Alumno aventajado



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Miró a Todd con tanta fijeza que le hizo desviar la mirada.

—En el fondo no me agradas. Y nada en el mundo podría hacer que te tuviera simpatía. Impusiste tu presencia. Eres un invitado de piedra en mi casa. Me has hecho abrir criptas que mejor hubieran quedado cerradas porque he descubierto que algunos de los cadáveres estaban enterrados vivos, y que algunos de ellos aún respiran.

»Bien es verdad que tú mismo te has visto atrapado en la red, pero ¿acaso tengo que compadecerte por ello? No... Gott im Himmel! Tú mismo te has hecho la cama; ¿acaso he de compadecerte porque no duermas a gusto en ella? No... no te compadezco, y me desagradas, pero he llegado a sentir cierto respeto por ti. Así que no pongas mi paciencia a prueba pidiéndome que te lo explique dos veces. Podríamos recuperar nuestros documentos y destruirlos aquí mismo. Y eso no cambiaría absolutamente nada. De hecho no estaríamos en absoluto mejor de lo que estamos ahora.

—No lo entiendo.

—No, porque jamás has considerado las consecuencias de lo que pusiste en movimiento. Pero escúchame bien, chico. Si quemáramos aquí en esta misma tapadera nuestras cartas, ¿cómo podría yo saber que tú no habías sacado una copia? ¿O dos? ¿O tres? Cualquiera puede sacar una fotocopia en la biblioteca por cinco centavos. Por un dólar, podrías colocar una copia de mi sentencia de muerte en todas las esquinas de veinte manzanas. ¡Tres kilómetros de sentencias de muerte, chico! ¡Piénsalo! ¿Podrías acaso explicarme cómo voy a saber yo que no has hecho algo así?

—Yo... Bueno... Yo... Yo...

Todd comprendió que estaba perdiendo pie y se obligó a guardar silencio. Empezó a sentir demasiado calor en todo el cuerpo, y, sin razón alguna, se sorprendió recordando algo que le había ocurrido cuando tenía siete u ocho años. Él y un amigo suyo habían estado arrastrándose por una alcantarilla que pasaba por debajo de la antigua carretera de Desvío de Fletes, justo a las afueras de la ciudad. Su amigo, más flaco que él, no había tenido ningún problema, pero Todd se había quedado atascado. Y había pensado de repente en la cantidad de metros de piedra y tierra que había sobre su cabeza, todo aquel peso tenebroso, y cuando pasó un camión en dirección a Los Angeles por encima, sacudiendo la tierra y haciendo vibrar la alcantarilla con una nota sorda y un tanto siniestra, se puso a gritar y a debatirse estúpidamente, impulsándose hacia adelante, ayudándose con los pies, pidiendo auxilio a voces. Al final consiguió avanzar de nuevo, y cuando al fin consiguió salir de la alcantarilla, se desmayó.

Dussander había esbozado un mecanismo de engaño tan elemental que jamás se le había pasado por la cabeza. Podía sentir la piel cada vez más caliente. Pensó: No lloraré.

—¿Y cómo sabrías tú que yo no había sacado dos copias para mi caja de seguridad..., y que había quemado una y dejado en la caja la otra?

Atrapado. Estoy atrapado exactamente igual que en la alcantarilla aquella vez, ¿y a quién voy a pedir ayuda ahora?

El corazón le latía cada vez más de prisa. Sentía el sudor en el dorso de las manos y en la nuca. Recordaba cómo era la alcantarilla aquella, el olor del agua estancada, la sensación del metal frío y acanalado, la forma en que vibró todo cuando el camión pasó por arriba. Recordaba el ardor y la desesperación de las lágrimas.

—Aun en el caso de que hubiera una tercera parte imparcial a la que pudiéramos acudir, siempre habría dudas. El problema es insoluble, chico. Créelo.

Atrapado. Atrapado en la alcantarilla. No hay duda.

Tuvo la impresión de que el mundo se oscurecía. No gritaré. No me desmayaré. Se obligó a recobrarse.

Dussander tomó un largo sorbo de bourbon mientras observaba a Todd por encima del borde del vaso.

—Y ahora voy a decirte otras dos cosas. Primera: que si tu participación en este asunto se descubriera, el castigo sería bastante pequeño. E incluso es posible (no, más que eso, es muy probable) que ni siquiera apareciera ninguna noticia del asunto en los periódicos. Una vez te asusté con lo del reformatorio porque me aterraba la idea de que te derrumbaras y lo contaras todo. Pero ¿lo creía? No... lo utilicé tal como utiliza un padre al coco para asustar al niño y conseguir que vuelva a casa antes del oscurecer. No creo que te mandaran a un reformatorio, no en un país como éste en el que dan sentencias ridiculas a los asesinos, a los que, después de que se pasan un par de años viendo la tele en color en una penitenciaría, les mandan a las calles para que continúen matando tranquilamente.

»Pero arruinaría tu vida. Hay archivos... y la gente habla. Oh, sí, la gente siempre habla. Un escándalo tan jugoso no se dejaría marchitar; se le embotella, como el vino. Y, con los años, tu culpabilidad crecería contigo. Y tu silencio se iría haciendo cada vez más grave. Si la verdad se descubriera hoy mismo, la gente diría: "¡Pero si no es más que un niño!", sin saber, como sé yo, lo viejísimo que eres aunque seas un niño. ¿Pero qué crees que dirían, chico, si la verdad respecto a mí, junto con el hecho de que tú ya lo sabías todo sobre mí allá por 1974, pero guardaste silencio, se descubriera todo cuando ya estuvieras en la universidad... Entonces sería un desastre. Y si se descubriera cuando seas un joven que empieza a abrirse paso en el mundo de los negocios... El Armagedón. El fin. ¿Lo entiendes bien?

Todd guardaba silencio, pero Dussander parecía satisfecho. Asintió.

—Segunda: no creo que tengas ninguna carta —dijo aún asintiendo.

Todd se esforzó por permanecer inmutable, aunque temía que sus ojos desorbitados por la sorpresa le hubieran traicionado. Dussander le estudiaba con avidez, y Todd comprendió súbita y cruelmente que el viejo que tenía delante había interrogado a cientos, a miles de personas quizá. Era un experto. Todd sintió que su cerebro era de cristal transparente y que todas las cosas brillaban en su interior con grandes letras.

—Me pregunté en quién podrías confiar hasta tal punto. ¿Quiénes son sus amigos? ¿Con quién sale? ¿A quién confiará su secreto este chico, este muchachito autosuficiente y frío? La respuesta es: a nadie.

Los ojos de Dussander brillaron recelosos.

—Te he observado muchas veces y he calculado las posibilidades. Te conozco y conozco bastante bien tu carácter (no, no del todo, porque un ser humano nunca puede saber todo lo que hay en el corazón de otro ser humano), pero sé muy poco de lo que haces y a quién ves fuera de esta casa. Así que me digo: Dussander, existe una posibilidad de que estés equivocado. ¿Quieres que después de todos estos años te atrapen y te maten por no hacer caso a un chico? Tal vez cuando era más joven hubiera corrido ese riesgo... las posibilidades son bastantes y el riesgo es pequeño. Me resulta muy extraño, ¿sabes?..., cuanto más viejo se hace uno, menos tiene que perder en cuestiones de vida y muerte... y, sin embargo, uno se vuelve más moderado con la edad. —Miró con intensidad a Todd—. Y he de decirte algo más. Luego podrás irte cuando quieras. Lo que tengo que decirte es esto: aunque dudo de la existencia de tu carta, no dudo en absoluto de la existencia de la mía. El documento que te he descrito existe. Si yo muriera hoy... o mañana... todo saldría a la luz. Todo.

Entonces, todo está en contra mía —dijo Todd. Soltó una sonrisilla aturdida—. ¿Es que no se da cuenta?

—No seas tan pesimista, muchacho. Los años pasarán. Y a medida que pasen, tu poder sobre sí será menor cada vez, porque, pese a lo importante que mi vida y mi libertad sigan siendo para mí, los norteamericanos, e incluso también los israelíes, tendrán cada vez menos interés en quitármelas.

—¿De veras? Entonces, ¿por qué no dejaron en paz a Hess?

—Si hubiera dependido exclusivamente de los norteamericanos (los norteamericanos, que ponen penas ridiculas por un asesinato), le habrían dejado tranquilo —dijo Dussander—. ¿Concederían los norteamericanos a los israelíes la extradición de un hombre de ochenta años para que le cuelguen como colgaron a Eichmann? No lo creo. No en un país en el que aparecen en primera página de los periódicos fotografías de bomberos rescatando a gatitos de los árboles.

»No, tu poder sobre mí se irá debilitando a medida que aumente el mío sobre ti. Ninguna situación es estable. Y llegará el tiempo, si es que vivo lo suficiente, en que decidiré que lo que sabes ya no importa. Entonces, destruiré el documento.

—Pero, entretanto, ¡podrían ocurrirle muchísimas cosas! Accidentes, enfermedades, dolencias...

Dussander se encogió de hombros.

—Habrá agua, si ésa es la voluntad de Dios, y la encontraremos, si ésa es la voluntad de Dios, y la beberemos, si ésa es la voluntad de Dios. No está en nuestras manos cambiar los acontecimientos.

Todd se quedó mirando al viejo largo rato. Había fallos en la argumentación de Dussander, tenía que ha berlos. Alguna salida, alguna vía de escape para ambos, o al menos sólo para Todd. Alguna forma de retirarse (un momento, chicos, me he hecho daño en el pie, tengo que dejarlo). La lúgubre idea de los años futuros temblaba en algún lugar tras sus ojos; podía sentirla esperando nacer como pensamiento consciente. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera...

Pensó en un personaje de dibujos animados con un yunque suspendido sobre la cabeza. Para cuando terminara el bachillerato, Dussander tendría ochenta y un años, pero no acabaría ahí la cosa. Cuando se graduara, Dussander tendría ochenta y cinco y podría seguir creyendo que aún no era lo bastante viejo. Acabaría su tesis y su doctorado para cuando Dussander tuviera ya ochenta y siete años... y tal vez aún no se sintiera seguro.

—No —dijo Todd, con voz apagada—. Pero, ¿qué dice? No... no puedo soportarlo.

—Mi querido muchacho —dijo suavemente Dussander, y Todd oyó por primera vez con creciente horror el acento sutil que el anciano había puesto en la primera palabra—. Mi querido muchacho..., tienes que afrontarlo.

Le miró fijamente, la lengua hinchándosele y engrosándosele en la boca hasta que sintió que realmente podría asfixiarle. Se dio entonces la vuelta y se fue.

Dussander observó todo esto impasible, y cuando oyó el ruido de la puerta al cerrarse y cesaron los pasos apresurados del chico, prueba de que había montado en bicicleta, encendió un cigarrillo. Evidentemente, no existía ninguna caja de seguridad ni documento de ningún tipo. Pero el chico creía que ambas cosas existían; se lo había creído absolutamente todo. Estaba a salvo. Se acabó.

Pero no se había acabado.

Ambos soñaron aquella noche con asesinatos y ¡un bos despertaron aterrados y alborozados al mismo tiempo.

Todd despertó con la ahora familiar pegajosidad en el bajo vientre. Dussander, demasiado viejo para tales cosas, se puso el uniforme de SS y volvió a acostarse, esperando que su agitado corazón se calmara. El uniforme era de pésima confección y baja calidad y ya había empezado a deshilacharse.

En el sueño, Dussander llegaba finalmente al campo que había en la cima de la colina. La inmensa puerta se deslizaba para dejarle entrar, retumbando al cerrarse de nuevo tras él sobre su riel de acero. Tanto la puerta como la valla que rodeaba el campo estaban electrificadas. Sus decrépitos perseguidores, desnudos, se lanzaban en sucesivas oleadas sobre la valla; Dussander les miraba riéndose de ellos y se pavoneaba delante de ellos arriba y abajo, con el pecho hinchado y la gorra colocada exactamente en el ángulo correcto. El intenso y desagradable olor a carne quemada llenaba el aire oscuro y él había despertado en el sur de California pensando en fuegos fatuos y en la noche en que los vampiros buscan la llama azul.

Dos días antes del que los Bowden tenían previsto tomar el avión hacia Hawai, Todd volvió a la vieja estación; en otros tiempos, la gente había tomado allí trenes para San Francisco, Seattle y Las Vegas; y la gente aún más mayor, el tranvía para Los Angeles.

Casi había oscurecido cuando llegó. En la curva de la autopista que quedaba a unos novecientos metros, casi todos los coches llevaban encendidas las luces de situación. Aunque hacía calor, Todd llevaba puesta una chaqueta ligera. Y metido en el pantalón bajo la misma llevaba un cuchillo de cocina cuidadosamente envuelto en una toallita. Lo había comprado en unos de esos supermercados que están rodeados por grandes zonas de aparcamiento.

Miró bajo el vagón, donde había visto al borracho hacía un mes. Su mente giraba sin parar, sin centrarse en nada; en aquel momento, no había en ella más que sombras oscuras sobre un fondo negro.

Y encontró al mismo borracho, o quizás a otro; todos se parecían muchísimo.

—¡Eh! —le dijo—. ¿Quiere dinero?

El borracho se dio la vuelta, parpadeando. Vio la amplia y deslumbrante sonrisa de Todd y le sonrió a su vez. Al instante siguiente el cuchillo de cocina descendía implacable y penetraba en su mejilla derecha. Saltó la sangre. Todd podía ver la hoja en la boca abierta del borracho y, por un momento, la punta al hundírsele en la comisura izquierda de los labios, forzándole a una sonrisa torcida y demencial. Luego, era el cuchillo el que hacía la sonrisa. Estaba agujereando al borracho como si fuera una calabaza.

Le dio treinta y siete cuchilladas. Las contó. Treinta y siete contando la primera, que le atravesó la mejilla y convirtió su incipiente sonrisa en una mueca espantosa. El borracho renunció a gritar después de la cuarta cuchillada. Dejó de forcejear e intentar zafarse de Todd después de la sexta. Luego, Todd se arrastró hasta él bajo el vagón y concluyó la tarea.

En el camino de vuelta a casa, tiró el cuchillo al río. Tenía los pantalones manchados de sangre. Los metió en la lavadora y los puso a lavar en frío. Todavía se notaban algo las manchas cuando salieron, pero no importaba. Se irían con el tiempo. Al día siguiente, descubrió que casi no podía levantar la mano derecha hasta la altura del hombro. Le dijo a su padre que debía habérsela torcido, jugando con los chicos en el parque.

—Ya se te curará en Hawai —le dijo Dick Bowden, revolviéndole el cabello; y así fue; cuando regresaron a casa, estaba como nuevo.


13
Y otra vez había llegado julio.

Dussander, bien arreglado, con uno de sus tres trajes (no el mejor), estaba en la parada de autobús, esperando que llegara el último del día para volver a casa. Eran las once menos cuarto de la noche. Había ido al cine; había visto una comedia ligera y frivola que le había gustado mucho. Estaba de buen humor desde por la mañana. Había recibido una tarjeta postal del chico, una fotografía satinada en color de la playa de Waikiki, con edificios color crudo de muchas plantas, al fondo. Al dorso, había un breve mensaje:

Querido señor Denker:

Esto es fenomenal. He estado nadando todo el día. Mi padre enganchó un pez enorme y mi madre está enganchada en su lectura (broma). Mañana iremos a ver un volcán. Procuraré no caerme dentro. Espero que esté bien.

Cuídese.
todd
Sonreía aún levemente pensando en la última palabra de la misiva, cuando le tocaron en el brazo.

—¿Señor?


—¿Sí?

Se volvió, poniéndose en guardia (ni siquiera en Santo Donato eran extraños los asaltantes), y retrocedió ante el hedor. Parecía ser una mezcla de cerveza, halitosis y sudor rancio... Era un borracho, con pantalones abolsados. Vestía el individuo (aquello) una camisa de franela y astrosísimos mocasines, sujetos aquí y allá con sucias tiras de cinta adhesiva. Y la cara que coronaba tan variopinta indumentaria parecía la muerte de Dios.

—¿No le sobrarán cinco centavos, señor? Tengo que ir a Los Angeles. Por un trabajo. Me faltan cinco centavos para el billete de autobús. No lo pediría si no fuera tan importante para mí.

Dussander había empezado a fruncir el ceño, pero lo trocó en una franca sonrisa.

—¿De verdad es un viaje en autobús lo que quiere?

El borracho sonrió lánguidamente, sin comprender.

—¿Qué le parece si se viene en autobús a mi casa conmigo? —le propuso Dussander—. Puedo ofrecerle bebida, comida, un baño y una cama. Y todo lo que pido es un poco de conversación. Soy un viejo. Vivo solo. Es agradable a veces tener compañía.

Al aclararse la situación, la sonrisa del vagabundo se hizo más firme. Se trataba de un homosexual acomodado al que le gustaban los barrios bajos.

—¡Usted solo! Terrible, ¿no?

Dussander respondió a su mueca insinuante con una sonrisa cortés.

—Sólo le pido que se siente lejos de mí en el autobús. La verdad es que el olor es bastante fuerte.

—Entonces, tal vez no quiera que apeste su casa —dijo el borracho, con súbita y vacilante dignidad.

—Vamos, el autobús llegará en seguida. Bájese una parada después que yo y retroceda caminando dos manzanas. Le esperaré en la esquina. Ya veré lo que pueda reunir por la mañana. Tal vez dos dólares.

—Tal vez hasta cinco —dijo animado el borracho.

Su dignidad, vacilante o no, había desaparecido.

—Tal vez, tal vez —dijo Dussander con impaciencia. Ya podía oír el zumbido del autobús aproximándose. Metió veinticinco centavos, el precio exacto del billete, en la mugrienta mano del borracho y dio unos pasos, alejándose de él, sin volverse a mirar.

El tipo se quedó vacilando mientras las luces delanteras del autobús remontaban la cuesta. Aún seguía quieto y mirando sorprendido el dinero cuando el viejo homosexual subió al autobús sin volverse. Empezó entonces a alejarse y luego, en el último instante, cambió de dirección y subió al autobús cuando ya las puertas empezaban a cerrarse. Introdujo la moneda en la máquina con la expresión de quien hace una apuesta arriesgada de cien dólares. Pasó junto a Dussander, dirigiéndole sólo una rápida mirada, y siguió hasta el fondo del autobús. Dormitó un poco y, cuando despertó, el viejo homosexual rico se había ido. Se bajó en la siguiente parada, sin saber si era o no en la que tenía que bajarse, y en realidad sin preocuparse mucho por ello.

Retrocedió caminando las dos manzanas y vio una forma oscura bajo la farola de la calle. Era el viejo homosexual, claro. Le contemplaba mientras se acercaba y estaba en posición de firme.

El borracho sintió, aunque sólo un instante, un helado presentimiento, el impulso de dar la vuelta y olvidar todo aquel asunto.

El viejo le tomó del brazo... le agarraba con sorprendente firmeza.

—Perfecto —dijo el viejo—. Me alegra que haya

venido. Mi casa está ahí mismo. En seguida llegamos.

—Tal vez hasta diez —dijo el borracho, dejándose guiar.

—Tal vez hasta diez —convino el viejo maricón, y se echó a reír—. ¿Quién sabe?


14
Había llegado el año del Bicentenario de los Estados Unidos.

Todd había ido a ver a Dussander media docena de veces entre su regreso de Hawai en el verano de 1975 y el viaje que él y sus padres hicieron a Roma justo cuando los tambores, el clamor y el ondear de banderas alcanzaban su punto culminante.

Estas visitas a Dussander eran tranquilas y en absoluto desagradables; ambos podían pasar el tiempo juntos bastante tranquilamente. Se decían más con los silencios que con palabras, y sus actuales conversaciones habrían resultado absolutamente soporíferas para un agente del FBI. Todd contó al viejo que salía de vez en cuando con una chica llamada Angela Farrow. No es que le entusiasmara, pero era hija de una amiga de su madre. El viejo contó a Todd, a su vez, que había empezado a anudar alfombras porque había leído que tal actividad era beneficiosa para la artritis. Le enseñó algunas muestras de su trabajo, y Todd las admiró cumplidamente.

El chico había crecido bastante, ¿no? (Bueno, unos cinco centímetros.) ¿Había dejado Dussander el tabaco? (No, pero se había visto obligado a fumar menos; últimamente le hacía toser mucho.) ¿Y qué tal sus estudios? (Bueno, el curso era difícil, pero fascinante; había sacado A y B en todo, había quedado entre los finalistas del concurso de ensayo científico con su trabajo sobre energía solar y estaba pensando en estudiar antropología en vez de historia.) ¿Quién segaba este año el césped de Dussander? (Randy Chambers, que vivía en la misma calle, un poco más abajo... Buen chico, aunque algo torpe y lento.)

En el transcurso de aquel año, Dussander había liquidado a tres borrachos en su cocina. Le habían abordado en la parada de autobús del centro de la ciudad unas veinte veces; él había hecho su oferta de bebida-comida-baño-y-cama unas siete veces. Dos veces habían rechazado su oferta, y en otras dos ocasiones, sencillamente, los mendigos se habían largado con el dinero que les había dado para el autobús. Pensando en esto último, dio con la forma de evitarlo: compró una tarjeta de pases. Costaba dos dólares cincuenta centavos, valía para quince viajes y no era negociable en las lico-rerías locales.

Dussander había advertido en los últimos días, realmente calurosos, un olor desagradable procedente del sótano. Durante estos días, mantenía puertas y ventanas bien cerradas.

Una vez, Todd Bowden había visto a un borracho durmiéndola en una alcantarilla abandonada junto a un solar vacío en Ciénaga Way (esto fue en diciembre, durante las vacaciones de Navidad). Se había quedado un buen rato, con las manos metidas en los bolsillos, mirando al borracho y temblando. Y luego había vuelto al mismo lugar unas seis veces en un período de cinco semanas, siempre con su cazadora ligera, con la cremallera subida hasta la mitad para ocultar el martillo que llevaba metido en el cinto. Y al fin había encontrado al borracho (o bien el mismo o cualquier otro, qué más daba) el primer día de marzo. Había empezado con uno de los extremos de la herramienta y luego, en determinado momento (en realidad, no podía recordar cuándo, todo flotaba en una nebliza rojiza), había cambiado al otro, destrozando por completo la cara del tipo.

Los mendigos habían sido para Kurt Dussander un sacrificio propiciatorio casi cínico a los dioses que al fin había reconocido... o vuelto a reconocer. Y además estaba bien. Le hacían sentirse vivo. Estaba empezando a creer que había vivido los años anteriores en Santo Donato (anteriores a la aparición del chico, con sus grandes ojos azules y su gran sonrisa americana) como un viejo, sin serlo. Cuando el muchacho apareció, acababa de remontar los setenta y cinco. Y ahora se sentía mucho más joven que entonces.

La idea de hacer sacrificios a los dioses habría desconcertado a Todd en principio, pero tal vez hubiera llegado a aceptarla. Después de acuchillar al borracho bajo el vagón de tren, había supuesto que sus pesadillas se intensificarían... que enloquecería incluso. Había esperado el remordimiento, que muy bien podría llevarle a la confesión impulsiva o al suicidio.

Ni lo uno ni lo otro había ocurrido; se había ido a Hawai con sus padres y había pasado las mejores vagaciones de su vida.

Y luego empezó el nuevo curso en el instituto el pasado mes de septiembre, sintiéndose extrañamente nuevo y fresco, como si una persona completamente distinta se hubiera metido en la piel de Todd Bowden. Desde su más temprana infancia, había ciertas cosas que no le impresionaban particularmente: la luz del sol después del alba, la vista del océano desde el malecón, el espectáculo de la gente apresurada en una calle céntrica justo a la hora en que empiezan a encenderse las farolas... pero todas estas cosas volvían ahora a grabarse en su mente en una serie de brillantes camafeos, en imágenes tan claras que parecían galvanizadas. Saboreaba la vida como un trago de vino tomado directamente de la botella.

Después de haber visto al vagabundo en la alcantarilla y antes de haberle matado, las pesadillas se habían reanudado.

La más frecuente era una en la que aparecía el vagabundo al que había acuchillado. Él llegaba del instituto a casa, irrumpía en la cocina con un alegre «¡Hola, Niña-Monica!» en los labios y acto seguido enmudecía al ver al borracho muerto en el ángulo saliente de la mesa del desayuno. Allí estaba, con su camisa llena de vómito y sus pantalones malolientes, derrumbado sobre la mesa. La sangre había salpicado el suelo de baldosas; se estaba secando sobre los mostradores de acero inoxidable. Había huellas ensangrentadas sobre las alacenas de pino natural.



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