Crisis y nuevos patrones de consumo: discursos sociales acerca del consumo ecológico en España



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El reciclaje.
Una cosa es la imposición y otra la sugerencia (RG2)
En los grupos el significante “reciclaje” se encontraba fuertemente ligado a conductas en favor de la sostenibilidad ecológica, aunque como podremos comprobar en el análisis de los verbatim, emergió como un significante lleno de ambivalencias. Así, un sector de participantes dentro de los diferentes grupos de discusión manifestaba una cierta fascinación hacia los nuevos métodos de reciclaje, que rápidamente era sepultada por un discurso dominante de crítica hacia comportamientos pro-activos en favor del reciclado, expresado en un fuerte escepticismo hacia todo tipo de discurso medioambiental institucional o militante (tal y como hemos podido leer en la sección anterior). De este modo, era habitual en los grupos (al menos en aquellos en los que el tema del reciclaje ocupó más espacio en la discusión) el que, tras comentarios iniciales en los que se hacía alusión a nuevos equipamientos para facilitar el reciclado de distintos productos (por ejemplo, “yo me he encontrado ahí en Bilbao una cosa muy buena que ya se está montando por aquí, las islas ecológicas de los contenedores que van soterrados, allí funcionan de maravilla” (RG1)), pronto se desarrollaba una discusión en la que las tensiones en buena medida morales inherentes a la práctica del reciclaje se desplegaban de una manera muy sugestiva.
Y es que una de las cuestiones clave que se pueden advertir en los discursos es la existencia de una tensión entre la justificación de las acciones realizadas y las que sería necesario realizar. En este sentido, una vez interpelados, los participantes se enzarzaban en discusiones encendidas sobre lo que hacían o dejaban de hacer, predominando un cierto escepticismo en sus discursos. De este modo, entre los alumnos aplicados en las prácticas de reciclaje -la mayoría se encontraban en grupos con capital económico y/o cultural elevado-, el argumento solía resumirse en reivindicar un esfuerzo un tanto quijotesco, pues su buena voluntad contrastaba con la indolencia de los que les rodeaban:
-Yo he reciclado siempre pero no sé hasta qué punto…

-Pero si después la mayoría no se recicla.

-Yo tengo bolsas y bolsas y el vidrio y el papel, el cartón, incluso las pilas, los pequeños electrodomésticos que se me rompen me voy al punto limpio, y a veces digo, por qué me estoy yo pegando estos… (RG1)
Esto es, reciclar supone un importante esfuerzo no recompensado socialmente. Otros participantes señalaban que su compromiso con el reciclaje era el resultado de presiones sociales, bien de algún familiar (normalmente joven) concienciado o de las medidas aprobadas por empresas o administraciones, como es el caso de pagar por las bolsas: “Yo porque me regaña mi hija, pero si no…” (RG2) o “Las bolsas, pero porque no te queda más remedio, hombre, es lo que hablamos del dinero, a la que me ponen una penalización me lo pienso” (RG9). En este sentido, prácticas como la reutilización de productos usados o el portar una bolsa de tela parecían haberse incorporado poco a poco al comportamiento cotidiano, en buena medida por el deseo de ahorrar ante la situación de crisis. Sin embargo, cuando tales presiones sociales no actuaban, los participantes de los grupos afirmaban explícitamente que “pues a mí como no me regaña nadie no reciclo, lo tengo clarísimo, ni tampoco digo a mis hijos que reciclen, o sea, no reciclamos nadie” (RG2). Así, en contextos como las vacaciones en los que el imperativo del reciclaje se relajaba, ya no se reciclaba, reconociendo que cuando no el proceso de reciclado no era sencillo, simplemente no se llevaba a cabo (“Con el bulo este de la ecología también hay mucha tontería, yo estoy harta de reciclar, o sea, yo reciclo, tengo mi bolsa amarilla, tengo la cocina, pero también te digo que cuando voy a veranear fuera no me voy a molestar en llevar el vidrio” (RG2)).
Esto lleva a los participantes a plantear una reflexión en torno a la responsabilidad a la hora de asumir el reciclaje, y las opiniones aparecen de nuevo enfrentadas: algunas voces defienden que se trata de una responsabilidad individual, aunque tal responsabilidad debe ejercerse en un marco de información clara en el que los individuos tienen libertad de elegir si reciclan o no; otros consideran fundamental que las administraciones lideren este proceso, con frecuentes referencias a incentivos económicos (positivos o negativos) como vía de afianzar el compromiso ciudadano con las conductas de reciclaje. Así, algún participante argumenta que “primero hay que tener la información y una vez que tú tengas esa información tú sacar tus conclusiones y actuar de la manera que creas conveniente” (RG2), aunque las opiniones mayoritarias se centran en refuerzos desde las instituciones: “creo que sería bueno que nos dieran aunque sea unos céntimos por reciclar” (RG4). De este modo, son frecuentes las apelaciones al cálculo económico más convencional, hasta el punto de parecer confirmar algunos supuestos de la teoría de la elección racional: “dar más ayudas a la gente que lleve el tema ecológico porque es caro, es más fácil ir y echar un pesticida y tener más que a lo mejor un tío que no usa pesticidas, que está todo el día en el tema, claro, para eso no hay ayudas y es muy difícil, y es caro por eso, porque lleva un mantenimiento muy elevado y no hay ayudas para eso” (RG7) o “Yo creo que para cambiar en esta dinámica lo que se necesita son incentivaciones económicas, por ejemplo lo de las motos o lo de los coches, oye, si un coche me cuesta siete mil quinientos euros, un coche eléctrico que contamina la mitad que uno normal, pues posiblemente me lo compraré antes que otro” (RG9) parecen confirmar la importancia que los discursos economicistas han alcanzado entre la población española.
Además, hay una referencia a la educación como un elemento fundamental en la creación de conciencia ciudadana en relación al medio ambiente (los niños en los colegios están ya concienciados, etc.) que incluso puede ser reforzado con un uso activo de la autoridad, aunque muchos participantes reconocen que las instituciones no son en este momento capaces de proporcionar un ejemplo moral ante la epidemia de casos de corrupción o las flagrantes contradicciones en las propias prácticas:
-Yo creo que los contrasentidos que tenemos hoy por hoy del reciclaje y sobre todo en el comportamiento social que tienen ciertos jóvenes con eso del botellón, pues eso es debido a que los gobiernos, tanto de ayuntamientos como de las comunidades, no son capaces de abordar el tema por donde viene, entonces el que tengamos los contenedores y el que no le digamos, oiga usted, eche usted la botella al contenedor, eso es falta de civismo pero es falta de la autoridad…

-Pero si estás viendo que la autoridad está robando miles y miles de millones de euros, ¿le vas a decir a un chaval, con qué moral le vas a decir, coge esa botella y tírala ahí?, te manda por ahí, ahora, si miran que a Pepito Pérez le cortaran el cuello y le metieran en la cárcel entonces dirían, anda, pues oye, mira, es mejor matar a un tío que llevarte…, no, llevarte tres mil millones de euros es mucho mejor que matar a un tío porque son tres años…




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