Blockbuster y sentimientos



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Birdman”. EEUU.2014. Dir.: Alejandro González Iñárritu. Con Michel Keaton, Edward Norton, Naomi Watts, Emma Stone, Zach Galifianakis.

Blockbuster y sentimientos

El director mexicano Alejandro González Iñárritu, que tiene en su haber realizaciones relevantes ( Amores perros, 2000; 21 gramos, 2003; Babel, 2006; Biutiful, 2010) va por más en esta Birdman donde se empeña en jugar una partida mayor. Apuesta por la conquista de la estatuilla dorada de la Academia de Artes y Ciencias cinematográficas de Hollywood. Se rodea de un compacto e inquieto equipo de libretistas, ( Giacobone, Dinelaris, Bo quien fuera realizador de un destacado film, El último Elvis, 2012).



González Iñárritu los convocó, había un punto de partida inicial: un hombre que levitaba en calzoncillos. En principio se contaba solo con eso. Nada más. Segundo paso: sostener el film en plano-secuencia, sin cortes, sin salidas, sin aire y con el sonido torturante de una batería que no cesa de tocar. Era preciso arreglárselas, y construir el guión que hiciera posible la creación de la trama, contando con “la inesperada virtud de la ignorancia”, como reza el subtítulo.

El personaje protagónico (Riggan Thomson) es jugado por el cuasi verdaderamente retirado actor, Michel Keaton, quien representara el Caballero de la noche, Batman, en dos films—en 1989, en1992, ambos bajo la dirección de Tim Burton, quien encontraba muy adecuado el aire atormentado de Keaton, que había dado muestras de ser un buen actor de comedias—.

Para ello, entonces, los nombres de Batman, de Birdman, se prestaban por cercanas resonancias. El personaje del actor en decadencia que juega Keaton no solo viene traído por la corriente que arrastra héroes alados varios, en la tradición de D.C Comics— Capitán América, Superman, Capitán Marvel, el Hombre-Araña (y otros) —. A ello había que sumarle la soberbia condición de justiciero altruista, un tipo amigable, quizá un algo angustiado, quizá ávido de amor, pero héroe alado al fin. Y más aún, él sobrevuela sobre las cosas terrenales, y desde allí ostenta la posesión de la verdad y la justicia. Otro referente acude en auxilio de González Iñárritu y su equipo. Riggan-Birdman se empeña en subir una obra a Broadway, una adaptación de un cuento de Raymond Carver: “What We Talk About When We Talk About Love”. He ahí más camino para recorrer, más cinta para cortar.

La cámara se desliza entonces como un reptil entre las bambalinas de un teatro en Broadway, marcha por corredores en penumbras, irrumpe en los camerinos, pisa las tablas, sube a la parrilla, mira a la platea, donde se dan a ver las primeras producciones previas en ensayo general de la adaptación vacilante que hizo Riggan del cuento de Carver. No hay cortes, pues: los actores viajan del escenario a la azotea, y aun a la calle; vuelven al teatro, a su rutina, a los ensayos, al escenario, al misterio, quizá a la renombrada ignorancia. Y así el realizador quisiera mostrar, pirandellianamente, la paradoja del comediante, que ya mentara Diderot. ¿Dónde existo, realmente? ¿Aquí, en las tablas? ¿Arriba en la parrilla? ¿O en el cielo? ¿O quizá abajo, estrellado en medio del pavimento de las calles bajo las luces de Broadway? ¿Qué es el amor? La voz cavernosa de Birdman provee a Thomson de legendarias, nostálgicas respuestas. En un modo similar al de Batman, aconseja que Riggan no lo deje, que no intente algo diferente. ¡Cuanto más felices eran, cuando volaban, eran justicieros y sembraban el amor! La astucia creativa de González Iñárritu y su banda es que conocen el paño. Pero, ¿podrá un público global de hoy seguir las tiznaduras de alma que las descripciones creativas de Carver testimonian en su entrelineada desesperanza? (La literatura es difícil, el público engulle de prisa, “no hay tiempo” de ensuciarse los dedos, enturbiarse los ojos con cuentos, esa materia opaca, sucia, intelectual que amodorra el alma. Los sentidos, por el contrario, despiertan al espectador, quizá agobiado a estas alturas por el plano secuencia implacable (más la batería que aturde) y la ausencia aún de rugidos de fuego y humo y el silencio estruendoso que se prolonga allá arriba. En el cielo. Démosle un poco de eso. Es el momento del espectáculo, de echar mano a los recursos del blockbuster (Ellos son los pájaros de la taquilla que deben volar alto). Es preciso mostrar a Birdman —impresionante disfraz de pajarraco en verdad—sobrevolar entre nubes; luego proceder a la siembra de explosiones, crear cortinas de fuego, hacer estallar el cielo, bajar a tierra el pajarraco negro de la fantasía.


El espectador (quizá al final no conforme del todo) abre las envolturas de las joyas actorales que no puede dejar de mencionar. Se le destacan: la encantadora y dúctil Emma Stone, como la hija de Birdman-Riggan. Michel Keaton, en producción esforzada salta bastante limpiamente el listón. Edward Norton se sobra para desplegar nobles recursos que muestra puntualmente en imperceptible in crescendo. Zach Galifianakis compone un productor impecable, temeroso de que todo aquello termine por encallar. Los efectos especiales son de maravilla, al igual que la fotografía (espléndida) del también mejicano Emmanuel Lubezki.

Juan Carlos Capo




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