El tránsito del valor sentimental al valor economico de una actividad agricola tradicional: la uva de mesa del vinalopo



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EL TRÁNSITO DEL VALOR SENTIMENTAL AL VALOR ECONOMICO DE UNA ACTIVIDAD AGRICOLA TRADICIONAL: LA UVA DE MESA DEL VINALOPO


Autores: Josep-Antoni Ybarra (ybarra@ua.es)

Rosa María Torregrosa

Universidad de Alicante

Resumen:

La uva de mesa del Vinalopó (Alicante) ha representado durante mucho tiempo la actividad agrícola principal, prácticamente como monocultivo, para un número determinado de municipios de la comarca del Vinalopó Medio. Los ingresos derivados de esta actividad han sido los más significativos de todos los que se han dado en la agricultura alicantina. Pese a ello, la uva de mesa no dejaba de ser una actividad marginal y complementaria para un gran número de familias en la que una parte de sus miembros participaba, activamente en determinados momentos, para llevar a cabo labores concretas que exigían su cultivo y preparación para su comercialización. ¿Cuál es la razón de la competitividad de esta actividad? ¿La desvalorización del trabajo incorporado en su elaboración, la calidad del producto, la desestacionalización de su oferta frente a sus competidores en momentos en que no había este producto en los mercados? La comunicación que se presenta trata de responder a estas cuestiones ante una nueva situación: la internacionalización cada vez más creciente de la competencia de la uva de mesa.1 Para llevar a cabo este examen se utiliza un método de investigación directa en tanto que a través de entrevistas en profundidad a los sujetos y a las instituciones que tienen cierta relevancia se realiza la síntesis de sus opiniones.



Palabras Clave: uva de mesa, valor de la tierra, parcela tipo, familia, comercialización

LA UVA DE MESA EMBOLSADA: ELEMENTOS DESTACABLES

La actividad productiva en torno de la uva de mesa que se lleva a cabo en la provincia de Alicante, se desarrolla en una zona determinada: los Valles del Vinalopó. La producción se concentra fundamentalmente en los municipios de Monforte del Cid, Agost, Aspe, Novelda y en menor medida Hondón de los Frailes y Hondón de las Nieves, encontrando plantaciones de uva de mesa igualmente, pero de forma menos concentrada, en algunos otros municipios vecinos.

Las características agronómicas y climáticas que poseen las tierras, unidas a las particularidades sociales y productivas que se manifiestan a lo largo del proceso productivo (tierra relativamente parcelada, dedicación parcial y rentas complementarias para una parte de sus propietarios, rendimientos suficientes para aquellos con dedicación exclusiva) hacen que su explotación sea adecuada y compatible con otras actividades.

Desde finales del siglo XIX se puede apreciar que es la agricultura la actividad principal de estas tierras y en concreto el cultivo de la uva es su ocupación más relevante. De hecho, el trazado de la primera línea ferroviaria que en España une Madrid -la capital de España- con una capital costera -en este caso Alicante- en 1858, tiene sus estaciones de paso por aquellos núcleos que son los principales centros agrícolas del momento, dejando de lado poblaciones cuyas actividades pueden tener mayor relevancia en cuanto a manufacturas y artesanías. Aparecen así las estaciones de Monforte, Novelda-Aspe, Agost, o Elda, relegando a núcleos del interior como Alcoi o Ibi, o costeros como Villajoyosa o Benidorm. Esta línea de transporte permite en estos casos la salida de los productos agrícolas en su mayor parte perecederos y van a ser importantes lugares de entrada, distribuidores de productos y de bienes importados -sobre todo de moderna maquinaria agrícola, así como de fertilizantes- que de otra forma hubiesen sido de difícil difusión. En cierta medida cabe afirmar que la agricultura de esta zona justifica la aparición y el desarrollo del ferrocarril, pero a su vez, el ferrocarril refuerza el protagonismo de la agricultura, siendo el cultivo de la uva la actividad agrícola más representativa.

Si ya de per se el ferrocarril es un elemento estratégico de primer nivel para el desarrollo de la zona, la oportunidad se acrecienta en tanto que no solo se limita al transporte de mercancías, sino que da una oportunidad añadida para la movilidad de las personas. La zona en cuestión, caracterizada por situarse en un valle sin marcadas dificultades orográficas, más bien todo lo contrario, es extenso llano bien comunicado. Ello viene a implicar que las posibilidades de movilidad de la población del área, sea relativamente superior a la que tiene la población fuera de ella. De esta forma, la posibilidad de movilidad de la población, las oportunidades de trabajo y vida que puede encontrar, en su área o en sus entornos próximos, son altos. La población de los Valles del Vinalopó, moviéndose en cualquiera de sus direcciones, ha podido tener oportunidades próximas para encontrar trabajo y rentas. De esta forma le ha resultado relativamente sencillo dedicarse al comercio o al transporte dada su proximidad con el puerto de Alicante y con la huerta productiva; igualmente le ha permitido dedicarse a las labores agrícolas ya fuese como agricultor a tiempo completo y/o parcial, como trabajador directo en su propia explotación o como bracero ajeno a esta explotación; en otros momentos ha sido la mano de obra versátil del calzado, del barro o del mármol, según lo que las industrias próximas requiriesen; de igual forma que más recientemente lo ha sido para la construcción y el turismo dada su proximidad a la costa. Entonces, ante este cúmulo de oportunidades ¿qué es social y productivamente la zona del Valle del Vinalopó?, ¿una comarca agrícola, industrial, de tránsito -de transporte y comercial-, dedicada al turismo costero? La respuesta no puede ser otra que la de ser comarca multiforme y diversa, que siendo agrícola en su base, la falta de una renta agrícola suficiente para toda su población ha hecho que haya tenido que aprovechar las oportunidades de cada uno de los momentos álgidos de las actividades de todas las comarcas que le rodean. Solo parcialmente la uva permite vivir a parte de sus habitantes, el resto debe recurrir regularmente a otras actividades para subsistir.

La parcialidad con que la uva posibilita sobrevivir a parte de los habitantes de la zona, imprime unas características socio-productivas, culturales, reproductivas y, en general, vivenciales, al conjunto. Tanto aquellos que pueden dedicarse casi con exclusividad al cultivo de la vid, como los que lo hacen muy tangencialmente, están íntimamente relacionados a través de la uva que continua teniendo una característica sobresaliente: la parcialidad.

Para entender qué y cómo se desarrolla la actividad, además de la parcialidad como característica destacada en la relación de los sujetos y de los activos comarcales con la producción y el cultivo de la uva, existen otros rasgos que son más generales y que están sujetos a los condicionamientos de la agricultura en su conjunto. Así cabe advertir que deben considerarse asimismo aspectos relativos a la calidad del producto final (del que existe una cada vez mayor preocupación en la zona con la aparición del Consejo Regulador de la Denominación de Origen, o con la atención en cuanto a mejorar la oferta con nuevas variedades), la coyuntura internacional, la competencia extratemporal de nuevos países productores, los aspectos ligados a la climatología, o a la situación socio-laboral de las comarcas próximas. Todo ello vendría a aportar parte de las razones explicativas de cómo, porqué y quién, permite que la uva de mesa del Vinalopó se desenvuelve de la forma como lo hace.

SOBRE LA PARCIALIDAD Y LA IRREGULARIDAD EN LA UVA DE MESA

En términos generales y analizándolo desde una perspectiva global, tradicionalmente el cultivo de la uva de mesa en el Vinalopó ha sido una actividad parcial; parcial porque se desarrolla a tiempo parcial; porque aporta una renta insuficiente -parcial- que debe completarse con otros ingresos y otras actividades; porque ocupa de manera incompleta -parcial- a aquellos que se emplean en ella. La parcialidad en el tiempo, en la dedicación, en los ingresos, en los empleos o en el trabajo, es destacable.

Existen sin embargo diversas realidades en cuanto a los sujetos que se dedican a la elaboración de la uva de mesa. Lo más característico es el hecho de aquellos sujetos que siendo propietarios de sus tierras, las trabajan directamente; aproximadamente este es el caso de la mitad de la población declarada como agricultor. De estos, solo la mitad tendrían suficientes tierras en cuanto a número de Ha. y dimensiones de parcela, para calificarse como agricultores cuya actividad principal es la agricultura, si bien para obtener sus rentas anuales, necesitan complementar sus actividades agrícolas con otras actividades. La otra mitad de propietarios que explotan sus propias tierras, en ningún caso poseen tierras en cantidad suficiente para alcanzar sus necesidades de renta anual; en este caso, claramente sus tierras les reportan unas rentas marginales, necesitando realizar otras actividades para completar sus ingresos.

En ambos casos, lo relevante es que en mayor o menor medida, la tierra, en este caso la explotación de la uva de mesa, no aporta ni siquiera para aquellos propietarios de la tierra una renta anual suficiente, debiendo dedicarse a otras actividades para alcanzarla. Es cierto que para un cuarto de los propietarios, según circunstancias, casi alcanzan esa renta, pero para el resto, para el 75% de los propietarios de la tierra, esta actividad debe complementarse con otras ya que es claramente insuficiente la obtenida con la explotación de la uva.

Cabe advertir que en todos los casos, tierras explotadas por sus propios propietarios, grandes compañías con tierras en alquiler, explotaciones a tiempo parcial, tierras familiares cultivadas los fines de semana, etc., todas necesitan de mano de obra de semejante manera: abundante, de forma irregular y en momentos concretos. Esto se debe a las características de la producción agrícola que requiere en determinados momentos de manera generalizada el que se proceda a realizar las mismas funciones de forma masiva, y en caso de no hacerse, la producción se puede malograr. El cuidado de los campos o los riegos, pueden programarse; sin embargo, el embolsado, la recolección, la selección y limpieza, así como el envasado, necesita de un volumen de mano de obra suficientemente elevado y disponible de manera momentánea que crea una irregularidad extendida en y para toda la comunidad. Hay que hacer frente a esas necesidades en escaso tiempo y con carácter generalizado. No hay otro momento; la uva no espera porque el sol, la lluvia, el corte que se haya hecho, la limpieza que haya de hacerse, la salida al mercado y su transporte, no tiene otro momento. Encontramos entonces con que se debe contar regularmente -al menos cada campaña- con un volumen de mano de obra elevado para hacer frente a las contingencias de una producción indeterminada y puntual en el tiempo. La irregularidad temporal y la inseguridad en cuanto al volumen, caracterizarán al mercado de trabajo que se ocupa en la producción de la uva de mesa en el Vinalopó. La pregunta que se deriva de esta situación es, ¿de dónde entonces la mano de obra?, ¿qué características debe tener?

Un volumen importante de mano de obra comarcal que se declara como obrero agrícola, aproximadamente el 25% de la población, es el que trabaja en esta condición: obrero temporalmente ocupado en la vid y que el resto del tiempo debe completar sus rentas acudiendo a otras actividades, relacionadas o no con el campo. Como obrero sin tierra que es, su trabajo va a estar caracterizado por la temporalidad, por la parcialidad en cuanto a la renta obtenida por este trabajo, y en última instancia por la inseguridad que esta actividad le representa.

Junto a este grupo de sujetos, aparece otro que viene igualmente a suplir las necesidades temporales que la uva requiere. Se refiere a la mano de obra que trabaja de forma semi-oculta, como ayuda familiar, que lo hace a tiempo parcial, en los momentos que mayor demanda de trabajo se precisa, sin horario, sin casi salario, sin reglamentación. Es la familia extensa junto con sus amigos y conocidos, que se organiza en torno a las necesidades que presenta en el momento preciso la cadena de producción de la uva -corte, poda, limpieza, etc. Gracias a este volumen de gente, a las condiciones con que trabaja y a la flexibilidad que proporciona, algunas de las fincas y de las producciones de uva son posibles; de otra manera esas fincas serían imposibles de explotar. Es importante señalar que parte de estas fincas y de su producción llegan a representan actividades no principales y sí accesorias para sus propietarios. Las rentas, en caso que se produzcan, tienen una consideración de ayuda complementaria tanto para sus propietarios como para los familiares que han podido intervenir en su elaboración.

CARACTERES SIGNIFICATIVOS DE LA EXPLOTACION MEDIA

Analizando con mayor detalle las características productiva de las explotaciones típicas dedicadas a la producción de la uva de mesa en el Valle del Vinolopó, encontramos que la evolución habida en cuanto a su dimensión se ha encaminado a dimensionar una explotación media representativa; en ella, la parcela raramente sobrepasa las 4-5 Ha., siendo atendida generalmente por los propios propietarios; la explotación y el trabajo en ella está realizado por los miembros de la familia. En períodos puntuales y de forma regular cada año, hay trabajos y facetas de la campaña en las que son contratadas un número de personas conocidas y próximas a la familia (vecinos, trabajadores eventuales recurrentes todos los años) para realizar aquello que difícilmente pueden hacer los sujetos de la propia familia, y ya en caso de que por razones de exceso de dimensión de la parcela o porque el trabajo a realizar requiera de una inmediatez absoluta, y no habiendo en ese momento recursos familiares y/o conocidos disponibles para hacerlos, son entonces requeridas las “cuadrillas” para que realicen aquellos menesteres.

Junto a esta realidad en cuanto al tamaño de parcela, habría que destacar las afirmaciones que reiteradamente se han recogido de distintos expertos, y que advierten que la dimensión media necesaria para que una familia típica (cuatro miembros: matrimonio y dos hijos dependientes) pueda vivir anualmente, lo sitúan en torno de las 4-5 Has., con dedicación exclusiva por parte de los miembros de la familia dedicados al cultivo y manipulación de la uva de mesa.



En consecuencia, de la unión de las dos apreciaciones anteriores: dimensión media de parcela situada en torno de 4-5Ha., y dimensión media para sobrevivir escasamente una familia de 4-5 miembros (dimensión familiar estándar), se puede llegar a entender que exista una división productiva y social en el Valle del Vinalopó derivada del cultivo de la uva. Así, advirtiendo que existe un volumen significativo de propietarios de parcelas y tierras (y entendemos que de familias) que sobrepasan el 60 % de los propietarios de tierra cuya parcela está rondando una dimensión igual o menor que las 4-5 Ha., ello significa que este número de familias y de propietarios -más del 60 % de los propietarios-, no pueden vivir exclusivamente del cultivo de la uva de mesa; estas familias deben dedicarse a otros menesteres para alcanzar unas rentas que le permitan sobrevivir durante el año. Entonces, en cualquier caso, ya fuese que el cultivo de la uva se hiciese de forma parcial, o ya fuese que se tuviesen que complementar esa actividad con otras no agrícolas, la tierra no puede entenderse como actividad principal para el 60 % de los propietarios de tierras, en el mejor de los casos será una actividad secundaria para la familia. Las consecuencias que ello tiene son trascendentes en tanto que va a significar que la familia va a considerar a la tierra como un bien complementario, y al cultivo de la uva como una actividad accidental en sus quehaceres productivos. Ello a su vez trasciende a otras muchas expectativas y comportamientos racionales de la familia en tanto que el crecimiento y la dependencia de la familia relacionada con la tierra tiene que respetar una proporción de tierra necesaria por cada miembro de la familia: cada miembro requiere un mínimo de 1Ha. de cultivo, y si ello no fuera posible, la desintegración de la familia vinculada al cultivo de la uva de mesa sería inevitable. Esta es precisamente la realidad a la que se han visto abocadas muchas de las familias del Valle del Vinalopó a lo largo de los últimos 15 años en los que el crecimiento en el número de miembros de la familia ha hecho que, los más jóvenes, debido a la falta de rentabilidad suficiente de la explotación familiar se han alejado de estas explotaciones sustituyendo sus fuentes de ingresos por actividades relacionadas con la construcción, los servicios y/o las actividades manufactureras próximas (extracción de mármol, calzado, cerámicas, barro), con el consiguiente envejecimiento de la población que se dedicara -incluso parcialmente- a las labores del campo. De esta manera la selección interna que el proceso llega a hacer de manera automática es que los activos que van quedando en el campo, son cada vez más viejos, tanto en cuanto a mano de obra como a infraestructuras, equipamientos, calidades de la tierra, etc. ¿Qué necesidad existe para renovar unas instalaciones o una plantación, si realmente quien se debería de preocupar no lo hace? (llegan a pensar los padres y los abuelos). Ello conduce a que no se plantee cambio alguno en cuanto a tipos de producto, formas de distribución, necesidad de formación técnica más allá del normal funcionamiento que ha sido habitual hasta el momento.

Esta situación de pasibilidad manifiesta de una parte considerable de los sujetos y de los activos de la uva de mesa, conduce a que aparezca una divisoria clara entre dos mundos en la uva. Por una parte aquella realidad social que tiene a la uva como una actividad accidental, no principal, que a veces podría vivir de ella, pero que debe ocuparse en otros menesteres en tanto que no se le garantiza con la uva que pueda obtener unas rentas regulares. Este grupo social en tanto que obtenga otras rentas regulares de otras actividades llega a entender a las rentas procedentes de la uva como un complemento a su renta, ingresos éstos que vendría a compensar el esfuerzo que durante el tiempo que de forma parcial le haya podido dedicar a la explotación.

Frente a esta realidad muy extendida socialmente, existe aquella otra formada por explotaciones de mayor tamaño, superiores a las 5 Has. En este caso serían “empresas agrícolas” que muchas de ellas pueden tener un carácter familiar, pero que se diferencian de las anteriores en que su objetivo no reside en complementar rentas, sino en que los ingresos procedentes de ellas son ingresos principales para el individuo, la familia o la empresa. El tamaño de estas explotaciones es de tal dimensión que puede permitir la obtención de ingresos anuales regulares. Para el Valle del Vinalopó se pueden considerar que los propietarios de tierras con estas características pueden estar en torno de 1/3 el total de los propietarios de explotaciones. En su caso, el interés de sus propietarios es precisamente el de llevar a cabo una explotación de la tierra que les permita vivir de esta actividad como medio de vida. Obviamente el interés en cuanto a mejoras, introducción de cambios, adaptación de innovaciones, protección de la explotación, seguridad en los cultivos, etc., es sustancialmente diferente entre unos y otros.

Aquellos que entienden la agricultura de la uva como actividad secundaria, que aprovechan sus capacidades a tiempo parcial, ven a la tierra como una actividad en el que priman aspectos de tipo sentimental, mantienen la explotación por la tradición, porque sus padres y/o abuelos se la han podido dejar en herencia; como máximo perciben la parcela por su valor expectante ajenos al valor que puede tener la tierra por razones agrícolas precisas, valor expectante que en tiempos recientes se ha podido ver materializado al alza convirtiéndose en un bien especulativo puro . Sin embargo, para los agricultores, las familias y las empresas que han podido estar dedicados en su actividad principal al cultivo de la uva de mesa, el valor que le han podido dar a la tierra no ha podido pasar del que se derivaba de su actividad agrícola, de forma tal que las tierras próximas a los núcleos urbanos, han pasado a tener precios prohibitivos para la producción agrícola, convirtiéndose entonces en tierras potencialmente urbanizables y con precios expectantes imposibles de pagar como explotación agrícola. En realidad el interés de unos y otros era diferente aunque se hablara de lo mismo, de la tierra: para los unos el valor de la tierra tenía un carácter sentimental y tan solo estarían dispuesto a deshacerse de ella en tanto que el valor financiero pagado por ella representase un valor que les valiese la pena (sentimentalmente hablando) deshacerse de ella; para los otros el valor de las tierra tiene un valor estrictamente productivo de carácter agrícola, determinado por los costes de explotación de la actividad y por supuesto determinado y valorado por los mercados agrícolas. De hecho esta situación de conflicto latente en el uso de la tierra entre aquellos que entienden la actividad por su valor expectante, y aquellos otros que entienden la actividad desde el punto de vista productivo, se puede trasladar en realidad a otros muchos activos productivos (capitales, personas, infraestructuras, tiempos productivos, etc.), y vendría a explicar cómo ha funcionado el sector de la uva de mesa en el Valle del Vinalopó. El progresivo abandono de las tierras productivas, el hecho de que cada vez se cuidasen y plantasen menos cantidad de cepas, no es porque el sector agrícola lo decidiese, sino que fundamentalmente se ha dado porque aquel sector social y productivo de la uva de mesa cuyas expectativas estaban más fuera del sector que dentro de él, aquel grupo de “agricultores a tiempo parcial”, les resultaba más rentable ir abandonando los cuidados que requería aquellas cepas; el coste y el esfuerzo por cuidarlas y por mejorarlas, no compensaba el beneficio que se pudiese obtener de ellas. Una conducta muy diferente es la que manifiestan aquellos agricultores cuya actividad principal es la producción de uva de mesa; en su caso la preservación al menos de la explotación debe estar garantiza para así poder asegurarse que el rendimiento de la tierra sería el adecuado.

Este juego de intereses existente en el mundo de la uva de mesa y que lo podemos ver en el valor que se le da a la tierra o en la dinámica de explotación de las parcelas, se traslada igualmente al ámbito de los cambios necesarios y del proceso de modernización que haya podido haber. En general la modernización de estas tierras viene de la mano de aquel grupo de agricultores que tienen sus intereses puestos en la tierra; el resto va adaptándose a las circunstancias que puedan interesar. De hecho, es cierto que ha habido una mecanización en el proceso de explotación de las parcelas, un perfeccionamiento generalizado en los sistemas de riego, una mejora significativa en los caminos y carreteras; todos estos cambios y progresos se han producido independientemente de la rentabilidad de las cosechas, era lo mínimo que se podría hacer para tener la parcela con capacidad para poder ser explotada (tener riego, caminos por donde circular, adaptarse a los tiempos modernos en las formas de cultivo); de estos cambios cualquiera ha podido participar en tanto que tuviese una explotación. Sin embargo otra cosa bien distinta es cuando al campo y a las explotaciones de la uva se le ha ido exigiendo una mejora adicional en sus procesos de producción y de comercialización. En ese momento nuevamente aparecen los dos mundos de la uva: aquellos que mantienen inamovible un status quo en toda la concepción de la cadena productiva y distributiva de la uva (en cómo y qué producir, en los sistemas de trabajo, en las formas de comercialización, en los sistemas de control e higiene) -la concepción tradicional-, frente a aquel otro proyecto adaptado a las exigencias de los mercados nacionales e internacionales en los que el cambio en los tipos y variedades de uva, la renovación en los sistemas de producción, las nuevas cadenas y formas de distribución, las marcas e imágenes son radicalmente diferentes a lo que tradicionalmente fueron, en los que las normas y los controles de envasado manifiestan más la garantía del producto que el propio producto en sí.

UN ASPECTO SINGULAR: EL ENVASADO Y LA COMERCIALIZACION

De forma destacada, la gran diferencia entre los dos tipos de culturas agrícolas que existen en torno de la uva del Vinalopó se observa cuando se analizan sus aspectos laborales y comerciales. Sus aspectos laborales ya han podido ser enunciados anteriormente, y en extenso son analizados por una comunicación complementaria a ésta a cargo de Begoña San Miguel. Son ahora sus aspectos comerciales lo que cabría analizar.

Tradicionalmente la consideración de competitiva que se le ha dado insistentemente a la uva del Vinalopó ha estado relacionada con sus características en cuanto a sabor, aspecto y sobre todo dilación en el tiempo ya que se podía comercializar en momentos en que no existía competencia de un producto semejante en el mercado. Ello se derivaba de la forma en cuanto a la producción: el embolsado y sus consecuencias. Recogiendo una opinión muy generalizada de los propios agricultores “la producción de la variedad aledo que se embolsa no se puede replicar en ningún otro sitio, y eso es lo único que nos ha permitido sobrevivir, sino, nos hubiesen borrado de los mercados, pensemos que por el embolsado se retrasa la maduración de la uva un mes; al embolsar lo que se produce es un stress a la planta y al racimo que se retrasa, ya que durante 25-30 días está parado, no crece, y eso hace que madure más tarde que es la ventaja que se tiene con esta uva. Es verdad que durante ese momento puede haber otra uva por ejemplo de Chile que venga a competir con la aledo, pero esa uva de Chile viene muy cara, más que la de aledo de aquí”. En definitiva, la competitividad estaba centrada en la forma de producción, el embolsado, que infiere caracteres competitivos al producto en tanto que éste puede competir prácticamente en régimen de exclusividad como producto único en el mercado. Ello hace que la uva de mesa producida tanto por aquellos productores que se dedicaran parcialmente como los que lo hicieran en régimen de dedicación exclusiva, obtuviesen rendimientos suficientes para proseguir con la misma actividad; difícilmente se quedarían colgando los racimos en las cepas; siempre tendrían salida.

Una vez recogidas las uvas, se presentan entonces las faenas de los almacenes. Las formas de envasado y de comercialización serían hasta hace poco tiempo las tradicionales en todos los casos: naves y almacenes, porches y garajes, esparcidos a lo largo de los pueblos; unas veces declarados, otras sin declarar; lugares en los que se reunía a los allegados y a algunos (los menos) trabajadores dados de alta, para limpiar los racimos y envasarlos, ya que las uvas debían empaquetarse y expedir para llegar a los mercados y a las lonjas (fundamentalmente a los mercas de las grandes ciudades). La tecnología aquí era bien simple: la tijera y la silla; nada más. El tiempo, el necesario hasta completar la demanda que se tuviese. La comercialización del producto podía variar entre dejarse asesorar por los consejos de un “corredor”, ponerse en las manos de un “asentador” de confianza, o el tratar de salir a los mercados a vender uno mismo. La diferencia es relativamente simple: en un caso es un mediador entre el productor y el comprador quien “corre” para informar de uno al otro de las posibilidades que se tiene de realizar la operación; en otro caso, es el sujeto que definitivamente “asiente” de la operación que se haga en los mercados a los que el agricultor haya enviado la mercancía –lonjas, mercas, plazas- confiando en que ese asentador defienda los intereses del productor; y ya por fin, en los mercados donde el productor directamente pudiera acudir o tener una persona de confianza para poder cerrar las operaciones. En todos los casos es la confianza, la relación estable y continuada entre los sujetos intervinientes en las operaciones, los elementos que hacen que se finalizara estos asuntos. De la misma manera que las variables que han permitido competir han sido reiteradamente redundantes: la calidad y la oferta de un producto sin competencia en un momento determinado, la depreciación relativa del trabajo necesario (fundamentalmente el de la familia y el de la mujer), así como la valorización sentimental de la actividad.

Todo este equilibrio entre productores, tierra, familias, comerciantes, almacenes, trabajo de fin de semana, economías informales, corredores, etc., se va a trastocar cuando la uva de mesa empieza a tener una competencia que desvaloriza sensiblemente los rendimientos esperados. Eso ocurrió hace un par de décadas (sobre los primeros años de los 90) a partir de una serie de inundaciones y heladas que se produjeron; fueron el inicio de los cambios que se sucederían.

En esencia los cambios se producen porque la competitividad de la “exclusiva uva embolsada del Vinalopó” se va perdiendo; las posibilidades que ofrece las mejoras del transporte en frío hace que se pierda la exclusividad que durante mucho tiempo la uva embolsada tenía reservada; la cantidad de uva ofrecida al mercado mundial proveniente de lugares remotos que con anterioridad prácticamente no existían, esto hace que los precios se desplomen sensiblemente; las exigencias por parte de los mercados de variedades de uva diferentes a las de aledo (el principal tipo de uva embolsada) pero que no tuviesen pepitas (uvas apirenas) (mercados como el alemán o el inglés donde casi solo se pueden vender uvas apirenas); los cambios en los hábitos de consumo de los consumidores que van perdiendo fidelidad en la calidad sustituyéndola por los precios; precios de las uvas fijados la mayoría de las veces por las cadenas distribuidoras y las grandes marcas comercializadoras de productos alimenticios en general; condiciones de producción y envasado impuestas por las cadenas comercializadoras (como son certificaciones de “producción integrada”, esto es, producto cultivado de forma que minore todo los efectos del tratamiento de elementos fitosanitarios y mantenga el medioambiente, o que cumpla con las normas del GLOBALGAP (originalmente EUREPGAP), que es el certificado de garantía de que los alimentos producidos cumplen con los niveles establecidos de calidad y seguridad, en términos de sostenibilidad, respeto a la seguridad, higiene y bienestar de los trabajadores y el medio ambiente). De una forma tímida y no generalizada, centrándose en los grandes productores, la aparición de la Denominación de Origen de “Uva de Mesa Embolsada del Vinalopó” en los años 90s pretendía avanzarse a estos cambios en lo que hace referencia a la calidad del producto.

Nos encontramos entonces en que si la tecnología no ha variado aún hoy, lo que sí que empieza a exigirse es la variación de la cultura productiva en el cultivo, en la manipulación y en la comercialización de la uva. Los estándares y las homologaciones impuestas por las cadenas y los mercados globales, la competencia de otras variedades con calidades semejantes a las que tradicionalmente habían sido exclusivas de las uvas del Vinalopó (como anécdota sirva la afirmación que algún entrevistado nos comunicó “en el único sitio donde se oye decir que la calidad de la uva Italia es mala, es en los bares de Novelda”), y la caída de precios, obliga que se deban adoptar formas de trabajo, de comercialización y de envasado que vayan a adaptarse a las nuevas regulaciones. Ello es un camino que está siendo inicialmente emprendido por parte de aquellos productores que entienden la producción y comercialización de la uva de mesa como una actividad productiva; la reacción de aquella otra parte de la realidad productiva en donde priman valores más sentimentales que mercantiles, es aún una incógnita que debe ir despejándose en breve.

DE LA AGRICULTURA SENTIMENTAL A LA AGRICULTURA INDUSTRIAL: LAS GRANDES INCOGNITAS DEL PRESENTE

Durante un largo período la evolución de la explotación de la uva de mesa va paralela a la propia dinámica de un mercado de consumo nacional cada vez más exigente al que se va adaptando. La desestacionalización de determinados tipos de uva, las variedades que van introduciéndose, las mejoras en cuanto a la calidad, los nuevos sistemas de distribución y de comercialización, más seguros, rápidos y fiables, el incremento de la capacidad de compra del propio mercado español, etc., todo ello consolida la expansión y las expectativas de una actividad que a pesar de su marginalidad, representa un porcentaje considerable de la renta agraria local, por supuesto, y también provincial. Sin embargo, la presión que la actividad ha recibido por una serie de elementos externos, o incluso internos a su propia estructura y organización, ha hecho que le resulte de extrema dificultad su desarrollo. Así cabe destacar:



  1. La gran presión ejercida por la pérdida paulatina de rentabilidad en la producción de la uva de mesa, unido a la política que en algún momento impulsó la UE a través de la PAC de incentivar el “achatarramiento” de la tierra (bonificando al propietario de cepas siempre que se comprometiese a abandonar ese tipo de cultivo), ello va a comporta que haya una “huida de la tierra”, por parte de personas y familias que abandonan el cultivo de esas tierras. La importancia que ello tiene es verdaderamente trascendental tanto desde el punto de vista social como medio-ambiental, en tanto que la función que llega a representar el cultivo de la vid, es la de mantener el equilibrio social y a la vez que medio-ambiental en la zona; en el momento que se rompe ese equilibrio, debe encontrarse una nueva situación que sea capaz de mantener una tierra productiva -aunque sea de manera marginal con otro producto- y que ello represente una actividad que ofrezca una renta suficiente para dedicarse a ello. La dificultad para encontrar ese nuevo equilibrio hace que los viejos propietarios de tierras, que las abandonaron o las “achatarraron”, no hayan vuelto a cultivarlas, habiendo huido de sus actividades agrícolas tradicionales. Es cierto que muchos de ellos y sus familias dejaron de ser “propietarios agrícolas” de tierras cultivadas de vid, pasando a ser “propietarios agrícolas” pero de tierras baldías, sin explotación. ¿Y a qué se dedicaron?



  1. El trasvase a otras actividades fue la salida inmediata. Las oportunidades de trabajo que le ofrecían las actividades próximas a la comarca, hace que se justificara definitivamente el abandono de la vid. Las actividades a las que nos referimos están relacionadas tanto con la industria como son el calzado, el juguete y el mármol, como la construcción en sentido estricto, los materiales de construcción -tejas, ladrillos-, elementos de decoración en barro, o el comercio y el turismo. El auge que llegan a tener estas actividades no agrícolas en la zona durante los últimos años del siglo XX y primeros del XXI, en un periodo de 10 -15 años, es considerable, de tal manera que la renta que una persona podía obtener dedicándose a una de estas actividades en relación con la agricultura, podía estar mínimamente en una proporción de 5 a 1. El itinerario socio-laboral entonces estaba trazado: se pasa de “propietario agrícola trabajando a tiempo parcial” a “asalariado industrial o terciario trabajando a tiempo completo”. ¿Y qué ocurre con la tierra? ¿Hay alternativas productivas al abandono de la vid?



  1. El equilibrio que existía entre la explotación agraria de la tierra con la plantación de vid y la familia trabajando en aquella explotación, se distorsiona. Ya no es la familia en conjunto la que trabaja la tierra de manera regular para obtener unas rentas irregulares que le eran necesarias; solo lo puede hacer ahora cuando han acabado sus labores en aquellas otras actividades que en ese momento le son principales. ¿Qué significa ello? Que la marginalidad de la renta agraria, ahora pasa a ser mucho más elevada. La tierra solo va a trabajarse en tanto que se haya hecho frente al resto de obligaciones laborales que se tuviesen, pasa entonces a ser una actividad claramente marginal. En consecuencia, el valor que la tierra pudiese tener como activo productor de renta, tiene menor importancia que tenía en tanto que la renta que se obtiene ahora es mucho más marginal, el tiempo que se le puede dedicar es mucho menor, y las necesidades que se pudiesen requerir para mejorarla -para cambiar de cultivo y hacer unas explotaciones más rentables y diferentes de la vid- serían considerables.



  1. Toda esta situación viene a agravarse al considerar el específico sistema familiar que ha presidido la forma de explotación de la vid. Para entender esta situación debemos advertir de forma simplificada que, la rentabilidad de la tierra y la obtención de renta de ella está condicionada por dos bloques de elementos determinantes: los unos son las variables relativas a los aspectos externos a la explotación (mercados, competencia exterior, niveles de consumo, inputs, agua, insecticidas, maquinaria, gasóleos, etc.); los otros son los aspectos relativos a la producción en estricto sensu que de forma simplificada están condicionados por dos elementos: cantidad de tierra empleada y cantidad de trabajo incorporado. Si en este esquema dejamos al margen los aspectos que hemos considerado externos, y que serían objeto de análisis bajo consideraciones económicas y financieras, nos centraríamos entonces en la tierra y en la mano de obra empleada en su explotación. Con estas dos variables, las controladas internamente por el sistema productivo, puede concluirse que la renta solo aumentará o bien si se añade tierra a explotar utilizando la misma cantidad de trabajo, o bien al revés, incrementando la cantidad de trabajo manteniendo la misma cantidad de tierra. ¿Pero realmente qué ha ocurrido? ¿Se ha ampliado la cantidad de tierra o es el trabajo el que se ha incrementado? La realidad indica que en general la tierra utilizada para la explotación de vid se ha reducido, en cambio, la “población potencial” (la que podría dedicarse a estas labores) aumentaba. Aparece entonces un importante conflicto: la “población potencial” dedicada a las labores agrícolas relacionada con la vid puede aumentar, pero la cantidad de tierras ha disminuido, con lo que la renta real per capita disminuye, a no ser que la población real dedicada a estas labores disminuya también. El conflicto se traslada entonces al número de personas que deben abandonar el campo para que otro número pueda obtener una renta digna. ¿Cuántos agricultores potenciales -jornaleros o propietarios- deben abandonar esas explotaciones para que se alcance un volumen de población máximo y que estos productores obtengan una renta suficiente para poder dedicarse dignamente a estas labores? El conflicto entre población potencial y población real se traslada entonces a la familia, ya que es la familia, como unidad socio-productiva, la que hasta el momento había sido capaz de ejercer como regulador de los vaivenes en la oferta del volumen de mano de obra dedicada a las labores agrícolas de la vid, y sobre todo de la uva de mesa. Es la familia la que diluía los conflictos que pudieran plantearse entre la población potencial capaz de trabajar y la población real, la que trabajaba; aquellos desajustes que podrían presentarse en cuanto a tiempos, dedicación, intensidades, salarios, rentas, recursos, etc., se ajustaban internamente en el seno familiar. Sin embargo, esta labor que la familia ejercía de moderador productivo se va perdiendo en tanto que la dimensión de la familia se amplía, y en cambio, la dimensión de la explotación familiar es en todo caso la misma. Con el aumento de la familia, el cabeza de familia -sea el padre o la madre- pierde su facultad para llegar a establecer un consenso y ni mucho menos para llegar a imponer unos criterios en la organización de la finca que sean asumidos por todos los nuevos miembros de esa hipotética familia ampliada. Ahora, la explotación que tuvo un carácter familiar pasa a tener un carácter productivo, pero bajo este nuevo criterio, no es posible la rentabilidad de esta explotación, más dividida por la herencia que ha debido de fraccionarse entre los hijos y más influida por la presión de actividades externas. En definitiva, la explotación agrícola familiar que fue rentable y/o se pudo mantener bajo criterios de equilibrio familiar, se ha distorsionado en tanto que la explotación ahora se percibe con criterios económicos financieros. El abandono entonces es creciente, la familia no encuentra en la explotación de la tierra ningún incentivo financiero para mantenerla; la posesión y el mantenimiento de la tierra pasa a tener otro tipo de valores y valoraciones.



  1. ¿Pero qué hacer entonces con esas tierras abandonadas o que no pueden dedicarse al cultivo de uva por razones económicas en mano de la familia que la explotaba de una forma tradicional? ¿Qué hacer con esas parcelas que por su tamaño no permiten a una familia el obtener una renta suficiente para dedicarse a su explotación en exclusiva? La oportunidad está apareciendo de la mano de las grandes compañías agrícolas dedicadas al cultivo de verduras y hortalizas. Estas compañías con capacidad económica para abordar ciertas mejoras en cuanto a sistemas de riego y explotación de las tierras, lo que están haciendo es arrendar esas tierras por períodos relativamente cómodos para sus explotaciones y así, sin costes excesivos por la necesidad de tener tierras en propiedad, tienen la capacidad de producir aquello que puede ser rentable dadas las condiciones de calidad de la tierra y de la oportunidad de obtención de aguas para el riego. Aparece así un nuevo agente presionando sobre el débil equilibrio entre los propietarios de la tierra y la explotación de esa tierra dedicándola al cultivo tradicional de la vid. ¿Qué hacer con una parcela que difícilmente ofrece una rentabilidad para la familia sino es de manera parcial, insegura e irregular a lo largo del año? El fenómeno de las grandes compañías agrícolas arrendando tierras que fueron tradicionalmente productivas con la vid, es un hecho que presiona no solo a aquellos que lo pueden tener claro en el momento presente, sino para aquellos que pueden verlo como una alternativa futura.

LA UVA COMO REFUGIO: ¿VUELTA A LOS ORIGENES?

El paulatino alejamiento del cultivo de la uva que en general se fue observando en la comarca, iba siendo sustituido por pautas de comportamiento social y económico relacionadas con la industria, el comercio, el turismo, la construcción, el traslado a ciudades próximas y a la capital. El prestigio social, la seguridad y las mayores rentas que se pudieran obtener fuera de la agricultura, hace que el alejamiento del campo sea constante. Tan solo un grupo de familias aún podían dedicarse casi en exclusiva a la producción de uva. De esta forma se van perfilando tres tipos de agentes productivos. Uno primero, formado por aquellos con tierras suficientes como para dedicarse a la uva como actividad principal; quizás en algún momento necesitaran de una actividad complementaria para alcanzar una renta familiar suficiente. Un segundo grupo, aquellos que parcialmente pueden dedicarse a ello, grupo que iban perdiendo progresivamente su vínculo, aspiraciones y organización en torno de la uva; para este grupo, la uva pasa de ser una actividad principal a ser una actividad secundaria, cada vez más accidental en sus proyectos de vida. Y ya por fin, un tercero que ya tienen poca o nula relación con la uva y la tierra. Destaca la presión continua que todos los grupos mencionados sufren o han sufrido para ir desprendiéndose de la tierra, o pasando de considerar a la uva como actividad principal a una actividad secundaria, presión ejercida por parte de las grandes compañías arrendando tierras, o por el hecho de la fragmentación de las fincas por razón del reparto de tierras entre sus descendientes. Esta situación hace que en el conjunto de la comarca encontremos durante cierto tiempo una tendencia de la población activa a reconvertirse, pasando de pequeños agricultores -autónomos- con tierras en propiedad, se transforman en obreros industriales -dependientes- y autónomos del sector servicio.

Ante esta dinámica, los perfiles productivos de la población de la comarca va diseñándose claramente en torno de dos grupos: uno primero, minoritario, agrícola, con dedicación principal a la uva; y un segundo grupo dedicado a otras actividades, que tiene a la uva como una actividad cada vez más alejada de sus intereses y que han perdido en gran medida el control de sus tierras -ya sea porque las han vendido, arrendado o bien porque las han “achatarrado” no pudiendo producir uva al haberse beneficiado de las políticas de la PAC.

Este ha sido el largo transvase poblacional que durante 20 o 25 años se ha dado; muy posiblemente una generación entera se ha visto inmersa en este proceso. Un proceso silencioso y constante que iba vaciando de personas, capitales y aspiraciones provenientes de la uva y que se iban refugiando en otros mundos y actividades. Durante un largo periodo de tiempo se ha visto a una agricultura expulsando lentamente a sus activos como agricultores independientes y autónomos, capitales, conocimientos, tiempos, etc., y los reconvierte en activos industriales, pequeños empresarios autónomos, obreros dependientes y asalariados a tiempo completo. Sin embargo este proceso se ha paralizado. ¿Y, por qué de esta paralización? La razón no es otra más que la crisis. La crisis ha alterado el orden existente; la crisis está teniendo una fuerte repercusión en cuanto a falta de trabajo en la construcción y en la industria, y menor medida en el turismo, pero también; no hay trabajo allá donde hace tan solo 5 o 10 años se disputaban a cualquier joven recién incorporado para trabajar. La gente entonces huyó de la tierra; hoy en cambio está ocurriendo justo lo contrario: un regreso a la tierra, a la uva, a lo que hicieron sus padres y/o sus abuelos. Pero la realidad es que la uva no es la actividad generadora de riqueza y de renta; tan solo es la actividad refugio que puede dar alguna oportunidad laboral a una parte de la población que abandonó el campo a lo largo de estos últimos 25 años. Sin embargo, ahora las cosas no son como fueron. ¿Cuál es la nueva situación?



La realidad actual es que muchos de aquellos que llegaron a tener en la uva una actividad secundaria, complementaria en sus rentas, pretenden ahora que sea una actividad principal en tanto que no otean más alternativa de trabajo que el hacer alguna actividad relacionada con la tierra, la agricultura y en especial con la uva. Junto a estas aspiraciones socio-laborales de parte de la población, las oportunidades para llevarlas a cabo ello, son radicalmente diferente a momentos anteriores; muchos de los que ahora aspiran a trabajar en la tierra, con la uva como actividad única y/o principal, tuvieron tierras y pudieron ser calificados como agricultores a tiempo parcial con tierras en propiedad; ahora sin embargo son potenciales braceros a tiempo completo sin tierras, ya que éstas fueron vendidas, arrendadas a alguna gran compañía por un largo periodo, o bien achatarraron la tierra con los incentivos que la PAC les ofreció. Las cosas no van a ser como fueron; el cambio es radical. Ahora el que fue agricultor independiente ha pasado a ser un potencial bracero dependiente. Importante cambio el que se ha dado en torno de la uva. En cualquier caso, el futuro de la uva está por definir.

1 Esta comunicación forma parte de un proyecto de investigación en curso de realización titulado “Sostenibilidad social de los nuevos enclaves productivos agrícolas: España y México” (Enclaves) financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (2012-2014) (Ref.: CSO2011-28511) y dirigido por Andrés Pedreño Cánovas. Esta parte que se presenta, es el complemento de otra realizada por Begoña San Miguel del Hoyo y presentada en este mismo congreso cuyo título es Sostenibilidad Social de los nuevos enclaves agrícolas: producción, trabajo y empleo en el sector de la uva de mesa en la provincia de Alicante.




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