Alumno aventajado



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Debo señalar que, aunque Todd haya aprobado el semestre, podría suspender a fin de curso algunas asignaturas, a menos que mejore radicalmente en su último trimestre. Los suspensos podrían significar escuela de verano para evitar repetir curso y problemas aún mayores después.

He de señalar también que Todd está en la sección universitaria y que su labor este curso hasta la fecha es muy inferior a los niveles de admisión. Y también es inferior al nivel de aptitud escolar establecido en las pruebas oficiales.

Quedo a su disposición para fijar la fecha de nuestra entrevista. Recuerden, por favor, que, en casos como éste, cuanto antes mejor.

Sinceramente suyo,

edward french

—¿Quién es este Edward French? —preguntó Dus-sander, volviendo a colocar la nota en el boletín (maravillado aún, en parte, por el amor de los norteamericanos por la jerigonza; ¡semejante misiva para comunicar a los padres que su hijo iba mal en los estudios!), y luego volvió a cruzar las manos. Su presentimiento de desastre inminente era más intenso que nunca, pero se negó a ceder al mismo. Un año atrás, lo habría hecho; un año atrás estaba preparado para el desastre. Ahora no lo estaba, aunque parecía que el maldito chico se lo traería de todas formas—. ¿Es el director del colegio?

—¿Ed? No, por Dios. Él es el asesor escolar.

—¿Asesor escolar? ¿Qué es eso?

—Puede deducirlo —dijo Todd. Estaba casi histérico—. Ha leído la maldita nota, ¿verdad? —paseó de prisa por la habitación, lanzando miradas ofuscadas y rápidas a Dussander—. Pero no permitiré que nada de eso suceda. No voy a ir a ninguna maldita escuela de verano. De eso, nada. Mi papi y mi mami van a ir a Hawai en el verano y yo iré con ellos —señaló el boletín que estaba en la mesa—. ¿Sabe qué hará mi padre si ve esto?

Dussander negó con la cabeza.

—Me lo sacará todo. Todo. Sabrá que es culpa suya. No podría ser ninguna otra cosa, porque es el único cambio. Insistirá e insistirá hasta que consiga sacármelo todo. Y entonces... entonces... ya puedo prepararme.

Miró a Dussander con resentimiento.

—Me vigilarán. Diablos, hasta puede que me lleven a que me vea un médico, no sé. ¿Cómo puedo saberlo? Pero de eso, nada; no pienso ir a ninguna maldita escuela de verano.

—O al reformatorio —dijo Dussander. Lo dijo con absoluta calma.

Todd dejó de dar vueltas por la habitación. Se quedó completamente quieto. Sus mejillas y su frente, pálidas ya, palidecieron aún más. Miró fijamente a Dussander y lo intentó dos veces, antes de conseguir hablar.

¿Qué? ¿Qué es lo que acaba de decir?

—Querido chico —dijo Dussander, adoptando un aire de paciencia infinita—. Llevo los últimos cinco minutos oyéndote lloriquear y gimotear, y todos tus gimoteos y lamentaciones llevan a la conclusión de que tienes problemas. Pueden descubrirte. Puedes verte en una situación realmente difícil. —Viendo que al fin el chico estaba pendiente de sus palabras, tomó pensativamente un sorbo de bourbon—. Querido mío —prosiguió—, es muy peligroso que adoptes esa actitud. El daño potencial es mucho mayor para mí. Te preocupa tu boletín de notas. ¡Puaf! ¡Mira lo que hago con tu boletín de notas!

Lo empujó con un dedo amarillento y lo tiró de la mesa al suelo.

—Yo me preocupo por mi vida.

Todd no contestó; seguía mirando a Dussander con aquella expresión vacía, levemente enajenada.

—Los israelíes no se amilanarán por el hecho de que tengo ya setenta y seis años. Allá son aún muy partidarios de la pena de muerte, ya sabes, en especial cuando el individuo que está en el banquillo es un criminal de guerra nazi relacionado con los campos...

—Pero usted es ciudadano norteamericano —dijo Todd—. Estados Unidos no les permitiría llevárselo. He leído sobre eso. Yo...

—Tú lees mucho pero no escuchas nada. ¡No soy ciudadano norteamericano! Mis papeles me los proporcionó la Cosa Nostra. Me deportarían; y los agentes is-raelíes estarían esperándome donde desembarcara.

—Supongo que le colgarían —susurró Todd, apretando los puños y bajando la vista hacia ellos—. Fui un loco por mezclarme con usted, en primer lugar.

—Sin duda —dijo Dussander, y sonrió; una sonrisa casi imperceptible—. Pero ya lo has hecho. Tenemos que vivir en el presente, chico, no en el pasado... Tienes que entender que ahora tu destino y el mío están inextricablemente entrelazados. Si tú me echas los perros, como reza el dicho, ¿crees que yo dudaré lo más mínimo en echártelos a ti? Setecientos mil murieron en Patín. Para el mundo en general yo soy un asesino, un monstruo, incluso el carnicero en que me convertirían las publicaciones sensacionalistas. Y tú no eres más que un accesorio de todo eso, querido chico. Tu delito consiste en conocer a un extranjero en la ilegalidad y no haberle denunciado. Pero, si me atrapan, contaré a todo el mundo sobre ti. Cuando los reporteros me pongan los micrófonos delante repetiré tu nombre hasta desgañitarme. «Todd Bowden, sí... ése es su nombre. ¿Desde cuándo? Hace casi un año. Quería saberlo todo... todos los detalles sustanciosos. Ésa fue su expresión, sí: "Todos los detalles sustanciosos".»

Todd había dejado de respirar. Su piel parecía transparente. Dussander le contemplaba sonriendo. Tomó un sorbo de bourbon.

—Creo que te meterán en la cárcel. Pueden llamarle reformatorio, o correccional (suelen tener nombres extravagantes para eso, como este «Informe Trimestral de Aprovechamiento») —torció el labio—, pero, le llamen como le llamen, tendrá rejas en las ventanas.

Todd se humedeció los labios.

—Diré que miente. Les diré que acabo de enterarme. Y me creerán a mí, no a usted. Será mejor que lo recuerde.

Dussander seguía sonriendo levísimamente.

—Creía que me habías dicho que tu padre te lo sacaría absolutamente todo.

Todd habló despacio, tal como habla una persona cuando comprensión y verbalización se producen simultáneamente.

—Tal vez no. Tal vez no en este caso. No se trata ahora simplemente de haber roto un cristal de una pedrada.

Dussander se sobresaltó interiormente. Sospechaba que el razonamiento del chico era correcto... Habiendo todo lo que había en juego, podría ser capaz de convencer a su padre. Después de todo, enfrentado a una verdad tan desagradable, ¿qué padre no desearía dejarse convencer?

—Tal vez sí. Tal vez no. ¿Pero cómo les explicarías lo de todos esos libros que tenías que leerme porque el pobre señor Denker está casi ciego? Mi vista ya no es lo que era, claro, pero aún puedo leer perfectamente con gafas. Y puedo demostrarlo.

—¡Diría que me engañó!

—¿Sí? ¿Y qué razón alegarías para tal engaño?

—Pues... pues, amistad. Porque usted se encontraba muy solo.

Dussander reflexionó que esto estaba lo bastante cerca de la verdad para resultar creíble. Al principio, el chico habría podido hacerse creer; pero ahora el chico estaba destrozado, estaba realmente hecho trizas como una chaqueta que ha llegado realmente al límite de su utilidad. Si un niño disparara su pistola de juguete al otro lado de la calle, este chico daría un salto y gritaría como una muchachita.

—Tu boletín de notas respaldaría mi versión, además —dijo Dussander—, Robinson Crusoe no fue precisamente la causa de la caída en picado de tus notas, querido chico, ¿o sí?

—Cállese, ¿quiere? ¡Deje ya el tema de una vez!

—No —dijo Dussander—. No me callaré —encendió un cigarrillo raspando la cerilla de madera en la puerta del horno—. No hasta que consiga hacerte entender la simple verdad. Para bien o para mal, estamos juntos en esto. —Miraba a Todd a través del humo; ya no sonreía; su rostro viejo y arrugado parecía de reptil—. Te arrastraré conmigo, chico. Te lo prometo. Si sale algo a la luz, saldrá todo. De eso puedes estar seguro.

Todd le miró fijamente con expresión sombría y no contestó

.

—Ahora —dijo Dussander animoso, con el aire del individuo que ha tenido que zanjar un asunto desagradable— la cuestión es qué hacer al respecto. ¿Se te ha ocurrido algo?



—Esto arreglará el boletín de notas —dijo Todd y sacó un frasco nuevo de líquido para borrar tinta del bolsillo de la chaqueta—. En cuanto a esa maldita nota para mis padres, no tengo ni idea.

Dussander contempló el frasquito con aprobación. También él había falsificado algunos informes en sus tiempos. Cuando las cifras habían sobrepasado los límites de la fantasía... y muchísimo, muchísimo más. Y... más parecido al problema que afrontaban ahora había sido el asunto de aquellas listas en que se enumeraban los botines de guerra. Todas las semanas tenía que registrar las cajas de objetos de valor para enviarlas a Berlín en furgones especiales que parecían inmensas cajas de seguridad sobre ruedas. Acompañaba a cada caja un sobre de papel manila y en su interior una lista revisada del contenido de la caja. Muchos anillos, collares, colgantes, muchos gramos de oro. No obstante, Dussander tenía su propia caja de objetos valiosos, objetos valiosos no demasiado valiosos, pero tampoco despreciables. Jades. Turmalinas. Ópalos. Algunas perlas defectuosas. Diamantes industriales. Y cuando algún artículo de los registrados para enviar a Berlín llamaba su atención o le parecía una buena inversión, lo cambiaba por uno de su propia caja y utilizaba líquido para borrar tinta y cambiaba en la lista el uno por el otro. Se había convertido en un experto... falsificador, habilidad que le había resultado útil más de una vez después de la guerra.

—Bueno —le dijo a Todd—. En cuanto a este otro asunto...

Dussander empezó de nuevo a mecerse, sorbiendo bourbon. Todd acercó una silla a la mesa y empezó a trabajar en el boletín de notas que había recogido del suelo sin decir palabra. La serenidad externa de Dussander había producido su efecto en el chico; trabajaba en silencio, la cabeza inclinada sobre el boletín, concentrado en su tarea, como cualquier chico americano dispuesto a hacer su trabajo lo mejor posible, ya se trate de sembrar maíz, ganar las Series Mundiales de Juveniles de béisbol o falsificar las notas del colegio.

Dussander contempló el cogote del chico, ligeramente bronceado y al descubierto entre el cabello y el cuello de la camisa. Su vista vagó de allí al cajón del armario en que guardaba los cuchillos de cocina. Una estocada rápida (sabía exactamente dónde colocarla), y la médula espinal del chico quedaría cortada. Y sus labios quedarían sellados para siempre. Dussander sonrió con tristeza. Si el chico desaparecía, empezarían a hacer preguntas. Demasiadas preguntas. Y algunas se las harían a él. Aun en el caso de que no existiera la carta que guardaba el amigo, no podría soportar una inspección minuciosa. Demasiado desagradable.

—Ese tal French —dijo, dando golpecitos en la nota del asesor escolar—. ¿Conoce a tus padres en la vida social?

—¿Él? —preguntó Todd en un tono claramente despectivo—. Creo que a él ni siquiera le dejarían entrar en los sitios a los que van mis papas.

—¿Ha tenido que verles alguna vez por cuestiones profesionales? ¿Ha tenido que hablar personalmente con ellos anteriormente?

—No. Porque siempre he estado entre los primeros de mi curso. Hasta ahora.

—Entonces, ¿qué sabe de ellos? —dijo Dussander mirando vagamente el interior de su vaso casi vacío—. Bueno, ya sé que sabe cosas de ti. Seguro que tiene todos los informes tuyos que pueda necesitar. Hasta sobre las peleas que tuviste en la guardería. Pero, ¿qué es lo que sabe de ellos?

Todd retiró la pluma y el frasquito de borrador.

—Bueno, sabe sus nombres. Claro. Y la edad que tienen. Sabe que somos metodistas. No es obligatorio rellenar ese apartado, pero mis viejos lo hacen siempre. No vamos mucho, pero sabe que somos metodistas. Tiene que saber también cómo se gana mi padre la vida. Eso también figura en los formularios. Y toda esa mierda que tienen que cumplimentar todos los años. Y prácticamente creo que eso es todo.

—Si tus padres tuvieran problemas en casa, ¿se enteraría él?

—¿Qué diablos quiere decir?

Dussander se tomó de un trago el bourbon que quedaba en el vaso.

—Riñas. Discusiones. Tu padre durmiendo en el sofá. Tu madre bebiendo demasiado. La tramitación del divorcio —sus ojos resplandecían.

—En mi casa no pasa absolutamente nada de eso —dijo Todd indignado.

—Yo no he dicho que pase. Haz el favor de pensar, chico. Supongamos que en tu casa las cosas estuvieran «yéndose al infierno en tranvía», como suele decirse. Tod se limitaba a mirarle con el ceño fruncido. —Tú estarías preocupado —prosiguió Dussander—. Muy preocupado. Perderías el apetito. No podrías dormir bien. Y lo más lamentable de todo, tu trabajo escolar se resentiría, ¿no es cierto? Los niños lo pasan muy mal cuando las cosas no marchan en el hogar. —Todd comprendió por dónde iba Dussander. Asomó a sus ojos algo parecido a la gratitud. Dussander estaba satisfecho.

—Sí, es una desdichada situación, cuando la familia se tambalea al borde de la destrucción —dijo con solemnidad, sirviéndose más bourbon. Estaba ya bastante borracho—. Los dramas televisivos lo plantean todos los días con absoluta claridad. Hay amargura. Calumnias y mentiras. Y lo peor de todo es el dolor. Dolor, querido chico. No tienes ni la menor idea del infierno por el que están pasando tus padres. Están tan enfrascados en sus propios problemas que casi no les queda tiempo para los problemas de su propio hijo. Los problemas del chico parecen insignificantes comparados con los de ellos, hein? Algún día, cuando las heridas hayan cicatrizado, sin duda volverán a interesarse más por él. Pero, ahora, la única concesión que pueden permitirse es enviar al bondadoso abuelo del chico a hablar con el señor French.

El brillo de los ojos de Todd había ido aumentando gradualmente hasta ser un resplandor casi fervoroso. —Puede resultar —murmuraba—. Seguro, claro, puede resultar, puede... —se detuvo de repente. Su mirada se tornó sombría otra vez—. ¡No! ¡No servirá! Usted no se parece a mí lo más mínimo. ¡Ed French no se lo tragaría!

Himmel! Gott im Himmel! —gritó Dussander; se levantó; cruzó la cocina (tambaleándose un poco), abrió la puerta del sótano y sacó otra botella de bourbon. Le quitó el tapón y se sirvió generosamente—. Para ser un chico listo, eres bastante dummkopf. ¿Cuándo has visto tú que los abuelos se parezcan a sus nietas? ¿En? Yo tengo el pelo blanco. ¿Tienes tú el pelo blanco?

Acercándose de nuevo a la mesa, estiró la mano con rapidez sorprendente, agarró un abundante puñado del cabello rubio de Todd y tiró de él con viveza.

—¡Estése quieto! —gritó irritado Todd, aunque sonreía un poco.

—Además —dijo Dussander, volviendo a sentarse en la mecedora—, tú tienes el pelo rubio y los ojos azules. Yo tengo los ojos azules, y antes de que se me pusiera blanco, mi pelo era rubio también. Puedes contarme la historia de toda tu familia. Hablarme de tus tías y de tus tíos. De la gente con la que trabaja tu padre. Las aficiones de tu madre. Lo recordaré. Estudiaré y aprenderé. A los dos días ya lo habré olvidado (estos días mi memoria parece un saquito lleno de agua), pero lo recordaré el tiempo suficiente —sonrió lúgubremente—. En mis tiempos estaba encargado de Wiesenthal y engañaba al mismísimo Himmler. Si no puedo engañar a un profesor americano de una escuela pública, me envolveré en mi sudario y me meteré en la tumba.

—Tal vez —dijo Todd despacio, y Dussander se dio cuenta de que ya lo había aceptado. El alivio iluminó sus ojos.

—Tal vez, ¡no! Seguro —gritó Dussander.

Empezó a soltar una risilla cloqueante; la mecedora chirriaba al balancearse. Todd le miró confuso y un poco asustado, pero al poco empezó a reír también. No paraban de reírse, allí en la cocina de Dussander; éste meciéndose junto a la ventana abierta por la que penetraba la cálida brisa californiana, y Todd echado hacia atrás, la silla inclinada sobre las dos patas traseras, apoyado en la puerta del horno, cuyo esmalte blanco estaba lleno de rayas y de marcas oscuras que no se debían al uso, sino a que Dussander encendía en su superficie las cerillas de madera.

Ed Chanclos French (cuyo apodo, según Todd le había explicado a Dussander, aludía a los chanclos de goma que llevaba sobre su calzado de lona cuando llovía) era un hombre delgado que se empeñaba en llevar siempre calzado deportivo al colegio. Era un toque de informalidad que él creía le congraciaría con los ciento seis niños de doce a catorce años que constituían su carga de asesoramiento. Tenía cinco pares de zapatos de este tipo de forma y colorido variables, e ignoraba por completo que se le conocía no sólo por Ed Chanclos, sino también por Pete Wamba y El Hombre Ked. En la universidad su apodo había sido Arruga y le hubiera resultado muy humillante saber que incluso tan vergonzoso hecho se había descubierto de algún modo.

Rara vez usaba corbata, prefiriendo los jerseys de cuello subido. Los utilizaba desde mediados de los sesenta, en que los popularizó David McCallum en la serie televisiva El hombre de Cipol. Se sabe que, en la universidad, sus compañeros le observaban cruzar el patio y comentaban: «Aquí viene Arruga con su suéter Cipol». Se especializó en psicología educativa, y él particularmente se consideraba el único buen asesor que había conocido. Existía una afinidad real entre él y sus chicos; él podía ponerse exactamente a su nivel; podía charlar con ellos y comprenderles en silencio si armaban jaleo y se desmandaban. Podía conectar con ellos, captar sus problemas, porque sabía lo desagradable que era tener trece años y que alguien tratara de darte lecciones todo el tiempo y tú no pudieras aclararte.

La verdad era que él lo pasaba bastante mal recordando sus trece años. Suponía que era el precio que había que pagar por hacer crecido en los años cincuenta. Eso y haberse movido en el nuevo mundo de los sesenta con el apodo de Arruga.

Así pues, cuando el abuelo de Todd Bowden entró en su despacho, cerrando con firmeza tras sí la puerta de cristal granulado, Ed se levantó respetuosamente, pero tuvo muy en cuenta que no debía rodear la mesa y acercarse a recibir al anciano. Era consciente de su calzado deportivo. Algunos ancianos no comprendían que se trataba de un instrumento psicológico con chicos que tenían dificultades con los profesores... Sabía que algunos de los viejos no respaldarían a su asesor con zapatillas Ked.

Un individuo de aspecto agradable, pensó Ed. Llevaba el pelo blanco cuidadosamente peinado hacia atrás. Vestía un impecable traje tres piezas. El nudo de la corbata gris paloma era perfecto. Llevaba en la mano izquierda un paraguas negro plegado (había estado cayendo una persistente llovizna desde el fin de semana) con un aire casi militar. Hacía años que Ed y su esposa habían cedido a una especie de fiebre de Dorothy Sayers,* leyendo todo aquello de tan apreciable dama que cayó en sus manos. Y ahora se le ocurrió que aquel individuo era una encarnación de su personaje, lord Peter Wimsey. Era Wimsey a los sesenta y cinco años, después de que Bunter y Harriet Vane hubieran pasado a mejor vida. Lo apuntó mentalmente para contárselo a Sondra cuando llegara a casa.

—Señor Bowden —dijo respetuosamente, ofreciéndole la mano.

—Encantado —dijo Bowden, y la estrechó.

Ed procuró no aplicar la misma presión firme e inflexible que solía aplicar a las manos de los padres de sus muchachos; era evidente, por la forma cautelosa con que el anciano le había ofrecido la mano, que tenía artritis.

—Encantado, señor French —repitió, y tomó asiento, subiéndose con cuidado las perneras de los pantalones.

Colocó el paraguas entre ambos pies y se apoyó en él, adoptando la pose de un viejo buitre sumamente educado que había entrado a posarse en el despacho de Ed French. Tenía un levísimo acento, pensó, aunque no era la entonación apocopada de la clase alta británica, como habría sido la de Wimsey. Era más abierto, más europeo. De cualquier forma, el parecido con Todd era impresionante. Especialmente la nariz y los ojos.

—Me complace que haya podido venir —le dijo Ed French, sentándose también—, aunque, en estos casos, normalmente es la madre o el padre del chico...

Ésta era la maniobra inicial, por supuesto. Casi diez años de experiencia profesional le habían demostrado que el que acudiera a una entrevista una tía o un tío, o un abuelo, significaba casi indefectiblemente problemas familiares: el tipo de problemas que resultaban ser, invariablemente, la raíz del problema. En el caso concreto que le ocupaba, esto tranquilizó a Ed French. Los problemas domésticos eran malos, claro, pero, para un muchacho de la inteligencia de Todd, un viaje de droga dura habría sido mucho, muchísimo peor.

* Se trata de Dorothy Sayers (1893-1957), autora inglesa que escribió una serie de novelas policíacas caracterizadas por su perfección formal y protagonizadas por el erudito detective lord Peter Wimsey. (N. de los T.)

—Sí, claro —dijo Bowden, consiguiendo mostrarse pesaroso e irritado al mismo tiempo—. Mi hijo y su esposa me pidieron que viniera y tratara este lamentable asunto con usted, señor French. Todd es un buen muchacho, créame. Este problema con sus estudios sólo es temporal, se lo aseguro.

—Bueno, eso es lo que todos esperamos, ¿no es cierto, señor Bowden? Fume si le apetece. No está permitido dentro del recinto escolar, pero da igual.

—Gracias.

El señor Bowden sacó un arrugado paquete de Camel de su bolsillo interior, se colocó uno de los retorcidos cigarrillos en la boca, sacó una cerilla y la encendió en el tacón de uno de sus zapatos negros. Tras la primera calada soltó una tos gangosa de viejo, apagó la cerilla y depositó sus restos ennegrecidos en el cenicero que Ed French había colocado en la mesa. Ed observó todo este ritual, que resultaba casi tan formal como el calzado negro del anciano, con sincera fascinación.


—¿Por dónde empezar...? —dijo Bowden, contemplando con aflicción a Ed a través de la remolineante nube de humo.

—Bueno —dijo Ed cordialmente—, precisamente el hecho de que esté usted aquí en lugar de los padres de Todd, es ya bastante significativo.

—Claro, supongo que sí. Bien... —cruzó las manos.

El Camel sobresalía entre el índice y el corazón de su mano derecha. Enderezó la espalda y alzó la barbilla. Había algo casi prusiano en su porte, pensó Ed, algo que le hizo recordar las películas de guerra que había visto de niño.

—Mi hijo y mi nuera están atravesando un mal momento —dijo Bowden, pronunciando cada una de las palabras con precisión—. Me temo que es un momento delicado en grado sumo.

Sus ojos, viejos pero sorprendentemente brillantes, observaban al asesor mientras éste abría la carpeta situada en el centro de la mesa frente a él. En su interior había algunas hojas de papel, no muchas.

—¿Y usted cree que esta situación está afectando a los estudios de Todd?

Bowden se inclinó hacia adelante, quizás unos quince centímetros, sus ojos azules clavados en los ojos pardos de Ed. Hubo una pausa muy tensa; luego, Bowden dijo:

—¿Sabe? Mi nuera bebe.

Volvió a su postura erguida y rígida.

—¡Oh! —exclamó Ed.

—Sí —replicó Bowden, asintiendo tétricamente—. El chico me contó que en dos ocasiones se la encontró dormida en la mesa de la cocina al llegar a casa. Sabe cuánto le disgusta a mi hijo este problema de la madre, así que en tales ocasiones el chico mete la cena en el horno y procura hacerle tomar café suficiente para que al menos esté despierta cuando Richard llega a casa.

—Es horrible —dijo Ed, aunque había oído historias peores: madres heroinómanas, padres a los que de repente se les había metido en la cabeza violar a sus hijas... o a sus hijos—. ¿Ha pensado la señora Bowden en ponerse en manos de un profesional para solucionar el problema?

—El chico ha intentado convencerla de que sería lo mejor. Creo que ella se siente muy avergonzada. Si se le concediera un poco de tiempo... —hizo un ademán con el cigarrillo y dejó disolviéndose en el aire un aro de humo—. ¿Comprende?




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