Crisis y nuevos patrones de consumo: discursos sociales acerca del consumo ecológico en España



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-Es la educación que tiene cada uno.

-Es la educación pero también falta la seriedad de los ayuntamientos.

-Sí, pero no nos pueden poner un policía o un guardia… (RG7).
Este argumento de la falta de ejemplaridad suele espolear un discurso hipercrítico hacia la falta de dotaciones públicas y hacia el desinterés de las instituciones por motivar suficientemente a unos ciudadanos que, de ser seducidos, parecerían adoptar encantados comportamientos ambientalmente responsables. De hecho ya antes se hacía, como aparece en algunas referencias a cómo hace varias décadas la gente devolvía los cascos de las botellas en las tiendas. Sin embargo, frente a la sencillez de aquellos procesos, los actuales se revelan burocratizados y opacos: “es que se ha montado un negocio con el tema del reciclaje que es demencial” (RG7). Esta percepción da pie a una multiplicidad de quejas, que abarcan desde la localización de los puntos de reciclaje (“No tienes en todos los puntos de la ciudad los contenedores adecuados para cada cosa, al no tenerlos no vas a reciclar” (RG1); “Es que en todos los lados no tienes los cubos correspondientes porque a veces hay uno de vidrio y falta el de cartón y qué haces, lo dejas ahí, para concienciarnos tienen que hacer las cosas bien, digo yo” (RG8); o “En mi barriada han metido fuego, había uno de vidrio, otro de papel y cartón y otro de plástico y el de plástico le metieron fuego, unos gamberros le metieron fuego y eso hace ya al menos seis meses y no lo han puesto, y yo me encuentro con la desmotivación de que voy con eso y digo, dónde lo tiro” (RG1)), hasta las dificultades de seguir con las normas impuestas por las administraciones, en buena medida por la falta de espacio en los hogares: así, son comunes las afirmaciones del tipo “la persona que vive en un piso y tiene una cocina pequeñita para reciclar cinco bolsas es difícil” (RG1) o “no es que no quiera reciclar, es que yo no tengo sitio en mi casa para eso, en la cocina dónde meto yo tantos cubos, que si se acaban cuatro botellas de Coca-Cola a la vez porque somos muchos, porque hay una fiesta, por lo que sea, esas cuatro por supuesto las pongo aparte y si se acaban tres cartones de leche pues por supuesto los pongo aparte, pero que cada vez que se beban un zumito, yo no puedo hacer eso, yo no tengo sitio para eso” (RG6). Las críticas a la configuración de algunas soluciones (funcionalidad, utilidad, etc.) son también frecuentes.
La queja sin embargo más frecuente es que existe una asociación inmediata entre ecología y beneficio económico, tanto para las administraciones como para las grandes empresas. Así, son abundantes las referencias a lo oscuros intereses económicos que se encuentran detrás de acciones como cobrar por las bolsas de plástico: “gana el de los plásticos, gana el de los cartones” (RG4). De este modo, más allá de la letanía de “Pagar la bolsa, encima de que compramos pagamos la bolsa” (RG1), se desarrollan argumentos que señalan que todas las políticas en favor de la ecología puestas en marcha por grandes corporaciones son estrategias de lo que podría calificarse como una suerte de green-washing, pues no cumplen con la responsabilidad real de hacer todo reciclable, con excesivos embalajes: “yo no soy responsable de que esa empresa no me lo haga reciclable” (RG6) o “eso sí que es verdad, compras una lechuga y te viene la bandejita de plástico que eso va directamente a la basura y el plastiquito, yo creo que esa bandeja sobra, si viene envasada plastificada para qué quieres la bandeja, es que es un gasto, eso sí que es verdad, viene sobre embalado” (RG6). Asimismo, las administraciones están en el punto de mira, acusadas de voracidad recaudatoria al multiplicar tasas e impuestos. Un ejemplo es el siguiente fragmento de conversación:
-Y además encima te amenazan, que tampoco podemos vivir así, que si no lo haces te multan, pero en qué estamos viviendo, y luego no vemos los resultados.

-Y el impuesto, mi madre que vive sola, ciento y pico euros, me parece una barbaridad para una persona que vive sola.

-Yo no sé si lo separan o no pero a la larga nadie nos está diciendo que vivimos en un Madrid mejor o menos contaminado, nada, ni nos explican, tampoco lo necesito que me digan dónde queman todo lo que hacen, pero dices, bueno, y todo esto para qué (RG2).
Existe además la sospecha de que el esfuerzo no merece la pena, ya que al final las administraciones ni siquiera cumplen con su cometido. Este fragmento de discurso es muy representativo de esta desconfianza hacia las instituciones:
-Y además que de cara al reciclado yo por ejemplo pues eso, mi bolsa amarilla, la bolsa de…

-Y después van todas juntas al mismo.

-Pero luego abres el cubo amarillo y dices, pero si aquí hay de todo.

-Pero no solamente eso, por las noches tú ves el camión de la basura y en el camión de la basura ahí echan todo al mismo círculo, el amarillo y el otro.

-Entonces para qué reciclas.

-¿Y para qué me he molestado en hacer eso?” (RG2).
Esto enlaza con la desafección hacia los políticos, que ya en esta época empezaba a despuntar, y a los que ocasionalmente se les acusaba de facilitar poco las cosas: “Nuestros políticos están todavía poco concienciados en el tema, yo creo que el pueblo está más concienciado ya a reorganizar las cosas más que los políticos porque ayudan poco, muy poco, el tema yo creo que debería ser facilitarle más al pueblo cómo reciclar…” (RG1). Frente a esta torpeza de la clase política española, Europa u otros países desarrollados por el contrario propone referencias adecuadas de organización y comportamiento cívico: “en Canadá llevan veinte años en las casas en las terrazas el cubito de plásticos, el cubito de cristal, el cubito de basura orgánica, y aquí eso no nos entra en la cabeza” (RG1), “en otros países de Europa te pagan algo por reciclar” (RG4).





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