Arte verbal amazonico, por Dimas Arrieta Espinoza


Modernidad en la poesía amazónica contemporánea



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3. Modernidad en la poesía amazónica contemporánea

En la lírica amazónica, existe una propuesta muy temprana, con Carlos Germán Amezaga (1862-1906), con su poema de largo aliento La leyenda del caucho (1891), poética que encajaba en los presupuestos de la poesía costumbrista, pero con la maestría del manejo de las técnicas en la versificación del alejandrino pareado; es cierto que tiene ciertos asomos de la atmósfera modernista: “Moreno y garboso como un jefe árabe, Carlos Germán ha sido nuestro poeta filósofo y nuestro romántico tardío. ‘Joven aún –observaba, cuando él murió, la revista Prisma- para ser contado entre los viejos poetas de la generación de Salaverry y Cisneros; viejo ya para ser clasificado en la generación de Chocano… Amezaga perteneció a la generación de transición que tuvo su exponente más alto en el Círculo literario y cuyo período más brillante transcurrió entre la paz con Chile y el año 1895 en que comenzó a descartarse entre los ideales de nuestra sicología política, el de la revolución y la guerra civil’. Carlos Rey de Castro que lo conoció bien decía que la originalidad de Amezaga se entendía a todas las manifestaciones de su persona, desde el tipo hasta el traje, desde la concepción hasta la palabra” (García Calderón 1938, I: 167, 168).

En el periodo vanguardista (1920-1930) se dieron algunas luces de querer llevar la modernidad de la lírica contemporánea al mundo amazónico. En ese espacio salen revistas importantes como Juventud, (1931) y Amazonas (1936), con una reaparición en 1938. Estas tribunas dieron lugar para que se desarrolle, en gran medida, la narrativa, pero no prosperó la lírica. Ya en la década siguiente va a aparecer otro referente editorial con la publicación de la revista Trocha (1941), editada por el movimiento literario “Agrupación Trocha” que lideraba Francisco Izquierdo Ríos. Recién ahí se siente el gran auge y entusiasmo por la poesía. “Trocha duró un año (doce números), y en ese corto tiempo trazó el sendero que conduce a un objetivo: formar la conciencia amazónica. Trocha es un ejemplo, su influencia se manifestó en todos los campos de la literatura y la educación: literatura, música, arte, pintura, folklore, pedagogía, etc.” (Gómez, Huamán, Noriega, 2006: 62).

No olvidemos que Francisco Izquierdo Ríos (1910-1981) comenzó publicando poesía: Sachapuyas (1936) y, en 1954, el híbrido literario Papagayo, el amigo de los niños, conjunto de cuentos y poesías. Pero este autor tiene una influencia mayor y mejor producción en la narrativa, donde se configuran sus grandes búsquedas para reflejar el mundo diverso amazónico; ahí, de seguro, su gran aporte y contribución a la literatura peruana no tiene discusión.

En la década de los cincuenta, a nuestro juicio, la modernidad de la lírica contemporánea se asienta en la Amazonía, en especial en Iquitos, con el libro Selva lírica (1952), editado por una trilogía de autores: Germán Lequerica Perea, Víctor Raúl Hidalgo Morey, Daniel Linares Bazán. Este colectivo de autores dio inicio y abrió un espacio con otras poéticas muy distintas y distantes de las anteriores. “El mérito del poeta Germán Lequerica es el de haber acabado con toda una historia de plagios de parte de los eventuales bardos amazónicos. Los llamados poetas fluviales eran imitadores de la verborrea esproncedista y pululaban entre joyas nacaradas, lirios flotantes. Los satíricos repentistas, esos vates de burla ciudadana que escribían abundosamente en los diarios, eran reflejo de los festivos versos de Leonidas Yerovi. La tradición de calco se amplió hasta el hartazgo con los escribas dependientes del Modernismo. El buen Rubén Darío había abandonado su joyería cuando por estos lares los vates buscaban versos azules, cisnes de cuello largo, sonetos rimados con ínfulas cultistas que resonaban como tiros en una sala cerrada” (Dávila 2003: 100).

A finales de los años cincuenta, en todos los departamentos se abrió una oportunidad con los festivales de las literaturas regionales, en los que se publicaba tanto libros de poesía como de narrativa. Es entonces cuando aparece La búsqueda del alba (1958) de Germán Lequerica, y Poemas de soledad y sombra de Luis Hernán Ramírez, también en ese mismo año, en el Primer Festival del Libro Loretano. “El libro La búsqueda del alba, de Germán Lequerica Perea desactivó esa miopía repetidora, ganó el verso libre e independiente al poner sobre el papel una emoción sincera. Él liquida una tradición de bosques impenetrables y ríos rimados, para poner en el escenario regional al hombre amazónico y su esperanza de un porvenir mejor. Los versos libres del poemario se desgarran en un canto de desesperanza por encontrar el amanecer en esa noche oscura del trópico. Es el canto que hurga en el dolor y el cansancio, y que pese a las desgracias y las caídas, no se rinde. Surge así el rayo solar de la ilusión de un futuro posible gracias a la acción social y a la actividad política” (Dávila 2003: 100, 101).

Por otro lado, Luis Hernán Ramírez (1927-1997), maestro universitario, donde también hizo contribuciones en la investigación científica, sobre todo en el ensayo tanto en la literatura como en la lingüística, participa en un momento inaugural para introducir la modernidad de la poesía en la Amazonía peruana. “El año 1958 el Primer Festival del Libro Loretano lo incluyó en sus publicaciones, editando Poemas de soledad y sombra (Iquitos) pero es recién cuando aparece su libro Sobre el dorso de la noche (1965), tal vez por ser editado y difundido a nivel nacional, que Luís Hernán Ramírez ingresa con pie seguro al panorama de la poesía, de él dirá Francisco Carrillo, director y editor de la revista Haraui: ‘La claridad de la imagen, la pulcritud de la palabra; más su lirismo acendrado se ha enriquecido con imágenes de la más variada estirpe –la naturaleza, el hogar, la presencia de los padres, los recuerdos, los instantes logrados de tristeza y silencio- que cargan su canto al amor franco y jubiloso.’ La obra poética de Ramírez se enriquece con Piel o sombra amada (1973), en donde el amor llega a plantearse como la principal temática dentro de su obra que lograr relieves inauditos en Elegía a tu nombre (1979) versos escritos en Bucarest en 1977. La revista Runakay ha editado, recientemente, una antología de su obra titulada Poesía (1982). Ha publicado, como traductor una Antología de la poesía rumana contemporánea. (1982)” (Bravo 1991: 25). La selección que presentamos la hemos recogido del homenaje que le hiciera la revista La manzana mordida (Nº 30, julio, 1991) que dirige Carlos Zúñiga Segura, selección que tenemos entendido, la hizo el propio poeta, una antología personal con el nombre de El amor en el centro del mundo.

Como figura cercana a estos pioneros de la modernidad de la lírica amazónica tenemos a Rodolfo López Rodenas (nacido en Iquitos, en 1934) quien adoptó el seudónimo del anarquista italiano Pedro Gori. Se cree que ha fallecido en Europa hace pocos años, no hay precisión en la fecha. Últimamente ha sido incluido en la antología poética 10 aves raras de la poesía peruana (2007) de Luis La Hoz. Toda su obra está constituida por tres libros: Poesía de emergencia (1961), En la lejanía más honda (1964) y Canto dialéctico (1970). Entre estos destacados creadores, no se puede omitir al gran César Calvo Soriano (1940- 2000) poeta que cruzó con gran acierto la cerca de la poesía hacia la narrativa. Sin lugar a dudas, es considerado como uno de los grandes poetas y narradores hispanoamericanos. Lírico por excelencia, no lo sedujo la explosión del discurso anglosajón que inundó los países indoamericanos en la década de los sesenta. Hasta los últimos días, de su presencia terrenal, siguió apostando por el discurso limpio, la consistencia en la tensión verbal, pero con las imágenes afincadas en la tradición de la lírica española. Estos presupuestos se notan en el libro Como tatuajes en la piel de un río (1987), versos como: “Miras la hora en mi reloj, te engañas / otro es el tiempo que desde él te mira / (…) Amor que no da lástima, lastima.” En la presentación de la selección hemos querido ser amplios, y ese recuento lo hemos transcrito de su obra completa, hasta ese entonces, Pedestal para nadie (1975), con el prólogo de Alberto Escobar. “El mérito de César Calvo es el de haber reivindicado a la Amazonia sin caer en tremendismos montañeses, en exuberancias folclóricas. Ello implicó que sus versos asimilaran distintas experiencias, gracias a su dominio verbal, su sentido para la música. Cantó con pasión a la vida hogareña, la tardes de provincia, el compromiso social, las tentaciones del amor terrestre. Poeta intenso, dueño de un lirismo decantado, amplió sus dominios con la asimilación de canciones populares. Era amazónico pero no se integró a su mundo con una temática o una referencia explícita. Hizo algo mejor. Evidenció la frondosidad como frutos naturales de su pertenencia a estos lares del país” (Dávila 2003: 98).






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