La obra maestra desconocida (sinopsis)



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LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA (SINOPSIS)

Parte I.- Gillette
En 1612 el joven Nicolas Poussin (18 años), lleno de ambición y ansiedad, se presenta en el taller de François Porbus (42 años), pintor en plena madurez que había estado al servicio de Enrique IV y que, tras su asesinato en 1610, fue “abandonado” por la regente María de Medicis. Allí Poussin coincide con Frenhofer, otro pintor ya anciano, muy reputado, quien critica un cuadro de Porbus presente en su taller y al cual da unas pinceladas que lo mejoran asombrosamente.

Discuten y hablan acerca del arte, de teorías y actitudes artísticas, mostrando Frenhofer pasión y claridad de ideas. Poussin ejecuta un dibujo que recibe las alabanzas de Frenhofer y se lo compra. A continuación el anciano pintor les invita a su casa para cenar y durante este encuentro Poussin oye hablar de la obra secreta de Frenhofer, La Belle Noiseuse, retrato de una cortesana en el que su autor lleva trabajando durante diez

años, pero al que, según él, faltan unas imprescindibles pocas pinceladas para estar acabado, pues “ese apenas nada lo es todo”. En un momento de ensoñación Frenhofer confiesa que necesitaría encontrar una mujer perfecta para que fuera su modelo y, así, poder culminar la pintura perfecta.

Ya en su casa Poussin, lleno de irrefrenable curiosidad por conocer la secreta pintura, propone a Gillete, su joven y hermosa amante, que pose desnuda para otro pintor, arriesgando su afecto, pero pensando en el anciano necesitado de una modelo ideal y con la esperanza de que, gracias a esta oferta, acceda a mostrarle su obra maestra. Ella se niega y solloza, pero acaba por consentir.


Parte II.- Catherine Lescault
Tres meses más tarde Porbus, conocedor del acuerdo entre Poussin y Gillete, visita a Frenhofer y le ofrece la novia de Poussin para una sesión de posado a cambio de permitirles ver su obra. El anciano se resiste, visiblemente agitado, y afirma que su retrato de Catherine Lescault, de sobrenombre La Belle Noiseuse, nunca se verá expuesto a la crítica de

los necios. En ese momento llegan Poussin y Gillette. A la vista de la espléndida mujer Frenhofer duda, y finalmente consiente en que pose para él ayudándole a terminar el retrato. Entran Gillette y Frenhofer en el taller y unos minutos más tarde, cuando cree que ya ha acabado, el pintor llama a sus dos colegas, accediendo a mostrarles su obra maestra para comparar

la belleza viva de Gillette con la belleza de su pintura, tras asegurar que ninguna mujer de carne y hueso puede rivalizar con su creación.

Antes de descubrir su trabajo, visiblemente agitado, Frenhofer lanza una perorata para explicar cómo, capa por capa, ha estudiado, analizado y escudriñado algunos cuadros de Tiziano, el rey de la luz; cómo ha investigado el efecto de la luz sobre los cuerpos hasta alcanzar el punto en que una sombra leve crea volumen y moldea las formas, sin necesitar

del dibujo, hasta superar –dice– la mera representación para alcanzar la creación de una obra viva, con la que habla, que le sonríe, a la que abraza... Sin embargo, al final de su discurso, tras haber trabajado a pleno rendimiento y justo antes de mostrar su creación, cae en un abatimiento progresivo. La duda se hace presente. Cuando ambos colegas entran en el taller buscan la pintura sin hallarla. Frenhofer señala un lienzo en el que sólo puede verse unos “colores confusamente aglomerados y contenidos por una multitud de líneas extrañas que forman una muralla de pintura (…) un caos de colores, de tonos, de matices indecisos, especie de bruma sin forma”. Al cabo de un tiempo descubren la única parte del cuadro “salvado de una increíble y lenta destrucción”: un delicado y perfecto pie femenino (“–Ahí debajo hay una mujer –exclamó Porbus” al observar “las sucesivas capas de colores que el viejo pintor había superpuesto sucesivamente creyendo perfeccionar su pintura”).

Después de algunas cautelosas vacilaciones, Poussin confiesa que no ve nada sobre el lienzo. El viejo maestro, tras reprocharles su ceguera en un primer momento, acaba por reconocerlo así, se tacha a sí mismo de idiota y lunático, para pasar a llamarles envidiosos y echarles del estudio.



El ensimismamiento de Frenhofer es tal que necesita contemplar la perpleja mirada de sus colegas para comprender su propio despropósito y, así, trágicamente, percatarse de que, donde él cree ver la pintura absoluta, en realidad, no hay nada, y que en la búsqueda de la perfección (la vida) ha matado la obra (el arte). “Al día siguiente, Porbus, inquieto, fue a ver de nuevo a Frenhofer, y se enteró de que había muerto durante la noche, después de haber quemado sus lienzos”. El suicidio es la escapatoria a su exceso creador.

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