Desarrollo y subdesarrollo del concepto de desarrollo


Progreso, desarrollo, evolución, ¿revolución?: raíces histórico-conceptuales de la teoría económica hegemónica del desarrollo



Descargar 90.55 Kb.
Página2/13
Fecha de conversión24.09.2019
Tamaño90.55 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13
Progreso, desarrollo, evolución, ¿revolución?: raíces histórico-conceptuales de la teoría económica hegemónica del desarrollo.

Estos conceptos, que tanto usan y de los que tanto abusan los humanistas y científicos sociales, no han sido objeto de una investigación que permita distinguirlos y clarificar sus contenidos. En la introducción a esta breve ponencia no pretendo emprender semejante tarea, sino simplemente destacar algunos aspectos que considero importantes para la búsqueda de elementos que permitan contribuir a la reconceptualización del desarrollo.


En los diccionarios -especializados o no- nos encontramos con una asimilación de los términos “progreso”, “desarrollo” y “evolución”, que aparecen como sinónimos, bien entre ellos mismos, bien con los términos “adelanto”, “crecimiento”, “maduración”, “ampliación”, “mejora”... Y en todos ellos encontramos, aunque con distintas priorizaciones y grados en cada caso, cinco nexos comunes e interrelacionados:

  1. La connotación biologista que equipara la evolución social y la orgánica, y de acuerdo con la cual las hipótesis de la biología decimonónica sobre el desarrollo se confunden con las nociones contemporáneas de desarrollo social, cambio social, “modernización” y tránsito del “subdesarrollo” al “desarrollo”. Así, por ejemplo, la orientación estructural-funcional sigue sosteniendo que los procesos fundamentales son la diferenciación funcional y el movimiento de lo simple a lo complejo.

  2. La concepción lineal de los procesos, según la cual parece que tengan que pasar necesariamente por unos estadios sucesivos, con el consiguiente determinismo histórico que relega el papel del sujeto humano a mero comparsa de la historia y que se justifica por un determinismo científico basado en la supuesta neutralidad de la ciencia.

  3. El carácter gradual, continuo y ordenado de las transformaciones, que excluye todo cambio revolucionario -entendido como cambio cualitativo radical fruto de la voluntad y de la acción humanas- como no normal o patológico.

  4. La autoperpetuación, consecuencia del alejamiento constante de la meta final, y el aplazamiento de su realización ad calendas graecas.

  5. El componente normativo inmerso en un juicio de valor acerca de la historia: el presente es mejor que el pasado y el futuro será mejor que el presente.

La idea de progreso es una de las más complejas cuestiones no resueltas del pensamiento social occidental moderno y contemporáneo. Esta idea remite a la dimensión temporal y refleja una concepción del presente como superior al pasado y la creencia de que el futuro será aún mejor. Mientras en un extremo nos encontramos con los más fervorosos partidarios de esta idea, en el otro se ubican quienes -los menos- la consideran una perniciosa superstición. El nacimiento de las ciencias sociales estuvo ligado a la noción moderna de progreso y fueron -y son-, a la vez, consecuencia y causa de la idea de progreso. Idea que, por otra parte, no es más que la versión laica y moderna de la idea cristiana y medieval de Providencia, y que, con ella, se distingue de la concepción cíclica de la historia de la antigüedad greco-romana y se opone a las ideas de decadencia y de regresión.


La idea moderna de progreso se alimenta de la tesis racionalista de la perfectibilidad del hombre, que, a partir del siglo XVII, hace creer en un perfeccionamiento inevitable de la especie humana. Se trata de esa razón de raigambre burguesa revolucionaria que se opone a toda imposición fideísta de la teología y a toda afirmación no confirmada por los hechos de la metafísica. Pero esta fe en la razón, trascendente y crítica en sus orígenes, se ve menguada en el siglo XIX por una razón “científica” y “positiva” que se atiene a los “hechos” con pretensiones de neutralidad valorativa y con la consiguiente adaptación apologética a una realidad en la que la burguesía opera hegemónicamente. En este proceso, la complicidad de las ciencias sociales dominantes -especialmente de la economía y de la sociología- está fuera de toda duda [CAMBRA (1982)]. Pero la castración de la razón crítica burguesa se acentúa con su reducción a una razón instrumental [HORKHEIMER (1969)] tecnocientífica, al socaire del pragmatismo, el utilitarismo y el ludismo exacerbados y materialistamente vulgarizados que se prolongan hasta nuestros días. La fe en dios, sustituida primero por la fe en la razón, más tarde por la fe en la ciencia y, finalmente, por la fe en la técnica, reduce también única y peligrosamente las ideas de progreso y de desarrollo al mejoramiento de los aspectos materiales y consumistas de la existencia humana, amén de que su disfrute esté sólo al alcance de una exigua minoría de la especie. He aquí un aspecto esencial del subdesarrollo del concepto de desarrollo.
Aunque siempre han convivido partidarios y detractores de la idea de progreso, los acontecimientos acaecidos durante la primera mitad del siglo XX provocaron la crisis de esta idea y de cualquier idealización respecto a la bondad del presente y del futuro. El siguiente punto de inflexión se produjo a partir de la crisis de la Unión Soviética y de sus países satélites. Aprovechando el derrumbe de un sistema que desde mucho antes había traicionado al modelo socialista que decía representar, se pretende liquidar todo rastro del modelo más avanzado de la modernidad. Así se ha abierto paso la idea de que el sistema vencedor -igualmente traidor del modelo liberal que enarbola- y su totalitario “pensamiento único” pueden llevar a la humanidad al progreso definitivo, que hoy se llama globalización y que no es más que la fase ulterior de la concentración de capitales en manos de los grandes trusts transnacionales y de su dominación a nivel planetario. Esta dominación adquiere un carácter global -territorial e ideológicamente hablando- que fomenta desde el poder una aceptación acrítica de la injusticia por parte de la inmensa mayoría de los escasísimos “beneficiarios” -y de quienes aspiran a serlo- del materialismo consumista. El encubridoramente denominado neoliberalismo (¿qué queda del liberalismo en la situación oligopolista/monopolista contemporánea?) ensalza al mercado como el nuevo dios, erige al consumismo en la nueva religión, sustituye las catedrales por centros comerciales, reinventa los ejercicios espirituales bajo la forma de mensajes publicitarios e instaura el acto de la compra como comunión integradora: subdesarrollo del desarrollo.
Otra cuestión importante ligada a la idea de progreso es su pretensión de universalidad que la ha llevado a ser aplicada con un carácter tan falaz como uniformizante más allá de las diferencias culturales y sociales. ¿Es o debe ser el progreso igual para todos? Ante el enigmático conjunto de diferencias culturales, ya en los inicios de la modernidad, se dio la solución más reduccionista y a la vez más interesada: la negación de las diferencias culturales y su falsa identificación con distintos grados de realización en un proceso universal de desarrollo, considerando, eso sí, a Europa como el exponente máximo de ese proceso. Se trata de una conceptuación etnocéntrica, por supuesto nada ajena a la dominación económica, política y cultural que Occidente ha ejercido y ejerce sobre el resto del planeta. Otro aspecto del subdesarrollo del desarrollo.
El problema se agrava con el imperio de la razón instrumental -propia de un homo faber que es víctima enajenada de los instrumentos que él mismo ha producido [ARENDT (1974): 398-399]- que desplaza toda reflexión acerca de los criterios sobre lo que es el bien y lo mejor: ¿qué desarrollo, para qué y para quién? Es absolutamente necesario denunciar que el desarrollo, tal como se está realizando, comporta un posicionamiento ideológico que encubre la defensa de intereses particulares bajo la pretensión de responder tecnocientíficamente y neutralmente a intereses universales: poder, ciencia y tecnología están inextricablemente unidos. E igualmente necesaria es la determinación de unos objetivos de desarrollo alternativos. Todo lo cual pasa por la asunción y la denuncia de los vínculos existentes entre poder, perspectivas históricas, intereses y sistemas éticos. No puede hablarse de desarrollo si éste no implica la libertad de todos y cada uno de los seres humanos para elegir conscientemente su destino individual y colectivo. Mucho más grave que la llamada crisis económica -¿crisis de quién y a favor de quién?- es la crisis ética por la que atravesamos -de la que, por lo demás, son reflejo y retroalimentación los neoconservadores pretendidamente “postmodernos”, quienes pretenden hacernos creer en un “vale todo” que excluye la realización y el mejoramiento de los modelos éticos y políticos aportados por la civilización occidental con tantas contradicciones, traiciones y frustraciones como sacrificios, luchas y esperanzas de grupos y clases oprimidos-. La eliminación del juicio ético defenestra la crítica y sólo favorece la reproducción de las relaciones de dominación establecidas: fin de la historia y fin del progreso. Más subdesarrollo del desarrollo.






  1. Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©odont.info 2019
enviar mensaje

    Página principal