Desarrollo y subdesarrollo del concepto de desarrollo


Recapitulación, conclusiones y propuestas



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Recapitulación, conclusiones y propuestas.

Paulatinamente se ha ido abriendo paso la idea de que el desarrollo es un proceso integral que incluye dimensiones culturales, éticas, políticas, sociales, económicas y medioambientales, con una interrelación que es inherente al propio fenómeno del desarrollo. Un fenómeno de tal naturaleza precisa una aproximación transdisciplinar, superadora no sólo de la especialización disciplinaria académica convencional, sino también de la llamada colaboración “interdisciplinaria” o “multidisciplinaria”. El enfoque transdisciplinar engloba las especialidades del viejo estilo -desde la biología y la física hasta la ética y la filosofía de la historia, pasando por las denominadas ciencias sociales- pero adoptando una perspectiva holística que lo diferencia de los enfoques inter o multidisciplinarios. Responde así a las exigencias de una realidad que no admite la fragmentación de objetos de estudio impuesta por las disciplinas especiales, ya que la vida humana y los ecosistemas de los que forma parte incluyen múltiples aspectos esencialmente interrelacionados e interdependientes. Hay que entender -más allá de la inextricable relación entre lo social y lo económico y de su inserción en el marco de la cultura en su sentido integral- que los valores culturales condicionan las relaciones del ser humano con la naturaleza, que existe una interrelación entre ecosistemas e identidades culturales, entre biodiversidad y diversidad cultural. Y también hay que entender que las culturas no son totalidades monolíticas, determinantes pero indeterminadas: son escenario de desigualdades y de relaciones de poder. Es decir, están socio-económicamente diferenciadas e incluyen códigos y prácticas ético-políticos diversos y, en las más de las ocasiones, opuestos, que originan conflictos sociales, económicos y políticos que determinan, a su vez, la construcción de la cultura y sus procesos de cambio, transformación o desarrollo. En definitiva, se trata de totalidades multidimensionales y contradictorias, en las que existe una interacción entre las partes, dentro de las partes y entre las partes y el todo.


Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural son conceptos con una pretensión globalizadora, exigen una óptica transdisciplinar y se oponen al reduccionismo economicista que equipara desarrollo a desarrollo económico y éste a crecimiento económico. Su loable pretensión integradora de múltiples dimensiones hace difícil su concreción y definición, pero tampoco hay que obsesionarse por encontrar una definición omniabarcante: podría ser frustrante e incluso contraproducente para el carácter globalizador y abierto de estos conceptos, que los hace irreductibles y que se opone al impulso delimitador de toda definición. Además, una definición cerrada y apriorística iría en contra de su componente participativo y del papel protagonista de los actores sociales implicados en el proceso. Sin embargo, esto no quiere decir que no sea preciso dotar a estas ideas de un marco teórico adecuado y conceptualmente riguroso que permita evitar su apariencia difusa y a veces ambigua, tema en el que me detendré más adelante.
Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural tienen una base conceptual común, se interrelacionan, se incluyen entre sí y se complementan, hasta tal punto que la utilización alternativa de los tres términos contribuye a incrementar la confusión. Aunque importa más precisar el concepto que discutir el término utilizado para designarlo, elegir un término unificado facilitaría la clarificación conceptual. Descarto el término “desarrollo sostenible” porque está lastrado por el reduccionismo medioambientalista y, con ello y por ello, desvirtuado ideológicamente; además, la sostenibilidad es una de las dimensiones del “desarrollo humano”. Sin duda, el término “desarrollo cultural” es el académico-conceptualmente más adecuado, dado el carácter integral del concepto antropológico y sociológico de cultura; sin embargo, el uso restringido y elitista del término “cultura” en el lenguaje común me inclina a descartar el término “desarrollo cultural”. El término “desarrollo humano”, por su parte, cuenta con las siguientes ventajas: incluye la dimensión de la sostenibilidad; está más difundido que el término “desarrollo cultural” y no tanto como el de “desarrollo sostenible”, lo cual, de momento, es una defensa contra la voracidad integradora de la ideología dominante; y, finalmente, sitúa al ser humano en el centro del desarrollo. Se han propuesto otros términos que no considero demasiado afortunados, como el de “desarrollo compatible”, en el marco de una propuesta que tiene, sin embargo, mucho interés conceptual [MEDINA (1997): 102-120]. Sin pretender echar leña al fuego de la confusión terminológica, me permito someter a consideración el término “desarrollo de las civilizaciones”, pues incluye “desarrollo humano” y “desarrollo cultural”; designa tanto la acción de civilizar -oponiéndose a la barbarie de la globalización tal y como la padecemos- como el proceso de desenvolvimiento de la humanidad, como el nivel alcanzado en este proceso, como, en fin, los objetivos humanos; por su origen etimológico (civis, ciudadano) responde a la idea democrática de cultura de ciudadanía participativa; y, finalmente, su formulación en plural es fiel a un enfoque culturalmente diversificado del desarrollo y deslegitima todo modelo uniforme, invariable a lo largo del tiempo o intra e intersocietalmente. En cualquier caso, sometido el término a su consideración, quedémonos mientras tanto con el término “desarrollo humano”, aunque, de acuerdo con los criterios que acabo de exponer, mejoraría con su formulación en plural: “desarrollos humanos”.
Sea como sea, es más importante precisar el concepto que etiquetarlo. Visto lo que ha sucedido con el término de desarrollo sostenible, para mantener y ampliar el contenido crítico del concepto de desarrollo humano es necesario hacerlo desde un discurso y unas prácticas más difícilmente integrables por la ideología y las prácticas dominantes. El desarrollo humano ha de ser exigente en relación con sus objetivos: exigente para situar al ser humano en el centro del desarrollo, exigente en relación a la justa distribución de los recursos y beneficios del desarrollo, exigente respecto a la defensa de la diversidad cultural y exigente respecto a la preservación de la naturaleza. Y, para que no quede todo en un discurso impotente, la aplicación del concepto de desarrollo humano pasa por la exigencia de una planificación participativa en un marco ético de cooperación y solidaridad, según los criterios de la democracia cultural. El concepto de desarrollo humano comporta el ejercicio de la crítica de una realidad insostenible (del subdesarrollo del desarrollo) y de los discursos teóricos que la justifican (de su ideología perpetuadora) y la elaboración de una propuesta teórico-práctica alternativa capaz de transformar esa realidad en una realidad humana, sostenible y más civilizada.
De acuerdo con este procedimiento de crítica y formulación de propuestas alternativas, expongo a continuación un conjunto de elementos que pueden contribuir a sentar las bases teóricas para una reconceptualización del desarrollo:

  • Contra el determinismo histórico: el papel del sujeto humano como hacedor de su propia historia.

  • Contra el cambio evolutivo, parcial, reformista o “en el sistema”: cambio cualitativo, radical, “de sistema”.

  • Contra el aplazamiento continuo y represivo de la metas alcanzables: su realización liberadora.

  • Contra el “fin de la historia” y del progreso: la “utopía realizable”, cómplice de la idea de progreso, ni que sea como extensión a toda la humanidad de las condiciones básicas de existencia de las que disfrutamos una exigua minoría.

  • Contra la traición a los modelos éticos y a las luchas sociales y políticas que nos han permitido -aunque con frustraciones, limitaciones y contradicciones- alcanzar el presente: la forja de nuevos modelos ético-políticos capaces de contener y de superar a los anteriores.

  • Contra el presunto avalorismo científico, el “final de las ideologías”, el “vale todo” y la crisis ética: la fundamentación ética apoyada en la libertad de los seres humanos para elegir su destino y en la reivindicación de la equidad.

  • Contra la razón instrumental tecno-científica vulgarmente materialista y consumista: la reflexión sobre el bien y lo mejor que permita determinar los objetivos del desarrollo (qué desarrollo, para qué y para quién).

  • Contra el cientificismo positivista adaptado a los “hechos”: la razón trascendente y crítica.

  • Contra la pretensión de universalidad uniformizante, el euro-etnocentrismo y el “pensamiento único”: la diversidad y la libertad culturales.

  • Contra la fe en el mercado: confianza en el hombre y planificación democrática.

  • Contra la dominación política, económica y cultural de unos pocos Estados y de las grandes corporaciones transnacionales: distribución del poder en la sociedad y democracia cultural, como participación activa e integral de los seres humanos en el proceso de construcción de su vida individual y colectiva.

A partir de estos criterios básicos, es necesario cimentar una concepción del desarrollo que:



  1. Critique y abandone el modelo hegemónico de desarrollo.

  2. Reconozca el carácter multidimensional e integral de los procesos de desarrollo.

  3. Adopte una perspectiva transdisciplinar y holística.

  4. Parta de la comprensión del contexto histórico que atraviesa la humanidad y sus diferentes pueblos y culturas, y en el cual son posibles los cambios locales, regionales y globales.

  5. Tenga en cuenta las estructuras socio-económicas en las que se promuevan los cambios.

  6. Formule unos objetivos de desarrollo de acuerdo con los criterios expresados por la población afectada y en los que el desarrollo se mida por su armonización con la sociedad y con la naturaleza, a través de la equidad y la participación.

  7. Asuma la problemática del poder, dado el contenido político de los procesos de desarrollo.

Esta concepción del desarrollo parte de dos ejes fundamentales: la equidad y la participación. Concibe la sociedad desarrollada como una sociedad equitativa, objetivo que hay que alcanzar por medio de la participación de las personas inmersas en el proceso. Esta concepción arranca de un juicio ético por el que se prefiere la equidad a la falta de equidad, la justicia a la injusticia. Y que nadie diga que este juicio es poco concreto o un mero capricho subjetivo al que se puede oponer con la misma legitimidad su contrario. El juicio ético a favor de la justicia encuentra su objetividad en un muy largo proceso histórico en el que la humanidad ha luchado y sigue luchando por el mejoramiento de sus condiciones de existencia, y que no puede ser olvidado, ni, aún menos, banalizado. Además, dicho proceso histórico ha cristalizado en un conjunto de normas y principios jurídicos (valga como ejemplo prototípico la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, por lo demás siempre mentada en las constituciones de nuestros Estados) cuyo nefasto y no penado incumplimiento no le resta ni un ápice de objetividad ni de concreción. Por otro lado, esta concepción del desarrollo parte de un juicio descriptivo o de hecho y de un juicio valorativo o ético: según el primero es posible dar satisfacción a las necesidades primarias de todos los miembros de nuestra especie y prestar servicios sociales básicos para todos, erradicando la pobreza [PNUD (1997)]; de acuerdo con el segundo, la erradicación de la pobreza es mejor que su perpetuación. La utopía, hoy, ya no es lo imposible, sino aquello que los sistemas de poder establecidos y los intereses creados no permiten que vea la luz [MARCUSE (1968)].


El eje “equidad” subsume las dimensiones más importantes que hemos analizado en los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural. Sin pretender ser exhaustivo, la equidad incluye:

  • la participación, la cultura de ciudadanía participativa, la capacidad de la sociedad civil de ejercer control sobre el aparato estatal y la democracia cultural, como equidad política.

  • la libertad cultural, la diversidad cultural, religiosa y étnica, la cooperación, la identidad cultural, el sentido de pertenencia, el valor personal en un contexto social y la educación intercultural, como equidad intra e intercultural.

  • las capacidades básicas y las oportunidades para todos, la potenciación, el bienestar colectivo, la erradicación de la pobreza y la liberación de la marginación, como equidad social.

  • la no discriminación entre hombres y mujeres, como equidad entre géneros.

  • la gestión de la demanda, el freno al consumismo, la eficiencia del bienestar, la distribución equitativa de la riqueza y el derecho a ganarse el sustento, como equidad económica.

  • la sostenibilidad, la biodiversidad y los límites y la eficiencia medioambientales, como equidad intergeneracional.

  • la no discriminación entre países, Norte/Sur, centro/periferia, rural/urbana y local/regional/global, como equidad territorial.

El segundo gran eje del concepto de desarrollo es su eje motor: la participación. Con ella, el ser humano no sólo es objeto sino también sujeto del desarrollo, el ser humano es objetivo y agente esencial del desarrollo. Sólo así, emanando de las fuerzas internas de la sociedad, el desarrollo puede ser endógeno y autodirigido. Y ello debe sustentarse, como ha quedado dicho, en la democracia cultural y en la participación social, en una cultura de ciudadanía participativa. La participación la entendemos como un acto democrático y un proceso de autoaprendizaje individual y colectivo que transcurre en el propio proceso de toma de decisiones y que implica un compromiso activo.


Para colaborar a crear las condiciones, los espacios y las estructuras que concreten y garanticen una participación real y efectiva, es muy adecuado el método de Investigación-Acción Participativa (IAP). Este método tiene su fundamentación teórica en los métodos educativos de Paulo Freire y se está poniendo en práctica especialmente en América Latina. Se propone romper la separación sujeto-objeto, investigador-investigado, salvar la distancia entre teoría e investigación y evitar la fractura entre teoría y práctica: no hay que conformarse con conocer y explicar los problemas sociales, sino que también hay que transformarlos a través de la acción investigativa. No voy a entrar aquí en las importantísimas consecuencias epistemológicas y metodológicas que comporta la IAP, pues sólo quiero destacar su valor estratágico para la nueva concepción del desarrollo [LINARES, CORREA Y MORAS (1996): 65-91]. La IAP coloca al sujeto como productor de conocimientos en la reflexión de sí mismo y de su realidad, para generar cambios conscientes en el individuo y en su contexto social. Su aspiración máxima es lograr un desarrollo permanente de la comunidad y de la conciencia crítica de sus habitantes y favorecer fórmulas autogestionadas de organización social. La IAP parte de cuatro principios básicos:

  1. Destacar que la realidad social no sólo está conformada por objetos materiales y hechos concretos, sino también por la percepción que de los mismos tiene la gente relacionada con ellos.

  2. Aproximar el saber popular y el conocimiento científico hasta hacerlos coincidir.

  3. Disminuir las diferencias entre el trabajo manual y el intelectual, y eliminar la distancia entre el investigador y los residentes, planificando la investigación con la participación directa de la comunidad.

  4. Contribuir a desarrollar la democracia participativa y el bienestar social de la comunidad.

La IAP incluye cuatro procesos interrelacionados:



  1. Investigación científica colectiva sobre los problemas de una comunidad por parte de todos los interesados en la solución de los mismos.

  2. Reflexión conjunta sobre las causas estructurales y consecuencias de los problemas investigados y del potencial de la comunidad para superarlos.

  3. Acción organizada para modificar las causas que generan los problemas con el intento de solucionarlos.

  4. Capacitación y educación popular que se logra a través de la práctica de la investigación y de la sistematización e intercambio de los nuevos conocimientos.

En definitiva, de lo que se trata es de impulsar investigaciones y acciones que involucren a los actores sociales. Esta investigación-acción puede colaborar al establecimiento de canales de diálogo y a la creación de espacios y estructuras que posibiliten la concreción de procesos participativos para la toma de decisiones, en los que las personas puedan transformar su realidad de forma autodirigida. Lo más urgente, sin duda, es pasar a la acción a través de una planificación democrática del desarrollo humano. Responsabilidad ésta que nos atañe a todos.






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