, el nacimiento de la sexualidad y del instinto de posesión, la aceptación de la caída, la purgación y la ascesis.

Las anécdotas en las que se basa el director para contarnos esta historia de redención tienen la elementalidad de las fábulas, y en el centro de ellas se sitúa el episodio inicial de la película: el niño juega a atar una piedra con un cordelito a una rana, una serpiente y un pez. Esa misma noche, el maestro atará a la espalda del muchacho una piedra con la que deberá moverse a lo largo de todo el día, para comprobar lo que sienten las criaturas que él ha maltratado. Deberá, además, buscarlas, y, si alguna ha muerto, el maestro vaticina que cargará con la piedra de su muerte en el alma toda la vida (de las tres sólo sobrevive la rana). Al final de la película, tras haber conocido el amor y la sexualidad (adolescencia), después de cometer un crimen pasional y pagar por él (madurez), su proceso de formación se cerrará en invierno, con el maestro ya muerto, cuando con una piedra atada a su cuerpo se dirigirá por bosques y montañas heladas hacia la cumbre de una montaña desde la que se vislumbra a lo lejos el lago y el templo, para depositar en ella una imagen de una divinidad.

Para los budistas no existe Dios tal y como las religiones monoteístas lo conciben, a saber, como un sujeto consciente, como una persona sustancial, creadora del mundo y plenitud de la realidad. El apego al propios ser es, para el budista, un mal, por lo tanto, un Ser Absoluto, Inmutable, Eterno e Infinito contradice los fundamentos de su fe. De forma sintética, diremos que en la espiritualidad budista, que algunos consideran más una filosofía que una religión, lo inmutable y metafísico es, en principio, el mensaje: las “cuatro nobles Verdades”, la senda “de los ocho pasos” mediante la cual se elimina el sufrimiento. Asimismo, el propio cosmos es sagrado, en todo él se intuye la presencia en flujo continuo de lo espiritual (no en vano creen en la reencarnación). Ante la ausencia de divinidad subjetiva y absoluta, será el propio camino espiritual, obra del hombre, la expresión más aquilatada de lo trascendente.



Primavera, verano... ilustra a la perfección todo esto y sugiere continuamente la presencia de lo espiritual, de esa “trascendencia sin Dios”, mediante el uso brillantísimo del lenguaje cinematográfico. Frente al cine religioso “de la sobreabundancia” practicado por Mel Gibson, Kim Ki-Duk recurre, no a la precariedad (su relato usa la sensorialidad y el preciosismo de una manera muy poco precaria), sino al simbolismo poético para que se presienta sobre la tersa superficie de sus imágenes la vibración de lo metafísico. El uso del medio natural y de los decorados (en especial, el templo sobre el agua, o las puertas con espacios a ambos lados de las mismas y que, por lo tanto, son funcionalmente absurdas; las cataratas, los estanques y fuentes, la montaña...), la presencia de animales (sobre todo, la serpiente y los peces), las imágenes de Buda, los “sutras” pintados en el suelo, el propio flujo de las estaciones, la piedra atada al cuerpo... en fin, la nómina sería innumerable: todos estos elementos simbólicos y más nos remiten, con su reiteración y riqueza de sentidos, a algo que está más allá de su propia presencia y que, sin poder identificarse con claridad, perfila una realidad profunda y esencial de índole perdurable.

Si a este simbolismo le sumamos el papel que en la película desempeña el silencio (la película avanza hacia la absoluta falta de palabras del fragmento invernal), la soledad o el ensimismamiento (el rezo budista es más un proceso de introspección que una apertura a lo Otro), podemos concluir, sin miedo a equivocarnos, que Primavera, verano... nos muestra con encomiable eficacia los principios del budismo y, sobre todo, su idea de que es el propio ser humano quien crea lo trascendente mediante su proceso de purificación: no olvidemos que, en un gesto simbólico que resume toda la película y la culmina, el discípulo-nuevo maestro coloca la imagen del Dios en lo alto de la montaña tras una dolorosa y sacrificada ascensión que es trasunto de la propia vida.





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