Alumno aventajado



Descargar 0.67 Mb.
Página5/16
Fecha de conversión28.11.2018
Tamaño0.67 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   16

—Sí, claro. —Ed asintió, absolutamente admirado del aro de humo que el anciano había formado en el aire—. Su hijo... el padre de Todd...

—Él no está libre de culpa —dijo con severidad Bowden—. Las horas que trabaja, las veces que no va a casa a comer, las noches en las que ha de salir de improviso... Le diré, señor French: está más casado con su trabajo que con Monica. Yo crecí en la creencia de que lo primero para un hombre es su familia. ¿No le educaron a usted en la misma creencia?

Oh, desde luego —contestó Ed French sinceramente.

Su padre había sido vigilante nocturno en unos grandes almacenes de Los Ángeles, y en realidad él sólo le veía los fines de semana y en las vacaciones.

—Ése es otro aspecto del problema —dijo Bowden.

Ed French asintió y se quedó un momento pensativo.

—¿Y qué me dice de su otro hijo, señor Bowden? Bueno... —bajó la vista hacia la carpeta abierta sobre la mesa—. Harold. El tío de Todd.

—Harry y Deborah viven ahora en Minnesota —dijo Bowden, ajustándose a la verdad—. Él tiene un puesto en la Facultad de Medicina allí. Le resultaría bastante difícil venir, y sería injusto pedírselo —adoptó un aire virtuoso—. Harry y su esposa son un matrimonio muy feliz.

—Entiendo. —Ed French volvió a mirar de nuevo la carpeta un momento y luego la cerró—. Señor Bowden, le agradezco su franqueza. Le hablaré con idéntica sinceridad.

—Gracias —dijo Bowden, muy tieso.

—No podemos hacer todo lo que quisiéramos por nuestros estudiantes en el terreno del asesoramiento. En este centro trabajamos seis asesores, y cada uno ha de ocuparse de unos cien estudiantes... Uno de mis colegas, Hepburn, que hace poco que trabaja con nosotros, tiene a su cargo a ciento quince estudiantes. A esta edad, en nuestra sociedad, todos los niños necesitan ayuda.

—Claro. —Bowden aplastó con brutalidad el cigarrillo en el cenicero y una vez más cruzó las manos.

—A veces nos encontramos con problemas gravísimos. El medio familiar y las drogas son los más corrientes. Al menos, a Todd no le ha dado por la mes-calina o las anfetaminas o algo peor.

—No lo quiera Dios.

—A veces —prosiguió Ed French—, sencillamente no podemos hacer absolutamente nada. Es deprimente, pero es así. Normalmente, los que son expulsados de la máquina que nosotros nacemos funcionar aquí son los alborotadores, los chicos huraños e insociables que se niegan incluso a participar, a colaborar. No son más que una especie de zombies que esperan que el sistema les vaya arrastrando curso tras curso, o a ser lo bastante mayores para poder dejar los estudios sin permiso de sus padres e ingresar en el Ejército o coger un trabajo como limpiacoches, o casarse con sus novias. ¿Entiende? Ésta es la cruda realidad. Nuestro sistema no es tan bueno como lo pintan.

—Agradezco su sinceridad.

—Pero duele ver que la máquina empieza a destrozar a un muchacho como Todd. En el último curso sacó un promedio de noventa y dos, lo que le sitúa en primera fila. En lengua tiene notas excelentes. Parece tener una especial disposición para la escritura, y eso es algo especialísimo en una generación que considera que la cultura empieza frente al televisor y termina en el cine del barrio. Estuve hablando con su profesora de lengua del curso pasado y me dijo que Todd había hecho el mejor trabajo que había visto en veinte años de enseñanza. Era un trabajo sobre los campos nazis de exterminio durante la segunda guerra mundial. Le puso la calificación más alta que ha puesto a un estudiante por una composición.

—Leí ese trabajo —dijo Bowden—. Es muy bueno.

—Y ha demostrado también una habilidad fuera de lo común en ciencias naturales y en ciencias sociales y, aunque seguramente no será uno de los grandes genios matemáticos del siglo, todas las notas de que dispongo indican que ha hecho en matemáticas el esfuerzo necesario... hasta este curso. Hasta este curso. Y ésa es toda la historia, en pocas palabras.

—Sí.


—No me gusta ver que Todd se echa a perder de ese modo, señor Bowden. Y la escuela de verano... bueno, le dije que sería franco. La escuela de verano suele hacer más mal que bien a un chico como Todd. Esos cursos de recuperación de segunda etapa de primaria suelen ser un zoo. Allí están todos los monos y todas las hienas, más el muestrario completo de abubillas. Mala compañía para un muchacho como Todd.

—Ciertamente.

—Así que vayamos al fondo, ¿no le parece? Yo sugeriría una serie de reuniones para el señor y la señora Bowden en el centro de asesoramiento. Todo confidencialmente, por supuesto. El asesor del centro, Harry Ackerman, es buen amigo mío. Y pienso que quizá no debiera ser Todd quien les expusiera la idea; creo que debiera hacerlo usted. —Ed esbozó una amplia sonrisa—. Tal vez consigamos que en junio todos estén de nuevo encarrilados. No es imposible.

Pero Bowden parecía claramente alarmado.

—Creo que si ahora les voy con esta papeleta, se disgustarán con el chico —dijo—. Bueno, la situación es extraordinariamente delicada, tal vez se arregle o tal vez no. El chico me ha prometido que se esforzará al máximo en los estudios. Está muy preocupado por el bajón de sus notas —sonrió levemente, una sonrisa que Ed French no pudo interpretar en absoluto—. Muchísimo más preocupado de lo que usted cree.

—Sí, pero...

—Y, además, se ofenderían conmigo —se apresuró a decir Bowden—. Bien sabe Dios que lo harían. Monica me considera ya un entrometido. Procuro no serlo, pero ya ve usted cuál es la situación. A mí me parece que lo mejor sería dejar las cosas como están... de momento.

—Yo tengo una larga experiencia en estos asuntos —dijo el asesor; cruzó las manos sobre la carpeta de Todd y miró al anciano con gran seriedad—. Creo que en este caso es absolutamente necesario el asesora-miento. Comprenderá que mi interés en los problemas conyugales de su hijo y su nuera empieza y termina en el efecto que tales problemas produzcan en Todd. Y por lo que parece le están afectando bastante.

—Permítame hacerle una contrapropuesta —dijo Bowden—. Creo que tienen ustedes un sistema para avisar a los padres cuando sus hijos van mal en los estudios, ¿no?

—¡Oh, sí! —dijo Ed French con cautela—. Tarjetas de control. Claro que los chicos las llaman tarjetas de suspenso. Se les dan cuando su nota en una asignatura concreta es inferior a setenta y ocho. En otras palabras, damos tarjetas IDA a los chicos que van a suspender una asignatura concreta.

—Muy bien —dijo Bowden—. Pues lo que yo propongo es esto: si el chico recibe una de esas tarjetas... sólo una —alzó un dedo deforme—, plantearé a mi hijo y a mi nuera su plan de asesoramiento. E iré aún más lejos: si el chico recibe una sola de esas tarjetas en| abril...

—Bueno, en realidad, las entregamos en mayo.

—¿Sí? Bueno, pues si recibe una sola de estas tarjetas en mayo, le garantizo que sus padres aceptarán la propuesta de asesoramiento. Ellos se preocupan por su hijo, señor French; pero ahora están tan ensimismados en sus propios problemas que... —se encogió de hombros.

—Entiendo.

—Así que concedámosles este plazo para ver si solucionan sus propios problemas, si consiguen salir a (lote por sus propios medios... al estilo americano, ¿qué le parece?

—Bueno, no sé —repuso Ed French, tras considerarlo un momento... y tras echar una rápida ojeada al reloj, que le indicó que tenía otra visita dentro de cinco minutos—. De acuerdo, aceptaré su propuesta.

Se levantó. También lo hizo Bowden. Volvieron a estrecharse las manos, Ed French sin olvidar la artritis del anciano.

—Pero he de advertirle, en justicia, que poquísimos estudiantes pueden recuperar en sólo cuatro semanas el trabajo de dieciocho. Significa un gran esfuerzo. Un esfuerzo grandioso. Supongo que conseguirá usted que se cumpla lo que acaba de garantizarme, señor Bowden.

Bowden volvió a esbozar aquella leve y desconcertante sonrisa suya.

—¿De veras? —fue todo lo que dijo.

Algo había inquietado a Ed French durante toda la entrevista, y cayó en la cuenta de qué era mientras almorzaba en la cafetería hora y pico después de que «lord Peter» se fuera, con el paraguas de nuevo elegantemente metido bajo el brazo.

Había hablado al menos durante unos quince minutos, probablemente durante casi veinte minutos, con el abuelo de Todd, y creía que el viejo no había aludido ni una sola vez a su nieto por su nombre.

Todd pedaleaba jadeante por el camino que conducía a casa de Dussander; puso el seguro a la bici. Hacía sólo cinco minutos que habían terminado las clases. Subió las escaleras de un salto, usó su propia llave para abrir la puerta y corrió hacia la cocina iluminada. Su rostro era un mezcla de cálida esperanza y lúgubres presagios. Se detuvo un instante en la puerta de la cocina, con un nudo en la garganta, contemplando a Dus-sander que se mecía con la copa de bourbon en el regazo. Llevaba puestas aún sus mejores galas, aunque se había aflojado la corbata y se había soltado el primer botón de la camisa. Miró impávido a Todd, con sus ojos lagartíjescos entornados.

—¿Y bien? —consiguió preguntar al fin Todd.

Dussander le dejó un poco más en suspenso, instantes que a Todd le parecieron como mínimo diez años. Luego, pausadamente, Dussander posó la copa en la mesa junto a la botella de bourbon y dijo:

—El muy imbécil se lo tragó todo.

Todd respiró al fin, una convulsa bocanada de alivio.

Y, sin darle tiempo a inspirar, Dussander prosiguió:

—Quería que tus pobres y preocupados padres asistieran a unas sesiones de asesoramiento que dirige un amigo suyo. Realmente insistió muchísimo.

—¡Jesús! ¿Y usted... qué fue lo que... cómo consiguió arreglarlo?

—Pensé de prisa... —repuso Dussander—. Improvisar es uno de mis puntos fuertes. Le prometí que tus padres irían a esas sesiones de asesoramiento si recibías una sola tarjeta de suspenso en mayo.

Todd palideció; parecía a punto de desmayarse.

—¿Que prometió qué? —dijo, casi gritando—. Ya j me han suspendido en dos evaluaciones de álgebra y en un examen de historia en lo que va de trimestre, y esas notas cuentan —entró en la cocina; la cara, palidísima, le brillaba ahora con abundante sudor—. Y esta tarde nos hicieron un control de francés y creo que también lo he suspendido... sé que me suspenderán. No podía pensar en otra cosa que no fuera ese maldito Ed, y en si se ocuparía usted o no de él... Oh, sí, se ha i ocupado usted de él; ¡lo ha hecho de maravilla! —con- íl cluyó con amargura—. ¿No recibir ni una sola tar- «j jeta de suspenso? Seguramente me darán cinco o seis.

—Era lo más que podía hacer sin despertar sospechas —dijo Dussander—. Ese. French, por muy tonto que sea, se limita a hacer su trabajo. Ahora a ti te toca hacer el tuyo.

—¿Qué quiere decir ahora? —el gesto de Todd era amenazador y terrible; su voz, agresiva.

—Que trabajarás. En las próximas cuatro semanas tendrás que trabajar más de lo que has trabajado en toda tu vida. Y, además, el lunes hablarás con todos tus profesores y les pedirás disculpas por tu pésimo rendimiento hasta el momento. Les...

—Es imposible —dijo Todd—. Usted no tiene ni idea, oiga. Fs imposible. Por lo menos Uevo cinco semanas de relraso en ciencias y en historia. Y en álgebra... en álgebra más de diez.

—Es igual —dijo Dussander. Se sirvió más bourbon.

—Se cree muy listo, ¿eh? —le gritó Todd—. Muy bien, pues escuche: a mí no me da usted órdenes. Los tiempos en los que daba usted órdenes ya pasaron, ¿se entera? —bajó bruscamente la voz—. Lo más mortífero que tiene por la casa en estos días es ese horrible ambientador para eliminar malos olores. No es más que un viejo decrépito cuyos pedos huelen a huevos podridos si come un taco. Apuesto a que hasta se mea en la cama.

—Escúchame, mocoso —dijo Dussander con calma.

Todd volvió bruscamente la cabeza ante estas palabras.

—Hasta hoy —dijo cautamente Dussander— existía la posibilidad, sólo una mínima posibilidad, de que me denunciaras y quedaras al margen de todo el embrollo. No creo que lo hubieras conseguido en tu actual estado de nervios, pero eso no tiene ya importancia. Digamos que era técnicamente posible. Pero ahora las cosas han cambiado. Hoy me he hecho pasar por tu abuelo, un tal Víctor Bowden. Y a nadie puede caberle la más mínima duda de que lo hice con... ¿cómo se dice? Con... con tu connivencia. Si se descubre ahora, chico, lo tendrás peor que nunca. No tienes salida, de eso ya me ocupé yo hoy.

¡Ojalá...!

¡Ojalá! ¡Ojalá! —gruñó Dussander—. Poco importa ya lo que tú quieras. Me pones enfermo con tus ojalá. Sólo son montoncitos de mierda de perro en la cuneta. Lo único que quiero saber es si comprendes cuál es nuestra situación.

—Sí, lo comprendo —murmuró Todd.

Había apretado los puños mientras Dussander le gritaba... no estaba acostumbrado a que le gritaran. Abrió las manos y observó vagamente que se había clavado las uñas en las palmas. Pensó que los cortes podrían haber sido peores si no llevara las uñas mordidas, costumbre que había adquirido en los últimos meses.

—Bien, así que quedamos en que te disculparás como un buen chico y te dedicarás a estudiar. Estudiarás en tu tiempo libre en el colegio. Y a las horas libres del mediodía, estudiarás. Y después de clase, vendrás aquí y estudiarás; y los fines de semana vendrás aquí, y estudiarás.

—Aquí no— se apresuró a decir Todd—. En casa.

—No. En casa te dedicarías a fantasear y a perder el tiempo como has hecho hasta ahora. Si vienes aquí, yo estaré encima y te vigilaré. He de proteger mis propios intereses en este asunto. Puedo hacerte preguntas. Puedes darme lecciones una vez aprendidas.

—Si no quiero venir, no podrá obligarme.

Dussander tomó un sorbo de bourbon.

—Es muy cierto —dijo—. En cuyo caso, las cosas seguirán como hasta ahora. Suspenderás. El asesor ese, French, esperará que yo cumpla mi promesa. Al ver que no es así, llamará a tus padres. Y descubrirán que el bondadoso señor Denker se hizo pasar por tu abuelo a petición tuya. Descubrirán lo de la falsificación de las notas. Descubrirán...

—Vamos, cállese ya. Vendré.

—Ya estás aquí. Empecemos con el álgebra.

—De eso nada. ¡Hoy es viernes por la tarde!

—¡A partir de este momento, estudiarás todas las tardes! —dijo Dussander con dulzura—. Empieza con el álgebra.

Cuando Todd le miró (sólo un instante antes de bajar la vista y sacar el texto de álgebra de la cartera) Dussander vio el asesinato pintado en los ojos del chico. No asesinato imaginario; asesinato literal. Hacía muchos años que no veía aquella mirada turbia y ardiente, pero era algo que no se olvida nunca. Supuso que la habría visto en sus propios ojos si hubiera habido cerca un espejo el día que miró el cuello indefenso y desnudo del chico mientras éste falsificaba las notas inclinado sobre la mesa de la cocina.

Tengo que protegerme, pensó, un tanto desconcertado. Uno subestima el propio riesgo.

Bebía su bourbon y se balanceaba en la mecedora, y miraba al chico mientras éste estudiaba.

Eran casi las cinco cuando Todd volvió en bicicleta a casa. Se sentía frustrado, vacío, le ardían los ojos; sentía un furia impotente. Cada vez que apartaba los ojos de la página impresa (del demencial, incomprensible y absolutamente estúpido mundo de conjuntos, subconjuntos, pares ordenados y coordenadas cartesianas), la voz chillona del viejo se dejaba oír. De otra forma, habría permanecido en el más absoluto silencio, aparte del desquiciante golpeteo de sus zapatillas y el chirriar de la mecedora. Se quedaba allí sentado a su lado como un buitre que espera que su presa expire. ¿Por qué se habría metido en semejante lío? ¿Cómo había llegado a semejante situación? Aquello era un embrollo, un lío terrible. Había conseguido avanzar un poco aquella tarde (parte de la teoría de conjuntos que de tal modo le había desquiciado justo antes de las vacaciones de Navidad, parecía haber cobrado sentido con un clic casi audible), pero era imposible pensar que pudiera adelantar lo necesario para sacar aunque sólo fuera un aprobadillo ramplón en el examen de álgebra de la semana siguiente.

Faltaban cuatro semanas para el fin del mundo.

En la esquina, vio en la acera una urraca que abría y cerraba lentamente el pico. Estaba intentando en vano ponerse en pie y saltar. Tenía un ala aplastada, y Todd supuso que algún coche al pasar le había dado y le había lanzado a la acera. Uno de sus diminutos ojos perlados le miraba.

Todd se quedó un buen rato mirándola, asiendo levemente el manillar de la bici. El día había sido bastante cálido, pero había refrescado y ahora el aire era casi frío. Suponía que sus amigos habrían pasado la tarde haraganeando en el campo de la calle Walnut, tal vez hubieran jugado un partido con algún suplente, aunque lo más seguro es que hubieran estado lanzando y practicando. Era la época del año en que empezaban a prepararse para el béisbol. Se hablaba de formar su propio equipo de aficionados este año, para competir en la liga de la ciudad. Había bastantes padres dispuestos a organizarlo todo. Todd, por supuesto, sería el pitcher. Hasta el curso anterior había sido estrella de la liga infantil. Habría sido el pitcher.

¿Y qué? Que, sencillamente, tendría que decirles que no. Sencillamente, tendría que decirles: Chicos, me he comprometido con este criminal de guerra. Le tenía bien agarrado por las bolas y luego (ja, ja, esto os va a encantar, chicos), luego descubrí que él me tenía agarrado por las bolas tan fuerte como yo a él. Y empecé a tener sueños extraños y escalofríos. Y mis notas cayeron en picado y para que mis viejos no lo descubrieran las falsifiqué y ahora, por primera vez en mi vida, tengo que darle realmente fuerte a los libros. Pero no me asusta que me tumben en realidad; lo que de verdad me aterra es que me manden al reformatorio. Y por eso no puedo jugar ningún partido con vosotros este año. Ya veis lo que pasa, chicos.

Una levísima sonrisa, más parecida a la de Dussan-der que a su amplia y animosa sonrisa de antes, rozó sus labios. No era una sonrisa luminosa; era una sonrisa sombría. No era una sonrisa alegre, ni confiada. Era una sonrisa que decía sencillamente: Ya veis lo que pasa, chicos.

Guió la bici hacia el pájaro y pasó por encima de él con exquisita lentitud, escuchando el frágil chasqueo de sus plumas y el crujido de sus huesecillos al quebrarse. Dio marcha atrás, volviendo a pasarle por encima. Aún se retorcía. Volvió hacia adelante, pasándole de nuevo por encima, una sola pluma sanguinolenta pegada a la rueda delantera, girando arriba y abajo, arriba y abajo. El pájaro había dejado ya de moverse para entonces, había dado ya su última bocada, había estirado la pata; el pájaro había marcado la salida, el pájaro se había ido ya al gran aviario celestial, pero Todd siguió pasando una y otra vez por encima, adelante, atrás, sobre su machacado cuerpecillo, como si nada. Lo siguió haciendo durante casi cinco minutos, y aquella levísima sonrisa no desapareció de su rostro en ningún momento. Ya veis lo que pasa, chicos.

10
Abril, 1975

El anciano estaba a medio camino de la nave del recinto y sonreía ampliamente, cuando Dave Klinger-man salió a su encuentro. Los frenéticos ladridos que llenaban el recinto no parecían molestarle en absoluto, ni el olor a pelo y orines, ni los cientos de perros vagabundos que ladraban y aullaban en sus jaulas, saltando sin parar y lanzándose contra la tela metálica. Klinger-man clasificó al anciano como amante de los perros nada más verle. Su sonrisa era dulce y agradable. Ofreció a Dave cautelosamente una mano deformada y abotargada por la artritis, y Klingerman se la estrechó con cuidado también.

—Muy buenas, caballero —dijo, hablando bastante alto—. Demasiado ruido, ¿no le parece?

—No me molesta —dijo el anciano—. En absoluto. Me llamo Arthur Denker.

—Klingerman. Dave Klingerman.

—Encantado de conocerle, caballero. Leí en el periódico... no podía creerlo... que aquí regalan perros. Tal vez no entendí bien. Bueno, creo que tiene que ser un error.

—No, no es un error; los regalamos realmente —dijo Dave—. Si no podemos regalarlos, hemos de matarlos. En sesenta días. Es todo lo que el Estado nos concede. Vergonzoso. Pasemos al despacho; por aquí. Más tranquilo. Y además huele mejor.

Ya en su despacho, Dave escuchó una historia conocida (aunque no por ello menos conmovedora): Arthur Denker tenía setenta y tantos. Se había ido a vivir a California cuando murió su esposa. No era rico, pero atendía lo que poseía con gran cuidado. Estaba solo. Su único amigo era un chico que iba a veces a su casa y le leía. En Alemania había tenido un hermoso San Bernardo. Ahora, en Santo Donato, tenía una casita con un patio trasero bastante amplio. El patio estaba cercado. Y había leído en el periódico que..., ¿sería posible que pudiera él...?

—Bueno, no tenemos ningún San Bernardo —dijo Dave—. Como son tan buenos con los niños, nos los quitan de las manos...

—Oh, entiendo; yo no quería decir...

—... pero tenemos un cachorro de pastor crecido.

¿Qué le parecería?

Los ojos del señor Denker se animaron, como si estuviera a punto de echarse a llorar. —Perfecto —dijo—. Sería perfecto. —El perro propiamente dicho es gratis, pero hay algunos cargos aparte, las vacunas contra el moquillo y la rabia. La licencia municipal. En total sube unos veinticinco dólares para la mayoría de la gente, pero el Estado paga la mitad en caso de personas de más de sesenta y cinco años... forma parte del programa Edad Dorada de California.

—Edad Dorada... ¿es ésa mi edad? —dijo el señor Denker, y se echó a reír. Sólo por un instante (qué tontería), Dave sintió como un escalofrío. —Oh, supongo que sí, señor. —Es muy razonable.

—Sin duda. Eso es lo que creemos. El mismo perro le costaría ciento veinticinco dólares en una tienda de animalitos. Pero la gente prefiere ir a esos sitios en vez de venir aquí. Pagan por una serie de credenciales, por supuesto, pero no por el perro —Dave movió la cabeza—. Si comprendieran al menos la cantidad de preciosos animales que son abandonados cada año...

—Y si no les encuentran ustedes un hogar adecuado en esos sesenta días, ¿los matan? —Los ponemos a dormir, sí. —Los ponen a... Perdone usted, mi inglés... —Es una ordenanza municipal —dijo Dave—. No podemos dejar que haya jaurías de perros corriendo por las calles.

—Les pegan un tiro.

—No, les damos gas. Es muy humano. No sienten absolutamente nada.

—Claro —dijo el señor Denker—. Estoy seguro de que no sienten nada.

En clase de álgebra, Todd se sentaba en la cuarta mesa de la segunda fila. Allí estaba, intentando adoptar una expresión de indiferencia, mientras el señor Storrman les devolvía los exámenes. Pero estaba clavándose otra vez las mordisqueadas e irregulares uñas en las palmas y todo su cuerpo parecía estar bañado de un sudor cáustico y lento.

No te permitas abrigar esperanzas. No seas imbécil. Es absolutamente imposible que hayas aprobado. «Sabes» que no has aprobado.

Pese a todo, no podía sepultar la estúpida esperanza. Había sido el primer examen de álgebra desde hacía semanas que no le había parecido griego. Estaba seguro de que en su nerviosismo (¿nerviosismo?, no, llámalo por su verdadero nombre: verdadero terror) no podía haberlo hecho bien, pero quizás... en fin, si no se tratara de Storrman, que tenía un candado por corazón...



¡basta ya!, se ordenó; y, por un instante, un parali-/.ante y terrible instante, creyó haber pronunciado tales pajabras en voz alta en clase. Has suspendido, de eso estás completamente seguro, y no hay nada en el mundo que pueda cambiarlo.

Storrman le entregó su examen con cara inexpresiva v siguió de largo. Todd bajó la vista hacia la mesa con sus iniciales marcadas. Pensó que ni siquiera tendría Tuerza de voluntad suficiente para dar la vuelta a la hoja. Al final, la golpeó con tan convulsiva precipitación que la rompió. Apretaba la lengua contra el paladar mientras la miraba. Por un instante, creyó que se le había parado el corazón.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   16


La base de datos está protegida por derechos de autor ©odont.info 2017
enviar mensaje

    Página principal