El Convivio



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- VI -


     Más arriba, en el tercer capítulo de este Tratado, se prometió hablar de la elevación de la autoridad imperial y de la filosófica. Y por eso, una vez que hemos hablado de la imperial, es menester seguir adelante con esta digresión para ver la del filósofo, conforme a la promesa hecha. Y aquí se ha de ver primeramente lo que este vocablo quiere decir; porque aquí es más necesario saberlo que en el razonamiento de la autoridad imperial, la cual, por su majestad, no parece que pueda ponerse en duda.

     Es preciso, pues, saber que autoridad no es otra cosa que acto de autor. Este vocablo, es decir, auctor, sin la tercera letra, puede proceder de dos orígenes: el uno, de un verbo, muy abandonado, por el uso en gramática, que significa ligar palabras, es decir, auieo. Y quien bien lo considera en su primera voz, claramente verá que él mismo demuestra que sólo de unión de letras está compuesto, es decir, de sólo cinco vocales, que son alma y enlace de toda palabra, y compuesto de ellas por voluble modo para figurar imagen de enlace. Porque, comenzando por la A, va luego a la U, y por la I va derechamente a la E, para volver luego a la O; de modo que, a la verdad, imagínase esta figura A, E, I, O, U, la cual es figura de enlace. Y en cuanto autor, desciende de este verbo, que se toma sólo para los poetas, que con el arte musaica han enlazado sus palabras; y de esta significación no se trata ahora.

     El otro origen de que desciende autor, como atestigua Ugoccione al principio de sus derivaciones, es un vocablo griego que dice Autentin, que en latín vale tanto como digno de fe y obediencia. Y así autor, de aquí derivado, se toma por toda cosa digna de ser creída y obedecida. Y de esto viene el vocablo de que al presente se trata, es decir, autoridad; por lo cual se puede ver que autoridad vale tanto como acto digno de fe y obediencia.

     Es manifiesto que Aristóteles es lo más digno de fe y obediencia, y que sus palabras son la más alta y suma autoridad, puede también probarse. De los operarios y artífices de las diversas obras, ordenadas a una obra y arte final, el artífice, o, más bien, ejecutante de ella, debe ser principalmente obedecido y creído por todos, como que sólo considera el último fin de todos los demás fines. Por lo cual, al caballero deben creer el espadero, el palafrenero, el ensillador, el escudero y todos aquellos artífices ordenados al arte de caballería. Y como quiera que todas las obras requieren un fin, a saber: el de la vida humana, al cual es ordenado el hombre, en cuanto es hombre, el maestro y artífice que tal fin demuestra y considera debe ser principalmente creído y obedecido; y éste es Aristóteles; así que es lo más digno de fe y obediencia. Y para ver cómo Aristóteles es maestro y guía de la razón humana, en cuanto procura su obra final, es menester saber que nuestro fin, que cada cual por naturaleza desea, de muy antiguo fue buscado por los sabios. Y como quiera que los que tal desean son en tan gran número, y los apetitos son casi todos singularmente diversos, aunque hay uno universal, fue muy difícil discernir aquél en donde directamente descansase todo humano apetito.

     Hubo, pues, filósofos muy antiguos, de los cuales Zenón fue el primero y principal, que vieron y creyeron que el fin de la vida humana era puramente la rígida honestidad; es decir, que rígidamente, sin respeto alguno, había de seguirse la verdad y la justicia, sin mostrar dolor por nada, ni por nada mostrar alegría, ni percatarse de pasión alguna. Y definieron así lo honesto: Aquello que sin utilidad y sin fruto por sí mismo es de razón alabar. Y éstos y su secta fueron llamados estoicos; y contó entre ellos el glorioso Catón, de quien más arriba no osé hablar.

     Otros filósofos hubo que vieron y creyeron otra cosa que éstos, y de ellos fue el primero y principal un filósofo llamado Epicuro, que, viendo que todo animal, apenas nacido, es por la Naturaleza enderezado a su debido fin, que huye el dolor y requiere alegría, dijo que nuestro fin era la voluptuosidad, es decir, el deleite sin dolor. Y por eso entre el deleite y el dolor no ponía intermediario alguno, diciendo que la voluptuosidad no era otra cosa que el no dolor, como también dijo Tulio en el primero Del fin de los bienes. Y de éstos, que de Epicuro son llamados epicúreos, fue Torcuato, noble romano, descendiente de la sangre del glorioso Torcuato, de quien antes hice mención.

     Otros hubo, y tuvieron principio en Sócrates y luego en su sucesor Platón, que, considerando más sutilmente y viendo que en nuestras obras se pecaba por mucho o por poco, dijeron que nuestra obra sin exceso y sin defecto, mesurada con el medio escogido por nuestra elección, que es la virtud, era el fin de que ahora se habla; y lo llamaron obra con virtud. Y éstos fueron llamados académicos, como lo fueron Platón y Espeusipo, su sobrino; así llamados por el lugar donde Platón estudiaba, es a saber: la Academia; y de Sócrates no tomaron nombre, porque en su filosofía nada afirmó.

     En verdad, Aristóteles, que tuvo por sobrenombre Estagirita, y Senócrates Calcedonio, su compañero, por el ingenio casi divino que la Naturaleza había puesto en Aristóteles, conociendo este fin casi por el modo socrático y académico, lo limaron y trajeron a perfección la filosofía moral, Aristóteles principalmente. Y como quiera que Aristóteles comenzó a disputar andando de una a otra, fueron llamados -él y sus amigos, digo- peripatéticos, que vale tanto cuanto deambulatorios. Y como quiera que la perfección de esta moralidad fue cumplida por Aristóteles, el nombre de los académicos se apagó, y todos cuantos se unieron a esta secta son llamados peripatéticos, y tiene esta gente hoy el gobierno del mundo doctrinalmente, por doquier, y puédesela llamar casi opinión católica. Por lo cual se ve que Aristóteles es el guía y conductor de la gente con este signo. Y esto es lo que se quería demostrar.



     Por lo cual, recogiendo todo lo expuesto, es manifiesta la primera opinión, a saber: que la autoridad del sumo filósofo, de quien se habla, está llena de vigor. Y no repugna a la autoridad imperial; mas aquélla sin ésta es peligrosa, y ésta sin aquélla es débil, no en sí misma, sino por el desorden de la gente; de modo que, unidas una con otra, son utilísimas y vigorosas. Y por eso está escrito en el de Sabiduría: «Amad la luz de la sabiduría vosotros todos cuantos presidís a los pueblos»; lo que quiere decir: Únase la autoridad filosófica con la imperial, para gobernar perfectamente. ¡Oh, míseros que en el presente gobernáis! Y ¡oh, misérrimos los que sois gobernados! Porque ninguna filosófica autoridad se une a vuestros mandamientos, ni por propio estudio ni por consejo; de modo que a todos se les pueden decir aquellas palabras del Eclesiastés: «¡Ay de la tierra cuyo rey es niño y cuyos príncipes comen a la mañana!; y a ninguna tierra puédesele decir lo que sigue: «Bienaventurada la tierra cuyo rey es noble y cuyos príncipes comen a su tiempo, por necesidad y no por lujuria!» Poned atención, enemigos de Dios, en los flancos, vosotros los que habéis tomado el mando de los regimientos de Italia; y a vosotros os digo, reyes Carlos y Federico, y a vosotros los demás príncipes y tiranos; y mirad quién se os sienta al lado a aconsejaros; y enumerad cuántas veces al día os es señalado el fin de la vida humana por vuestros consejeros. Mejor os estaría volar bajo como golondrinas, que como buitres dar altísimas vueltas sobre cosas viles.







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