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Algunas preguntas…

...antes de la película:

·Sobre Africa: ¿Qué conocemos de Africa?

·Sobre la injusticia: ¿Qué nos provoca el sufrimiento y la injusticia?

·Sobre la esperanza: ¿Qué hacer para mantener la esperanza ante una injusticia?

...después de la película

·¿Lo expuesto en el documental nos concierne?

·¿Qué podemos hacer ante este tipo de situaciones?

·¿Cómo enfrentarnos a realidades injustas y lejanas sin caer en la frustración y el realismo pesimista?

Con la colaboración de Aitor Sorreluz

Desgarradora alegría antiglobalización

Testimonio documental antropológico que, además de reconciliarnos con este género, eleva un alucinante desastre ecológico concreto a la categoría de denuncia universal  y  alegórica  contra  las injustas consecuencias de la globalización.

A pesar de que el cine nació como documental y  que durante los tiempos del “mudo”, este importante género alcanzó las excelencias de “Nanook, el esquimal”  (1922), de Robert Flaherty, primer largometraje  que recibió tratamiento de obra de arte, o de las películas de Friedrich Murnau (“Tabú”, 1925) hoy brillan por su ausencia en la pantalla grande.

         De aquí que saludemos con júbilo y admiración un film que no tiene nada que envidiar en su planteamiento antropológico a las citadas obras clásicas y que además llega a ser una denuncia escalofriante, un alegato político y una parábola eficaz sobre los desastres de la globalización.

         Matar una avispa molesta dentro la rudimentaria cabina de un controlador aéreo de un aeropuerto africano es más importante que atender las demandas de uno de los aviones de carga que pretende aterrizar. Así comienza “La pesadilla de Darwin”, una película que relata a base de entrevistas e imágenes testimoniales un hecho tan insólito como sorprendente.

         Su realizador, el austriaco tirolés Hubert Sauper, lo descubrió mientras rodaba otro documental, “Kisangani Diary” sobre los refugiados ruandeses durante la rebelión del Congo. Se enteró de que algunos aviones europeos de los que alimentaban la guerra con armas se llevaban de vuelta enormes cargamentos de hasta 50 toneladas de pescado fresco.

         Esto se debía a que durante los sesenta fue introducida en Tanzania, como pequeño experimento científico, una nueva especie animal. Alguien sumergió en el Lago Victoria la Perca del Nilo, un pez que resultó ser un voraz depredador que acabó por arrasar toda la variedad de la rica fauna autóctona del  gigantesco lago. El nuevo y enorme pez no solo se lo comía todo, sino que se multiplicó tan rápidamente que transformó el entorno del lago en una gran despensa de este pescado que, convenientemente cortado en filetes, es exportado en cantidades industriales a los países de occidente. Viejos y grandes aviones de transporte de la ex Unión soviética, pilotados sobre todo por ucranianos, se encargan de este comercio que como siempre enriquece a unos pocos dejando a Tanzania, además de ecológicamente destruida, sin recursos y sumida en su galopante pobreza.

         El hecho ha dado pie a Sauper para hacer una inmersión con su pequeña cámara digital en esta tragedia, sin más actores ni artificio que los seres humanos que sufren tal situación y los que la provocan. Eso si, su cámara-ojo captura primeros planos que más que testimonios llegan a ser auténticas bofetadas al espectador y secuencias de constatación sociológica que  gritan desesperadamente por sí mismas.

         El estilo reportaje, heredero de la entrevista televisiva, presta al film la inmediatez de testimonios directos de los pilotos ucranianos, las jóvenes africanas que les atienden como meretrices, los pocos empresarios autóctonos que se benefician de esta cruel piscifactoría generada en el lago, y, sobre todo, el pueblo que intenta subsistir con un irrisorio dólar de renta per cápita: niños sin hogar que queman cajas de plástico para esnifar pegamento; hombres cuyo sueño es entrar en guerra; madres que se alimentan con los desperdicios, las espinas y cabezas que tiran las factorías de pescado. Para colmo aparece un pastor que ante su comunidad, diezmada en su cuarenta por ciento por el sida, no se le ocurre otra cosa que sostener que el preservativo es pecado. Y para culminar el desastre el film nos va descubriendo que aquellos aviadores de mala catadura no llegan de vacío de Europa, sino que transportan armas para los conflictos bélicos africanos.

         El documental nos muestra además no sin sarcasmo las noticias de una ayuda alimentaria de Occidente que no llega, las irrisorias promesas de financieros de la Unión Europea de invertir en tan canallesca depredación ecológica y las expectativas de vida de una sociedad hambrienta, enferma y envejecida.

         Los testigos no son anónimos, tienen nombres y apellidos –Sergey, Didmond, Raphael, Eliza- que aparecen en los títulos finales de crédito. Y, lo que es más importante, le anécdota cobra caracteres universales, se convierte en una elocuente parábola de la globalización, del pez grande que se come al chico, del deterioro que el consumo y el desarrollo desenfrenados están causando al planeta. “En “La pesadilla de Darwin” –confiesa su autor- intenté transformar la extraña historia del éxito efímero de un pescado en una irónica y aterradora alegoría sobre lo que llaman Nuevo Orden Mundial”. Los pescados de aquí podrían ser diamantes en Sierra Leona, plátanos en Honduras o petróleo en Libia, Nigeria o Angola. Donde se encuentran materias primas se repite la historia: hambre, guerra, prostitución y nueva esclavitud. Son las maravillosas secuelas de la llamada “sociedad del bienestar”.

         Con imágenes particularmente duras –la de los desperdicios, la prostituta que muere durante el rodaje, la mujer sin un ojo, los niños de la calle— la película no es ciertamente un plato de gusto para una tarde de domingo, sino un aldabonazo a nuestras conciencias tan necesario como desagradable. Aunque no están ausentes momentos de humor o ironía, como el guarda jurado que tiene trabajo gracias a que mataron al anterior y se defiende de los intrusos con un arco y unas flechas envenenadas.

         Paradójicamente la pobreza de medios técnicos, que parece estéticamente pretendida y que presta a la fotografía un grano grueso de reportaje televisivo, imprime veracidad al film, que refuerza su carácter de alegato. Quizás porque la belleza y el color africanos suelen engañar cuando son presentados en alta definición fotográfica. “La pesadilla de Darwin”, que alude a la tesis de éste sobre el equilibrio de las especies, conserva otra estética, la de la proximidad, la del plano metáfora, la de la ausencia de una voz en off que venga a predicarnos. Son las imágenes las que hablan, zarandean y atormentan. ¿Se le puede achacar que no aparezca el testimonio de algún cooperante o un misionero  que siempre existe y que se bate el cobre por esa gente? Si; pero ellos en todo caso no dejarían de ser parches a un aguafuerte tan real como escalofriante. En este sentido, como decía el historiador Mitry cuando calificaba a “Nanook, el esquimal”  como primer largometraje obra de arte, se puede decir que “La pesadilla de Darwin” es hoy, dentro de su género documental, sin lugar a dudas la mejor película del año.



Pedro Lamet




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