Las mujeres a las que no representa “Ni una menos”



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Las mujeres a las que no representa “Ni una menos”

El sábado 3 de junio se llevó adelante la tercera marcha consecutiva del colectivo Ni Una Menos donde miles de personas se concentraron para poner el grito, una vez más, sobre la violencia machista. Bajo las consignas ya conocidas, y que no ameritan cuestionamiento, hay una proporción de mujeres que paradas sobre la vereda de enfrente miran con el entrecejo fruncido y declaran no sentirse identificadas, o peor aún, no representadas por el movimiento que pelea por proteger sus derechos. ¿Qué piensan las mujeres qué continúan el modelo machista que se intenta derribar?



En Argentina se mata a una mujer cada 30 horas, hay por lo menos una violación cada 4 minutos y cada 18 segundos, una mujer es maltratada en algún lugar del mundo. En la casa la mujer es despreciada y llevada al plano de inferioridad, en la calle es acosada, en el trabajo envuelta en sumisión por la pirámide jerárquica, en los medios cosificadas y en la justicia ignorada. Si cambia su orientación sexual es una descerebrada que alguien (o algunos) tiene el derecho de direccionar, si denuncia las irregularidades de un gobierno la justicia se despierta de la siesta y acciona a su detención, si la matan seguramente fue por no pensar en que se ponía, o como hablaba, o como se exponía, o porque se arrojó a los pies de una ideología equivocada.
La historia se encargó de reforzar durante siglos la idea de género binario que restringe la identidad y la desplaza al ámbito de gruesas barreras para el interrogante: El hombre es superior a la mujer, punto y aparte. Y como si fuera una verdad natural irrefutable, cada rubro se encargó de reproducirla a su manera, de continuarla como patrimonio del saber, de consolidar la hegemónica idea de la mujer y los niños primero para no estorbar la tarea de los hombres.

Fueron años de lucha y de fuerza colectiva para derribar la enigmática afirmación del segundo lugar de la mujer, el cual la convierte en el blanco fácil de diferentes tipos de abuso de poder, físicos, verbales, emocionales, sexuales y simbólicos, que no paran hasta disminuirla y enterrarla en un pozo ciego.

Aunque esos manotazos permitieron que al día de hoy, en el imaginario social, se plantaran cientos de mujeres y hombres para decir “macho, hasta acá llegaste”,  todavía quedan algunos eslabones para conseguir la victoria en el cambio de paradigma de raíz. Todavía identificamos a ese dedo todopoderoso que señala la actitud deshonrada de salir a la calle a gritar por lo que esta sociedad merece: atención, justicia, respeto. Como si de alguna manera los que se manifiestan estuvieran contentos de salir a las veredas a hacer el trabajo que le corresponde al Estado, tomarlo como un pasatiempo que se puede usar como un bonus track a la hora de redactar un CV o la hoja de presentación de Tinder. Y si, antes se quedaban tomando el té en la casa de la vecina y ahora tienen que salir a la calle porque a la hija la desaparecieron, la cortaron en pedacitos como al Mantecol en navidad y tanto los medios como la justicia sellaron la carta con un “Lo lamento, estamos trabajando para usted” en el dorso del sobre.



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