Alumno aventajado



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—No —dijo Dussander con gravedad—. No en voz alta. Recuerdo una noche en que cuatro o cinco, amigos todos, paramos en un Ratskeller, una bodega, a tomar un trago después del trabajo (por entonces no siempre había aguardiente, ni siquiera cerveza, pero precisamente aquella noche había ambas cosas). Hacía más de veinte años que nos conocíamos todos. Y uno del grupo, Hans Hassler, mencionó de pasada que tal vez el Führer no hubiera sido bien aconsejado en lo de abrir un segundo frente contra los rusos. Yo le dije: «¡Hans, por amor de Dios, ten cuidado con lo que dices!» El pobre Hans palideció y cambió de tema. Pero tres días después desapareció. No volví a verle, y, por lo que sé, ninguno de los que estábamos sentados a la misma mesa aquella noche volvió a verle.

—¡Qué horrible! —dijo Monica sin aliento—. ¿Más coñac, señor Dussander?

—No, gracias —le sonrió—. Mi esposa tenía un dicho aprendido de su madre: «Jamás te excedas en lo sublime».

El gesto hosco de Todd se agudizó levemente.

—¿Cree que le enviarían a uno de los campos? —preguntó Dick—. ¿A su amigo Hessler?

—Hassler —corrigió amablemente Dussander. Adoptó una expresión grave—. A muchos los mandaban a los campos. Los campos... serán la vergüenza del pueblo alemán durante mil años. Son el verdadero legado de Hitler.

—Bueno, yo creo que eso es demasiado duro —dijo Bowden, encendiendo la pipa y expulsando una asfixiante nube de humo—.. Según he leído, la mayor parte del pueblo alemán ignoraba por completo lo que estaba sucediendo. Por ejemplo, los que vivían en los alrededores de Auschwitz creían que era una fábrica de salchichas.

—¡Oh, qué espanto! —dijo Monica, e hizo a su marido un gesto para que dejaran el tema. Luego se volvió a Dussander y sonrió—. Me encanta el olor de la pipa, ¿y a usted, señor Denker?

—Pues realmente sí, señora —dijo Dussander. A él le producía unas ganas incontrolables de estornudar.

Súbitamente, Bowden tendió la mano por encima de la mesa y palmeó a su hijo en el hombro. Todd se sobresaltó.

—Estás muy callado esta noche, hijo. ¿Te encuentras bien?

Todd les dedicó su peculiar sonrisa que parecía dividida entre su padre y Dussander.

—Perfectamente. Pero recuerda que ya he oído muchas de esas historias antes.

—¡Todd! —dijo Monica—. ¡Eso no es...!

—El chico sólo dice la verdad —dijo Dussander—.

Un privilegio de los chicos al que los adultos a menudo han de renunciar. ¿Eh, señor Bowden?

Dick asintió y sonrió.

—Quizás pueda acompañarme Todd caminando hasta casa —dijo Dussander—. Supongo que tendrá que estudiar.

—Todd es un alumno muy aventajado —dijo Monica, aunque hablaba casi maquinalmente, mirando a Todd de forma un tanto enigmática—: Suele sacar sobresaliente en todo. El último trimestre sacó una C. Pero ha prometido sacar mejor nota en francés también en marzo, ¿verdad, cariño?

Todd dedico a su madre de nuevo su peculiar sonrisa, y asintió.

—No hace falta que camine —dijo Dick—. Con mucho gusto le llevaré en coche.

—Paseo para tomar el aire y para hacer ejercicio —dijo Dussander—. Realmente he de hacerlo, a no ser que Todd prefiera no pasear...

—Oh, no, me gusta pasear —dijo Todd, y su padre y su madre le contemplaron radiantes.

Habían llegado casi a la esquina de la casa de Dussander cuando Dussander rompió el silencio. Lloviznaba y él mantenía el paraguas sobre ambos. Y aun así, su artritis seguía tranquila, dormitando. Era asombroso.

—Eres como mi artritis —dijo.

—¿Qué? —dijo Todd, alzando la cabeza.

—Ni tú ni ella tenéis mucho que decir esta noche. ¿Qué le pasa a tu lengua, chico? ¿Ha sido el gato o el corvejón?

—Nada —dijo Todd. Doblaron hacia la calle de Dussander.

—Tal vez pueda adivinarlo —dijo Dussander, no sin un toque de malicia—. Cuando viniste a buscarme, temías que pudiera meter la pata... «dejar escapar al gato del saco», como decís vosotros. No obstante, estabas decidido a seguir adelante con la cena porque habías agotado las excusas. Y ahora te sientes desconcertado por el simple hecho de que todo haya ido bien. ¿No es cierto?

—¿Qué más da? —dijo Todd, encogiéndose de hombros, malhumorado.

—¿Por qué no iba a ir bien todo? —exigió saber Dus-sander—. Antes de que tú nacieras, yo ya sabía fingir. Tú sabes guardar un secreto bastante bien, te lo concedo. Te lo concedo encantado. ¿Pero te has fijado en mí esta noche? Sencillamente les cautivé. ¡Les cautivé!

Todd explotó:

—¡No tenía por qué hacerlo!

Dussander se paró en seco y se volvió a mirar fijamente a Todd.

—¿No tenía que hacerlo? ¿No? Creí que era precisamente lo que tú querías, chico. Ahora seguro que no se opondrán en absoluto a que sigas viniendo a «leerme».

—Se siente muy seguro y da demasiadas cosas por supuesto —dijo Todd irritado—. Tal vez haya conseguido ya todo lo que quería de usted. ¿Acaso cree que alguien me obliga a venir a su pocilga a ver cómo se atiborra de alcohol como esos viejos sacos de pulgas vagabundos que merodean por la estación vieja? ¿Acaso es eso lo que cree? —su voz había adquirido un tono agudo, vacilante, histérico—. Pues nadie me obliga a venir. Vendré si me da la gana. Y si no, no vendré.

—Baja la voz. Van a oírte.

—¿Y qué más da? —dijo Todd, pero empezó a caminar de nuevo. Deliberadamente, caminaba fuera del paraguas.

—Desde luego, nadie te obliga a venir —dijo Dussander. Y luego dejó caer, con toda intención—: En realidad, me parecería muy bien que no volvieras. Créeme, chico. No me molesta en absoluto beber solo. En absoluto.

Todd le miró despectivamente.

—¿Le encantaría, eh?

Dussander se limitó a sonreír evasivamente.

—Muy bien, pues no cuente con ello.

Habían llegado al camino de cemento que llevaba a las escaleras de la puerta de casa de Dussander. Dussander hurgó en el bolsillo buscando la llave. La artritis chispeó un instante en las articulaciones de sus dedos y se calmó enseguida, esperando. Dussander pensó que ahora sabía lo que estaba esperando su artritis: estaba esperando que volviera a estar solo. Entonces aparecería de nuevo.

—Le diré algo —dijo Todd. Parecía extrañamente sofocado—. Si mis padres supieran lo que fue usted, si alguna vez se lo dijera, le escupirían y luego le echarían a patadas.

Dussander miró fijamente a Todd en la lluviosa oscuridad. El muchacho le miraba a su vez desafiante, pero estaba pálido, estaba bastante ojeroso y todo en su rostro parecía indicar que cavilaba y pensaba muchas horas mientras los demás dormían.

—Estoy absolutamente seguro de que no les produciría más que repugnancia —dijo Dussander, aunque, para sus adentros, creía que Bowden padre contendría su repugnancia lo suficiente para hacerle algunas de las preguntas que su hijo ya le había hecho—. Sólo repugnancia. Pero, ¿qué crees tú que sentirían por ti, chico, si les contara que lo sabes todo de mí desde hace ocho meses y que no les habías dicho nada?

Todd le miró silencioso en la oscuridad.

—Ven a visitarme si te apetece —concluyó Dussan der con indiferencia—. Y quédate en casa si no te apetece venir. Buenas noches, chico.

Se encaminó hacia la puerta principal de su casa, dejando a Todd allí quieto en la lluvia y mirándole con la boca ligeramente entreabierta.

A la mañana siguiente durante el desayuno, Monica dijo:

—A tu padre le cayó muy bien el señor Denker, Todd. Dice que le recuerda a tu abuelo.

Todd murmuró algo ininteligible en torno a su tostada. Monica miró a su hijo y se preguntó si habría dormido bien. Estaba pálido. Y aquel inexplicable bajón de sus notas... Todd nunca había sacado notas tan bajas.

—¿Te encuentras bien, Todd?

Él la contempló con expresión vacía un instante; luego, aquella sonrisa radiante cubrió su cara, cautivándola, tranquilizándola... Tenía una pizca de confitura de fresa en la barbilla.

—Claro —le contestó—. Perfectamente.

—Niño-Todd —dijo ella.

—Niña-Monica —respondió él, y ambos se echaron a reír.
9
Marzo, 1975.

—Gatito-gatito —decía Dussander—. Ven aquí, minino. Miss, miss. Miss, miss.

Estaba sentado en la pequeña escalinata de la parte de atrás de la casa; junto a su pie derecho había un cuenco de plástico rosa lleno de leche. Era la una y media. El día era nublado y cálido. El fuego de arbustos que había a lo lejos, hacia el oeste, impregnaba el aire de un aroma otoñal que contradecía extrañamente el calendario. El chico, si es que llegaba, llegaría dentro de una hora. El chico ya no le visitaba todos los días. En lugar de siete días a la semana, ahora sólo iba a verle cuatro o cinco. Poco a poco había empezado a desarrollarse en su interior una sospecha: la de que el chico tenía problemas personales.

—Gatito, gatito —instaba Dussander.

El gatito estaba al fondo del patio, sentado en un montón de maleza junto al seto. Tenía el mismo aspecto harapiento que la maleza en la que se sentaba. Cada vez que Dussander hablaba, el gato atiesaba y adelantaba las orejas. No quitaba ojo al cuenco de plástico rosa lleno de leche.

Tal vez, pensaba Dussander, el chico tenga problemas con sus estudios. O pesadillas por la noche. O las dos cosas.

Lo último le hizo sonreír.

—Gatito, gatito —repitió con dulzura. El gato volvió a estirar las orejas. No se movió, todavía no; pero seguía estudiando la leche.

En realidad, Dussander había estado agobiado con sus propios problemas. Hacía dos o tres semanas que se ponía el uniforme de SS a modo de grotesco pijama para acostarse y el uniforme había contenido el insomnio y las pesadillas. Al principio, su sueño había sido tan profundo y tranquilo como el de un leñador. Luego, las pesadillas habían vuelto, no poco a poco, sino de repente y peores que nunca. Los sueños en los que corría y también los sueños de los ojos. Corría por una selva empapada y las pesadas hojas y las ramas empapadas le golpeaban la cara, dejando gotas que parecían savia o... sangre. Correr y correr... los ojos luminosos rodeándole siempre, atisbándole impasibles hasta que llegaba a un claro. En la oscuridad, más que ver sentía la pendiente elevación que empezaba al otro extremo del claro. En la cima de aquella elevación estaba Patín, sus edificios bajos de cemento y los patios rodeados de alambre de púas y alambradas electrificadas, las torre-tas de vigilancia alzándose como acorazados marcianos sacados de La guerra de los mundos. Y en el centro, gigantescos almiares lanzando humo al cielo; y bajo aquellas columnas de ladrillo estaban los hornos alimentados y listos para funcionar, brillando en la noche como los ojos de enfurecidos diablos. Habían contado a los habitantes de la zona que los prisioneros de Patin hacían ropa y velas y naturalmente los lugareños no lo habían creído más de lo que creyeran los lugareños de los alrededores de Auschwitz que el campo era una fábrica de salchichas. Poco importaba.

Mirando hacia atrás por encima del hombro en su sueño, al fin les había visto saliendo del escondite, los muertos inquietos, los luden, arrastrando los pies hacia él con números azules brillando en la piel lívida de sus brazos extendidos, sus manos como garras, sus rostros no ya inexpresivos sino animados por el odio, avivados por la venganza, encendidos por el ansia de matar. Los niñitos corrían vacilantes junto a sus madres y los abuelos se apoyaban en sus hijos de mediana edad. Y la expresión que dominaba en todos los rostros era la desesperación.

¿Desesperación? Sí. Porque, en los sueños, él sabía (y ellos lo sabían también) que si conseguía alcanzar la cima estaría a salvo. Aquí abajo, en estos llanos pantanosos y húmedos, en esta jungla en que las plantas que florecían de noche exudaban sangre en vez de savia, era un animal atrapado... una presa. Pero allá arriba era él quien mandaba. Si esto era una jungla, el campo de la cima era un zoo, todas las fieras salvajes bien seguras en sus jaulas, y él era el guardián jefe cuya tarea consistía en decidir a quién se alimentaría, cuál sería entregado a los viviseccionistas, a cuáles se permitiría vivir, cuáles serían conducidos al matadero en el furgón de carga.

Y empezaba a subir por la colina, avanzando con la lentitud del sueño. Sentía las primeras manos esqueléticas alrededor del cuello, sentía su aliento frío y pestilente, el hedor de su putrefacción, oía sus salvajes alaridos de triunfo cuando caían sobre él cuando ya la salvación estaba no sólo a la vista sino casi al alcance de la mano...

—Gatito, gatito —llamaba Dussander—. Leche, mira, leche rica.

Al fin el gato se movió. Cruzó la mitad del patio y volvió a sentarse, pero como provisionalmente, moviendo el rabo inquieto. No se fiaba de él, no. Pero Dussander sabía que olería la leche; era optimista. Antes o después, se acercaría al cuenco.

En Patín jamás había existido problema de contrabando. Algunos prisioneros ingresaban con sus objetos de valor incrustados en el culo en bolsitas de gamuza (y a menudo aquellos objetos de valor no valían absolutamente nada: fotografías, rizos, bisutería); se los introducían y a menudo los empujaban con palos para conseguir que pasaran la zona de seguridad, para meterlos tan arriba que ni siquiera los dedos largos del encargado de tal tarea al que llamaban Dedos-hediondos pudiera descubrirlos. Recordaba a una mujer que tenía un pequeño diamante, defectuoso, según se descubriría, que en realidad no valía absolutamente nada, pero que llevaba en su familia pasando de madre a hija seis generaciones (o al menos eso era lo que ella decía, aunque era judía y, claro, todos los judíos mentían). Se lo tragó antes de entrar en Patin. Cuando salía con sus excrementos, volvía a tragárselo. Y así siguió haciéndolo, pese a que el diamante empezó a producirle cortes y sangraba.

Se practicaron también otros trucos, aunque en general para ocultar artículos insignificantes como tabaco o una o dos cintas del pelo. No importaba. En la habitación que Dussander utilizaba para interrogar a los prisioneros había un hornillo y una mesa de cocina cubierta con un mantel de cuadros rojos muy parecido al que había ahora en su propia cocina. Y siempre había sobre el hornillo un estofado de cordero hirviendo suavemente. Cuando se sospechaba la posibilidad de contrabando (¿y cuándo no?) se llevaba a aquella habitación a un miembro de la camarilla de la que se sospechaba. Dussander solía colocarles junto al hornillo, donde flotaba el apetitoso aroma del estofado. Y solía preguntarles con amabilidad: Quién. ¿Quién está ocultando oro? ¿Quién está ocultando joyas? ¿Quién tiene tabaco? ¿Quién dio a la mujer Givenet la pastilla para su hijo? ¿Quién? Nunca se prometía específicamente el estofado. Pero su aroma siempre acababa soltándoles la lengua. Claro que una cachiporra habría producido los mismos resultados. O el cañón de un fusil bien hundido en su inmunda entrepierna. Pero el estofado era... era elegante. Sí.

—Gatito, gatito —gritaba Dussander. El gato adelantó los orejas. Se levantó a medias, pero luego recordó vagamente alguna lejanísima patada o tal vez una cerilla que le había chamuscado los bigotes y volvió a sentarse sobre los cuartos traseros. Pero pronto se decidiría.

Dussander había encontrado el medio de apaciguar su pesadilla. En cierta forma, consistía simplemente en ponerse el uniforme de SS... aunque adquiría una significación más poderosa. Estaba satisfecho de sí mismo, sólo lamentaba que no se le hubiera ocurrido antes. Suponía que debía agradecer al chico este nuevo método de tranquilizarse, por mostrarle que la clave de los terrores del pasado no estaba en el rechazo sino en la contemplación e incluso en algo parecido a un abrazo de amigo. Era cierto que antes de la inesperada llegada del chico el verano pasado hacía mucho tiempo que no tenía pesadillas, pero ahora creía que había llegado a un acuerdo de cobarde con su pasado. Se había obligado a renunciar a una parte de sí mismo. Ahora lo había recuperado.

—Gatito, gatito —llamaba Dussander, y una sonrisa invadió su rostro, una sonrisa agradable, una sonrisa tranquila, la sonrisa de todos los viejos que de una u otra forma han recorrido los crueles caminos de la vida y han llegado hasta un lugar seguro, relativamente ilesos y con cierta cordura al menos.

El gato alzó los cuartos traseros, dudó aún otro momento y cruzó corriendo con agilidad lo que quedaba del patio. Subió los peldaños, lanzó a Dussander una última mirada de desconfianza, echando hacia atrás las orejas mordidas y costrosas; luego empezó a beber la leche.

Rica leche —dijo Dussander, poniéndose unos guantes de goma que llevaba todo el rato en su regazo—. Buena leche para un gatito bueno.

Había comprado los guantes en el supermercado. Los estaba mirando y una mujer mayor le observó con aprobación, e incluso especulativamente. Los anunciaban por televisión. Tenían puños. Eran tan flexibles que teniéndolos puestos podías recoger una moneda e diez centavos.

Frotó la espalda al gato con un dedo verde y le habló con dulzura. El animal empezó a arquear la espalda al ritmo de las caricias.

Justo antes de que el cuenco quedara completamente vacío, le atrapó.

El animal revivió eléctricamente en sus manos hinchadas, retorciéndose y dando tirones, arañando la goma. Su cuerpo se estiraba y encogía elásticamente y Dussander no estaba seguro de que, si sus garras o dientes le enganchaban, el animal sería el ganador. Era un viejo luchador. Se necesita uno para reconocer a otro, pensó Dussander, sonriendo.

Manteniéndolo con prudencia separado del propio cuerpo, la mueca de dolor estampada en el rostro, Dussander empujó la puerta de atrás con el pie y entró en la cocina. El gato gritaba y se retorcía y procuraba rasgar los guantes de goma. Bajó de repente la cabeza felina y mordió un dedo verde.

—Gatito malo —dijo Dussander riñéndole.

La puerta del horno permanecía abierta. Dussander echó al gato dentro. Al soltarse de los guantes se produjo un sonido de desgarro. Dussander cerró la puerta del horno con una rodilla y sintió una dolorosa punzada de la artritis. Pero aun así siguió sonriendo. Respirando con dificultad, casi jadeando, se apoyó un momento en el horno con la cabeza baja. Era un horno de gas. Prácticamente sólo lo, utilizaba para calentar alimentos preparados y para matar gatitos abandonados.

Subiendo los quemadores sólo se oían débilmente los arañazos y aullidos del gatito para que le dejaran salir.

Dussander puso el horno al máximo. Se produjo un ¡pop! audible cuando la chispa piloto del horno encendió dos hileras dobles de gas siseante. El gato dejó de aullar y empezó a gritar. Parecía... sí, parecían los gritos de un niñito. Un niñito que soportara dolores fortísimos. Esta idea hizo a Dussander sonreír aún más ampliamente. El corazón le atronaba en el pecho. El gato arañaba y se retorcía en el horno, gritando aún. Pronto empezaría a llenar la estancia un intenso olor a quemado.


A la media hora, sacó los restos del gato del horno sirviéndose de un trinchante que había comprado por dos dólares noventa centavos en el centro comercial que quedaba a menos de dos kilómetros.

Metió el cadáver achicharrado del gato en un saquito de harina vacío. Lo bajó al sótano. El sótano tenía el suelo de tierra. Poco después, Dussander volvió a la cocina. La perfumó con un pulverizador hasta que apestara a esencia artificial de pino. Abrió todas las ventanas. Lavó el trinchante y lo colgó en su sitio en el tablero de utensilios. Luego, se sentó a esperar y ver si llegaba el chico. La sonrisa no se borraba de su cara.

Todd llegó unos cinco minutos después de que Dussander hubiera renunciado a verle aquel día. Llevaba una chaqueta gruesa con los colores del colegio. Y también una gorra de béisbol de los Padres de San Diego. Y los libros bajo el brazo.

—¡Puaf! —dijo, entrando en la cocina y arrugando la nariz—. ¿A qué huele aquí? Es horrible.

—Usé el horno —dijo Dussander, encendiendo un cigarrillo—. Me temo que quemé la cena. Tuve que tirarla.
Un día, a finales de aquel mismo mes, el chico llegó más pronto de lo normal, mucho antes de la salida del colegio. Dussander estaba sentado en la cocina, bebiendo bourbon añejo de una taza desconchada y descolorida. Tenía la mecedora en la cocina ahora y estaba bebiendo y meciéndose, meciéndose y bebiendo, golpeando con las pantuflas el desvaído suelo de linóleo. Estaba agradablemente animado. Justo hasta la noche anterior no había vuelto a tener malos sueños en absoluto. Ni desde el gato con las orejas mordidas. Sin embargo, la noche anterior había tenido un sueño especialmente horrible. No podía negarlo. Le habían agarrado cuando ya llegaba a la mitad de la colina y habían empezado a hacerle cosas abominables antes de que consiguiera despertarse. Pero tras su convulsiva vuelta inicial al mundo de lo real, se había sentido seguro. Podía terminar los sueños en cuanto quisiera. Quizás un gato no bastara esta vez. Persistía siempre el ruido sordo de los perros. Sí, siempre aquel sonido.

Todd apareció súbitamente en la cocina, pálido y tenso. Había adelgazado, desde luego, pensó Dussander. Y había en sus ojos un resplandor vacuno y extraño que a Dussander no le gustaba en absoluto.

—Tendrá que ayudarme —le dijo, con urgencia y desafío.

—¿De veras? —dijo Dussander con suavidad, pero en su interior se alzó el recelo.

Procuró mostrarse imperturbable cuando Todd tiró los libros sobre la mesa con un golpe súbito y malicioso. Uno de ellos resbaló por el hule y aterrizó en forma de tienda de campaña en el suelo a los pies de Dussander.

—Sí, no tendrá más remedio —dijo Todd chillando—. ¡Puede usted creerlo! Porque esto es culpa suya. ¡Culpa suya y de nadie más! —manchitas rojas de excitación se agolparon en sus mejillas—. Pero tendrá que ayudarme a salir del atolladero, porque le tengo atrapado. ¡Le tengo justo donde quería!

—Te ayudaré como pueda —dijo Dussander con calma.

Vio que había cruzado las manos delante sin pensar siquiera en ello. Tal como solía hacer en otros tiempos. Se inclinó hacia adelante en la mecedora justo hasta que su mentón quedó sobre sus manos cruza das... tal como solía hacer en otros tiempos. Su expresión era sosegada, amistosa e inquisitiva; no manifestaba ninguno de sus crecientes temores. Así sentado, casi podía imaginar un puchero de estofado de cordero haciéndose en la cocina detrás suyo.

—Dime cuál es el problema.

—Éste es el maldito problema —dijo Todd maliciosamente, y tiró un cuadernillo a Dussander.

Saltó en su pecho, aterrizó en su regazo. Dussander se sintió momentáneamente desconcertado por el ardor de la furia que se alzó en su interior: una imperiosa necesidad de levantarse y abofetear con fuerza al chico. Pero se contuvo y siguió mostrando la misma expresión afable. Se trataba del boletín de notas del colegio, según vio, aunque el colegio parecía ridiculamente empeñado en ocultar tal hecho. En lugar de informe de notas o boletín de notas lo denominaban Informe Trimestral de Aprovechamiento. Dussander gruñó ante tal hecho y abrió el boletín.

Cayó del mismo una cuartilla mecanografiada. La dejó a un lado para análisis posterior y concentró primero su atención en las notas del chico.

—Parece que te has derrumbado, querido mío —dijo Dussander, no sin cierta satisfacción.

El chico había aprobado sólo inglés e historia. Lo demás eran suspensos.

—No es culpa mía —siseó venenosamente Todd—. Es culpa suya. Todas esas historias. Me producen pesadillas, ¿lo sabía, eh? Me siento y abro los libros y empiezo a pensar en todo lo que me haya contado ese día y no vuelvo a enterarme de nada hasta que oigo a mi madre diciéndome que es hora de acostarme. Bueno, pues eso no es culpa mía. ¡No lo es! ¡No lo es! ¿Me ha oído?

—¡Te oigo perfectamente! —dijo Dussander, y leyó la nota mecanografiada que había sido incluida en el boletín de notas.

Queridos Sres. Bowden:

Estas líneas son para sugerirles la conveniencia de reunimos para hablar de las notas del segundo y tercer trimestre de Todd. En vista de la excelente labor previa de Todd, sus notas actuales parecen indicar que algún problema concreto esté influyendo negativamente en su rendimiento escolar. A menudo un problema así puede resolverse mediante su análisis franco y sincero.



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