En la salud mental de los jóvenes



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La incidencia del alcohol en la salud mental de los jóvenes
Luis Rojas Marcos


En las naciones de Occidente, beber alcohol es una actividad tan aceptada, tan cotidiana, tan extendida y tan antigua, que forma parte de nuestro ambiente como el aire que respiramos, la puesta del sol o la fuerza de gravedad.

La celebración social del consumo de este líquido embriagador natural, producto de la fermentación del azúcar de la fruta o el grano, explica el hecho de que el 90 por 100 de las personas beba alcohol en algún momento de su vida.

Es curioso que uno de los criterios más usados a la hora de identificar, y casi siempre devaluar por intolerantes, culturas que son diferentes a la nuestra, es la prohibición del consumo de bebidas alcohólicas.

Conferencia pronunciada en el Congreso sobre Jóvenes, Noche y Alcohol, Madrid, 12 de febrero de 2002

Según la Organización Mundial de la Salud, Europa es el continente con mayor consumo de alcohol por habitante. España con una tasa anual de 10,1 litros de alcohol puro por persona mayor de 14 años, figura en el octavo puesto del mundo, detrás de Luxemburgo, Eslovenia, Portugal, Irlanda, Francia, Alemania, y la República Checa. En Estados Unidos, donde en la mayoría de los estados, incluido Nueva York, el consumo ha disminuido en los últimos 15 años, coincidiendo con el incremento de la edad mínima para poder comprar y consumir alcohol legalmente de los 18 a los 21 años, cada habitante ingiere, de promedio, 8,2 litros de alcohol puro al año.

Nuestra historia está salpicada de leyendas y relatos de romances, aventuras o amistades que glorifican los poderes seductores de los brebajes espiritosos. Incluso revistas médicas de prestigio han publicado estudios que ensalzan el efecto preventivo de dos vasos de vino al día en personas predispuestas al infarto de miocardio. Sin embargo, el alcohol tiene una cara siniestra. Si nos fijamos en ella nos muestra que el 40 por 100 de la población de las naciones industrializadas de Occidente ha sufrido algún problema relacionado con la bebida, como ausencias del colegio o del trabajo por haber bebido demasiado el día anterior, conducir intoxicado, conflictos en las relaciones con otras personas, accidentes, o algún tipo de desarreglos del cuerpo o de la mente.

El grupo más desafortunado lo forman el 10 por 100 de los hombres y el 6 por 100 de las mujeres que cumplen los requisitos para ser diagnosticados de alcoholismo. Dentro de este grupo de bebedores empedernidos, dos tercios sufren síntomas psiquiátricos graves. Entre los más comunes se encuentran las alteraciones de la memoria, la depresión, la ansiedad crónica, los ataques de pánico, las fobias o incluso los estados psicóticos. Mientras que todas o casi todas las personas dependientes del alcohol padecen alguna enfermedad física relacionada con sus efectos tóxicos, como desórdenes gastrointestinales, hipertensión, diabetes, anemia, cáncer, pancreatitis, cirrosis del hígado, atrofia muscular, neuropatías o demencia.

El alcohol diluye la inhibición y nos limpia el autodominio. Por eso es el mejor fertilizante de conductas irracionales, de agresividad y de violencia. En Estados Unidos, por ejemplo, en el año 1999, el alcohol, sólo o en combinación con otras drogas, fue considerado por las autoridades un ingrediente fundamental de la causa del 40 por 100 de los casos de malos tratos infantiles, del 46 por 100 de las muertes de tráfico, del 48 por 100 de los homicidios, del 51 por 100 de las denuncias de violencia doméstica, del 52 por 100 de las violaciones y del 61 por 100 de las agresiones graves.

El coste económico de los problemas relacionados con el consumo de bebidas alcohólicas es astronómico. Según la Organización Mundial de la Salud, la bebida genera el 9 por 100 del gasto europeo en sanidad, sin contar el precio del incremento del riesgo de incapacidades físicas y mentales. En Estados Unidos, el coste de los efectos nocivos del alcohol en el año 2000 alcanzó 180 millones de dólares. Esta suma incluye la pérdida de productividad laboral, el gasto sanitario y demás daños personales y materiales relacionados con percances provocados por personas inebriadas.



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Uno de los problemas de salud pública más preocupantes de nuestro tiempo, y tema de este Congreso, es el consumo de bebidas alcohólicas por los jóvenes. Cualquier persona razonable que repase brevemente los datos al respecto estará de acuerdo con que esta preocupación está de sobra justificada.

Por ejemplo, en la actualidad, las edades de mayor consumo de alcohol se concentran entre los 16 y los 25 años. Según el Plan Nacional sobre Drogas, los jóvenes españoles comienzan a beber antes de cumplir catorce años. El 40 por 100 de los adolescentes entre 14 y 18 años se ha emborrachado alguna vez. Y de los 300.000 españoles que se intoxican habitualmente, la mayoría son menores de 29 años. En cuanto a la diferencia entre los dos sexos, hasta hace unos años se solía decir “beber es cosa de hombres”. Hoy más de la mitad de las chicas españolas confiesa haber consumido alcohol en el último mes. Hace cuatro años, sólo el 38 por 100 contestaba afirmativamente a esa pregunta.

La Organización Mundial de la Salud informa que una de cada cuatro muertes anuales de jóvenes europeos entre 14 y 29 años, o 55.000 fallecimientos prematuros, son imputables a la bebida. En España el motivo principal de mortalidad juvenil son los accidentes de tráfico relacionados con el alcohol. La Dirección General de Tráfico calcula que unos 2.000 muertos y 10.000 heridos de gravedad en las carreteras españolas el año pasado tenían entre 14 y 29 años. No pocos de estos jóvenes desdichados necesitarán una silla de ruedas por el resto de sus días.

Las semillas de los bebedores de riesgo se siembran en la infancia, y se cultivan y comienzan a dar sus frutos malignos durante la adolescencia. Estos jóvenes echan los primeros tragos a los 12 o 13 años, ansiosos por demostrar que ya son mayores, o en busca de una sensación fugaz de libertad o una chispa de rebeldía. Experimentan la primera borrachera a los 15, y tienen el primer percance serio relacionado con el alcohol a los 17 años. No pocos aprenderán muy pronto que para sentir el mismo nivel de placer tienen que aumentar periódicamente la dosis. La expresión “cuanto más bebo, peor me siento sin beber y más tengo que beber para sentirme bien” ilustra este fenómeno. Y muchos jóvenes nunca podrán desengancharse, incluso después de ver su vida en ruinas y contemplar los destrozos que causaron a quienes se cruzaron en su camino en el mal momento. La mayoría de estos bebedores precoces recalcitrantes se irá al otro mundo, de promedio, unos 12 años antes de tiempo.

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La adolescencia es un periodo del desarrollo de la persona relativamente nuevo y misterioso. Hasta hace menos de dos siglos pasábamos de la niñez a la mayoría de edad y adquiríamos el uso de razón como por arte de magia a los siete u ocho años. Hoy la adolescencia es una especie de puente enigmático, excitante y largo, que une la infancia con la edad adulta y se tarda en cruzar una docena de años.

Los adolescentes forman su propia subcultura. Un mundo dinámico e imaginativo que, para bien o para mal, no suele incluir a los padres, y tiene una gran componente de consumismo. El mercado de los jóvenes supone un imperio comercial deslumbrante. Nunca han tenido los adolescentes tan fácil acceso a tantos recursos económicos, a tanto poder adquisitivo –aunque éste se nutra del bolsillo ajeno-.

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Todavía no conocemos la causa exacta de por qué ciertos jóvenes caen víctimas del alcohol y otros no. No obstante, cada día se acumula más evidencia que culpa a una mezcla de factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales.

La adolescencia es el periodo más tumultuoso del ciclo de la vida. No pocos adolescentes están sacudidos por cambios del cuerpo y del humor, por inseguridades, por amores no correspondidos, por luchas de poder con los padres, por presiones del grupo, por el desequilibrio entre aspiraciones y oportunidades y por la ansiedad sobre su carrera y el futuro. Los jóvenes son especialmente propensos a cambiar su percepción del mundo dependiendo del estado emocional en el que se encuentren. Todos conocemos adolescentes que cuando están tristes creen que su mundo entero se viene abajo, y cuando su estado de ánimo brilla, todo a su alrededor se ilumina. Muchos de ellos son jóvenes idealistas e impacientes que ven la vida como una proposición de “todo o nada” y no suelen aceptar que no todas las derrotas son permanentes.

Por estos motivos, a los que hay que añadir los grandes cambios físicos y emocionales asociados con las vicisitudes del desarrollo, los adolescentes son particularmente sensibles a la falta de controles externos, sobre todo los que proporcionan normalmente los padres y las reglas sociales. También son muy influenciables por el ambiente escolar y el grupo de compañeros al que pertenecen. En muchos adolescentes, cuando la frustración, la insatisfacción o el aburrimiento, coinciden con la incapacidad de dominar sus impulsos, y el fácil acceso al alcohol, la tendencia a beber para aliviar el malestar es casi irresistible.

Un estado emocional que predispone a muchos jóvenes al uso de bebidas alcohólicas es la depresión. Se calcula que este penoso y a menudo solapado estado de ánimo afecta al 10 por 100 de los jóvenes entre 12 y 24 años. Su incidencia ha aumentado en los países industrializados en los último 30 años. De hecho, la probabilidad de que chicos o chicas menores de 24 años sufran de sentimientos profundos de desesperanza, tristeza, apatía, o autodesprecio, es el doble que la de sus padres y el triple que la de sus abuelos. En Estados Unidos entre 1960 y 1999 la tasa de suicidios de adolescentes entre 15 y 19 años se triplicó, y alcanzó la cifra escalofriantes de 11 suicidios por cada 100.000 jóvenes. La incidencia de suicidios entre jóvenes europeos también ha aumentado en la última década.

Los jóvenes actuales crecen con más riqueza, más derechos, más libertad, más conocimientos y más posibilidades en general para realizarse, pero también con más pesimismo y más hastío. Estos sentimientos forman con frecuencia el caldo de cultivo de los problemas del alcohol. Por otra parte, bastantes adolescentes desilusionados utilizan sus excesos alcohólicos como un grito de auxilio. Confían que en algún momento alguien aparecerá para rescatarles.

El hogar familiar es otro factor importante a la hora de explicar el alcoholismo juvenil. Bajo condiciones familiares de indiferencia, de carencia de afecto o de ausencia de modelos adultos equilibrados, con quienes los menores se puedan identificar, las criaturas tienen a adoptar un talante desconfiado, dubitativo, pesimista y rebelde. Ante estas circunstancias adversas, muchos menores tienen dificultad para adquirir la capacidad de autocrítica y la aptitud para retrasar la gratificación y controlar sus impulsos. Estos ambientes familiares también alteran la habilidad de los niños para relacionarse y socavan su facultad natural para verbalizar sentimientos. Por otra parte, para muchos jóvenes, beber en exceso es una realidad que observan cada día en sus casas. No infrecuentemente son los mismos padres quienes les seducen para que prueben la primera copa. Los pequeños que crecen en estas condiciones tienen más probabilidades de recurrir al alcohol para compensar sus dificultades que quienes se desarrollan en un entorno familiar protector y afectuoso, en el que existe la presencia estable de adultos que sirven de modelos para los menores y les proporcionan apoyo, sentido de la responsabilidad y dirección. Este medio familiar saludable, complementado por un medio escolar estimulante y estructurado, nutre en los adolescentes la confianza, la sensación gratificantes de pertenencia a un grupo, la autodisciplina, la productividad, el optimismo y la autoestima.

Precisamente, numerosos investigadores que han seguido de cerca de miles de adolescentes durante años confirman que los jóvenes que se autovaloran y se consideran capaces o competentes, tienen menor probabilidades de abusar de alcohol o drogas, que los adolescentes que se infravaloran o se sienten insatisfechos con su manera de ser.

Un componente esencial de la autoestima en los jóvenes es la sensación de que controlan moderadamente su vida. Alguien ha dicho que el infierno es ir a la deriva y el cielo es gobernar nuestro barco. Cuando los adolescentes desarrollan la motivación para tomar decisiones, o para elegir los derroteros que van a marcar su futuro, se sienten más contentos con ellos mismos que cuando se ven impotentes o totalmente incapaces de moldear sus circunstancias.

Aparte de la influencia de la familia y en menor grado el ambiente escolar, la sociedad, a través de los poderosos medios de comunicación, inculca en los jóvenes los valores y las normas que guían sus actitudes y comportamientos, sus aspiraciones y sus prioridades. En este sentido, es preocupante que la continua publicidad alcohólica, además de vender el producto en prendas de vestir juveniles, actividades deportivas, programas de música y además ámbitos de jóvenes, también fomente estereotipos falsos de seguridad en uno mismo, de atractivo personal o de iniciativa.

Cada día resulta más obvio que la aceptación universal del consumo de alcohol y la permisividad general ante los jóvenes que beben, unidas a las ráfagas continuas de publicidad de bebidas alcohólicos, no sólo plantean un reto moral a la sociedad, sino que además nos ciegan a la hora de reconocer el verdadero impacto del alcohol.

Es curioso que cuando nos dan las noticias de asaltos salvajes o saqueos vandálicos a manos de jóvenes borrachos después de un partido de fútbol, se hace evidente la renuncia cultural a culpar al alcohol. Elucubramos casi exclusivamente sobre la alienación de la juventud, el alto desempleo entre los jóvenes, la irresponsabilidad de los clubs o la falta de control de los fans por las fuerzas de orden público. Aunque estos factores puedan haber contribuido a desatar la situación caótica al centrarnos solamente en ellos, ocultamos el hecho real de que el detonador principal de estos sucesos es el alcohol.

El alcohol, la rabia y la juventud, forman una mezcla explosiva. También llama la atención que aunque los efectos de esta mezcla peligrosa configuran una imagen frecuente de nuestro día a día, nunca la vemos representada en los relucientes anuncios alcohólicos.

Un ejemplo más benigno es el fenómeno del “botellón” –consumo nocturno de bebidas alcohólicas por grupos de adolescentes en plazas y calles- que se ha puesto de moda en muchas ciudades españolas. Con frecuencia se critican estas aglomeraciones desordenadas en el contexto de jóvenes irresponsables que quieren divertirse por poco dinero al aire libre y, de paso, degradan la vía pública, causan inseguridad ciudadana y no tienen en cuenta los derechos de los demás. Con demasiada frecuencia el factor alcohol, el principal ingrediente de estos comportamientos antisociales, es relegado a un plano secundario.

En el fondo, beber no sólo es un acto individual sino además una ceremonia cultural. Por eso, ante el problema del alcohol y los jóvenes, nadie es inocente, todos somos cómplices, todos hemos bailado con este diablo.

Al final, el deterioro personal y las desgracias que sufren y causan los jóvenes envenenados por el alcohol, se transforman en metáforas. Son símbolos lamentables que absorben y reflejan la desdicha del embriadado, el sufrimiento de sus víctimas inocentes, y la patología social que posibilita esta tragedia.



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Ahora bien, además de las abrumadoras tasas de mortalidad, de los trastornos físicos y emocionales, de los problemas en las relaciones, del bajo rendimiento escolar, de los accidentes, de la violencia y demás daños colaterales que ocasiona el consumo de alcohol por los jóvenes, la bebida durante la adolescencia, el periodo de desarrollo del carácter, tiene consecuencias nefastas para los hombres y las mujeres del mañana.

Los efectos obnubiladores del alcohol roban a los jóvenes la capacidad para captar la diversidad de la vida, la visión para elegir entre las opciones a su alcance, la creatividad para moldear su forma de ser y, en definitiva, las herramientas necesarias para forjar razonablemente su destino. El enorme desgaste y desperdicio de tanto potencial joven a causa del alcohol es comparable a una fuga masiva de cerebros de consecuencias devastadoras para la sociedad. Me explico.

Para que los hombres y la mujeres podamos desarrollar nuestra capacidad de superar los inevitables desafíos y adversidades de la vida, necesitamos aprender a vivir. Los seres humanos precisamos, como mínimo, las dos primeras décadas de nuestra vida para poder aprender los múltiples mecanismos psicológicos de adaptación y las estrategias de defensa que nos van a ayudar a vivir. Es decir, a gratificarnos de nuestras relaciones y llevar a la práctica nuestros talentos por el resto de nuestros días.

La educabilidad y plasticidad natural de los jóvenes favorecen este aprendizaje. Más la tarea requiere un esfuerzo continuado. Después de todo, si aprender a hablar cuesta muchos meses, no nos debe extrañar que aprender a vivir sea labor de años. Este proceso, sin embargo, se facilitar si conservamos un estado de conciencia clara que nos permita evaluar correctamente nuestras emociones y conductas, y las de los demás. Los efectos del alcohol interfieren con este aprendizaje, sobre todo en los jóvenes cuyas redes neuronales y personalidad están en proceso de maduración y desarrollo.

El alcohol, simplemente por su naturaleza química, bloquea la conciencia, produce cortocircuitos en las conexiones cerebrales que regulan las emociones y los recuerdos, torna las experiencias reales en experiencias ilusorias y fugaces, embota los sentimientos y entorpece nuestra aptitud para separar los esencial de lo superfluo. Por otra parte, al evocar con rapidez un estado emocional placentero, aunque transitorio, esta droga se convierte fácilmente en un hábito de escape.

Los pilares de la capacidad humana para adaptarnos a los cambios de nuestro cuerpo y a las exigencias del medio se construyen durante la infancia y la adolescencia. La capacidad de adaptación no sólo nos permite aclimatarnos a las nuevas circunstancias, sino que nos motiva a perseguir metas posibles, a no mantenernos mucho tiempo en “punto muerto” y a recuperarnos emocionalmente de las coyunturas más arduas, tanto si son derrotas como si son victorias.

Para aprender a vivir y realizarnos como adultos es importante que durante nuestra adolescencia identifiquemos las emociones y conductas que nos hacen sufrir y las que nos hacen sentirnos dichosos. Y aprendamos a suprimir gradualmente las situaciones que nos conducen al sufrimiento y a fomentar las que nos conducen a la felicidad. Las premisas de este proceso, en el fondo, incluyen los viejos axiomas de “conócete a ti mismo”, “la verdad te hará libre”, o “las dificultades de la vida se pueden superar si reconocemos sus causas y las neutralizamos”.

La adquisición del conocimiento durante los años de juventud sobre quiénes somos nos ayuda a acertar en la selección de nuestras relaciones y de nuestra vocación ocupacional o profesional. También nos aporta una visión realista de nuestras posibilidades. Pero para adquirir este conocimiento necesitamos una mente lúcida, que funciona.

A los jóvenes que son conscientes de sus emociones les resulta más sencillo evaluar la situación en la que se encuentra, y modular sus sentimientos. Y si logran subordinar sus impulsos a las metas que se proponen, aumentan las probabilidades de alcanzarlas. Por otra parte, cuanto mejor conectados están a sus propios sentimientos de los demás. Otro objetivo en el proceso de aprender a vivir de los adolescentes es ser conscientes de las consecuencias positivas y negativas de sus actos, tanto las inmediatas –el hecho de que si tocan fuego se queman- como los resultados a largo plazo. Ciertas conductas dejan residuo y configuran nuestro mundo del mañana. Aprender de las experiencias pasadas nos ayuda a cambiar y madurar. Más para poder aprender del pasado necesitamos motivación y una buena memoria. Dos cualidades que son incompatibles con el alcohol

Aprender a vivir, por consiguiente, exige curiosidad, introspección y conocimiento de nosotros mismos, pero también requiere una dosis generosa de autodisciplina y trabajo. Ayudar a los jóvenes a aprender a vivir es, con seguridad, una inversión rentable de la sociedad, porque garantiza en el futuro miembros satisfechos, responsables, creativos y eficaces.

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Cuando más se intensifica la preocupación social por el consumo de bebidas alcohólicas entre la juventud y mayor es el sentimiento de incertidumbre y de impotencia de los planificadores sociales, más evidentes se hacen las actitudes titubeantes y contradictorias de la sociedad hacia las medidas a tomar.

Un reflejo de esta fuerte ambivalencia es la publicidad de las bebidas alcohólicas. El tema es la parte complicada: ¿por qué toleramos una industria que engaña, seduce y atrae a consumidores demasiado jóvenes como para comprar legalmente el producto? Comprendo que la respuesta a esta pregunta sea políticamente difícil, dado el enorme poder de la industria alcoholera. Pero para compensar lo políticamente difícil ahí está la verdad sencilla: el alcohol es causa frecuente de incapacidades físicas y emocionales irreversibles y de muertes entre nuestros jóvenes.

Cada día miles de jóvenes empiezan a beber alcohol. El 10% morirá antes de tiempo. Los negociantes del alcohol saben que para mantener los beneficios económicos necesitan reponer las bajas con nuevos clientes de edad temprana.

Es verdad que el consumo excesivo de alcohol de muchos hombres y mujeres adultos es una decisión consciente y libre. Para no pocos las copas son su forma de vivir y su forma de morir. Pero también es cierto que demasiados niños y niñas son embaucados por las manipulaciones publicitarias de los mercaderes del alcohol. Mientras los adultos miramos hacia el otro lado.

Ignorar o no poder barreras al consumo de alcohol de los jóvenes es una actitud irresponsable y miope que además envía a los jóvenes un mensaje negligente de la sociedad: “colocarse”, “cocerse” o “evadirse” no es perjudicial para vuestra salud. Por otra parte, la firme aplicación de leyes que prohiben la venta y el consumo a los jóvenes comunica un principio consecuente con el conocimiento que tenemos sobre los efectos dañinos del alcohol, aparte de ser una medida efectiva a la hora de disminuir la oferta y disuadir a muchos consumidores latentes.

Ante el impacto ruinoso del alcohol en la vida de tantos jóvenes, pienso que la autoridad protectora de la sociedad adquiere especial importancia. El desafío consiste en explicar a los jóvenes las razones que justifican obligarles a esperar unos años antes de que puedan escoger sus propios venenos.

En mi opinión, las medidas que obstaculizan la venta y retrasan el consumo juvenil de los productos alcohólicos –incluyendo la eliminación de su publicidad en todos los ámbitos de jóvenes, su encarecimiento y el aumento de la edad mínima a los 19 ó 20 años- revierten beneficios significativos para los individuos y para la sociedad. Está demostrado que cuanto más joven se comienza a consumir alcohol, más alto es el riesgo de hacerse adicto. Y cuanto más joven es el consumidor, más dificultad tiene éste para controlar los efectos del alcohol y más graves son las consecuencias de sus comportamientos.

En el flanco de la demanda, numerosos estudios demuestran la efectividad de las campañas de prevención que hablan en el lenguaje y el medio de los jóvenes que están en situación de riesgo. Los mensajes educativos que describen crudamente las consecuencias trágicas del alcohol, mientras paralelamente destacan los beneficios y el atractivo de un estado físico y mental saludables, suelen tener un impacto positivo.

Con todo, para ser efectivas, estas campañas requieren especificidad. Esto implica definir los comportamientos de consumo que se intentan prevenir, analizar las causas de estas conductas, identificar los grupos de riesgo, formular los mensajes preventivos específicos y evaluar rápidamente los resultados de la intervención para poder hacer los ajustes que sean necesarios cuanto antes. La actitud de los adultos hacia su consumo de alcohol y el de los jóvenes también debe ser un foco principal de cualquier estrategia anti-alcohol.

Por otra parte, es importante refutar la creencia entre los jóvenes bebedores de que “todos lo hacen”, idea que, si bien es errónea, es utilizada constantemente por ellos para justificar o excusar sus propios excesos.

Comprendo que a pesar de las mejores intenciones y políticas, el poder de convicción de los adultos sobre los jóvenes es limitado. Como nos recuerda Khalil Gibran, en El Profeta (1923), “Nuestros hijos no son nuestros, son los hijos y las hijas del anhelo de la vida. Y aunque están a nuestro lado no nos pertenecen. Podemos darles nuestro amor, no nuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podemos albergar sus cuerpos, no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del futuro, cerrada para nosotros, cerrada incluso para nuestros sueños”



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Antes de terminar me gustaría recordarles un dato tan reconfortante como cierto. La creencia negativa y derrotista, tan extendida en nuestra sociedad, de que la juventud de hoy la forma un grupo alienado y desequilibrado.



Luis Rojas Marcos
Presidente de la Corporación de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York


Madrid, a 12 de Febrero de 2002






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