¡El toreo ha muerto! ¡Viva el toreo! Por Michael Kimmelman



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¡El toreo ha muerto! ¡Viva el toreo!

Por Michael Kimmelman



The New York Times (1-06-08)
Traducción automatica: Verónica Puertollano

Ha sido tiempo de Fallas, el festival anual por primavera en Valencia. Enormes carrozas de cartón piedra de Simbad y Blancanieves y compañías de bailarines amateur con el pelo lacado y trajes de lentejuelas abarrotaron las plazas del casco viejo. Las mujeres y Damas de Honor españolas se unieron con vestidos de noche a chicos y hombres trajeados que atestaban la plaza de toros. El matador José Tomás ha venido a torear.

Para las cinco en punto una multitud que portaba finos cojines blancos han abarrotado los bancos de cemento en la plaza. Yo estaba allí, como cualquier otro, para ver a José Tomás, y me encontré emparedado entre un valenciano, mayor, con mirada de reumático y un sombrero tipo pork pie1 y un comentarista taurino de la televisión española que comentaba las vacaciones de un autobusero de Madrid, quien daba buena cuenta de su purito. El olor a arcilla mojada, arena y abono desplazó al del after-shave y el tabaco.

José Tomás Román Martín ─sus seguidores le llaman por su confuso nombre de pila, José Tomás, o simplemente Tomás─ es una figura mística en España. Quijotesco, propenso a reñir públicamente con promotores taurinos de notorio mal carácter, hace tiempo que se mantiene al margen de los demás matadores y torea con mucha menos frecuencia que ellos.

Su desapego, en un aspecto, tiene que ver con la separación del toreo de un creciente sector de España, aunque su arte y su gracia, junto a su coraje (que impacta a otros toreros), hacen de él una figura de fascinación general. La contradicción parece resumir algo profundizado en la psique española.

El anuncio de su aparición en Valencia causó que todo el país se tirara de los pelos para conseguir entradas, y la vieja España, la España que sigue amando los toros, regresó en pleno. Cuando Mariano Rajoy, el líder del conservador Partido Popular de España, que acababa de perder las elecciones frente al socialista José Luis Rodríguez Zapatero, pisó la arena, recibió una estruendosa ovación, algo que no le pasó mucho durante la campaña.

«¡Aún va a ser la ruina de Zapatero!», murmuró un hombre con la cara roja, a nadie en particular. Reconocí al padre de Tomás unos pocos asientos arriba ─pelo canoso y corto, con gafas, jersey de cuello redondo y pantalones de vestir, y nervioso y atento al ruedo. Todo el mundo está ahora quieto, expectante. Entonces la charanga comenzó; los matadores, que previamente se santiguaron, hicieron el paseíllo detrás de caballos blancos, y la multitud se asentó finalmente a esperar a José Tomás.

Así va España, así va el toreo. Ese es el viejo dicho. Durante los años 40, Manolete fue un matador de una estoica gravedad, que reflejaba la tristeza de un país que salía bajo una dictadura de una sangrienta guerra civil. En los 60, El Cordobés, peinado a lo beatle2 y con un perrito caliente y un rompedor dominio en el ruedo, personificó la apertura nacional después de años de aislamiento. En los 90, Espartaco fue llamado tecnócrata para una era tecnocrática. Este tipo de metáfora es simplista, pero hay sin embargo algo a tener en cuenta que puede inferirse de España a través de los toros.

Hoy, junto a José Tomás, han resurgido otros varios matadores con talento ─entre ellos Enrique Ponce, El Juli, Cayetano Rivera Ordóñez, Morante de la Puebla, Juan Bautista y Miguel Ángel Perera─ precisamente en un momento en que, aparentemente, al país le importa menos que nunca lo que hacen. Es también revelador de la curiosa división española entre la indiferencia el que varios de los toreros más flamantes y guapos ocupen las páginas rosas al modo de las estrellas del fútbol español.

Pero lo primero es lo primero. La afición le dirá con razón que el toreo no es un deporte; en los periódicos, nunca se incluye en las páginas de deporte. El deporte implica un combate justo entre voluntarios contrincantes. Excepto en el inusual caso de que un toro no sufra daño por mostrar una excepcional bravura en el ruedo, todos los toros mueren. Incluso en Portugal, donde a los toros no se les da muerte en el ruedo, son matados después; una hipocresía que salvaguarda al espectador pero no al animal. Cada lidia es un ritual orquestado para herir y agotar al animal de forma que pueda ser matado con más facilidad. Sea lo que sea (sus detractores lo llaman tortura), no es deporte.

La tradición llama arte al toreo, y obtengo el asentimiento de toreros y aficionados cada vez que sugiero una analogía con el jazz, ya que de cada combinación de toro y torero se extrae una diferente, irreproducible, imprevisible e improvisada faena. Para la afición, el verdadero sentido reside en sacar la bravura innata, la nobleza y el carácter distintivo de cada toro, y dirán que no hay nada más vergonzoso que una lidia donde se le han limado los cuernos al toro (es ilegal, aunque ocurra constantemente), o aquella en la que el toro ha sido muy debilitado por el lance del picador al inicio del acto, o en la que un toro es mal rematado por el matador. Los fans incondicionales lamentan lo que consideran una desvergonzada tendencia a criar a los toros para ser menos fieros a conveniencia de los toreros. En la fiesta en Sevilla esta primavera, donde los manifestantes por los derechos de los animales coreaban fuera de la plaza, los aficionados gritaban dentro por los toros que tropezaban y caían agotados. Fue el típico Rorschach, como lo es siempre el toreo.

Si no se es español, o de ningún otro lugar en el que los toros formen parte de la cultura, como Méjico o el sur de Francia, o bien lo enfocará con curiosidad o bien tendrá ya decidido que no merece consideración ─como la pelea de gallos o de perros, aunque la diferencia crucial respecto al toreo reside en que al menos, los hombres se sitúan a sí mismos, y no sólo a los animales, bajo un riesgo mortal.

Un recién llegado con una mente abierta que acude a una corrida puede salir con la sensación de que es artístico y repulsivo a partes iguales, una paradoja que de nuevo parece sintetizar la actitud de España.

«De la única manera que puedo explicarlo es diciendo que es como vigilar a un tigre, adelantarse hacia él y ser capaz de estocarlo», me dijo el matador Cayetano Rivera Ordóñez no hace mucho. «A veces hay toros a los que decirles lo que quieres, otras veces preguntarles, y la magia está en que cada toro es diferente». Después, adelantándose a la crítica de los outsiders, añadió: «A menudo me siento triste por los toros, y desearía no haber tenido que hacerles esto» ─se refiere a matar al animal─ «cuando el toro te da tanto, todo lo que sientes es gratitud».

Esta es la visión del matador. Para el público, el toreo, una vez fue el pasatiempo del pueblo, se ha convertido en algo como el vino fino. Es el «dominio del consumo de élite», dice Lorenzo Navarrete, sociólogo y secretario de la Asociación de Ciencia Política y Sociología, en Madrid. «Hace medio siglo, esta era una sociedad homogénea», dijo. «Los niños españoles compartían con precisión los valores y gustos de los padres ─pero ahora la mayoría de los españoles ha dejado de ir a misa. Dicen que están en contra de que se mate a un toro pero también están en contra de la prohibición de las corridas. La gente continúa aferrándose a la noción de la identidad nacional incluso si implica algo que no les gusta. En el caso de los toros, lo defienden porque no es algo manipulado o que se les ha impuesto por parte del poder, por la Iglesia, el Estado o los legisladores de Europa, e, incluso si bien es un artículo de lujo, sigue teniendo un carácter popular. Pero este choque no puede sostenerse indefinidamente».

Quizá no. Zapatero fue reelegido este año habiendo convertido en ley una agenda que mezclaba el matrimonio gay y los divorcios rápidos con otras leyes sociales diseñadas para eliminar cualquier vestigio de la España profunda. Hace tres años, el Parlamento Europeo votó recortar las ayudas a los ganaderos de toros ─ayudas que molestaban especialmente a los detractores del toreo─ mientras el año pasado una votación en la Corte Europea de Derechos Humanos en Estrasburgo que habría declarado el toreo como tortura cayó por muy poco margen. La televisión estatal española anunció al mismo tiempo, para horror de la afición, que después de 50 años no se retransmitirían más corridas en directo, relegándolas a la televisión por cable. La mayoría de los españoles pueden no haberse enterado, pero se acaba. En 1971, el 55 por ciento aún reivindicaba su interés por los toros. En 2006, sólo el 27 por ciento lo hizo; y lo más importante, un tremendo 72 por ciento dijo no tener ningún interés en absoluto. Los españoles más jóvenes se divierten ahora con el fútbol y los videojuegos. Una buena localidad para una corrida es más o menos equivalente a lo que cuesta la ópera o un partido de fútbol profesional en EEUU. La política regional también conspira contra la popularidad de los toros; la reciente campaña para prohibir las corridas en Cataluña es una declaración separatista de independencia por otras razones.

Y un pero. Hoy hay más corridas que nunca: cerca de mil por año, frente a las aproximadamente 300 durante la llamada época dorada anterior a la Guerra Civil, cuando la rivalidad entre Juan Belmonte y Joselito revolucionaron la fiesta, marcando el estilo del toreo moderno, con matadores plantándose y acercándose al toro, con pases de coreografía. Giorgio Armani ha contratado recientemente a Fran Rivera como modelo. Los anuncios están por todas partes. Claramente, Armani está rentabilizando que el toreo sigue vendiendo. Y cada ciudad española parece querer una corrida con una estrella del toreo por su principal atractivo. El escritor Ramón Pérez de Ayala dijo a principios del siglo pasado: «Si fuera presidente, prohibiría las corridas de toros, pero como no lo soy, no me pierdo ni una», y esto parece resumir las posturas actuales.

Los españoles les dicen a sus hijos que traten bien al perro, pero hablan sobre toros con sus amigos. Y si pueden permitírselo, compran entradas para ver a José Tomás.

Cuando irrumpió hace poco más de una década, José Tomás dejó atónito al mundo del toreo. Su estilo se ganó las comparaciones con los grandes matadores del pasado, como Juan Belmonte y Manolete, y su coraje se ha convertido en legendario. «Sus detractores se quejaban de que sólo asustaba al público con la muerte». Bill Lyon, un periodista americano que ha vivido en España durante casi medio siglo y que vio entonces a los grandes toreros, lo resumió

Algunos llamaban a Tomás «el extraterrestre», porque parecía casi buscar la catástrofe, siendo repetidamente volteado y corneado y quedándose raramente impasible a continuación, implacable, con su mente fijada en la lidia, sus pies inmóviles en la arena mientras un inmenso animal trata de matarle pasándole una y otra vez por milímetros.

Entonces en 2002, a los 27 años y en la cumbre de la fama, José Tomás se retiró y desapareció durante cinco años. Ha dicho hace poco que se debió al estrés y el peligro, a las constantes riñas con los promotores y a la presión de las expectativas. Naturalmente, su ausencia ha ensalzado su mística. Cuando regresó el año pasado, su retorno fue el primer cartel de «no hay entradas» desde hace más de veinte años en la plaza de Barcelona, de 19.000 asientos. Los revendedores se sacaron unos 2.500 euros por entrada. «Y el mito se hizo carne» fue el titular del día siguiente del periódico conservador ABC.

Tomás racionalizó su vuelta simplemente diciendo «vivir sin torear no es vivir». Para los tradicionalistas, eso explica todo.

Pero para Theo Oberhuber y otros como ella, esto no tiene ningún sentido. Ella es la coordinadora nacional de Ecologistas en Acción, una organización para el medio ambiente y los derechos animales en Madrid que presiona para que se acaben los toros. «El hecho de que el toreo sea una tradición no significa nada», me dijo recientemente. «Las tradiciones son algo que la gente ha hecho durante mucho tiempo», dijo «y hay malas tradiciones, que hemos abandonado, y están las tradiciones que deberíamos preservar porque contribuyen de forma positiva a nuestras vidas. Si un hombre quiere arriesgar su vida, es muy libre de hacerlo, pero sin matar a nadie más».

Es tan bueno como cualquier otro argumento que haya escuchado sobre el toreo, y sin duda José Tomás habría reaccionado. Tal como ocurrió, su manager, Salvador Boix, dejó dicho que el matador debería almorzar en su hotel antes de la corrida en Valencia, y que debería decir algo. Allí, sobre la gran mesa, varios miembros de su séquito devoraron jamón y cerveza. Se fueron animando hasta refunfuñar que no había ninguna pista acerca del paradero de Tomás, momento en el que un larguirucho y felino individuo con zapatillas de piel blanca y gafas de sol, con una gorra de beisbol, de pelo castaño, ondulado, se apresuró por la deslucida escalera del hotel y llegó hasta la entrada del hotel.

Cuando Boix se giró y le dijo que José Tomás se había marchado, se rió como Sidney Greenstreet en “El Halcón maltés”. Se había hecho acompañar por Luis Corrales, quien montó la Plataforma para la Defensa de la Fiesta, una organización que nació para apoyar los toros frente a los abolicionistas catalanes como los de Oberthuber. Tomás, como otras estrellas del toreo, pagó una comitiva de más o menos una docena de personas para que viajaran con él: banderilleros, picadores, asistentes, chóferes, un hombre que le ayudó a seleccionar los toros que lidiaría y Boix, algo anómalo teniendo en cuenta que él está fuera del mundo del toreo. Es menudo, moreno, gregario, con el pelo rizado, un músico pop (toca la flauta) que parece siempre mucho más activo y que lleva las camisas con el cuello abierto, apenas abrochadas.

En un bar oscuro y lleno de humo en una esquina del hotel, él y Corrales se dieron al típico sin ton ni son. Tomás es “el torero del pueblo”, comenzó Boix. El matador crea una «comunión especial con el público» y ha vuelto al toreo, corrompido durante años por el «espectáculo barato», a su estado puro «a la esencia de la fiesta, que es la lucha de la vida y la muerta, un ritual litúrgico».

Los promotores taurinos se tiran así horas y horas. «El toreo es una lucha entre la naturaleza y el hombre que se remonta al Paleolítico, pero de alguna manera nuestro mensaje no cala suficientemente», añade Corrales. Después reconoció que iba muy rápido y aclaró: «Es un circuito cerrado en el que los periodistas españoles, los propietarios de las plazas y los empresarios y managers hablan unos con otros, y muchos de ellos son mediocres y carcas, y si resulta que eres un joven español que no es un derechista y que no ha crecido escuchando que los animales tiene derechos como las personas, entonces es probable que te alejes de los toros sin saber nada sobre ello. Nuestra mejor opción es convencer a alguien de que tiene que tiene que ver a José Tomás»

De vuelta al hotel, encontré una furgoneta parada en la calle. Los banderilleros de Tomás se habían vestido y esperaban en el lobby, nerviosos en sus trajes de luces, sus zapatillas y sus pequeñas horquillas en las coletas ─la típica marca de la casta torera─ con sus capas bordadas echadas sobre sus brazos y sus monteras en mano. Un viejo y rechoncho hombre, que se molestó en evitar la turba de cazadores de autógrafos que bloqueaban el paso, preguntó que a qué venía tanto jaleo.

«Esperamos a José Tomás», me presté en decir. El hombre empujó a su mujer hacia la entrada del hotel. «¡José Tomás!» exclamo, por si ella no lo había oído. «Él encarriló su talento. Rodeado como una estrella del rock por su séquito, Tomás, cabizbajo, pasó a zancadas en su ajustado atuendo en rosa y oro y su furgoneta se lo llevó de inmediato. Era la segunda vez que me acercaba a Tomás pero ya le echaba de menos. Me imagino a los banderilleros en el furgón riéndose a través de las ventanillas ¡Olé!

La corrida comenzó mal. Había tres matadores, lo normal. Vicente Barrera, un veterano de Valencia, dispuso. Su primer toro, muy castigado por el lance del picador o quizá por una debilidad congénita, tuvo que ser arreado antes de que cayera sobre sus patas delanteras. Su sustituto entró furioso al ruedo. Barrera, torero y ex abogado, es sólido, pero poco destacable como matador. Adelantando las caderas, haciendo aquellos extraños pasos milimétricos los matadores avanzan hacia el animal, agitando leve y rápidamente su muleta ─la menor de las capas que usan para provocar un embiste─ se pavonea dando la espalda al toro después de completar cada secuencia de sus pasos. Siguió los estándares dramáticos, no lo hizo mal, pero la multitud, que esperaba impaciente, parecía satisfecha sólo a medias.

Entonces salió José Tomás, y la plaza despertó. Como otras superestrellas, saca provecho de quienes esperan ser testigos del milagro. Tomás es aclamado incluso cuando su faena no es nada del otro mundo. En su tumultuoso regreso en Barcelona el pasado año, que no fue su mejor corrida, el gentío le dedicó tres ovaciones en pie incluso antes de que el toro abandonara el coso. Esta vez, apenas comenzada la lida, su capote cogió el asta del animal y ser rajó. Tomás se paró cerca del centro del ruedo, tensó la mandíbula y esperó con calma a que el banderillero lo solucionara mientras el animal se iba alborotando en la cercanía. El valor del matador (no importa que hubiera sido por un error) hizo que la afición le aclamara frenéticamente.

Todo en el toreo es extrañamente amanerado, pero José Tomás se mueve con una gracia especial, con una paciencia y lentitud, con casi una forma de relajación, que paradójicamente aumenta la tensión. Incluso cuando volvió a perder la muleta y tuvo que correr hacia atrás (con pasos estudiados, como los bailarines) escapó de los cuernos del toro; su templanza provocó notables bramidos.

Finalmente, Tomás hundió su espada entre las paletillas del toro, frenando a sus banderilleros para agotar más al animal moribundo. El matador esperó, vigilando, como el toro se arrodilló primero, y después, como un edificio en demolición, se desmoronó. El público le lanzó flores, cojines y peluches mientras los caballos arrastraban el cadáver y Tomás que parecía satisfecho de sí mismo, dio una vuelta triunfal alrededor del ruedo.

Su segunda lidia fue del todo diferente. El toro cargó embistió hacia la arena, con pura energía, pero se quedó rápidamente sin aliento, herido por los lances del picador, derrumbándose antes de que Tomás pudiera empezar. Los banderilleros se apresuraron y tiraron del rabo del toro hasta provocarle. El toro, con sus ijadas cubiertas de sangre, resoplaba fuertemente. La afición, preocupada, guardó silencio. El mejor Tomás tiene la habilidad de inyectar teatralidad incluso en las situaciones que parecen las más desesperadas.

Esta vez intentó lo intentó todo por incitar al toro, pero el toro siguió decayendo hasta que, de alguna manera, como un hipnotizador, Tomás logró llevar al animal cojo y asombroso animal a la excitación, y el matador y el toro iniciaron su crescendo, con pases de infarto. Entonces la multitud volvió a la vida. Dependiendo del punto de vista, Tomás prolongó la tortura de esta pobre criatura o la inspiró, milagrosamente, para hacer lo que nadie, incluido quizá el toro, pensó que era posible.

El remate fue horrible. Después de que Tomás tomara la espada, habiendo metido la pata en su primer intento, el puntillero intentó la caída, apuñalando al animal once veces en la base de su cabeza con su puñal antes de que algunas otras acabaran en el espinazo acabaran con él. Fue escalofriante. El público las contó, con sorna. José Tomás se marchó, avergonzado y afligido.

Algunos días después, Cayetano Rivera me citó para un café en el Hotel Wellington de Madrid, lugar típicamente frecuentado por toreros. Está sumamente curtido en el mundo de los toros. Su abuelo, Antonio Ordóñez, legendario torero, fue muy seguido por Hemingway. Su padre, Francisco Rivera, Paquirri, fue un matador que murió en la arena en 1984, cuando Rivera (Fran) tenía siete años. Su primo es también matador, como su hermano. «Todas las mujeres de mi familia se casaron con toreros», dijo, poniendo los ojos en blanco.

Si José Tomás es hoy la estrella más grande en la arena, Rivera, guapo, bien formado, encantador y con un talento como matador en auge, es la mayor esperanza del toreo para un manager ─alguien del mundillo que pueda representar el toreo de forma humana y precisa de cara a los no aficionados en el mundo moderno.

«Durante años me he mantenido lejos: fui al colegio en Suiza, orientado hacia la televisión y el cine, viví en Los Ángeles», dijo. «Pero me preguntaba cada vez más qué es lo que mi padre y mi abuelo sintieron con tanta pasión como para arriesgar sus vidas. Así que me convertí en torero hace varios años, tarde, comparado con otros. Y descubrí la poderosa sensación que se siente cuando se está tan cerca de la muerte. Es algo demasiado real, fuerte y adictivo».

«Es indescriptible», continuo. «Estás en las nubes con el toro, y tienes que improvisar pero también piensas en todo cuanto significa, un movimiento, intentando crear todo esto en tiempo real con un toro que está tratando de matarte».

No hace mucho, Rivera se perdió tanto entre las nubes que cuando un toro le hirió en la pierna no hizo caso del sentido común y, en medio de la arena, se hizo él mismo un torniquete para que le permitiera seguir lidiando. «Hay veces en que arriesgas más para ganar más», explicó, un poco tímido pero satisfecho con su valentía. «Pero una cosa es arriesgar tu vida, y otra provocar una tragedia»

Estuvo hablando sobre Tomás sobre este aspecto, dándole un leve toque al audaz estilo de su colega, antes de hacer un rápido y elogioso retrato de Tomás, diciendo que cada matador necesita establecer su propio nivel de peligro para inspirarse. «Yo asumo el riesgo si veo una oportunidad de hacerlo mejor, y como todos los toreros acepto que será doloroso», dijo.

Le insistí sobre el matar a los toros.

Hizo una pausa. «No soy un cazador, y la primera vez que maté a un toro no me sentí bien», dijo. «Fue un shock. Nadie ama más al toro que el torero, eso seguro. Pero es una responsabilidad, y no sería justo usar a alguien para que matara al toro. Sólo por justicia arriesgo mi vida en ello».

«Hoy, la gente tiene muchas otras formas de entretenerse ─cine, internet, deporte, televisión─ y quizá el interés por los toros se debe a que no hay nada más que ofrezca algo demasiado real», dijo.

«Es como me le decía mi abuelo a mi hermano “Algunas faenas son tan importantes que tu vida no tiene importancia”. Y pasa a veces, cuando te entregas por completo a un momento en la arena en que realmente no te importa, simplemente te olvidas de tu cuerpo. Y es increíble».

Entonces me pareció que hablaba como un artista. El toreo sobrevive a su propio anacronismo social no sólo por su mitológico machismo, también por su irracionalidad, una reacción puramente visceral que los aficionados y los toreros como Rivera comparten. Siendo irracionales, desafía la normalidad, quedando como algo exótico incluso en España. Y al final esto define la manera en que el arte tiende a funcionar. NO es un juicio moral. Simplemente ayuda a explicar la elocuencia que algunos encuentran en lo que otros ven como algo completamente carente de valor y deleznable.

Bill Lyon, el aficionado americano, acordó vernos una tarde de domingo para ver una corrida. Él, tierno, entrañable y obsesivo, es un periodista que se mudó a España a principios de los sesenta porque se enamoró del país y que entonces trató de no perderse una corrida o una novillada (corridas con aprendices de matador y toros más jóvenes) en Madrid, donde vive. Esperamos el metro para ir a la plaza de toros.

Se programaba una novillada esa tarde, pero llovía, así que bebimos anís en el bar bajo los toldos, esperando a escuchar si se cancelaba la corrida. Los turistas japoneses, con sus impermeables a juego en azul y rojo, se mezclaban torpemente con la enardecida multitud española. Un antiguo torero, en horas bajas, consiguió su entrada.

«El toreo resistirá como el último acto heroico», dijo Lyon, «el último mito después de los astronautas, los aviadores y los alpinistas ya no hay más mito». Mencionó un estudio veterinario, con algunas propuestas que han sido asumidas últimamente, que sugerían que el toro no sufre como nos imaginamos cuando están en la plaza, que su nivel de ansiedad sube cuando no se le cría más para la lidia. Asentí, pero me pregunté si el argumento representaría diferencia alguna para sus detractores. Las personas que se oponen al toreo siguen comiendo carne y aceptan la esclavitud industrializada de billones de animales en las más inhumanas condiciones. Lógicamente, será en forma de estudio veterinario o por lo contrario, no se tenderán puentes entre la afición y la oposición, algo a lo que los españoles, en perpetuo cambio, se han acostumbrado. Dijo entonces Lyon: «Cuidado con sacar demasiadas conclusiones sobre los españoles a partir de las corridas, porque a la mayoría de los españoles no les interesa y muchos están en contra de ellas ─hasta que alguien, de fuera, trata de prohibirlas».

En ese momento, llegó el anuncio por el altavoz. Chaparrón. Nos terminamos el anís, nos cruzamos con los jóvenes toreros decepcionados que se agazapaban bajo los paraguas y cargaban en furgones sus trajes sin estrenar y nos hicieron sitio en una pequeña, fría y húmeda cantina taurina más arriba, y luego en otro lugar de toreros, igual de poco atractivo pero cálido, y a un tercer lugar, donde las tapas eran buenas.

Los turistas ya se han alejado. Lyon piensa en irse a casa. Sus colegas de afición llegaron, se sacudieron las gotas de lluvia y rieron en grupo bajo las viejas fotografías de toreros y las cabezas disecadas de toros muertos.



1 Sombrero fino de fieltro, achatado.

2 Mop-topped en el original.



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