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Pozos de ambición (Petróleo sangriento)



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Pozos de ambición (Petróleo sangriento)

TITULO ORIGINAL

There Will Be Blood 7.4/10 B

AÑO

2007







DURACIÓN

158 min.







PAÍS



DIRECTOR

Paul Thomas Anderson

GUIÓN

Paul Thomas Anderson (Novela: Upton Sinclair)

REPARTO

Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Kevin J. O'Connor, Ciarán Hinds,

Russell Harvard



GÉNERO Y CRÍTICA

2007: 2 Oscars: mejor actor principal (Daniel Day-Lewis), mejor fotografía. 8 nominaciones: película, director, guión adaptado, actor principal, fotografía, montaje, dirección artística, efectos sonoros. 2007: Asociación de críticos de Los Ángeles: Mejor película, mejor director, mejor actor (Daniel Day-Lewis). 2008: Festival de Berlín: Oso de Plata al mejor director / Drama /

SINOPSIS: Una historia sobre la familia, la avaricia, la religión y el petróleo, que gira en torno a un prospector de Texas (Daniel Day-Lewis) de comienzos del siglo XX, en los primeros años del negocio del petróleo. El magnate intentará adueñarse de un yacimiento enfrentándose al predicador Eli Sunday. Basada en la novela de Upton Sinclair "Petróleo", escrita en 1927.

"La película es, por encima de todo, una consumada obra de arte, un filme que trasciende el tenso contexto histórico en el que se ha hecho, cuyo placer de ver es estético y sin apologías. Es reveladora, excita, perturba, provoca, pero la ventana que abre asoma a la propia conciencia humana.

"Anderson ha retado las expectativas de la audiencia, ha tomado inesperadas y extrañas decisiones, y casi ha conseguido una película a la altura de su grandiosa ambición. El final está a punto de robar al filme todo su impacto.

"Las interpretaciones brillan en la oscura 'There Will Be Blood'. Un atrevido e inconmensurable film épico. Un relato audazmente intenso y lleno de arte que atrapa al espectador desde sus vibrantes y silentes escenas inciales, para ya no soltarle.

"Es el típico filme que puede ser considerado fácilmente como una 'gran' película. No estoy seguro de su grandeza. La película tiene mucha vida como narración de un periodo convulso, pero es limitada como alegoría.

"Un drama virulento, apocalíptico y finalmente impresionante. Con un fotografía majestuosamente austera de Robert Elswit, y con una banda sonora muy imaginativa de Jonny Greenwood, de 'Radiohead', el filme es un logro cinematográfico magistral.

"Estética y fría. una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos.

Título en Latinoamérica: "Petróleo sangriento".





Historia épica de ambición y poder en torno a un pobre minero que abandona principios y escrúpulos y se transforma en un magnate petrolero. Micro-historia de toda una nación regida por la codicia, el dinero, el poder, la mentira, y por una religión puritana finalmente guiada por los mismos valores. Espléndida metáfora del nacimiento del capitalismo salvaje en el siglo veinte americano. (Gª Orso)

Reiterativo retrato de un prototipo de endurecido y malvado.

Debo confesar de antemano que me predisponen en contra los directores y actores que, desde el primer momento, nos quieren convencer de que su film o su interpretación son absolutamente memorables. Es lo que me ha ocurrido con el visionado de Pozos de ambición, obra ante la que me he sentido incómodo casi desde los primeros fotogramas. Trataré, sin embargo, de ser lo más ecuánime que me sea posible a la hora de valorar esta nueva obra de Paul Thomas Anderson, a la que las nominaciones a los Oscars, los premios en Berlín y algunos galardones más la han situado ya en el olimpo del cine.

He leído en alguna gacetilla que durante el rodaje su director veía todas las noches El tesoro de Sierra Madre de Huston. No lo dudo, pero me parece a mí que Pozos de ambición tiene una fuente de inspiración mucho más evidente: Avaricia de Stroheim, película por otra parte coetánea de Oil!, la novela de Upton Sinclair que parcialmente adapta el guión. En efecto, Daniel Plainview aparece dominado desde la primera imagen por el furor de un poseso. Basta con verle con qué rabia cava en la dura roca esperando encontrar el oro negro de su febril búsqueda. No se apartará un ápice de esta actitud bronca e irascible, que tendrá periódicos estallidos de cólera brutal y hasta homicida. Si no fuera suficiente este rasgo fundamental en la estructura de su carácter, la interpretación de Daniel Day-Lewis lo recalca hasta la sobreactuación, junto con su taciturna y estólida expresión facial.

No es simplemente la recreación de un personaje que hizo fortuna en la novela y el cine norteamericanos del siglo pasado: el strong silent man, el «duro» silencioso de tantos policiacos y westerns. Anderson exhuma ese prototipo como heredero de Bogart y de James Dean (no se olviden de Gigante). Por su parte, Daniel Day-Lewis se encarga con su retórica interpretativa de emparentarlo con Brando (El rostro impenetrable) o con algunas de las más celebradas actuaciones de sus compatriotas Charles Laughton o Alec Guiness, también famosos por sus excesos cuando el director de turno era incapaz de meterlos en cintura. Esa grandilocuencia callada (valga la paradoja) empapa toda la película, cuyo título español habla de ambición, tal vez sin pretenderlo haciéndole justicia no sólo al protagonista de ficción sino al mismo realizador, codicioso de ser reconocido como cineasta importante. Y, en mi opinión –discutible, por supuesto– perjudica considerablemente la narración de la pintoresca biografía de Daniel Plainview, buscador impenitente no de petróleo sino de reconocimiento social.

En efecto, con notable acierto (hay que admitirlo) Anderson se niega a proporcionarnos las claves, los traumas que han conformado su carácter y lo han convertido en un torvo individuo, únicamente preocupado por convertirse en un magnate del petróleo a quien nadie ningunee. Por eso, sus relaciones con H.W., hijo adoptivo, y con Eli Sunday, el predicador, acabarán a garrotazos, en un caso metafóricos, en el otro, al pie de la letra. No hay lugar para los afectos en una personalidad amenazada por el pánico al fracaso, a la humillación y al rechazo. Es lo que nunca puede tolerar y, cuando por necesidades estratégicas, haya de soportar cualquiera de esas tan temidas situaciones, más tarde se cobrará cumplida venganza en ataques de ira fulminantes e irrefrenables. Algo no muy diferente de lo que le ocurre a Eli, el falso profeta de la Iglesia de la Tercera Revelación, tan codicioso de éxito como su antagonista Plainview.

Hay que hablar también del planteamiento visual y musical del film. La fotografía de Elswit se basa en un fuerte expresionismo, en un claroscuro, en que el negro ha sido sustituido por el marrón u ocre de la tierra que, cuando es regada por el petróleo, se convierte, literalmente, en betún. También las luces insisten machaconamente en ese violento contraste entre luz y sombra, claridad y oscuridad. Por eso abundan amaneceres y atardeceres y casi nunca brilla un sol claro y rotundo en medio de esos eriales que luego serán campos petrolíferos. También la música de Jonny Greenwood utiliza, en el plano sonoro, idéntico registro. La partitura me parece muy singular, concebida para un sistema de sonido como el dolby stereo, con piezas muy notables y originales, con un uso de la percusión y el ritmo realmente vanguardista, con melodías que bordean el atonalismo, aunque no faltan también momentos melodramáticos más tradicionales en su factura y utilización dentro de la narración. Es una banda sonora muy atrevida, mucho más innovadora que los aspectos visuales del film. Recuerda en alguna forma los hallazgos de Max Steiner en King Kong o de Bernard Herrmann en Psicosis o Vértigo.




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