Alumno aventajado



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Arriba de todo había escrito un 83. Al final estaba la calificación: C-más. Y debajo de la letra de la calificación había una breve nota: ¡Has mejorado mucho! Creo que siento doble alivio del que debes sentir tú. Fíjate bien en las faltas. Por lo menos tres, son errores más aritméticos que conceptuales.

Su corazón empezó de nuevo a latir, a compás ternario. Le embargó un gran alivio, pero no un alivio sereno; era ardiente, complejo y extraño. Cerró los ojos, no oía los susurros y comentarios de la clase sobre el examen ni la predecretada lucha por un punto más aquí o allá. Con los ojos cerrados, le parecía que el interior de sus párpados era rojo. Un rojo que palpitaba como sangre fluyendo al ritmo de su corazón. En aquel instante, odió a Dussander más que nunca. Apretó los puños con firmeza y lo único que deseaba, deseaba, deseaba, era que el huesudo cuello de pollo de Dussander hubiera estado entre sus manos.

Dick y Monica Bowden dormían en camas gemelas, separadas por una mesita de noche sobre la que había una bonita lámpara Tiffany de imitación. El dormitorio era de secoya auténtica y las paredes estaban acogedoramente cubiertas de libros. Frente a las camas, encajado entre dos sujetalibros de marfil (elefantes machos sobre sus patas traseras), había un televisor redondo Sony. Dick estaba viendo a Johnny Carson, con los auriculares puestos, y Monica leía el nuevo libro de Michael Crichton que había llegado aquel mismo día del club de libros.

—¿Dick? —colocó una señal en el libro (en la que decía aquí me dormí) y lo cerró.

En la televisión, Buddy Hackett había acabado en aquel momento con todos. Dick sonrió.

—¿Dick? —repitió Monica, más fuerte.

Dick se quitó los auriculares.

—¿Qué?


—¿No crees que a Todd le pasa algo?

La miró un instante con el ceño fruncido y luego movió levemente la cabeza.

Je ne comprends pas, chérie.

Su deficiente francés era siempre motivo de bromas entre ellos. Su padre le había tenido que mandar doscientos dólares extra para pagar un profesor particular cuando estaba a punto de suspender francés. Su profesora de francés había sido Monica Darrow, cuyo nombre eligió al azar de las tarjetas clavadas en el tablero de anuncios. Por las Navidades ella llevaba ya su alfiler... y él consiguió aprobado en francés.

—Es que... está adelgazando.

—Sí, desde luego, está bastante delgado —dijo Dick. | Posó los auriculares de la tele en la cama—. Yo creo que es sólo que está creciendo, Monica.

—¿Tan pronto? —preguntó ella, preocupada.

Él se echó a reír.

—Tan pronto. Yo en la adolescencia di un estirón de:I dieciocho centímetros. A los doce años era un renacuajo de uno sesenta y ocho y luego me transformé en el bello ser musculoso de uno ochenta y seis que tienes ahora delante. Mi madre decía que a los catorce años se me podía oír crecer por las noches.

—Menos mal que no todas tus partes crecieron igual.

—Todo depende de cómo lo uses.

—¿Quieres usarlo esta noche?

—La mozuela se vuelve descarada —dijo Dick, y lanzó los auriculares a la otra punta del cuarto.

Más tarde, cuando ya se estaba quedando dormido:

—Dick, además, tiene pesadillas.

—¿Pesadillas? —murmuró él.

—Sí; le he oído gemir en sueños dos o tres veces cuando bajo al cuarto de baño por la noche. No quise despertarle. Es una tontería, pero mi abuela solía decir que si despiertas a una persona cuando tiene una pesadilla, puede volverse loca.

—Tu abuela la polaca, ¿no?

—Sí, la polaca, la polaca. ¡Vaya un modo de hablar!

—Sabes perfectamente lo que quiero decirte. ¿Por qué no usas el cuarto de baño de arriba? —él mismo lo había instalado hacía dos años.

—Sabes perfectamente que el agua te despierta —contestó ella.

—Pues no la uses.

—Dick, eso no tiene gracia.

Él suspiró.

—A veces, entro en su cuarto y está bañado en sudor. Y las sábanas están empapadas.

Él rió en la oscuridad.

—Apuesto a que sí.

¿Qué quieres decir...? ¡Oh! —le dio una suave palmada—. Eso tampoco tiene gracia. Además, sólo tiene trece años.

—Hace catorce el mes que viene. No es demasiado pequeño. Tal vez, un poco precoz, pero no demasiado pequeño.

—¿Cuántos años tenías tú?

—Catorce o quince. No recuerdo exactamente. Pero sí recuerdo que me despertaba pensando que me había muerto y estaba en el cielo.

—Pero eras mayor que Todd ahora. —Ahora todo eso pasa antes. Debe ser la leche. O el flúor. ¿Sabes que en las escuelas que construimos el año pasado en Jackson Park en todos los aseos "de las chicas había máquinas automáticas de compresas? Y date cuenta de que era una escuela elemental. La media de los alumnos de sexto curso es de once años. ¿A qué edad empezaste tú?

—No lo recuerdo —dijo ella—. Todo lo que sé es que los sueños de Todd no dan la impresión de... de que se hubiera muerto y estuviera en el cielo.

—¿Le has preguntado por los sueños?

—Una vez. Hace unas seis semanas. Tú te habías ido a jugar al golf con ese espantoso Ernie Jacobs.

—Ese espantoso Ernie Jacobs me hará su socio titular en 1977, si no acaba antes con él esa fogosa secretaria rubia que tiene. Además, siempre paga él las cuotas. ¿Qué te dijo Todd?

—Que no recordaba nada. Pero una especie de... de sombra cruzó su cara. Creo que sí lo recordaba.

—Monica, yo no recuerdo todo lo de mi querida juventud, pero lo que sí recuerdo es que mis sueños no siempre eran agradables. De hecho, podían ser sumamente desagradables.

—¿Cómo puede ser?

—Culpabilidad. Todo tipo de culpabilidad. Parte puede deberse a la infancia, en que se le dejó muy claro que mojar la cama estaba mal. Luego, está el asunto del sexo. ¿Quién sabe lo que produce un orgasmo en sueños? ¿Un roce en el autobús? ¿Las piernas de una chica que ves en la sala de estudios? No lo sé. Lo único que puedo recordar realmente era que me tiraba a la piscina de la Asociación de Jóvenes Cristianos y al tocar el agua se me caía el bañador.

—¿Te ibas así? —preguntó ella soltando una risilla.

—Sí. Así que si el chico no quiere hablarte de sus problemas nocturnos... no le obligues a hacerlo.

—Creo que hicimos muy bien educándole sin todas esas absurdas culpabilidades.

—No pueden eludirse. Las trae a casa del colegio igual que los catarros que solía pescar en primero. Las transmiten los amigos, o la forma en que los profesores tratan y eluden determinados temas. Y, en su caso concreto, seguramente también de mi padre. «No te toques de noche, Todd, o te saldrá pelo en las manos y te quedarás ciego y perderás la memoria y si insistes se te secará y se te caerá. Ten cuidado, Todd...» —¡Dick Bowden! Tu padre jamás... —¿Que no? Diablos, por supuesto que sí. Lo mismo que tu abuela polaca te dijo que si despertabas a alguien mientras tenía una pesadilla se volvería loco. Mi padre me decía también que limpiara siempre la tapa de los retretes públicos antes de sentarme para que no se me pegaran «los gérmenes de otras personas». Supongo que era su forma de referirse a la sífilis. Apuesto a que tu abuelo también te soltó esa historia.

—No, mi madre —dijo ella, abstraída—. Y también me decía que tirara siempre de la cadena. Que es por lo que voy abajo.

—Me despierto igual —masculló Dick. —¿Qué? —Nada.

Esta vez ya casi había traspasado el umbral del sueño cuando ella volvió a llamarle.

¿Qué? —preguntó, un poco irritado. —¿No crees que...?, oh, bueno, es igual. Duérmete. —No, venga. Acaba. Me he despertado otra vez. ¿Si no creo qué?

—Ese anciano. El señor Denker. ¿No te parece que Todd le está dedicando demasiado tiempo? Tal vez él... oh, no sé... tal vez se dedique a contarle a Todd demasiadas historias.

—Los auténticos y terribles horrores —dijo Dick—. El día en que la fábrica de automóviles de Essen quebró —soltó una risilla.

—Era sólo una idea —dijo ella, un poco tensa. Se oyó un murmullo de ropa de cama cuando se dio la vuelta—. Siento haberte molestado.

Dick posó una mano en el hombro desnudo de su mujer.

—Te diré algo, cariño —dijo; hizo una breve pausa, meditando, eligiendo las palabras—. También yo he estado preocupado por Todd a veces. No por las mismas cosas que te preocupan a ti, pero de todas formas preocupado.

Monica se volvió de nuevo hacia él.

—¿Por qué?

—Bueno, yo crecí en un ambiente completamente distinto al ambiente y la forma en que él está creciendo. Mi padre tenía la tienda. Vic el Tendero, le llamaba todo el mundo. Tenía un cuaderno en el que anotaba los nombres de la gente que le debía y la cantidad que le debían. ¿Sabes cómo le llamaba?

—No.

Raras veces hablaba Dick de su infancia; ella había creído siempre que se debía a que no había sido un niño feliz. Le escuchó con atención.



—Le llamaba Cuaderno de la Mano Izquierda. Decía que la mano derecha era el negocio, pero que la mano derecha jamás debía saber lo que hacía la mano izquierda. Decía que si la mano derecha se enterara, agarraría inmediatamente una cuchilla de carne y cortaría a la izquierda.

—Nunca me habías contado eso.

—Bueno, la verdad es que no me gustaba mucho el viejo cuando nos casamos, y, la verdad, tampoco es que ahora me guste mucho. No podía entender por qué tenía que usar yo pantalones viejos mientras la señora Mazursky se llevaba fiado un jamón de la tienda con el viejo cuento de que su marido iba a empezar a trabajar a la semana siguiente. El único trabajo que el maldito borracho Bill Mazursky tuvo en toda su vida fue el de agarrar bien agarrada una botella de whisky barato y no dejarla escapar...

»Lo único que yo deseaba por entonces era marcharme de aquel barrio y alejarme de la vida del viejo. Así que procuré sacar buenas notas y practiqué deportes que en realidad no me gustaban y conseguí una beca para la universidad. Y procuré por todos los malditos medios mantenerme entre el diez por ciento a la cabeza de la clase, porque el único Cuaderno de la Mano Izquierda que llevaban las universidades por entonces era sólo para los soldados que lucharon en la guerra. Mi padre me mandaba dinero para los libros de texto; pero, aparte de eso, la única vez que conseguí que me mandara dinero fue cuando escribí a casa aterrado porque iba a suspender el ridículo francés. Y entonces te conocí. Y posteriormente supe, por el señor Halleck, un vecino de la misma manzana, que mi padre tuvo que poner el coche como garantía para conseguir reunir los doscientos dólares.

»Y ahora te tengo a ti, y ambos tenemos a Todd. Siempre he creído que es un muchacho extraordinario y siempre he intentado que tuviera todo cuanto necesitaba... todo aquello que pudiera ayudarle a convertirse en un hombre como es debido. Yo solía reírme del cuento ese del padre que quiere que su hijo sea mejor que él, pero a medida que me hago mayor me parece menos risible y más cierto. Por nada del mundo querría que Todd tuviera que llevar pantalones raídos porque la mujer de un borrachín se llevaba un jamón fiado. ¿Entiendes?

—Sí, claro —dijo ella sosegadamente.

—Luego, hace aproximadamente unos diez años, justo antes de que el viejo se cansara al fin de rechazar a los individuos de la reordenación urbana y se retirara, le dio un ataque sin importancia. Se pasó diez días en el hospital, y los negros y los alemanes, e incluso algunos de los morenos que empezaron a llegar hacia 1955 más o menos... todos ellos pagaron su factura. Hasta el último céntimo. Yo no podía creerlo. Y atendieron la tienda, también, la abrieron cada día. Piona Castellano consiguió que cuatro o cinco amigos suyos que no tenían trabajo atendieran la tienda a horas. Y, cuando mi viejo regresó, los libros casaban perfectamente.

—Caramba —dijo ella, muy despacio.

—¿Sabes lo que me dijo? ¿Mi viejo? Que siempre había tenido miedo de envejecer: de asustarse, sufrir y estar solo. De tener que ir al hospital y no ser capaz de valerse por sí mismo. De morir. Me dijo que después del ataque no había vuelto a estar asustado. Dijo que creía que podía morir bien. «¿Quieres decir morir feliz, papá?», le pregunté. «No —me dijo—, no creo que nadie muera feliz, Dickie.» Siempre me llamaba Dickie, aún me llama Dickie, y ésa es otra de las cosas que creo que nunca me gustará. Me dijo que no creía que nadie pueda morir feliz, pero que uno puede morir bien. Y eso me impresionó.

Dick, caviloso, guardó un largo silencio.

—En los últimos cinco o seis años, creo que he podido considerarle en su justa dimensión, al viejo. Tal vez porque está allá en San Remo y no me molesta en absoluto. Empecé a pensar que tal vez el Cuaderno de la Mano Izquierda no fuera tan mala idea. Eso fue cuando empecé a preocuparme por Todd. Quería decirle que quizás haya cosas más importantes en la vida que el que podamos ir a pasar un mes a Hawai o el que pueda comprarle a Todd pantalones cuando le hacen falta. No pude decidir nunca cómo decirle tales cosas. Pero creo que tal vez lo sepa. Y eso me quita un gran peso de encima.

—¿Te refieres a lo de leerle al señor Denker?

—Sí. Date cuenta de que no obtiene nada por ello. Denker no puede pagarle. Por un lado está ese pobre viejo, a miles de kilómetros de cualquier amigo o pariente que pueda aún tener vivo; un tipo que es todo aquello que mi padre temía. Y, por otro lado, Todd.

—Nunca me lo había planteado desde ese punto de vista.

—¿Te has fijado cómo se pone Todd cuando le hablas del viejo?

—Se queda calladísimo.

—Claro. Se queda mudo y turbado como si estuviera haciendo algo malo. Igual que hacía mi padre cuando alguien intentaba agradecerle que le fiara. Nosotros somos la mano derecha de Todd, eso es todo. Tú y yo y todo lo demás: la casa, los viajes a esquiar a Tahoe, el Thunderbird en el garaje, su tele en color. Todo eso es su mano derecha. Y no quiere que sepamos lo que trama su mano izquierda.

—Pero, ¿no te parece que pasa demasiado tiempo con el señor Denker?

—Cariño, ¡fíjate en sus notas! Si fueran malas, si estuviera cojeando en los estudios, yo sería el primero en decir: «Eh, ya está bien, basta, no exageremos». Sus notas son los indicadores más claros de algún posible problema. ¿Y cómo son?

—Tan buenas como siempre, después de aquel bajón.

—Entonces, ¿de qué estamos hablando? Mira, tengo una reunión a las nueve, cariño, y si no consigo dormir un poco no daré pie con bola.

—Claro. Duerme —dijo ella en tono indulgente, y le besó levemente en la espalda al volverse—. Te quiero.

—Yo también te quiero —le dijo él, sosegadamente, y cerró los ojos—. No te preocupes, Monica. Te preocupas demasiado.

—Ya lo sé, cariño. Buenas noches.

Se durmieron.

—Deja ya de mirar por la ventana —dijo Dussan-der—. Ahí fuera no hay nada que te interese.

Todd le miró sombrío. En la mesa, estaba abierto su libro de historia por una página en la que aparecía una lámina en color de Teddy Roosevelt coronando la colina de San Juan. Los desvalidos cubanos caían a los lados de los cascos del caballo de Teddy. Iluminaba el rostro de Teddy una amplia sonrisa norteamericana, la sonrisa del hombre que sabe que Dios está en su cielo y que todo es perfecto. Todd Bowden no sonreía.

—Le encanta ser un negrero, ¿eh? —preguntó.

—Me encanta ser un hombre libre —contestó Dussander—. Estudia.

—Tóqueme los huevos.

—Si yo hubiera dicho eso de muchacho, me hubiera ganado un buen fregado de boca con lejía —dijo Dussander.

—Los tiempos cambian.

—¿De veras? —Dussander tomó un sorbo de bourbon—. Estudia.

Todd le miró fijamente.

—Usted no es más que un maldito borracho. ¿Lo sabía?

—Estudia.

¡Cállese! —Todd cerró de golpe el libro, con un chasquido que resonó en la cocina silenciosa—. No puedo aprender nada, de todos modos. No a tiempo para el examen. Me faltan aún cincuenta páginas de esta mierda para ponerme al día, para llegar hasta la primera guerra mundial. Mañana, en la hora de estudio, prepararé una chuleta.

—¡Que no se te ocurra hacer semejante cosa! —dijo Dussander muy serio.

—¿Cómo que no? ¿Quién me lo va a impedir? ¿Usted?

—Chico, me parece que aún no te has enterado bien de cuál es nuestra meta. ¿Acaso crees que disfruto obligándote a no levantar tu moqueante nariz de los libros? —alzó la voz, cortante, imperiosa, exigente—. ¿Crees acaso que disfruto escuchando tus pataletas y tus exabruptos de párvulo? «Tóqueme los huevos» —remedó Dussander cruelmente, en un tono agudo de fal-setto que hizo a Todd sonrojarse intensamente—. «Tóqueme los huevos, y eso qué, qué más da, lo haré mañana, tóqueme los huevos.»

—Bueno, pues claro que le gusta —repuso Todd gritando—. Sí, le encanta. Sólo deja de parecer un zombie cuando está encima mío. ¡Así qué déjeme respirar en paz!

—¿Qué ocurriría si te pillaran con una de esas chuletas? ¿A quién se lo comunicarían primero?

Todd se miró las uñas irregulares y mordidas y guardó silencio.

—¿A quién?

—¡Jesús! Ya lo sabe. A Ed French. Luego a mis padres, supongo.

Dussander asintió.

—Y supongo que también a mí. Estudia. Métete la chuleta en la cabeza, que es donde tiene que estar.

—Le odio —dijo Todd sombríamente—. De verdad que le odio.

Pero abrió de nuevo el libro y Teddy Roosevelt le miró sonriente, galopando hacia el siglo veinte con el sable en la mano, los cubanos cayendo de espaldas en desorden a su paso, seguramente por la fuerza de su impetuosa sonrisa norteamericana.

Dussander empezó a mecerse de nuevo. Sujetaba en las manos la taza de té llena de bourbon.

—Eso es ser un buen chico —dijo, casi con ternura.

Todd había eyaculado en sueños por primera vez la última noche de abril, y despertó con el rumor de la lluvia filtrándose secretamente entre las hojas y las ramas del árbol que había junto a su ventana.

Había soñado que estaba en uno de los laboratorios de Patin. Estaba de pie al extremo de una gran mesa baja. Una muchacha joven y sensual, de extraordinaria belleza, había sido amarrada a la mesa con abrazaderas. Dussander le estaba ayudando. Dussander llevaba por único atuendo una bata de carnicero. Cuando se volvió para conectar el monitor, Todd pudo ver sus flacas nalgas rozándose como deformes piedras blancas.

Entregó algo a Todd, algo que él reconoció de inmediato aunque era la primera vez que veía uno. Era un consolador. La punta era de metal pulimentado y centelleaba a la luz de los fluorescentes de arriba como implacable cromo. El consolador estaba hueco. Colgaba del mismo un cable negro que terminaba en un bulbo de goma rojo.

—Adelante —decía Dussander—. El Führer dice que todo va bien. Dice que es tu premio por estudiar.

Todd bajaba la vista para contemplarse y veía que estaba desnudo. Su diminuto pene estaba erecto, proyectándose hacia arriba en ángulo desde el delicado vello color melocotón de su pubis. Se colocó rápidamente el consolador. Le quedaba justo, pero había una especie de lubricante en su interior. El roce era agradable. No; era más que agradable. Era delicioso.

Bajaba luego la vista hacia la muchacha y sentía un extraño cambio en sus pensamientos... como si hubieran iniciado la situación perfecta. De pronto todo parecía perfecto. Las puertas se habían abierto. Él las traspasaría. Tomó el bulbo de goma rojo con la mano izquierda, apoyó las rodillas en la mesa y se detuvo un instante, calculando el ángulo mientras su miembro ario adoptaba su propio ángulo con relación a su airoso cuerpo de muchacho.

Podía oír confusamente, de lejos, a Dussander recitando: «Curso de la prueba ochenta y cuatro. Electricidad, estímulo sexual, metabolismo. Basada en las teorías psicológicas de refuerzo negativo de Thyssen. El sujeto es una joven judía de unos dieciséis años, sin cicatrices ni marcas de identificación, sin defectos conocidos...»

Cuando la punta del consolador la tocó, dio un grito. A Todd su grito le resultó agradable; intentaba neu tralizar los intentos de ella de liberarse o, al menos, de mantener las piernas juntas.

Esto es lo que no podían mostrar aquellas revistas sobre la guerra, pensaba Todd, pero aquí está, sin embargo.

Se echó hacia adelante de pronto, abriéndola sin contemplaciones. Ella lloraba como una sirena de bomberos.

Tras sus esfuerzos y sacudidas para conseguir que él desistiera, se quedó completamente quieta, aguantando. El interior lubricado del consolador rozaba y resbalaba sobre el miembro de Todd. Delicioso. Sublime. Los dedos de su mano izquierda jugueteaban con el bulbo de goma.

Muy a lo lejos, Dussander recitaba pulso, tensión, respiración, ondas alfa, ondas beta, cómputo de latidos. Cuando el climax empezó a surgir dentro de él, Todd se quedó completamente quieto y apretó el bulbo. Ella abrió los ojos que había tenido cerrados. Los tenía hinchados. Su lengua aleteaba en la rosada cavidad de su boca. Sus brazos y sus piernas cairelaban. Pero la auténtica acción se centraba en su torso, subiendo y bajando, todos sus músculos vibrando (oh, todos los músculos, todos los músculos se mueven, se tensan, se cierran todos) todos los músculos y la sensación en el momento del climax era (éxtasis) ' oh, lo era, lo era (fuera retumbaba atronador el fin del mundo) Le despertó aquel ruido y el sonido de la lluvia. Estaba acurrucado de lado en la oscuridad, y el corazón le latía enloquecido. Tenía el bajo vientre cubierto de un líquido cálido y pegajoso. El pánico le paralizó un instante cuando se le ocurrió que podría estar desangrándose... hasta que comprendió de qué se trataba en realidad; sintió entonces una debilitante repugnancia. Semen. Leche. Palabras desde las vallas y los vestuarios y las paredes de los servicios de la gasolinera. No había nada allí que él deseara.

Apretó los puños impotente. Volvió a él el climax del sueño, desvaído ya, absurdo, inq,uietante. Pero las terminaciones nerviosas se estremecían aún, volviendo lentamente al punto de reposo. La escena final, borrosa ahora, era desagradable, y aun así de algún modo compulsiva, como el mordisco que das a un fruto tropical y que comprendes un segundo demasiado tarde que es tan dulce porque está podrido.

Entonces se le ocurrió. Lo que debía hacer.

Sólo había una forma de volver de nuevo atrás. Tenía que matar a Dussander. Era la única forma. Había pasado el tiempo de jugar. Había pasado el tiempo de contar historias. Era cuestión de supervivencia.

«Le mataré y todo terminará», susurró en la oscuridad; la lluvia canturreaba en el árbol de su ventana y el semen se iba secando sobre su vientre. El susurro hizo que todo cobrara realidad.

Dussander guardaba siempre tres o cuatro botelli-tas de bourbon en una estantería que había a la entrada del sótano. Solía acercarse a la puerta, abrirla (normalmente ya con media cogorza a cuestas) y bajar dos peldaños. Se asomaba entonces, apoyaba una mano en el estante y con la otra mano agarraba por el cuello la botella llena. El suelo del sótano no estaba pavimentado, pero la tierra era sólida y compacta y Dussander, con una eficacia maquinal que ahora Todd consideraba más prusiana que alemana, lo limpiaba cada dos meses para evitar que salieran bichos. Hubiera o no cemento, los huesos de los viejos se rompen con facilidad, y los viejos tienen accidentes. Y el post-mortem indicaría que el «señor Denker» estaba bien cargado cuando se «cayó».

¿Qué pasó, Todd?

No contestó cuando llamé, así que utilicé la llave que me había dado. A veces, se quedaba dormido. Entré en la cocina y vi que la puerta del sótano estaba abierta. Bajé las escaleras y él... él...

Y entonces, claro, lágrimas.

Resultaría.

Todo volvería a ser como antes.

Todd permaneció despierto largo rato en la oscuridad, oyendo alejarse la tormenta hacia el Oeste, sobre el Pacífico, oyendo el secreto rumor de la lluvia. Creía que seguiría despierto toda la noche, dándole vueltas y vueltas a todo aquello. Pero se quedó dormido a los pocos minutos y durmió con un puño cerrado bajo la barbilla. El uno de mayo despertó absolutamente descansado por primera vez desde hacía meses.




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