Desarrollo y subdesarrollo del concepto de desarrollo


Breve caracterización de la teoría económica hegemónica del desarrollo: ideología y subdesarrollo del desarrollo



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Breve caracterización de la teoría económica hegemónica del desarrollo: ideología y subdesarrollo del desarrollo.

Las transformaciones y reconceptualizaciones del concepto de desarrollo en las ciencias sociales siempre han estado ligadas al enfrentamiento entre distintas posiciones teóricas vinculadas -más explícita o más subrepticiamente- a alternativas políticas y éticas concretas. Si una teoría se convierte en hegemónica en unas circunstancias históricas concretas no es precisamente por su más elevado nivel científico, sino porque responde a -y justifica- los intereses dominantes: es un elemento de la ideología dominante. En este apartado caracterizaré muy brevemente -otros paneles de este Congreso se ocupan de esta temática- los principales componentes conceptuales de la teoría económica hegemónica del desarrollo, que, como se observará sin necesidad de explicitarlo, recoge los aspectos fundamentales de los orígenes históricos sucintamente rastreados en el apartado anterior.


La teoría económica hegemónica endiosa el papel del mercado -encubriendo la acentuación de las tendencias oligopolistas y monopolistas bajo el principio del laissez-faire y de la libertad de mercado-, enfatiza la industrialización -estudiando, en el mejor de los casos, cómo “internalizar las externalidades ambientales” pero sin preocuparse de erradicar sus causas-, hace del crecimiento económico una profesión de fe -rehuyendo la cuestión de la distribución equitativa del pastel o incluso justificando la desigualdad como algo natural, necesario y “positivamente funcional”- y minimiza el papel del Estado -aunque reclamando su intervención para socializar pérdidas mientras se privatizan ganancias, para reprimir la conflictividad social, para expandir la base social de la ideología dominante y, en definitiva, para todo aquello que permita la reproducción y ampliación del poder económico vigente-. Ideología y subdesarrollo del desarrollo.
El desarrollo es conceptuado reduccionistamente como crecimiento económico, en un proceso esencialmente técnico-económico que, por un lado, privilegia el crecimiento económico como condición y causa del desarrollo general y, específicamente, del desarrollo social; y, por otro lado, parte de una ingenua y acrítica -pero no por ello carente de contenido ideológico- concepción de la expansión tecnológica como motor de un crecimiento que permitirá una mayor acumulación de riqueza que, a su vez, nos llevará al reino de la libertad. Está claro que el modelo a seguir, necesaria y universalmente, es el de los denominados países desarrollados, bajo la guía de una ciencia económica presuntamente avalorista y desinteresada que promete que, si se sigue un proceso gradual y ordenado, algún día el pastel será suficientemente grande como para que haya para todos, anteponiendo la eficiencia y posponiendo la equidad. Ideología y subdesarrollo del desarrollo. Mientras tanto, se incrementan las desigualdades Norte/Sur y las bolsas de pobreza en el Norte, se degrada la diversidad cultural y se perjudica irreversiblemente el medio ambiente... Éstas son las consecuencias del “desarrollismo” o modelo del “desarrollo sostenido” [MEDINA (1997): 103-105].
Una fe tan profunda en el crecimiento económico ya la encontramos en La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, quien, por otra parte, no consideró el mecanismo de mercado como una forma de organización económica universal y sin fallos. Además, la lógica del intercambio -base de la falacia del libre mercado y preñada de individualismo burgués- se ha empecinado durante dos siglos en dar poder a la empresa capitalista y en restringir la acción colectiva instrumentada a través del Estado. Según la lógica del intercambio, si dos partes -libres para elegir- eligen intercambiar, es porque el intercambio las favorece y enriquece a ambas. Esta lógica sólo se sostiene si ambas partes están plenamente informadas y si se guían por la maximización de su utilidad, lo cual -además de contener muchas implicaciones éticas, ideológicas y culturales- es mucho suponer o mucho encubrir. Pero, además, la lógica del intercambio es indiferente a la naturaleza de las partes que realizan el intercambio: pueden ser individuos, grupos o naciones. ¿Por qué no confiar a los individuos o al Estado la autoridad de la toma de decisiones? El modelo neoclásico tampoco restringía la posibilidad teórica de la intervención del Estado hasta los límites que estamos viendo en la práctica de la economía contemporánea y en la teoría de los economistas neoliberales -quizá muy poco acertadamente calificados de neoclásicos- que son sus paladines. [GORDON (1995): capítulos 7, 9 y 17; NORGAARD (1997): 187-192].
Hay que reseñar también, finalmente, que el tecnoeconomicismo sólo utiliza variables económicas -descartando cualquier tipo de dimensiones sociales, políticas, éticas y culturales- y padece una obsesión cuantofrénica que le lleva a reducir el análisis a variables, dimensiones e indicadores económicos cuantificables, a hacer caso omiso de lo cualitativo y a presumir que lo que no puede ser medido, o no es importante, o sencillamente no existe. El resultado son unos ejercicios numéricos expresados en la forma de “modelos” que muy poco, o nada, tienen que ver con la realidad y que sirven a su ocultación: mistificación del número, ideología y subdesarrollo del desarrollo. El tecnoeconometra, mago de nuestra era, se rodea de artilugios informáticos y bases de datos en su campana de cristal y representa el ritual de la nueva magia del cuánto, o no sé si del cuento... [CAMBRA (1982)].






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