Desarrollo y subdesarrollo del concepto de desarrollo


El concepto de “desarrollo sostenible” se aplica errada y reduccionistamente en referencia exclusiva a la dimensión ambiental del desarrollo



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El concepto de “desarrollo sostenible” se aplica errada y reduccionistamente en referencia exclusiva a la dimensión ambiental del desarrollo [PNUD (1998): 14]. Por otra parte, su uso y abuso como un término de moda, “moralmente noble” y “políticamente correcto” lo ha ido convirtiendo en un lugar común de amplia y difusa aplicación, capaz de acomodarse a un amplio abanico de discursos y circunstancias, de manera tal que se ha llegado a convertir en una pantalla de humo que contradice la propia idea de sostenibilidad [CELECIA (1997): 59]. El concepto de sostenibilidad se ha ido desvirtuando y ha perdido su contenido crítico en la retórica y trivialización del discurso político, económico y académico, en la acomodación a los intereses de las élites o en el lirismo de las buenas intenciones. Hay que combatir el abuso en la utilización indiscriminada del término, al servicio de estrategias políticas o comerciales que poco tienen que ver con la sostenibilidad -e incluso se oponen a ella- [CAMBRA, BOU, SEROO, SERRAT (1999): Conclusiones].
Son muchas las definiciones de sostenibilidad que se han formulado en la última década, pero la que ofrece el denominado “Informe Brundtland” [WORLD COMMISSION ON ENVIRONMENT AND DEVELOPMENT (1987)] -con todas sus limitaciones- ha sido generalmente aceptada y ha conferido al concepto una amplia difusión. El citado informe va mucho más allá de las políticas medioambientales y de las medidas de crecimiento económico y define el desarrollo sostenible como aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Éste no es el momento de entrar en la problemática filosófica relativa al significado y al carácter subjetivo, valorativo e histórico de los conceptos de “necesidad” y de “satisfacción”. Voy a ser muy expeditivo. Amén de que la satisfacción universal de las necesidades básicas -físicas, sociales y psicológicas- es conditio sine qua non del desarrollo:

  1. Las primeras necesidades que deben ser satisfechas son las que permiten la sobrevivencia, las denominadas “necesidades primarias” (alimento, abrigo, cobijo, protección contra la enfermedad...).

  2. En nuestra época -y quizás por primera vez en la historia de la humanidad- podemos afirmar -y hacerlo “científicamente”- que es posible dar satisfacción a las necesidades primarias de todos los miembros de nuestra especie y erradicar la pobreza. Sólo un dato: el costo adicional de lograr la meta de prestar servicios sociales básicos para todos en los países en desarrollo, representa menos del 0,2% del ingreso mundial [PNUD (1997): 126].

  3. Por tanto, el problema esencial no es ni la superpoblación -contra todo neomalthusianismo-, ni la escasez -contra toda obsesión del crecimiento por el crecimiento-, ni la falta de desarrollo de las capacidades productivas de la especie humana, sino la distribución no equitativa de los recursos de la humanidad. Sólo dos datos: las 225 personas más ricas tienen una riqueza igual a la de los 2.500 millones de personas más pobres y con menos de un 4% de su riqueza se lograría el acceso universal a los servicios sociales básicos [PNUD (1998): 30].

La aplicación del concepto de desarrollo sostenible es muy antigua, ya que ha sido practicada por culturas indígenas durante centurias o quizás milenios. Y la noción de sostenibilidad tiene ya un largo camino recorrido en el que es de destacar su utilización -por lo que respecta a organismos, programas y conferencias del sistema de Naciones Unidas-: por la FAO, en relación con la pesca, en la década de los años 60; en la I Conferencia Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Estocolmo en 1972; en el Programa Intergubernamental de la UNESCO Hombre y Biosfera (MAB), iniciado a principios de los años 70; por la UNESCO, en relación con la gestión de los recursos naturales terrestres, en los años 70, y con un amplio debate en los 80; por la UNESCO en el Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural 1.988-1997, en cuyo marco se creó la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo que presentó el informe “Nuestra Diversidad Creativa”; en los Informes sobre Desarrollo Humano del PNUD, publicados anualmente desde 1990; en la Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992; y en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, celebrada en Copenhague en 1995.


En la Declaración de la Conferencia de Río de Janeiro [MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS Y TRANSPORTES (1993)] se pretenden sentar las bases del desarrollo sostenible. Bases que no están reducidas a los aspectos medioambientales, tal como queda especialmente patente en los principios 1, 5, 8, 10, 20 a 22 y 25 de la Declaración. En ellos se hace referencia a los seres humanos como el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible, a la equidad intergeneracional, a la erradicación de la pobreza como requisito indispensable del desarrollo sostenible, a la necesidad de eliminar los sistemas de producción y de consumo insostenibles, a la participación de los actores sociales, a la equidad entre géneros, a los valores e ideales, al respeto de las identidades culturales y a la interdependencia entre paz, desarrollo y protección del medio ambiente.
Así mismo, la Guía Básica del Consejo de Municipios y Regiones de Europa para la Agenda 21 Local [GENERALITAT DE CATALUNYA, DEPARTAMENT DE MEDI AMBIENT (1998)] recoge los siguientes principios de sostenibilidad: protección de la biodiversidad; planificación que asegure el desarrollo en el futuro; satisfacción de las necesidades económicas, sociales, culturales y espirituales; equidad; y participación en la toma de decisiones.
El informe sobre Ciudades Europeas Sostenibles [EUROPEAN COMMISSION (1996)] introduce una serie de cinco características de la sostenibilidad interrelacionadas, con el objetivo de entender mejor cómo alcanzarla:

  1. Límites medioambientales: debemos elegir determinados tipos de desarrollo que nos permitan reconciliar desarrollo y límites medioambientales.

  2. Eficiencia medioambiental, con el objetivo de mantener la vida y el bienestar humanos así como la vida animal y vegetal y mantener e incrementar la biodiversidad.

  3. Gestión de la demanda, de manera que la cantidad de bienes sea reemplazada por la calidad de vida.

  4. Eficiencia del bienestar (equivalente social de la eficiencia medioambiental), capaz de obtener el mayor beneficio humano por unidad de actividad económica (el beneficio humano se diferencia de la utilidad tal como la mide la economía neoclásica, pues se entiende en el marco del concepto de desarrollo humano).

  5. Equidad, tanto en la presente generación como en las futuras, de modo que sostenibilidad medioambiental y equidad y solidaridad sociales están íntimamente relacionadas.

La sostenibilidad se fundamenta en un sistema de valores que exige responsabilidad, voluntad y compromiso y que requiere una planificación democrática y participativa en un marco ético de cooperación y solidaridad, capaz de superar el individualismo insolidario y competitivo inducido por las políticas económicas llamadas neoliberales. La equidad es un componente esencial de la sostenibilidad y, aunque la equidad intergeneracional es un elemento importante de ella, nuestra responsabilidad y compromiso corresponden sin lugar a dudas al presente. [CELECIA (1997): 59-61, 73 y 170; CAMBRA, BOU, SEROO, SERRAT (1999): Conclusiones].


El modelo dominante considera que el problema es cómo emplear los recursos de manera eficiente y conseguir que los mercados trabajen de manera perfecta mediante la internalización de las externalidades ambientales. Pero el modelo económico neoclásico no desencadena las señales de alarma que deberían sonar cuando actuamos imprudentemente. Además, la sostenibilidad no es una cuestión de eficiencia sino una cuestión de equidad [NORGAARD (1997): 177-180]. Considero que la distinción entre una “sostenibilidad débil” (basada en conceptos neoclásicos) y una “sostenibilidad fuerte” (la de la economía ecológica) [CARPENTER (1997): 55-68; CELECIA (1997): 56-58] encubre la insostenibilidad de la primera y confiere a la segunda un grado que no le corresponde, dada la falta de atención de una buena parte de su literatura a características importantes de la sostenibilidad.




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