Alumno aventajado



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Mayo, 1975

Para Todd, aquél sería el viernes más largo de su vida. Permanecía sentado clase tras clase, sin oír absolutamente nada, aguardando los últimos cinco minutos que los profesores dedicaban a repartir las tarjetas de suspenso. Cada vez que un profesor se acercaba a su pupitre, con las tarjetas, Todd se quedaba frío. Y cada vez que uno de los profesores pasaba a su lado sin detenerse, sentía oleadas de vértigo y confusión.

Algebra fue lo peor. Storrman se acercaba... vacilaba. .. y en el preciso momento en que Todd empezaba a convencerse de que pasaría de largo, plantó una de las tarjetas delante de Todd en la mesa. Todd la miró con indiferencia, sin sentir absolutamente nada. Ahora que al fin había ocurrido sólo sentía frialdad. Bueno, ya está, pensó. Punto final. A no ser que a Dussander se le ocurra alguna otra cosa. Y tengo mis dudas.

Volvió la tarjeta sin demasiado interés, sólo para ver por cuántos puntos había suspendido. Debía faltarle muy poco, pero el responsable, Storrman el Inflexible, no daba una oportunidad a nadie. Vio que el •espacio de las calificaciones estaba en blanco, los dos, el de la calificación numérica y el de la calificación literal. Y en la sección de observaciones había escrito lo siguiente: ¡Me complace no haber tenido que darte una de éstas de verdad/ Animo. Storrman.

El vértigo volvió, más intenso, ahora, recorriendo su cabeza y haciendo que la sintiera como un globo lleno de helio. Agarró los bordes de la mesa con todas sus fuerzas, sin dejar de pensar con tensión absolutamente obsesiva: No te desmayarás, no te desmayarás, no te desmayarás. Las oleadas de vértigo fueron pasando poco a poco y tuvo entonces que dominar el urgente impulso de correr por el pasillo detrás de Storrman, hacerle volverse y sacarle los ojos con el lápiz recién afilado que tenía en la mano. Y mientras experimentaba todo esto, su rostro permanecía absolutamente inexpresivo. El único signo de que algo ocurría en su interior era un leve tic que se advertía en uno de sus párpados. Las clases semanales concluyeron quince minutos después. Todd rodeó caminando despacio el edificio hasta el aparcamiento de las bicis, con la cabeza baja, las manos en los bolsillos, los libros metidos bajo el brazo derecho, ajeno a los otros estudiantes que corrían y gritaban. Echó los libros en el cesto de la bici, soltó la cadena y se alejó pedaleando. Rumbo a la casa de Dussander.

Hoy, pensó. Hoy es tu día, viejo.

—Así que el acusado vuelve del banquillo —dijo Dussander, sirviéndose bourbon, cuando Todd entró en la cocina—. ¿Cuál fue el veredicto, prisionero?

Llevaba puesta la bata y un par de velludos calcetines de lana que le llegaban hasta media canilla. Con calcetines como ésos, pensó Todd, es facilísimo resbalar. Se fijó en la botella con que se afanaba Dussander. Quedaban sólo unos tres dedos de bourbon.

—Ninguna mala nota: ni D ni F ni tarjetas de aviso de suspensos —dijo Todd—. Aún podré cambiar algunas de las notas en junio, aunque quizá sólo los promedios. Creo que este trimestre podré sacar todo A y B si sigo trabajando igual.

—Oh, lo seguirás haciendo, por supuesto —dijo Dussander—. Nos ocuparemos de que así sea —bebió y se sirvió luego más—. Esto hay que celebrarlo —hablaba con una cierta dificultad, justo la suficiente para advertirlo, pero Todd sabía que estaba tan borracho como siempre.

Sí, hoy. Habrá que hacerlo hoy.

Pero estaba tranquilo.

—Qué celebrar ni qué mierda.

—Me temo que aún no ha llegado el chico del reparto con el esturión y las trufas —dijo Dussander, ignorándole—. No puede uno fiarse del servicio en estos días. ¿Qué te parecen unas galletitas Titz y un poquito de queso mientras esperamos?

—Muy bien —dijo Todd—. Qué más da.

Dussander se levantó y al hacerlo golpeó la mesa ron una rodilla y se sobresaltó; se dirigió al refrigerador. Sacó el queso. Sacó un cuchillo de la gaveta y una bandeja del armario y una cajita de galletas de la panera.

—Todo bien impregnado de ácido prúsico —le dijo a Todd al colocar el queso y las galletas sobre la mesa. Sonrió y Todd advirtió que había vuelto a quitarse la dentadura postiza. No obstante, le devolvió la sonrisa

—¡Así que hoy tranquilidad! —exclamó Dussan-der—. Yo suponía que entrarías dando volteretas por todo el pasillo —vació el resto de bourbon en el vaso, tomó un sorbo, chasqueó los labios.

—Supongo que estoy aturdido todavía —dijo Todd.

Mordió una galleta. Hacía mucho que había dejado de rechazar la comida de Dussander. Dussander creía que uno de los amigos de Todd guardaba una carta (que no existía, por supuesto; tenía amigos, por supuesto, pero ninguno en quien confiara hasta tal punto). Aunque suponía que Dussander había adivinado la verdad hacía mucho, sabía que no se atrevería a comprobarlo asesinándole.

—¿De qué hablaremos hoy? —inquirió Dussander, tomándose de golpe el último trago—. Hoy te daré el día libre de estudio, ¿qué tal? ¿Eh? ¿Eh?

Cuando bebía, su acento se hacía más marcado. Todd había llegado a odiar aquel acento. Pero hoy no le molestaba; la verdad es que aquel día no le molestaba nada. Se sentía absolutamente tranquilo. Se miró las manos, las manos que darían el empujón, y le parecieron exactamente iguales que siempre. No temblaban en absoluto. Estaban tranquilas.

—Me da igual —dijo Todd—. Lo que usted quiera.

—¿Quieres que te hable del jabón especial que hacíamos? ¿De nuestros experimentos de homosexualidad inducida? ¿O te gustaría tal vez que te contara cómo escapé de Berlín después de haber sido tan idiota como para regresar? Te aseguro que esa historia te gustaría —hizo como si se afeitara la mejilla y se echó a reír.

—Me da lo mismo —dijo Todd—. De veras.

Advirtió que Dussander examinaba la botella vacía y se levantaba luego con ella en la mano. Se acercó al cubo de basura y tiró la botella.

—No, creo que hoy no te contaré ninguna de esas historias —dijo Dussander—Parece que no estás de humor.

Se quedó un momento pensativo junto al cubo de basura y luego cruzó la cocina hacia el sótano. Sus Calcetines de lana susurraban sobre el irregular linóleo.

—Creo que hoy te contaré la historia de un viejo que tenía miedo.

Dussander abrió la puerta del sótano. Estaba de rspaldas a la mesa. Todd se levantó en silencio.

—Tenía miedo —prosiguió Dussander— de cierto jovencito que de una forma extraña era su amigo. Era un chico listo. Su madre le llamaba «alumno aventajado», y el viejo había descubierto que era realmente un alumno aventajado... aunque tal vez no en el sentido en que su madre creía.

Dussander manipuló torpemente el anticuado interruptor de la pared, intentando encender la luz con sus dedos deformes e hinchados. Todd caminó (se deslizó casi) sobre el linóleo, procurando no pisar en ninguno de los lugares en los que el linóleo chirriaba o crujía. Ahora conocía aquella cocina tan bien como la de su propia casa. Quizá mejor.

—Al principio, el chico no era amigo del viejo —dijo Dussander. Al fin consiguió encender la luz. Bajó el primer peldaño con cautela de borracho veterano—. Y al principio al viejo le caía muy mal el chico. Pero luego llegó... llegó a disfrutar de su compañía, aunque seguía existiendo un fuerte elemento desagradable.

Miraba ahora el estante, pero seguía agarrado a la barandilla. Todd seguía frío (no, ahora estaba congelado); avanzó hacia él y calculó las posibilidades de que un empujón fuerte obligara a Dussander a soltar la barandilla. Decidió esperar a que se inclinara hacia adelante.

—Parte del gozo del viejo procedía de la sensación de igualdad —prosiguió Dussander pensativo—. Mira, el chico y el viejo se tenían mutuamente atrapados. Cada uno de ellos sabía algo que el otro deseaba guardar en secreto. Y luego... bueno, llegó el momento en que el viejo se dio cuenta de que las cosas estaban cambiando. Sí. Estaba perdiendo su poder sobre el fhico, todo o una parte del mismo, según lo desesperado que pudiera estar el chico, o según lo hábil que fuera. Y en una larga noche insomne, al viejo se le ocurrió que no estaría de más conseguir un nuevo poder sobre el chico. Por su propia seguridad.

Dussander soltó en este punto la barandilla y se inclinó sobre las escaleras del sótano. Pero Todd no hizo el menor movimiento. Su absoluta frialdad estaba dejando paso a un ruboroso acceso de furia y confusión. Cuando el anciano asía la botella llena, Todd pensó malignamente que Dussander tenía el sótano más hediondo de la ciudad, lo limpiara o no. Olía como si hubiera algo muerto allá abajo.

—Así que el viejo se levantó inmediatamente de la cama. ¿Qué significa el sueño para un viejo? Muy poco. Y se sentó ante su mesita pensando en lo ingeniosamente que había conseguido atrapar al chico igual que el chico le había atrapado a él. Se sentó allí pensando lo mucho, lo muchísimo que había trabajado el chico para conseguir mejorar sus notas. Y también que una vez que lo hubiera conseguido, ya no necesitaría para nada al viejo vivo. Y que si el viejo muriera, el chico podría al fin ser libre.

Se giró ahora, con la botella llena en la mano.

—¿Sabes? Te oí —dijo, casi con gentileza—. Desde el mismo instante en que echaste hacia atrás la silla y te levantaste. No eres tan silencioso como te imaginas, chico. Al menos no todavía.

Todd no dijo nada.

—Y en consecuencia —dijo Dussander, volviendo a la cocina y cerrando firmemente la puerta del sótano tras de sí—, el viejo escribió todo detalladamente, nicht wahr? Lo escribió todo, de la primera a la última palabra. Y cuando al fin concluyó, amanecía casi y su artritis canturreaba en su mano (la verdammt artritis), pero él se sentía bien por primera vez desde hacía semanas. Se sentía a salvo. Volvió a la cama y durmió hasta media tarde. En realidad, si hubiera dormido más se habría perdido su serie preferida: Hospital general.

Había llegado de nuevo a su mecedora. Se sentó. Sacó una astrosa navaja de amarillento mango de marfil y empezó a cortar laboriosamente la cubierta del tapón de la botella.

—Y al día siguiente, el anciano se puso su mejor traje y se acercó al banco en el que tiene sus ahorros. Habló con uno de los empleados del banco, que respondió de forma plenamente satisfactoria todas las preguntas que el anciano le hizo. Alquiló una caja de seguridad. El empleado explicó al anciano que él mismo guardaría una llave y el banco otra. Para abrir la caja hacían falta las dos llaves. Y nadie más que el anciano podría utilizar su llave sin un poder notarial suyo firmado. Con una única excepción.

Dussander esbozó una sonrisa desdentada contemplando el rostro rígido y pálido de Todd.

—Tal excepción se daría sólo en el caso de muerte del arrendatario de la caja —dijo.

Mirando aún a Todd, aún sonriendo, volvió a guardarse la navaja en el bolsillo de la bata, desenroscó el tapón de la botella, y se sirvió un buen trago.

—-¿Y qué pasa entonces? —preguntó Todd con aspereza.

—En tal caso, se abre la caja en presencia de un empleado del banco y de un representante del Servicio de Rentas Públicas. Se hace inventario del contenido de la caja. En el caso que nos ocupa, sólo encontrarán un documento de doce páginas. Exento de impuestos, pero interesantísimo.

Todd cruzó las manos y las apretó con firmeza.

—Pero... no puede... no puede hacerlo.

—Querido chico —dijo Dussander benévolamente—. Ya lo he hecho.

—Pero... yo... usted... —alzó súbitamente la voz, hasta un grito desesperado—: ¡Es usted viejo! ¿Es que no se da cuenta de que es viejo? ¡Puede morirse! ¡Podría morirse en cualquier momento!

Dussander se levantó. Se acercó a uno de los armarios de la cocina y sacó un vaso pequeño; un vaso que había contenido en tiempos mermelada. Alrededor del borde danzaban personajes de dibujos animados. Los reconoció a todos: Pedro y Wilma Picapiedra, Pablo y Betty Mármol... Había crecido con ellos. Observó a Dussander mientras limpiaba el vaso casi ceremonialmente con un paño de cocina. Le observó ponerle el vaso delante. Y le observó mientras servía en aquel mismo vaso un dedo de bourbon.

—¿Para qué es eso? —susurró Todd—. Yo no bebo. La bebida es para borrachínes infectos como usted.

—Alza tu vaso, chico. Se trata de una ocasión especial. Hoy beberás.

Todd le contempló un largo instante. Luego, alzó el vaso.

—Haré un brindis, chico: ¡Larga vida! ¡Larga vida para los dos! Prosit!

Se bebió su bourbon de un trago y empezó a reírse. Empezó a mecerse, atrás, adelante, tocando el suelo con los pies enfundados en calcetines, riéndose, y Todd pensó que nunca se le había parecido tanto a un buitre, un buitre con bata, un apestoso animal carroñero.

—Le odio —murmuró, y entonces Dussander empezó a ahogarse con su propia risa.

Se puso rojo. Daba la impresión de que estuviera tosiendo, riéndose y asfixiándose, todo al mismo tiempo. Asustado, Todd se levantó y le dio unos golpecitos en la espalda hasta que se le calmó la tos.

Danke schon —dijo—. Toma tu bebida. Te sentará bien.

Todd bebió. Sabía a pésimo jarabe para el catarro y le ardió en la garganta.

—No puedo creer que beba esta mierda continuamente —dijo volviendo a colocar el vaso sobre la mesa y estremeciéndose—. Tendría que dejarlo. Tendría que dejar de beber y de fumar.

—Me conmueve tu interés por mi salud —dijo Dussander. Sacó un paquete de cigarrillos del mismo bolsillo en el que había desaparecido la navaja—, Y a mí me preocupa igualmente tu salud, chico. Casi cada día leo en el periódico la noticia de algún ciclista que muere en un cruce muy concurrido. Debieras dejarlo. Debieras caminar. O tomar el autobús, como yo.

—¿Por qué no se va a la mierda de una vez? —estalló Todd.

—Querido chico —dijo Dussander, sirviéndose más bourbon y empezando otra vez a reírse—. Estamos los dos hasta el cuello de mierda, ¿o es que acaso no te das cuenta?

Un día, aproximadamente una semana después, Todd estaba sentado en la vieja plataforma correo de la vieja estación de ferrocarril. Tiraba, una a una, pie-drecitas a los herrumbrosos raíles infectados de yerbajos.



De todos modos, ¿por qué no le mataría?

Como chico lógico, la respuesta lógica fue la que primero se le ocurrió. No había ningún motivo en absoluto. Antes o después, Dussander moriría y, dados sus hábitos, lo más seguro es que fuera antes. Tanto si él asesinaba al viejo como si se moría de un ataque al corazón en la bañera, todo saldría a la luz. Claro que, si le hubiera matado, habría tenido el placer de retorcerle el cuello al viejo buitre.

Antes o después... esa frase desafiaba toda lógica.

Tal vez sea después, pensó Todd. Con o sin cigarrillos, con o sin alcohol, el muy cabrón tiene aguante. Ha durado todo este tiempo, asi que... así que tal vez sea después.

Oyó un confuso resoplido que parecía venir de debajo de donde él estaba.

Se puso en pie de un salto dejando caer el puñado de piedrecitas que tenía en la mano. Volvió a oírse aquella especie de bufido.

Casi a punto de echar a correr, se detuvo. Pero el bufido no se repitió. Una autopista de ocho carriles cruzaba el horizonte a unos novecientos metros sobre aquel callejón sin salida lleno de maleza y basura, con sus edificios abandonados, guías anticuadas y plataformas combadas y astilladas. Allá en la autopista, los coches brillaban al sol como exóticos escarabajos de sólido caparazón. Ocho carriles de tráfico allá arriba, y aquí abajo sólo Todd, algunos pájaros... y lo que hubiera bufado.

Con cautela, se inclinó hacia adelante con las manos en las rodillas y atisbo bajo la plataforma. Tumbado entre las hierbas amarillentas y latas vacías y viejas botellas polvorientas, había un borracho. Era imposible calcular su edad; Todd la situó en cualquier punto entre los treinta y los cuatrocientos años. Llevaba una camiseta de manga corta correosa, llena de vómito seco, unos pantalones verdes demasiado grandes para él y zapatos grises de piel agrietados en unos cien sitios. Las grietas se abrían como bocas angustiadas. Todd pensó que olía igual que el sótano de Dussander.

El borracho abrió lentamente los ojos enrojecidos y miró a Todd con una turbia falta de curiosidad. Todd recordó entonces el cuchillo del Ejército suizo que llevaba en el bolsillo, el modelo Pescador. Lo había comprado en una tienda de artículos de deporte de Redondo Beach hacía casi un año. Podía oír mentalmente al dependiente que le había atendido: No podrías encontrar un cuchillo mejor que éste, hijo. Un cuchillo como éste podría salvarte algún día la vida. Vendemos unos mil quinientos cuchillos suizos cada año.

Mil quinientos cada año.

Se metió la mano en el bolsillo y agarró el cuchillo. Podía ver con los ojos de la mente la navaja de Dussander actuando lentamente alrededor del cuello de la botella de bourbon, cortando el precinto. Y al instante siguiente se dio cuenta de que tenía una erección.

Un terror frío se apoderó de él.

El borracho se pasó una mano por los labios agrietados y se los lamió luego con una lengua teñida por la nicotina de un permanente amarillo desvaído.

—¿Tienes diez centavos, chaval?

Todd le miró imperturbable.

—Tengo quir a Los Angeles. Me faltan diez centavos para el tobús. Tengo quir na cita, yo. Por un trabajo. Un buen chaval como tú seguro que tien diez centavos. A lo mejor tienes un cuarto de dólar.

Sí, señor, podrías vaciar un condenado pez plateado con un cuchillo como éste... diablos, podrías vaciar un condenado merlín con él si tuvieras que hacerlo. Vendemos mil quinientos cuchillos de éstos cada año. Todas las tiendas de artículos de deporte y de excedentes del Ejército y la Armada de Estados Unidos los venden; y si decidieras utilizar concretamente éste para vaciar algún viejo vagabundo astroso, "nadie" podría averiguar que fuiste tú, absolutamente nadie.

El borrachín bajó la voz, que se convirtió en un susurró tenebroso y confidencial:

—Por un dólar te la meneo como no te lo han hecho nunca. Te morirás de gusto, chaval, si me...

Todd sacó la mano del bolsillo. No supo a ciencia cierta qué tenía en ella hasta que la abrió. Dos monedas de veinticinco. Dos de cinco. Una de diez. Algunos centavos sueltos. Se las tiró todas al borracho y echó a correr.
12
Junió, 1975

Todd Bowden, catorce años ya, subía pedaleando por el caminito de la casa de Dussander; aparcó la bici. El Times de Los Angeles estaba al pie de las escaleras. Lo recogió. Miró el timbre, bajo el que seguían los mismos letreros claros: arthur denker y No se ATIENDE A PETICIONARIOS NI ENCUESTADORES NI VENDEDORES de ningún tipo. Ahora ya no se molestaba en tocar el timbre, claro; tenía llave.

Se oía el ruido sordo y detonante de una segadora no muy lejos. Miró el césped de Dussander y advirtió que no le sobraría un repaso; tendría que decirle al viejo que buscara a un chico que se lo segara; ahora Dussander olvida más a menudo cosas insignificantes como ésta. Tal vez fuera la senilidad; tal vez se debiera exclusivamente a la influencia corrosiva del alcohol en su cerebro. Ésa era una idea de adulto para que se le ocurriera a un chico de catorce años, aunque tales ideas ya no sorprendían a Todd por su singularidad. Ültimamente se le ocurrían muchas ideas de adulto. Y en general no eran gran cosa.

Entró en la casa.

Por un instante, sintió el helado terror habitual al entrar en la cocina y ver a Dussander caído a un lado en la mecedora, el vaso sobre la mesa, una botella de bourbon medio vacía al lado. Un cigarrillo se había consumido completamente y reposaba convertido en íiligranesca ceniza en la tapadera de un tarro de mayonesa junto a otras colillas de cigarrillos que habían sido apagados aplastándolos. Dussander tenía la boca abierta. Tenía la cara amarillenta. Sus grandes manos colgaban flaccidas sobre los brazos de la mecedora. Parecía muerto.

Sintió una oleada de alivio cuando el viejo se estremeció, parpadeó y, por último, se irguió.

—¿Eres ya tú? ¿Tan pronto?

—Nos dejan salir pronto el último día de clase —dijo Todd. Señaló los restos del cigarrillo—. Si sigue haciendo eso, algún día prenderá fuego a toda la casa.

—Puede —dijo Dussander con indiferencia.

Sacó con torpeza sus cigarrillos, tiró uno del paquete (que estuvo a punto de caer de la mesa antes de que Dussander lo atrapara) y lo tomó. Siguió un largo acceso de tos, y Todd retrocedió disgustado. Cuando el viejo empezó a toser, Todd esperó casi que empezara a escupir pedazos oscuros de tejido pulmonar sobre la mesa... y él seguramente sonreiría mientras lo hacía. Dussander se calmó al fin lo suficiente para poder decir:

—¿Qué es lo que traes ahí?

—El boletín de calificaciones.

Dussander lo tomó, lo abrió y lo mantuvo delante a la distancia de un brazo para poder leerlo.

—Inglés... A. Historia... A. Ciencias naturales... finias. Ciencias sociales... A. Francés elemental... B-menos. Principios de álgebra... B —lo posó sobre la mesa—. Muy bien. ¿Cómo es el dicho? Hemos ganado la partida, chico. ¿Tendrás que cambiar algunos de los promedios en la última columna?

—El francés y el álgebra, pero no más de ocho o nueve puntos en total. No creo que se descubra nunca nada. Y creo que se lo debo a usted. No es que me sienta orgulloso de ello, pero es la pura verdad. Así que gracias.

—Qué discurso tan conmovedor —dijo Dussander, y empezó otra vez a toser.

—Creo que no vendré mucho a verle a partir de ahora —dijo Todd, y Dussander dejó de toser bruscamente.

—¿No? —dijo, en tono bastante amable.

—No —respondió Todd—. El veinticinco de junio nos vamos a pasar un mes a Hawai. Y en septiembre iré a un instituto al otro extremo de la ciudad. Ese lío del autobús.

—Oh sí, los Schwarzen, los negros —dijo Dussander, contemplando indolente una mosca que rodaba por el hule de cuadros blancos y rojos—. Este país lleva veinte años preocupándose y lloriqueando por los Schwarzen. Pero nosotros conocemos la solución... ¿no es verdad, muchacho?

Esbozó una sonrisa desdentada mirando a Todd, y éste bajó la vista sintiendo agitarse en su estómago la vieja sensación de repugnancia. Terror, odio, y el deseo de hacer algo tan atroz que sólo en sus sueños podía ser plenamente contemplado.

—Mire, tengo el proyecto de ir a la universidad, por si no lo sabía —dijo Todd—Sé que falta aún mucho para eso, pero pienso en ello. Sé incluso en qué quiero especializarme. En historia.

—Admirable. El que no aprende del pasado es...

—Vamos, cállese —dijo Todd.

Dussander lo hizo, de bastante buen grado. Sabía que el chico no estaba acabado... no todavía. Se sentó con las manos cruzadas, mirándole.

—Podría hacer que mi amigo me devolviera la carta —dijo Todd súbitamente—Lo sabe, ¿no? Podría dejarle leerla y luego la quemaría delante de usted. Si...

—Si yo sacara determinado documento de mi caja de seguridad.

—Bueno... sí.

Dussander lanzó un largo, ampuloso y triste suspiro.

—Mi querido muchacho —dijo—. No acabas de entender la situación. Creo que nunca la has entendido. En parte porque eres sólo un chico, pero no sólo por eso... porque desde el principio eras un chico muy viejo. No, el auténtico culpable era y es esa absurda seguridad americana en ti mismo que jamás te permitió considerar las posibles consecuencias de lo que estabas haciendo... que ni siquiera te permite hacerlo ahora.

Todd iba a decir algo, pero Dussander alzó una mano inflexible, convirtiéndose súbitamente en el guardia de tráfico más viejo del mundo.

—No, no me contradigas. Es cierto. Vete si quieres. Sal de esta casa, vete y no vuelvas. ¿Acaso puedo impedírtelo? No. Claro que no. Diviértete en Hawai mientras yo me quedo aquí sentado en esta calurosa cocina con olor a grasa y espero a ver si los Schwarzen del distrito de Watts deciden empezar a matar policías e incendiar sus hediondas viviendas otra vez este año. No puedo impedirte que te vayas, como no puedo impedir el ser un poco más viejo cada día.




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