Angustia-dos por el amor: Acerca del amor y la soledad en la actualidad



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Angustia-dos por el amor:

Acerca del amor y la soledad en la actualidad
Mariano López (coord.), Ezequiel Argaña, Santiago Folgar, Darío Leicach,

Marcela F. Mas, Pilar Sorba, Alexis Vaneshkesian, Santiago Rodriguez



Amores y soledades

A partir del subtítulo que nos reúne en este “Primer Encuentro Curioso” sobre la Psicopatología y el amor en la actualidad: amores y soledades, nos proponemos considerar algunos fenómenos que aparecen con frecuencia en nuestros consultorios, y de ese modo, pensar los efectos en nuestra práctica.

Vamos a partir de dos fenómenos para pensar el amor y la soledad en nuestro tiempo pero también para reflexionar sobre la soledad en la relación amorosa, lo que inevitablemente se presenta como desencuentro en el encuentro amoroso.

El primer grupo del que queremos hablar es de mujeres de entre 20 y 40 años que se rehúsan a demandarle a sus parejas que elijan hacer con ellas en vez de ir a jugar al fútbol, salir a bailar o ir a comer con la familia. Rechazan ser ellas quienes le quiten libertad a sus novios, no quieren quedar en “ese lugar” de restar libertades individuales. A mí tampoco me gusta “que me rompan las bolas”, eso “se las baja” dicen paradójicamente ellas.

Suele aparecer en estos casos la idea que las parejas no debieran molestarse, perturbarse, “yo no quiero ser la bruja” repetía una paciente. Otra directamente manifestaba que no quería saber nada de noviazgo ya que con un hombre al lado iba a tener que acordar todo con él y esto “le hincha las pelotas”.

Al mismo tiempo sostienen un ideal de independencia con respecto a los hombres, ellas deben poder solas, no quieren cargarlos de “sus” problemas, deben poder “vivir solas” antes de convivir, deben poder “garchar” sin esperar nada más.

Lo interesante es que a todas ellas les gustaría que las tomen más en cuenta, que se las prefiera más, no es una cuestión que atañe al deseo de ser elegidas sino a su vehiculización en la demanda articulada a una exigencia de autosuficiencia.

Correlativamente a este fenómeno se presenta otro, a los hombres no hay reclamos pero sí a la familia con el padre por su puesto a la cabeza. Una paciente que frente a la circunstancia de tener que ocuparse de la búsqueda de un geriátrico para su abuela materna insistía en que no debía cargar a su pareja con “su” problema, esperaba entre sufriente y reivindicativa la ayuda de su padre.

El otro grupo se trata principalmente de pacientes varones también de entre 20 y 40 años, que por diversos motivos, finalizan una relación estable con una pareja y tras un breve periodo de retraimiento libidinal, se encuentran utilizando aplicaciones de redes sociales que “facilitan” (utilizamos el término que uno de ellos escogió) el encuentro sexual. Lo que se evidencia, al menos en estos casos, es, al comienzo, un periodo de cierta euforia por esa “facilidad para el encuentro”, que rápidamente comienza a desnudar que más bien se trata de desencuentros, “Te encontrás con cada loca” repetía un paciente resignado.
Cambia, todo cambia.

Cambia, todo cambia. Eso es seguro. Las quejas de los pacientes en el consultorio desde hace ya un tiempo, están referidas a la interpretación que hacen de los mensajes que sus partenaires o casi, dan en las redes sociales o en el WhatsApp.

La reacción más iracunda puede ser desencadenada por un mensaje visto pero no respondido, los corazones puestos sobre las fotos de otros u otras resultan una amenaza inminente o bien, un nuevo territorio a conquistar, las conversaciones prescinden de la voz fónica salvo cuando hay un poco más de compromiso, se grita con las mayúsculas, etc.

Como uno de nuestros grupos de casos nos lo indica, no podemos dejar afuera a plataformas tales como Tinder o Happn que posibilitan el encuentro con alguien que haya sido de tu gusto sin alejarse de la pantalla y con la pretensión de ahorrarse la frustración de la incompatibilidad a través de estos medios que ofrece el mercado.

Ha mutado también la consideración general respecto del uso de redes para conocer gente, aunque en algunos pacientes la confesión de dicho uso produce vergüenza ya que es leído como una maniobra entre desesperada y falta de recursos, su uso ya es equiparado a ir a un boliche o a un bar en busca de un encuentro sexual/amoroso, incluso se destaca que es bastante más efectivo.

Es así como los más jóvenes aprenden un nuevo lenguaje que de entrada no se plantea amoroso; citamos aquí el pequeño instructivo que da Wikipedia: “El usuario desliza el dedo por sobre la pantalla de un Smartphone a la derecha para indicar interés por esa persona y a la izquierda si no está interesado, todo ello de forma anónima. Si dos usuarios están interesados ​​en sí, ambos son informados y se les permite iniciar la conversación a través del chat interno de la aplicación.”1

En este punto es interesante introducir el interrogante con respecto a si hay o no un cambio sustancial en los cuarenta años transcurridos desde que Barthes escribiera “Fragmentos de un discurso amoroso” y si lo hay qué consecuencias ha producido.

Al referirse a la conversación, Barthes indica que “el lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos o dedos en la punta de mis palabras”, para finalmente señalar que “Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo.”2

¿Es este elemento, el tocar al otro por medio de las palabras, el gran ausente en la actualidad? ¿Puede pensarse que a falta de palabras que envuelvan al otro dándole una imagen amable, la del enamorado, se prefiere el uso de emoticones o éstos tienen valor de palabra, son un significante como otros, enigmáticos como cualquier significante que en sí mismo no significa nada?

En última instancia, las nuevas formas de comunicación, nuestras pantallitas móviles y sus aplicaciones que nos acompañan a todos lados sin duda son una novedad, ahora bien habría que ver si necesariamente nos aíslan, nos dejan en soledad sin palabras a merced de la pura imagen o son nuevos modos con los que el lenguaje nos toma y traumatiza. A lo que apuntamos es que seguramente no convenga pensar a los nuevos dispositivos como instrumentos usados por el ser hablante como herramienta dominada por él sino como objetos que nos moldean y determinan.

Apostamos a que no será la añoranza de otras épocas la que nos permita pensar las consecuencias de su existencia, sino justamente la falla que intentan obturar, el punto de fracaso que el discurso de la época pretende esconder: la imposibilidad de encontrar “un amor-seguro-contra-todo-riesgo.”3
Acerca del ideal de felicidad y autonomía en la actualidad

En “la ética del psicoanálisis”4 Lacan distingue entre lo que llama “moral tradicional” en oposición a el imperativo moral kantiano.

La primera, dice, se instala en lo que se debía hacer en la medida de lo posible. Se desprende entonces que la acción estaría enmarcada dentro de cierta medida, por un lado, y por otro, dentro de lo posible, reconociendo allí la presencia de la imposibilidad.

La segunda, plantea Lacan, es testimonio de la obligación, en tanto nos impone la necesidad de una razón práctica, es un tú debes incondicional.


En la actualidad encontramos ese tú debes, no orientado, sino arrastrado por la lógica imperante de la realización individual, la autonomía, y la felicidad personal. Es un imperativo, dice Lacan, sin límites, que forcluye la condición del deseo como absoluta, “empleando el lenguaje de la automatización podría plantearse así: Actúa de manera tal que tu acción siempre pueda ser programada”5

En el mismo sentido Byiung-Chul Han (filósofo y ensayista surcoreano) en “La sociedad del cansancio” plantea:

“El siglo XXI ha suprimido la categoría de la otredad y la negatividad. El inmigrante ya no es un enemigo sino una carga, una exigencia más. Hay una violencia de la positividad, una violencia que no es privativa sino saturativa, porque carece de negatividad. El sujeto actual ya no es un sujeto de la obediencia, sino sujeto del rendimiento. Es una sociedad donde “cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados”6. La sociedad del rendimiento se caracteriza por un “tener que poder” sin límites, poder trabajar en todo momento, poder excitarse y llegar al orgasmo cada vez, poder tolerar absolutamente todo, poder salir con amigos, visitar a la familia y estar en pareja sin ceder nada.

Si seguimos estas ideas podríamos poner sobre la mesa la antiquísima figura frutal del amor, el encuentro con la media naranja. Ésta se basa en la falta, en la búsqueda de la pretendida complementariedad que la sociedad del rendimiento parecería dar por tierra. En muchos de los casos mencionados encontramos a sujetos a la espera en el partenaire de una compañía, una relación que dure lo que tenga que durar, que no traiga para ninguna de las partes demasiado conflicto, que ninguno moleste al otro ni que por el otro ninguno resigne nada. Ni hablar de pelearse o discutir, eso no tiene lugar, “tendría que chuparme un huevo” decía una paciente aludiendo a que lo que le molesta de su pareja debería no molestarle para poder seguir trabajando imperturbada.

Una mirada ingenua podría creer que estos nuevos ideales de relación son coherentes con la idea lacaniana acerca de la ausencia de la relación/proporción sexual. Ya no se trataría en éstas de velar el hecho de que dos personas no son ni pueden ser complementarias, por el contrario, esto se reconoce, se afirma, y en base a eso se aspira a relaciones en que la independencia, la autonomía y por sobre todo la felicidad personal no cedan terreno frente a la ilusoria espera de completud.

Ahora bien, como lo mencionamos al comienzo una paradoja se presenta en estos casos, el ideal de autonomía se presenta con absoluta firmeza conteniendo la demanda de amor frente a la pareja pero al mismo tiempo la espera del falo con todas las demandas que la acompañan se mantienen con igual potencia hacia el padre.


El amor y su demanda

Como plantea Lacan la demanda de amor implica que el sujeto está en un estado de sujeción al Otro, al Otro de la demanda, claro está.

El neurótico hace uso de la demanda para camuflar el deseo y regularlo a través de ella de modo imposible o insatisfecho. El obsesivo en su fantasía se identifica con la demanda del Otro y la histeria hace lo propio pero con la demanda al Otro. Así como el obsesivo pide que le pidan, la histeria reprocha y exige en vez de tomar al partenaire como objeto.

En ambos casos la demanda encubre la posición del neurótico en el deseo, es decir la fantasía, al tiempo que la fantasía es una forma de tratar el síntoma identificándose al objeto. Esta identificación a alguno de los objetos de la pulsión le permite al neurótico responderse por el deseo del Otro, al tiempo que da sentido y valor de goce a dicha respuesta. El neurótico en vez de elegir enferma, preserva su división subjetiva postergando las decisiones que cuentan, he ahí el síntoma.

El neurótico es entonces un camuflador del deseo, en lugar de decidir, con la consecuente pérdida que implica toda elección, se divide. En vez de enfrentar el conflicto, su desgarradura moral, encuentra alguna ganancia de goce en la fantasía que le otorga al mismo tiempo cierta consistencia imaginaria para su ser. Y para enredar todavía más el asunto convoca al Otro en el plano de la demanda ya sea para que le exijan o exigirle.

Nos encontramos en los casos mencionados con una vuelta más a esta clásica estrategia neurótica, la ausencia de la demanda. Como puede verse de ninguna manera oponemos aquí la demanda al deseo sino que intentamos resaltar que el despliegue de la demanda es el vehículo para el deseo.

Lo que no hay que perder de vista en lo que al amor atañe, es que ese uso defensivo de la fantasía al hecho de poder elegir, no es con otra cosa que con el amor narcisista al padre, como nos enseña Freud en ese fabuloso ensayo que es Pegan a un niño. Es decir que el refugio en la fantasía implica la posición masoquista del sujeto ante el partenaire paterno en el Complejo de Edipo.

Esa defensa nos muestra también la esencia del amor neurótico: el sacrificio. El neurótico hace del deseo del Otro la demanda de su propio sacrificio, del sacrificio de su deseo en aras de hacerse amar. El amor se presenta como un peligro, como algo siniestro que podría capturarte e impedir que te realices. Ya lo mostraba Lacan en sus imágenes tan similares de la metáfora del amor y lo ominoso.


En el Seminario 8 Lacan nos brinda el siguiente mito del amor:

“Esta mano que se tiende hacia el fruto hacia la rosa, hacia el leño, que de pronto se enciende, su gesto de alcanzar, de atraer, de atizar, es estrechamente solidario de la maduración del fruto, de la belleza de la flor, de la llamarada del leño. Pero cuando, en ese movimiento de alcanzar, atraer, atizar, la mano ha ido ya hacia el objeto lo bastante lejos, si del fruto, de la flor, del leño, surge entonces una mano que se acerca al encuentro de esa mano que es la tuya, y que, en ese momento es tu mano que queda fijada en la plenitud cerrada del fruto, abierta de la flor, en la explosión de una mano que se enciende- entonces, lo que ahí se produce es el amor.”7

Ahora bien, nótese la similitud con lo que plantea en el Seminario 10 “Piensen que se enfrentan ustedes a lo deseable más apaciguador, a su forma más tranquilizadora, la estatua divina que sólo es divina - ¿qué es más unheimlich que ver cómo se anima, o sea se muestra deseante?”8

El mito del amor ahora puede ser usado a la perfección para ilustrar lo siniestro. Si de esos objetos divinos- el fruto, la flor, el leño encendido- sale una mano que atrapa, el objeto de amor, ese objeto hermoso, silencioso, que no pide nada, se torna siniestro cuando se muestra, ya no como amable, sino como deseante.


Un amor más vivaz o la angustia de ser dos

El análisis apuesta a “dar un asomo de vida al amor” y si recordamos que es el objeto a lo que soporta las realidades más atrayentes para el ser, un amor más vivaz sería aquel que no margine la puesta en acto del deseo que “invierte lo incondicional de la demanda de amor […] para llevarlo a la potencia de la condición absoluta”. 9

Es importante señalar que condición absoluta no es pisoteo del Otro. El acto no está desconectado del Otro, no es sin el Otro. Será sin el Otro en tanto sin garantía, sin cálculo, pero el acto es incitado por el deseo del Otro. Bien distinta es la posición del neurótico, nos decía Freud, que refugia su deseo en la fantasía, que no lo cede al campo del Otro, en el acto el hombre tomando ese riesgo puede “provocar la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos últimos los mismos impulsos […] inconscientes”10.

Hemos visto como la posición neurótica frente a la imposibilidad de saber lo que el Otro quiere, frente a lo insondable del deseo del Otro, es sacrificar su deseo a los fines de hacerse amar en la fantasía. Se ve cómo frente a lo imposible de la no relación sexual el neurótico retrocede en actuar su deseo y lo mantiene en suspenso por ese amor sacrificial al padre.

Sostener el deseo en la fantasía es de algún modo negarse a dar lo que no se tiene, mantenerlo en la privacidad de los sueños donde todos los posibles están abiertos, donde el Otro puede reducirse al Uno evitando así el encuentro angustioso con el Dos.

El análisis abre la posibilidad a otra cosa, a un modo de realización del deseo menos narcisista y asocial y justamente lo hace a partir del despliegue de la demanda de amor sobre el analista en la transferencia. De ninguna manera el analista tiene una posición “anti demanda” ya que “el deseo es lo que se manifiesta en el intervalo que cava la demanda más acá de ella misma, en la medida en que el sujeto, al articular la cadena significante, trae a la luz la carencia de ser con el llamado a recibir el complemento del Otro, si el Otro, lugar de la palabra, es también el lugar de esa carencia”11

Si un análisis puede darle un asomo de vida al amor es porque lo puede poner en conexión con el deseo, noción imposible de separar de aquella carencia, que es justamente lo que le da a la vida su sensación de sentido. Pero no con cualquier deseo sino con un deseo que se actúa en la pulsión que es lo que hace a la realidad algo más atractivo.

“Saber lo que la pareja va a hacer no es una prueba de amor”12 nos dice Lacan concluyendo el seminario Aun. Evidentemente saber y amor son dos nociones que no van de la mano.

En este sentido, no es casual que Lacan plantee que el psicoanálisis surge con el capitalismo y es solidario del lugar de la ciencia, ya que ambos forcluyen al sujeto. Allí donde el sujeto es forcluído surge el psicoanalista y el psicoanálisis como una práctica que reintroduce al sujeto. En “Televisión” Lacan sitúa al analista en el lugar del santo y comenta que el santo es el desecho del goce y lo propone como la salida del discurso capitalista. “Un santo, para hacerme entender, no hace caridad. Más bien se pone a hacer de desecho: descarida. Y ello para realizar lo que la estructura impone, a saber, permitir al sujeto, al sujeto del inconsciente, tomarlo como causa de su deseo”13.

La operación analítica tomará la emergencia de la angustia, que surge cuando la falta de adecuación se manifiesta- a pesar de la pretendida garantía- corriendo al analizante de lo perentorio que anida en su queja de amor no reconocido como tal, y así, restituir el valor del amor y el deseo.

El misterio del amor, también del de transferencia, queda siempre sin revelarse convirtiéndolo en un fenómeno refractario al saber científico (aún cuando es incesante el bombardeo de estudios que nos transmiten las contradictorias estadísticas amorosas).

Sin duda hay novedades en los modos del encuentro amoroso pero también parecería que algunas cuestiones de estructura se mantienen, a los hombres siguen tornándoseles locas las mujeres a pesar del uso de las aplicaciones y las mujeres continúan denunciando la brutalidad del macho en grupos de Facebook como “así no me vas a coger pelotudo”.

Si como afirma Marcelo Barros “La virilidad tiende a ser "solipsista"”14 tal vez estemos en un momento donde paradójicamente, cuando la mujer se alza en defensa de sus derechos, lo femenino en tanto Otro sexo es aplastado por el ideal de autonomía e imperturbabilidad propio de la paz espiritual new age confinando a los signos de la presencia del Otro, especialmente a la angustia, a meros índices de enfermedad.

Recordamos para concluir que al amor Lacan lo acerca a la morra, a un juego en el que hay que gritar sin poder calcular el grito del otro, como puede verse los gritos son imposibles de separar del fenómeno amoroso allí donde éste se constituye como una experiencia de a Dos.



Bibliografía


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  • Barros, M (Sin fecha). El enojo femenino. Buenos Aires, Argentina. : Marcelo Barros Psicoanalista. Recuperado de http://www.marcelobarros.com.ar/template.php?file=De-la-vida-erotica/El-enojo-femenino.html.

  • Barthes, R. (1977). Fragmentos de un discurso amoroso. Buenos Aires, Argentina. Siglo XXI, 2014

  • Freud, S. (1924) “Autobiografía”. En Obras Completas, Biblioteca Nueva, 1973, tomo III.

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  • Lacan J. (1959-1960). El Seminario 7 “La ética del psicoanálisis”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2011

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  • Lacan J. (1962-1963). El Seminario 10 “La angustia”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2015.

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  • Lacan, J (1946). “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En Escritos 1. Buenos Aires, Paidós, 1985.

  • Lacan, J (1973). “Televisión”. En Otros escritos. Buenos Aires, Argentina. Paidos, 2012.

  • Tinder (Sin fecha). En Wikipedia. Recuperado el 6 de septiembre de 2017 de https://es.wikipedia.org/wiki/Tinder



1Tinder (Sin fecha). En Wikipedia. Recuperado el 6 de septiembre de 2017 de https://es.wikipedia.org/wiki/Tinder

2Barthes, R. (1977). Fragmentos de un discurso amoroso. Buenos Aires, Argentina. Siglo XXI, 2014. P 92

3Badiou, A. (2009). Elogio del amor. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2016. P 16

4 Lacan J. (1959-1960). El Seminario 7 “La ética del psicoanálisis”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2011.

5Lacan J. (1959-1960). El Seminario 7 “La ética del psicoanálisis”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2011. P 95.

6Han B. (2010). La sociedad del cansancio. Barcelona, España. Herder Editorial, 2012. P 27

7 Lacan J. (1960-196). El Seminario 8 “La transferencia”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 1981, p. 65

8 Lacan J. (1962-1963). El Seminario 10 “La angustia”. Buenos Aires, Argentina. Paidós, 2015. P. 294

9 Lacan, J. (1946) “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p. 794

10Freud, S. (1924) “Autobiografía”. En Obras Completas, Biblioteca Nueva, 1973, tomo III, p. 2794

11 Lacan, J (1946). “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En Escritos. Buenos Aires, Paidós, 1985. P. 607

12 Lacan, J. (1972-1973).El seminario 20: “Aun”, Buenos Aires, Paidós, 1981. P.177

13Lacan, J (1973). Otros escritos. Buenos Aires, Argentina. Paidos, 2012. P 545

14 Barros, M (Sin fecha). El enojo femenino. Buenos Aires, Argentina. : Marcelo Barros Psicoanalista. Recuperado de http://www.marcelobarros.com.ar/template.php?file=De-la-vida-erotica/El-enojo-femenino.html



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