Alumno aventajado



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En el tablero de notas junto a la nevera había una nota de su madre: Todd, voy a la tienda. Volveré a las tres y media. Las agujas del elegante y resplandeciente reloj que había sobre la cocina marcaban las tres y veinte, y el borracho seguía allí derrumbado sobre la mesa como una supurante y horrible reliquia del subsótano de una. chatarrería, y la sangre estaba en todas partes, y Todd empezaba a intentar limpiarla, enjugando y frotando todas las superficies sucias y sin dejar de gritarle al borracho que tenía que irse, que se fuera, que le dejara solo, y el borracho seguía colgando allí y seguía muerto, sonriendo bobaliconamente al techo, y la sangre seguía fluyendo de las heridas de cuchillo abiertas en su sucia piel. Todd sacaba entonces la fregona del armario y empezaba a pasarla febrilmente por el suelo a un lado y a otro, sabiendo que no conseguiría limpiar la sangre, que sólo conseguiría diluirla y extenderla por toda la cocina, pero incapaz de detenerse. Y en el preciso instante en que oía el coche de su madre tomando el camino de la casa, se daba cuenta de que el muerto era Dussander. Despertaba de estos sueños sudando y jadeando, apretando en ambos puños las ropas revueltas de la cama.

Pero, cuando al fin volvió a encontrar al borracho (al mismo o a cualquier otro) y utilizó con él el martillo, desaparecieron estos sueños. Suponía que tendría que volver a matar, y tal vez más de una vez. Era horrible, aunque evidentemente su tiempo de utilidad como criaturas humanas había concluido. A excepción de su utilidad para Todd, claro. Y Todd, como todas las personas que él conocía, se limitaba a conformar su estilo de vida para adaptarlo a sus propias necesidades personales cuando fuera mayor. En realidad, no era distinto a los demás. Uno tenía que abrirse paso en el mundo; y para salir adelante, para triunfar, tenías que conseguirlo por tus propios medios.
15
En el otoño de su primer curso de bachillerato superior, Todd jugó en el equipo titular de béisbol de los Pumas de Santo Donato. Y en el segundo trimestre del mismo curso, el trimestre que terminaba a finales de enero de 1977, ganó el certamen de ensayo patriótico. Podían concurrir al mismo todos los alumnos de institutos de enseñanza media que estudiaran historia de los Estados Unidos. El trabajo de Todd se titulaba «Una responsabilidad de los norteamericanos». Durante la temporada de béisbol del mismo curso fue el lanzador estrella del instituto, ganando cuatro y no perdiendo ninguno. Su media de bateo fue 361. En la junta de trofeos de junio le nombraron Atleta del Año, y el entrenador Haines (quien en cierta ocasión le había llevado aparte y le había dicho que siguiera practicando la curva «porque ninguno de esos negros podrá darle a una pelota lanzada con esa curva, Bowden, ninguno») le había entregado una placa. Monica Bowden se echó a llorar cuando Todd la llamó desde el instituto para comunicarle que le iban a dar el premio. Dick Bowden se pasó las dos semanas que siguieron a la ceremonia pavoneándose por la oficina, procurando no presumir demasiado. Aquel verano, alquilaron una casita en Big Sur y pasaron allí dos semanas, y Todd disfrutó como un loco. En el transcurso de aquel mismo año, Todd mató a cuatro mendigos. Acuchilló a dos y asesinó a golpes a otros dos. Había adoptado la costumbre de ponerse dos pares de pantalones siempre que salía a una de aquellas expediciones que ahora reconocía que eran expediciones de caza. A veces, se paseaba por la ciudad en autobús, buscando los lugares más idóneos. Los dos mejores que encontró fueron la Misión de Santo Donato, de la calle Douglas, y a la vuelta de la esquina del Ejército de Salvación, de la calle Euclid. Se dedicó a pasear por ambas zonas, esperando que alguien se le acercara a pedir limosna. Cuando al fin se le acercaba algún mendigo, le decía que quería una botella de whisky y que, si él la compraba, Todd la compartiría. Conocía un sitio, les decía, adonde podían ir. Cada vez era un sitio distinto, claro. Se resistía al intenso impulso de volver a la estación abandonada o a la alcantarilla de detrás del solar de Ciénaga Way. Volver al escenario de los crímenes anteriores no habría sido muy prudente.

Durante el mismo año, Dussander fumó muy poco, bebió bourbon Ancient Age y vio la televisión. Todd le visitaba de tarde en tarde, pero sus conversaciones eran más áridas cada vez. Se estaban distanciando. Dussander celebró su setenta y nueve aniversario aquel año, que era precisamente el año en que Todd cumplía dieciséis. Dussander comentó que esa edad representaba el

mejor año de la vida de un joven, el de los cuarenta y uno, el mejor año de la vida de un hombre maduro, y el de los setenta y nueve, el mejor de la vida de un anciano. Todd asintió cortésmente. Dussander había bebido bastante y chachareaba de una forma que inquietaba a Todd.

Durante el curso escolar 1976-1977, Dussander había despachado a dos vagabundos, el segundo de los cuales había resultado más duro de pelar de lo que había parecido a simple vista; pese a que Dussander se había asegurado bien de que se emborrachara como una cuba, había correteado tambaleante por la cocina con el puño de un cuchillo de cortar carne asomándole de la base del cuello, llenando todo el suelo de la cocina de la sangre que chorreaba de la pechera empapada de su camisa. Y, tras dos vueltas en solitario a-la cocina, había dado al fin con el pasillo y había estado a punto de escaparse.

Dussander se había quedado quieto en la cocina contemplándole incrédulo y con los ojos desorbitados, mientras el borracho gruñía y bufaba buscando la salida, rebotando de un lado a otro del pasillo y tirando al suelo las reproducciones baratas... No reaccionó hasta que el borracho empezó a buscar a tientas el pomo de la puerta de entrada. Entonces, Dussander cruzó a toda prisa la cocina, abrió de un tirón el cajón de utensilios y sacó su trinchante. Corrió hacia la puerta, trinchante en ristre y se lo hundió al mendigo en la espalda.

Se quedó luego vigilándole, jadeando, mientras su viejo corazón corría desbocado de una forma alarmante... latía como el de la víctima de un ataque cardíaco del programa de televisión del sábado que tanto le había gustado. Pero al fin se calmó, volvió a su ritmo normal y él supo que no iba a pasarle nada.

Tuvo que limpiar mucha sangre.

Hacía de aquello cuatro meses y no había vuelto a hacer su ofrecimiento a nadie en la parada de autobús del centro de la ciudad. El haber estado a punto de echarlo todo a perder la última vez le había asustado... aunque, al recordar cómo había arreglado las cosas en el último momento, se sentía orgulloso. En definitiva, el borracho no había conseguido abrir la puerta, y eso era lo importante.


16
En el otoño de 1977, durante el primer trimestre de su último curso de instituto, Todd se apuntó al Club de Tiro. Y en junio de 1978 ya se había clasificado como tirador. En fútbol americano había vuelto a participar en el torneo regional; en la temporada de béisbol ganó cinco y perdió uno (que fue resultado de dos fallos de un punto injusto), y en sus estudios obtuvo una beca con la puntuación más alta de la historia del instituto. Hizo la solicitud para la Universidad de Berkeley y la aceptaron de inmediato. En el mes de abril ya sabía que pronunciaría el discurso de despedida o la salutación la noche de la entrega de premios.

Durante la última mitad de este último curso, empezó a dominarle un impulso extraño: un impulso tan aterrador para Todd como irracional en sí mismo. Al parecer, lo controlaba plenamente, y eso al menos era consolador, pero simplemente el hecho de que tal idea se le hubiera ocurrido resultaba alarmante. Había llegado a un acuerdo con la vida. Había arreglado las cosas. Su vida se parecía muchísimo a la resplandeciente y pulcra cocina de su madre, en la que todas las superficies estaban recubiertas de cromo, fórmica y acero inoxidable... un lugar en el que todo funcionaba cuando se apretaban los botones. En aquella cocina también había oscuras y profundas alacenas, por supuesto, pero en las mismas podían colocarse muchas cosas sin que hubiera problema para cerrar las puertas.

Este nuevo impulso le recordaba el sueño en el que llegaba a casa y se encontraba al vagabundo muerto sangrando en la limpia y bien iluminada cocina de su madre. Era como si, en el pacto que él había hecho, en aquella cocina deambulara ahora un intruso, arrastrándose, sangrando, buscando un lugar para morir bien a la vista...

La autopista de ocho carriles de ancho quedaba a menos de un kilómetro de la casa de los Bowden. Bajaba hasta ella una pendiente cubierta de matas y ar- £ bustos. La pendiente estaba llena de buenos escondites. Su padre le había regalado por Navidad un 30.30 con mira telescópica. En la hora punta, cuando los ocho carriles de la autopista estaban atestados, podría elegir un lugar en aquella pendiente y... bueno..., fácilmente podría...

¿Qué?

¿Suicidarse?



¿Destruir todo aquello por lo que había trabajado durante los últimos cuatros años?

Vamos, ¿qué?

No, señor; no, señora; de eso, nada.

Digamos que era una broma.

Claro que lo era... pero el impulso persistía.

Un sábado, pocas semanas antes de que terminara su último curso en el instituto Todd metió el 30.30 en el estuche después de haber vaciado con cuidado el cargador. Colocó luego el rifle en el asiento trasero del último juguetito de su padre: un Porsche de segunda mano. Y enfiló hacia el lugar en que la herbosa loma caía en picado hacia la autopista. Sus padres pasarían el fin de semana en Los Angeles y se habían llevado el coche grande. Dick, que ya era socio de pleno derecho, tenía que tratar con los de Hyatt la construcción de un nuevo hotel.

Se abrió paso laboriosamente pendiente abajo cargado con el rifle, jadeante y con la boca llena de una saliva densa y amarga. Llegó hasta un árbol caído y se sentó tras él con las piernas cruzadas. Sacó el rifle del estuche y lo posó sobre el liso tronco del árbol muerto. Una de las ramas del árbol constituía un perfecto apoyo para el cañón. Ajustó la base del mismo en el hueco del hombro y atisbo por la mira telescópica.

¡Estúpido!, se gritó mentalmente. Chaval, esto es una estupidez. Si alguien te viera, importaría poco que el arma estuviera cargada o no. Puedes tener muchos problemas, chico. Puede que hasta acabe disparando contra ti cualquier drogadicto.

Era media mañana y el tráfico no era muy denso. Centró la mira en una mujer que iba al volante de un Toyota azul. Llevaba medio abierta la ventanilla, y el cuello redondo de su blusa sin mangas aleteaba con el viento. Todd centró el punto de mira en la sien de la mujer y disparó en seco. Hacerlo perjudicaba el percutor, pero qué diablos.

¡Pum!, susurró Todd, mientras el Toyota se perdía en el paso inferior a unos ochocientos metros. Tragó saliva y le supo a una masa compacta de monedas.

Aquí llegaba un hombre al volante de una camioneta Subaru Brat. Aquel hombre tenía una barba canosa y llevaba una gorra de béisbol de los Padres de San Diego.

—Tú eres... tú eres la sucia rata... la sucia rata que se cargó a mi hermano —murmuraba Todd soltando una risilla nerviosa, y volvió a apretar el gatillo del 30.30.

Disparó a otros cinco; el potente chasquido del gatillo estropeaba la ilusión al final de cada «asesinato». Luego volvió a meter el rifle en su estuche. Volvió a cargarlo pendiente arriba, procurando avanzar agachado para que no le vieran. Lo guardó en la parte trasera del Porsche. Le palpitaban con fuerza las sienes. Se dirigió de nuevo a casa. Subió a su dormitorio. Se masturbó.


17
Vestía el mendigo un andrajoso jersey deshilachado de reno tan sorprendente que casi resultaba irreal allí, en el sur de California. Vestía también pantalones de marinero, rotos en las rodillas, donde dejaban al descubierto su piel blanca y velluda y una serie de cicatrices. Alzó el vaso-envase de mermelada (alrededor de cuyo borde los conocidos Pedro y Wilma, Pablo y Bet-ty bailaban en lo que podría ser algún grotesco rito de la fertilidad) y se bebió de un trago el bourbon. Chasqueó los labios por última vez en este mundo.

—Señor, esto le deja a uno como nuevo. No me importa decirlo.

—Yo siempre tomo una copa por la noche —convino Dussander desde detrás del tipo, hundiéndole a continuación el cuchillo de cocina en la nuca.

Se oyó el sonido de los cartílagos que se desgarraban, muy parecido al producido al arrancar con firmeza el muslo de un pollo recién asado. El vaso se le cayó de la mano y rodó por la mesa, produciendo en su carrera la impresión de que los personajes dibujados en el mismo estaban realmente bailando.

El borracho echó la cabeza hacia atrás e intentó gritar. Pero de su garganta brotó sólo un angustioso sonido silbante. Abrió mucho los ojos, los desorbitó y al fin su cabeza cayó pesadamente con un golpe sordo sobre el hule de cuadros blancos y rojos que cubría la mesa de la cocina de Dussander. La base de los dientes postizos superiores se le deslizó de la boca a modo de sonrisa medio desmontable.

Dussander sacó el cuchillo del cuello del mendigo (para conseguirlo tuvo que usar ambas manos) y cruzó la cocina hasta el fregadero. Estaba lleno de agua caliente, jabón líquido al limón y los cacharros sucios de la cena. El cuchillo desapareció entre la espuma perfumada hundiéndose en ella como un caza que se hunde en una nube al hacer un picado.

Se acercó luego a la mesa y se detuvo junto a ésta, apoyando una mano en el hombro del cadáver mientras le abatía un ataque de tos. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero y escupió en él una flema pardoama-rillenta. Durante los últimos días había fumado demasiado. Siempre lo hacía cuando estaba tramando uno nuevo. Pero éste había resultado muy fácil, facilísimo en realidad. Después del desbarajuste que se había organizado con el último, había temido que pudiera estar tentando demasiado a la suerte al intentarlo una vez más.

Bueno, si se daba prisa, todavía podría acabar a tiempo para ver la segunda parte de Lawrence Welk.

Cruzó a prisa la cocina, abrió la puerta del sótano y dio la luz. Se acercó de nuevo al fregadero y sac.ó el paquete de bolsas verdes de basura que había en el armarito de debajo. Sacudió una bolsa mientras se acercaba de nuevo al muerto. La sangre se había corrido por el hule en todas direcciones. Se había encharcado en el regazo del borracho y por el suelo. También la silla debía haberse manchado. Pero todo podía limpiarse.

Dussander agarró al muerto por el pelo y le alzó la cabeza. Cedió con gran facilidad y al instante siguiente el borracho estaba colgando hacia atrás, como si le fueran a lavar la cabeza antes de cortarle el pelo. Dussander colocó la bolsa de basura sobre la cabeza y se la fue bajando hasta la altura de los codos. No llegaba más abajo. Desabrochó el cinturón de su difunto invitado y lo soltó de las presillas. Rodeó con él la bolsa de basura unos seis o siete centímetros por encima de los codos y lo ató bien prieto. Crujió el plástico. Dussander empezó a jadear.

El mendigo calzaba sucios zapatos en chancleta, que formaron una uve sobre el suelo cuando Dussander agarró el cinturón y arrastró el cadáver hacia la puerta del sótano. Algo blanco cayó de la bolsa de basura y repiqueteó en el suelo. Dussander vio que era la dentadura postisa del mendigo. La tomó y la metió en uno de los bolsillos delanteros del muerto.

Dejó el cadáver a la puerta del sótano, con la cabeza colgando sobre el segundo rellano. Rodeó luego el cuerpo y le dio tres fuertes patadas. Las dos primeras apenas consiguieron moverlo, pero la tercera lo lanzó escaleras abajo. A mitad de la caída, los pies se alzaron sobre la cabeza y el cuerpo ejecutó una acrobática voltereta. Aterrizó boca abajo sobre la tierra prensada del suelo del sótano con un golpe seco. Uno de sus zapatos saltó por los aires y Dussander tomó nota mental de recogerlo luego.

Bajó las escaleras, rodeó el cadáver y se acercó a su banco de herramientas. A la izquierda del mismo, apoyadas contra la pared en una limpia hilera, había una pala, un rastrillo y una azada. Eligió la azada. Un poco de ejercicio le sentaba bien a un anciano. Un poco de ejercicio hacía que uno se sintiera joven.

Ahí abajo no olía nada bien, pero eso no le preocupaba mucho. Encalaba el sótano una vez al mes (una vez tres días después de haberse «hecho» a uno de sus borrachos) y había comprado un ventilador que colocaba arriba para evitar que el olor llenara la casa los días de calor. A Josef Kramer, recordaba Dussander, le gustaba decir que los muertos hablan, pero que les oímos con las narices.

Eligió una zona en el rincón norte y puso manos a la obra. Las dimensiones de la fosa eran de uno ochenta por setenta. Había llegado ya a una profundidad de sesenta centímetros, casi suficiente, cuando el primer dolor paralizante le golpeó el pecho como un disparo.

Se irguió, desorbitando los ojos. Luego, el dolor le recorrió el brazo... un dolor sorprendente, como si una mano invisible hubiera atenazado todos los vasos sanguíneos y estuviera tirando de ellos. Vio la pala caída de lado y sintió que se le doblaban las rodillas. Por un angustioso instante, tuvo la certeza de que se iba a caer en la fosa.

Consiguió de alguna forma retroceder tambaleante tres pasos y se dejó caer en el banco. Una expresión de estúpida sorpresa se pintaba en su cara (podía sentirla) y pensó que debía parecer uno de aquellos cómicos del cine mudo al que una puerta giratoria acaba de golpear o que acaba de pisar una bosta. Bajó la cabeza colocándola entre las rodillas y jadeó.

Los minutos se fueron arrastrando lentamente. Quince. Parecía que el dolor había empezado a ceder, pero no creía que pudiera tenerse en pie. Comprendió por vez primera todas las verdades de la vejez que le habían eludido hasta aquel momento. Estaba asustado casi hasta el punto de ponerse a gimotear. La muerte le había rozado con el borde su manto. Todavía podría volver a buscarle. Pero no estaba dispuesto a morirse allí abajo. No si podía evitarlo.

Se puso de pie, con las manos aún cruzadas sobre el pecho como para mantener unida la frágil maquinaria. Cruzó tambaleante el espacio despejado entre el banco de trabajo y las escaleras. Tropezó con una de las piernas del mendigo muerto y cayó de rodillas con un gritito. Sintió una nueva oleada de dolor en el pecho. Alzó la vista hacia las escaleras: aquellas empinadas, empinadísimas escaleras. Doce peldaños. El cuadrado de luz allá arriba resultaba burlonamente lejano.

Eins —dijo Kurt Dussander, consiguiendo arrastrarse hasta el primer rellano—, zwei, drei, vier.

Tardó veinte minutos en alcanzar el linóleo de la cocina. Dos veces, mientras subía, había amenazado con volver el dolor, y las dos veces había esperado Dussander con los ojos cerrados para ver lo que ocurría, plenamente consciente de que, si le repetía con la misma intensidad que en el sótano, seguramente moriría. Pero las dos veces el dolor se había calmado.

Se arrastró por el suelo hasta la mesa, evitando los charquitos y manchas de sangre que se estaban coagulando. Alcanzó la botella de bourbon, tomó un trago y i erró los ojos. Algo que había permanecido atado bien Tuerte en su pecho pareció aflojarse un poco. El dolor disminuyó un poco más. Pasados otros cinco minutos, se encaminó muy lentamente hacia el teléfono, que estaba en el pasillo.

Eran las nueve y cuarto cuando sonó el teléfono en casa de los Bowden. Todd estaba sentado con las piernas cruzadas en el sofá, repasando sus apuntes para el examen final de trigonometría. Le resultaba un hueso, como las matemáticas en general, y tal vez fuera siempre igual. Su padre se sentaba al otro extremo de la habitación, repasando la matriz de un talonario con una calculadora portátil en el regazo y una mansa expresión de incredulidad en el rostro. Monica, que estaba más cerca del teléfono, veía la película de James Bond que Todd había grabado dos noches antes.

—¿Quién es? —escuchó. Frunció levemente el ceño y pasó el auricular a Todd—. Es el señor Denker. Parece nervioso. O preocupado.

A Todd le dio un vuelco el corazón, pero apenas se advirtió el más leve cambio en su expresión.

—¿Sí? —se acercó al teléfono y lo cogió—. Hola, señor Denker.

La voz de Dussander, al otro lado del hilo, era ronca y seca.

—Ven inmediatamente, chico. Me ha dado un ataque al corazón. Muy fuerte; creo que es grave.

—Vaya —dijo Todd, intentando ordenar sus dispersas ideas, controlar el miedo que sentía agigantarse en su interior—. Es interesante, de acuerdo, pero es un poco tarde y estaba estudiando...

—Entiendo que no puedas hablar —dijo Dussander, en tono áspero, cortante casi—. Pero puedes escuchar. No puedo llamar una ambulancia ni marcar el número de urgencias, chico... al menos no todavía. Hay aquí un follón... Necesito ayuda... y eso significa que necesitas ayuda.

—Bueno, si lo plantea así... —dijo Todd. El pulso le latía a ciento veinte por minuto, pero su expresión era tranquila, serena casi. ¿Acaso no había sabido siempre que llegaría una noche como aquélla? Por supuesto, claro que lo había sabido.

—Dile a tus padres que he recibido una carta —dijo Dussander—. Una carta importante. ¿Entiendes? —Bien, de acuerdo —dijo Todd. —Ahora veremos, chico. Veremos de qué pasta estás hecho.

—De acuerdo —dijo Todd. Advirtió de pronto que su madre había dejado de mirar la pantalla y le miraba a él y forzó una tensa sonrisa—. Hasta ahora.

Dussander decía algo más, pero Todd colgó el teléfono.

—Voy a casa del señor Denker un rato —dijo, dirigiéndose a ambos, pero mirando sólo a su madre. —Aquella leve expresión de inquietud no se había borrado de su cara—. ¿Necesitáis algo de la tienda?

—Limpiapipas para mí y un paquete pequeño de responsabilidad fiscal para tu madre —dijo Dick.

—Muy gracioso —dijo Monica—. Todd, ¿acaso el señor Denker... ?

—¿Pero qué diablos compraste en Fielding's, si puede saberse? —interrumpió Dick.

—Ese estante para los trastos. Ya te lo dije. ¿No le pasa algo al señor Denker, Todd? Parecía un poco raro.

—¿Pero existen realmente cosas como estantes para trastos? Yo creía que los habían inventado esas extravagantes mujeres británicas que escriben novelas policíacas para que hubiera siempre un sitio en el que el asesino pudiera encontrar un objeto contundente. —¿Quieres dejarme hablar, Dick? —Claro. Adelante. ¿Pero un estante para trastos? —Creo que está bien —dijo Todd. Se puso la cazadora y se subió la cremallera. Pero estaba nervioso—. Ha recibido una carta de un sobrino suyo de Hambur-go o Dusseldorf o algún sitio parecido. Hacía años que no sabía nada de su familia y ahora he recibido esta carta y, como ve tan mal, no puede leerla.

—¿No es espantoso? —dijo Dick—. Anda, Todd, vete y tranquiliza al pobre hombre.

—Creía que tenía alguien que le leyera— dijo Monica—. Otro chico.

—Lo tiene —dijo Todd, sintiendo un odio súbito por su madre, odiando aquella especie de media sospecha que veía flotando en sus ojos—. Tal vez no lo haya encontrado en casa o tal vez no pueda ir a estas horas.

—Oh, bueno... vete entonces. Ten cuidado.

—No te preocupes, lo tendré. ¿Necesitáis algo de la tienda?

—No. ¿Cómo van tus estudios para el examen final de cálculo?

—Es de trigonometría —dijo Todd—. Creo que bien. Precisamente me disponía a estudiar toda la noche —esto último era una gran mentira.

—¿Quieres llevarte el Porsche? —preguntó Dick.

—No. Iré en bicicleta —necesitaba otros cinco minutos para ordenar sus pensamientos y dominarse... al menos, para intentarlo. Y, en el estado en que se encontraba entonces, lo más seguro es que estrellara el Porsche contra un poste telefónico.

—Ponte el parche reflector en la rodilla —le dijo Monica—. Y saluda de nuestra parte al señor Denker.

—De acuerdo.

Todavía podía detectar, aunque ahora menos intensa, la preocupación en la mirada de su madre. Le lanzó un beso y se dirigió al garaje, donde estaba la bici (que ya no era la Schwinn; ahora tenía una italiana como las de carreras). Su corazón seguía desbocado y sintió un impulso rabioso de agarrar el 30.30, volver a la casa, descargarlo contra sus padres e irse luego a la loma que daba a la autopista. No tendría que volver a preocuparse de Dussander. Cesarían las pesadillas y no habría más mendigos. Dispararía una y otra y otra vez, seguiría disparando y disparando, dejando sólo una bala para el final.



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