Historia de la medicina Pestes en Chile y el mundo



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Historia de la medicina Pestes en Chile y el mundo

El siglo XX chileno y sus tres pandemias
La epidemia de influenza que nos amenaza hoy, en 1918 fue una realidad con 50 millones de muertos. Chile sufrió por dos, a raíz de un brote paralelo de tifus que se confundió con la gripe. Décadas después, en 1957, más de un millón de chilenos se contagiaron de influenza.
JUAN IGNACIO RODRÍGUEZ MEDINA
El asunto es así. Si de alguna enfermedad infecciosa se dan más casos de los normales, estamos ante una epidemia. Si aparece algún virus que puede afectar al hombre, contagiarse de persona a persona y del que no se conoce cura, entonces existe la posibilidad de una pandemia: cualquiera, toda la población (pan-demia) -usted incluido- puede contagiarse. Es lo que sucede en estos días con la gripe porcina que alarma al globo.
Hombres, porcinos, aves y otros animales convivimos cotidianamente con la gripe -en Chile hay un plan de vacunación anual y en Estados Unidos mueren al año 36 mil personas-, el problema surge cuando las versiones no humanas mutan, nos atacan y abren la posibilidad de un mayor contagio y -eventualmente- de más mortalidad.
La gran influenza
"La 'Muerte roja' había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa". Las palabras son de Edgard Allan Poe en su cuento "La Muerte roja", y aunque describen una fantasía, son dignas de lo que sucedió en 1918, cuando finalizaba la I Guerra Mundial, con la plaga más mortífera de la historia, tal como apunta -respaldado en "The great influenza", de John M. Barry- Jorge Jiménez, profesor de salud pública de la Universidad Católica. En unos seis meses la gripe regó al mundo con más muerte que la propia guerra, que la peste bubónica y que el virus del sida. El recuento ahorra palabras: cincuenta millones de muertos (algunos dicen que cien), murió el 2,5 % de la población mundial y el 20% se contagió. La mayor mortandad estuvo en personas de 15 a 35 años y el 99% de los muertos no pasaba de los 65 años.
Aunque se la conoce como "gripe española" -pues fue donde más cobertura periodística tuvo-, la enfermedad brotó en un campamento militar en Kansas, Estados Unidos, en marzo de 1918. Se extendió al mundo en semanas y mató a 20 millones de europeos y a otros 17 millones de personas en India. En Estados Unidos, cerca del 28% de la población se contagió y murieron 775 mil personas. Menos que en Europa, gracias a que los norteamericanos trasladaron a los enfermos a centros dispuestos especialmente, lo que permitió controlar el mal entre los contagiados e impidió una mayor propagación.
En su libro, Barry presume que el hacinamiento y el traslado de tropas a Europa durante la guerra ayudaron a dispersar el virus. En esa línea, William McNeill afirma, en "Plagas y pueblos", que la confluencia de tropas de EE.UU., Europa y África en el norte de Francia fue el caldo de cultivo. "Cuando la gripe alcanzó su punto culminante -escribe-, los equipos médicos se vieron inmediatamente sobrecargados y los servicios sanitarios sufrieron en general un serio deterioro, pero la fase aguda pasó muy rápido, debido justamente al alto grado de contagiosidad del virus, con lo que en algunas pocas semanas se reanudó la actividad humana y la epidemia desapareció".
Aunque tras el episodio se generaron vacunas, el problema radica en que el virus de la gripe es inestable y muta su estructura química, lo que le permite escapar a los anticuerpos que se hayan generado en el cuerpo humano, y volver a desatarse. Lo que sucedió dos veces más el siglo pasado: en 1957 con la "influenza asiática", que mató a dos millones de personas, y en 1968, con la "influenza de Hong Kong" y su millón de muertos.
El caso chileno
Chile también se vio afectado por la gripe española. Según información que guarda el Ministerio de Salud sobre la epidemia de la influenza, los primeros casos aparecieron entre abril y mayo de 1918 y desde entonces hasta 1920 murieron 37 mil quinientas personas. Aunque la más recordada, por los trastornos que produjo en la vida cotidiana, fue la de 1957.
El 25 de julio de ese año el Internado Nacional Barros Arana reportó, entre sus 1.014 alumnos, 778 casos de influenza. En esos días "El Mercurio" anunciaba el carácter benigno de "la influenza declarada en Arica, La Serena, Valparaíso y Santiago": "Informes epidemiológicos periódicos emanados de la organización de la Salud y que obran en nuestro poder dan cuenta de la aparición en el mes de abril del presente año de un brote epidémico de influenza muy extendido, de carácter benigno, con una mortalidad poco elevada o nula en la mayor parte de los países asiáticos".
Para entonces, según la crónica, entre el cinco y el treinta por ciento de la población urbana de Asia se había contagiado en no más de seis semanas y para junio ya había algunos casos en Inglaterra, los Países Bajos, Checoslovaquia, Canadá y Estados Unidos. En junio la enfermedad llegó a Ecuador y en julio, a Chile.
Aunque aquí los más afectados fueron los escolares y casi la totalidad de los colegios de Santiago suspendieron las clases, la gripe también fue tema en los servicios públicos. El recuento que hacía "El Mercurio" el 31 de julio de 1957 dice que el ausentismo en la Compañía de Teléfonos llegaba al 35 % y que los policlínicos de la Compañía Chilena de Electricidad atendieron a más de trescientos empleados. Tampoco se salvaba la empresa privada: en Supertex y la fábrica de fideos Lucchetti la ausencia fue de un 45% y en la Compañía Cervecerías Unidas de 90%. En las dos primeras semanas de aparición del virus, el recuento de casos era de 47.800.
De las tres pandemias gripales del siglo XX, la de 1957 fue la que más afectó a Chile, pues aunque su mortandad fue menor (1,3 fallecido por cada mil enfermos), se estima que hubo un millón 400 mil contagiados (800 mil en Santiago) y el virus se extendió -literalmente- de Arica a Magallanes.
Las dos epidemias
En el artículo "Chile 1918: las dos epidemias", publicado en 2003 en la revista chilena de infectología, Enrique Laval R. -ex director del hospital de enfermedades infecciosas- narra la confusión que reinó en 1918 entre el cuerpo médico chileno cuando, tras los comunes casos de influenza, en agosto empezaron a hospitalizarse pacientes muy graves, muchos de los cuales morían sin diagnóstico.
"La alarma y la desorientación hicieron presa del cuerpo médico, ya que el número de enfermos aumentaba día a día. Los hospitales de Santiago se hicieron estrechos para contener la avalancha y fue necesario establecer servicios provisorios", narra Laval. Y agrega: "Desde Santiago, los casos se extendieron a los pueblos vecinos y en poco más de un mes la epidemia llegó a gran parte del país".
En el mundo arreciaba la pandemia de influenza, así es que no fue extraño que muchos creyeran que se trataba del mismo fenómeno. Según recopila Laval, la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile formó una comisión y comenzó el debate médico. Frente a la alternativa de la gripe, algunos plantearon la de un tifus exantemático, enfermedad que transmiten los piojos.
Sin esperar la confirmación de laboratorio -para tomar medidas lo antes posible-, el 21 de octubre de 1918, el doctor Arturo Atria Osorio, jefe de Bacteriología del Instituto de Higiene, publicó el diagnóstico en que se jugaba por la segunda alternativa. Los ataques y comentarios llegaron de inmediato: no podía ser que en Chile -que no estaba en guerra- brotase una enfermedad vinculada a la suciedad y a la hambruna.
Según el artículo del doctor Laval, el primer caso fue detectado en una posada donde vivían cargadores de La Vega Central. Desde ahí se propagó a las casas vecinas y apareció violentamente en la cárcel: sólo atacaba a los pobres, lo que no condecía con la posibilidad de una influenza. El testimonio de un estudiante de medicina que se enfermó tras atender a muchos contagiados relataba que él mismo había sido "invadido por los piojos de estos enfermos".
Una semana después del diagnóstico de Atria, el 27 de octubre de 1918, la Facultad de Medicina acordó informar a la Junta de Beneficencia sus conclusiones: se aceptaba -"sin que el laboratorio haya confirmado el diagnóstico"- que era tifus exantemático, y se instruía el inicio de un plan para eliminar los piojos, especialmente en los enfermos. Algunos insistieron con la influenza, pero los estudios les dieron la razón a Atria y la comisión médica. Fue el infortunio chileno de sufrir dos grandes enfermedades en 1918, el año de las dos epidemias.
Según las cifras que entrega el doctor Laval, desde 1918 hasta 1931, el tifus exantemático mató a más de 10 mil personas. Mientras que desde 1933 a 1939, a nueve mil de 45 mil enfermos. Otras epidemias durante el siglo fueron la de escarlatina en 1929, de meningitis meningocócica en 1941, de viruela menor en 1959 (hoy está erradicada en el mundo y existen sólo dos cepas, una en un laboratorio de EE.UU. y la otra en uno de Rusia), de influenza en 1968 y 76, de VIH-sida desde 1984, de sarampión en 1985 y de cólera en 1991.
Hoy el mundo toma medidas para afrontar el fantasma pandémico, mientras en Chile se agotan las mascarillas y se apuesta -en palabras del doctor Jorge Jiménez- a que el contagio se detenga antes del invierno, para que en el próximo ya podamos enfrentar la gripe con una vacuna que aleje los temores de un virus que no distingue entre porcinos, aves y humanos; entre justos y pecadores. Un absurdo digno de la existencial peste de Albert Camus.
Cólera en 1886
La enfermedad se había extendido por Argentina. En Chile se dispuso un cordón sanitario para impedir el ingreso al país de cualquiera allende Los Andes. La medida fue inútil y el cólera, con sus infecciones intestinales y crisis diarreicas, llegó. Empezó en la villa Santa María, cerca de San Felipe, el 25 de diciembre de 1886. "Adquirió alarmantes caracteres epidémicos: llegó a Valparaíso y el 15 de enero de 1887 estalló en Santiago", relata Enrique Laval en "El cólera en Chile: 1886-1888". Se extendió a Rancagua y Rengo, desapareció en el invierno y rebrotó en octubre con 93 casos en Santiago. Para finales de 1887 se extendió hasta Valdivia y en marzo de 1888 llegó a Copiapó. El último caso ocurrió en Ovalle, en julio. Se estima que en todo el país murieron 40 mil personas en una población de aproximadamente tres millones.
Libros: plagas e historia
Patricio Tapia
Si al final de la Primera Guerra Mundial las civilizaciones supieron que eran mortales, los lectores de Plagas y pueblos (Siglo XXI), de William McNeill, y Armas, gérmenes y acero (Debolsillo), de Jared Diamond, saben que los microbios han sido la perdición de muchas de ellas. McNeill entrega una historia microbiológica global y Diamond aplica métodos de la biología evolutiva y geografía comparada a una historia de amplia escala. Respecto de las consecuencias biológicas del descubrimiento europeo de América, ya Alfred Crosby desestimó en The Columbian Exchange (1973) la idea de una catástrofe demográfica de la población aborigen como un "genocidio" español: fue un hecho biológico espontáneo, muchas veces repetido en la historia humana. Según McNeill hasta muy avanzado el siglo XVIII los hombres no conocieron la etiología ni pudieron remediar las consecuencias de las epidemias que, sin saber, provocaban. Pero Sheldon Watts, en Epidemias y poder (Andrés Bello) -para quien la medicina occidental no sólo fue incapaz de curar plagas sino que fue agente del imperialismo- recuerda que antes de Colón ninguna de las enfermedades que aborda (peste bubónica, lepra, viruela, sífilis, cólera, etc.) existía en el Nuevo Mundo.

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