Alumno aventajado



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—¿Y qué me dices de los otros mendigos muertos? Los que vuestro departamento de policía ha encontrado en distintos puntos de la ciudad.

—Eso pertenece a Dan Bozeman. De todas formas, no creo que haya ninguna relación. Dussander no era tan fuerte como... Y, además, ya tenía un sistema. Les prometía comida y bebida y se los llevaba a casa en autobús (¡el maldito autobús del centro!) y se los cargaba en la cocina.

—No estaba pensando en Dussander —dijo Weiskopf, muy despacio.

—¿Qué quieres decir con...? —empezó a decir Richler, y se interrumpió bruscamente. Siguió un largo silencio de incredulidad, interrumpido sólo por el zumbido del tráfico que les rodeaba. Luego, Richler dijo, suavemente—: Oh, vamos, por favor. Dame un maldito...

—Como agente de mi gobierno, Bowden sólo me interesa, si es que es por algo, por lo que pueda saber de los restantes contactos de Dussander con la organización nazi. Pero, como ser humano, siento un creciente interés por el chico en sí mismo. Me gustaría saber qué es lo que le hace actuar. Quiero saber por qué. Y, cuando intento contestar esa pregunta para mi propia satis-

facción, me encuentro con que me sigo preguntando Qué más.

—Pero...

—¿Crees, me pregunto, que las mismas atrocidades en las que Dussander participó constituirían la base de algún tipo de atracción entre ambos? Ésa es una idea espantosa, me digo. Las cosas que ocurrieron en aquellos campos, conservan aún fuerza suficiente para producir náuseas. Eso es lo que yo siento, aunque el único pariente próximo que tuve en los campos era mi abuelo, y murió cuando yo tenía tres años. Pero tal vez haya algo en lo que hicieron los alemanes que ejerza en nosotros una fascinación devastadora: algo que abra las catacumbas de la imaginación. Tal parte de nuestro temor, de nuestro espanto, proceda del secreto conocimiento de que, en determinadas circunstancias favorables (o adversas), nosotros mismos estaríamos dispuestos a construir tales lugares y a poblarlos. Mala estrella. Tal vez sepamos que, en determinadas circunstancias favorables, todo lo que vive en las catacumbas saldría con gusto a la superficie. ¿Y qué aspecto crees que tendrían todos esos habitantes de las catacumbas? ¿El de Führers dementes con flequillo y bigote, saludando (Heit) a diestro y siniestro? ¿El de diablos rojos, o demonios, o el de dragón flotando con repugnantes alas de reptil?

—No lo sé —dijo Richler.

—Creo que la mayoría de ellos tendrían aspecto de contables muy normales —dijo Weiskopf—. Sesudos hombrecillos con gráficos y diagramas y calculadoras electrónicas dispuestas a conceder la máxima importancia a la proporción de la matanza, para que la próxima vez pudieran matar veinte o treinta millones en vez de sólo seis. Y algunos podrían parecerse a Todd Bowden.

—Eres casi tan espeluznante como él —dijo Richler.

—Es un asunto espeluznante. ¿No lo fue acaso el encontrar esos cadáveres de hombres y de animales en el sótano de Dussander? ¿No se te ha ocurrido que tal vez el chico haya empezado sólo con un simple interés por los campos de concentración? Un interés no muy distinto al de los chavales que coleccionan monedas o sellos o que disfrutan leyendo las historias de los malhechores del Salvaje Oeste? ¿Y que acudió a Dussander para obtener la información de primer brazo?

—De primera mano —dijo Richler—. En fin, amigo mío, en este momento podría creer ya cualquier cosa.

—Quizá —murmuró Weiskopf. Su voz quedó apagada por el ruido de otro vehículo de diez ruedas qué les pasó. A un lado llevaba impreso budweiser con letras de casi dos metros. Qué asombroso país, pensó Weiskopf, y encendió otro cigarrillo. No entienden que podamos vivir rodeados de árabes medio locos; pero, si yo viviera aquí dos años, me hundiría en una crisis nerviosa—. Quizá. Y quizá sea imposible el contacto cotidiano con tantos crímenes sin que llegue a afectarte.


29
El hombrecillo entró en la comisaría dejando tras de sí una hedionda estela a plátanos podridos, mierda de cucaracha e interior de un camión de basura al final de la jornada de trabajo. Vestía unos viejísimos y astrosos pantalones de punto de espiga, una camisa gris presidio deshilachada y una cazadora de invierno azul desvaído, con la cremallera prácticamente descosida del todo colgando como una sarta de dientecitos de pigmeo. Llevaba los zapatos pegados con cola y un pestilente sombrero plantado en la cabeza.

—¡Dios santo, largo de aquí! —gritó el sargento de guardia—. ¡No estás arrestado, Hap! ¡Te lo juro por Dios! ¡Te lo juro por el nombre de mi madre! ¡Lárgate, Hap! ¡Quiero volver a respirar!

—Quiero hablar con el teniente Bozeman.

—Se ha muerto, Hap. Murió ayer precisamente. Todos estamos destrozados. Así que lárgate y déjanos llorarle en paz.

—¡Quiero hablar con el teniente Bozeman! —dijo Hap, más alto. Su aliento era una mezcla fermentada de pizza, tabletas de mentol y vino tinto dulce.

—Ha tenido que irse a Siam por un caso, Hap. Así que ¿por qué no te largas ya, eh? Vete a algún sitio y piérdete.

¡Quiero hablar con el teniente Bozeman, y no me iré hasta que haya hablado con él!

El sargento de guardia salió de la habitación. Volvió a los pocos minutos con el teniente Bozeman, un hombre enjuto, un poco encorvado, de unos cincuenta años.

—Llévale a tu oficina, ¿no te parece. Dan? —suplicó el sargento de guardia—. ¿No será mejor?

—Vamos, Hap —dijo Bozeman, y al cabo de un minuto ambos estaban en el compartimiento que constituía la oficina de Bozeman. Éste abrió prudentemente la única ventana y puso el ventilador en marcha, antes de sentarse—. ¿Qué puedo hacer por ti, Hap?

—¿Sigue con esos asesinatos, teniente Bozeman?

—¿Lo de los mendigos? Sí, creo que eso aún me pertenece.

—Bueno, pues yo sé quién les dio el pase.

—¿De veras, Hap? —preguntó Bozeman.

Estaba ocupado encendiendo la pipa. No acostumbraba a fumar en pipa, pero ni el ventilador ni la ventana abierta bastaban para borrar el olor de Hap. Dentro de nada, pensó Bozeman, la pintura de las paredes empezaría a combarse y a desprenderse. Suspiró.

—¿Recuerda que le dije que Poley había estado hablando con un tipo justo el día antes de encontrarle todo acuchillado en aquella alcantarilla? ¿Recuerda que se lo dije, teniente Bozeman?

—Lo recuerdo.

Varios mendigos de los que pululan por el Ejército de Salvación y el comedor de beneficencia, a pocas manzanas de distancia, habían contado una historia parecida sobre dos de los mendigos asesinados, Charles Sonny Brackett y Peter Poley Smith. Habían visto husmeando por allí a un tipo joven, que estuvo hablando con Sonny y con Poley. Nadie sabía a ciencia cierta si Sonny se había ido con él, pero Hap y otros dos aseguraban haber visto a Poley Smith marcharse con el tipo. Tenían la idea de que el tipo era menor y quería que le consiguieran una botella de whisky a cambio de una parte. Algunos otros vagabundos decían haber visto a un tipo como aquél por allí. La descripción del tipo era soberbia, perfecta para exponerla ante el tribunal, y más viniendo como venía de tan intachables fuentes. Joven, rubio y blanco. ¿Qué más necesitabas para hacer un arresto?

—Verá, teniente, anoche estaba yo en el parque —dijo Hap— y tenía allí aquel montón de periódicos viejos...

—Esta ciudad tiene una ley contra la vagancia, Hap.

—Pero yo estaba recogiendo los periódicos, teniente —dijo honradamente Hap—. Es horrible ver cómo lo tira todo por ahí la gente. Era un servicio público lo que yo hacía, teniente. Un jodido servicio público. Algunos de aquellos periódicos eran de hace una semana.

—Sí, Hap —dijo Bozeman. Recordaba vagamente que tenía bastante hambre y esperaba anhelante el almuerzo. Esa hora le parecía lejanísima.

—Bueno, pues cuando desperté, uno de los periódicos se me había puesto en la cara y me encontré mirando cara a cara al tipo. Le diré que me dio un gran susto. Mire, es éste. Éste es precisamente el tipo.

Hap sacó una hoja de periódico amarillenta y arrugada y manchada de su cazadora y la extendió. Bozeman se inclinó hacia adelante, con cierto interés ahora. Hap colocó el periódico en la mesa para que pudiera leer el titular: cuatro chicos nombrados estrellas de béisbol de california sur. Bajo el titular había cuatro fotografías.

—¿Cuál de ellos, Hap?

Hap posó un dedo mugriento en la foto de la derecha.

—Él. Y aquí pone su nombre. Se llama Todd Bowden.

Bozeman miró la fotografía y luego a Hap, preguntándose cuántas células grises en buen uso le quedarían todavía a Hap después de veinte años de adobarlas en la burbujeante salsa de vino barato sazonada con gelatina de alcohol metílico de vez en cuando.

—¿Cómo puedes estar seguro, Hap? En la foto lleva gorra de jugador de béisbol. Yo no podría decir si tiene el pelo rubio o no.

—Es por la sonrisa —dijo Hap—. Por la forma de sonreír. Era exactamente esa misma sonrisa de qué-grande-es-la-vida con la que miraba a Poley cuando se fueron juntos. No confundiría esa sonrisa ni en un millón de años. Es él, ése es el tipo.

Bozeman casi no oyó las últimas palabras de Hap; estaba pensando, intentando recordar. Todd Bowden. Aquel nombre le sonaba mucho, y no sabía por qué. Había algo que le inquietaba aún más que la idea de que un héroe del equipo de béisbol del instituto de la ciudad anduviera por ahí cargándose mendigos. Tenía la sensación de que había oído aquel nombre aquella misma mañana en alguna conversación. Frunció el ceño, intentando recordar dónde.

Hap se marchó, y Dan Bozeman seguía intentando recordar cuando llegaron Richler y Weískopf... y fueron sus voces mientras tomaban café las que encendieron la luz en su memoria.

—Santo cielo —dijo el teniente Boleman, y se levantó de un salto.
30
Sus padres se habían ofrecido a cancelar sus respectivos planes de la tarde (ir al mercado, Monica, y a practicar el golf con alguien del trabajo, Dick) y quedarse en casa con él, pero Todd les había dicho que prefería estar solo. Creía que limpiaría el rifle y pensaría en todo aquel asunto. Intentaría ordenar sus ideas.

—Todd —dijo Dick, y descubrió de pronto que no tenía absolutamente nada que decir. Pensó que, si hubiera sido su propio padre, en aquella situación le habría aconsejado rezar. Pero las generaciones habían cambiado, y en estos tiempos los Bowden no eran muy rezadores—. Estas cosas pasan a veces —concluyó, no muy convincente, porque Todd seguía mirándole—. Procura no amargarte por ello.

—No te preocupes —dijo Todd.

Cuando al fin se quedó solo, sacó unos trapos y el frasco de aceite para engrasar el rifle en el banco que había junto a los rosales. Volvió luego al garaje a buscar el 30.30. Lo sacó también al banco de fuera y lo desmontó. Lo limpió a fondo; el aroma dulzón de las flores resultaba agradable. Concentrado en su tarea, tarareaba y a ratos silbaba entre dientes. Cuando terminó, volvió a montar el 30.30. Podría haberlo hecho perfectamente con los ojos cerrados. Su mente vagaba libremente. Cuando volvió a la realidad, unos cinco minutos después, advirtió que había cargado el arma. Se dijo que no sabía por qué.

Claro que lo sabes, Niño-Todd. La hora, por asi decirlo, ha llegado.

Y entonces un radiante Saab amarillo entró en el camino de coches. El individuo que se bajó del mismo le resultaba vagamente familiar a Todd, pero, hasta que cerró de golpe la portezuela y empezó a avanzar en su dirección, Todd no se fijó en los zapatos de lona azul claro. Hablando de las maldiciones del pasado, el camino de coches de los Bowden, Ed French, el hombre de los zapatos deportivos, avanzaba hacia Todd.

—¿Qué hay, Todd? Mucho tiempo sin verte.

Todd apoyó el rifle en el respaldo del banco y dedicó a Ed su amplia y agradable sonrisa.

—¿Qué tal, señor French? ¿Qué anda usted haciendo por la parte salvaje de la ciudad?

—¿Están en casa tus padres?

—Oh, no, ¿les quería para algo?

Ed French se quedó pensándolo. Al fin dijo:

—No, no. Creo que no. Tal vez sea mejor que hablemos tú y yo. En realidad, tal vez puedas darme una explicación perfectamente razonable de todo esto. Aunque bien sabe Dios que lo dudo.

Metió la mano en el bolsillo de la cadera y sacó un recorte de periódico. Todd supo lo que era incluso antes de que Ed French se lo entregara y, por segunda vez aquel día, se encontró mirando las dos fotografías de Dussander. La del fotógrafo callejero había sido encuadrada en tinta negra. Todd comprendía perfectamente. Ed French había reconocido al «abuelo» de Todd. Y ahora quería contarle a todo el mundo su descubrimiento. Quería divulgar la buena nueva. El bueno de Ed con su jerigonza y sus malditos zapatos deportivos.

La policía mostraría gran interés, aunque, claro, ya lo mostraba. Ahora lo sabía Todd. La sensación de amilanamiento había empezado unos treinta minutos después de irse Richler. Era como si hubiera estado subiendo en un globo lleno de gas hilarante. Luego, una flecha de acero había atravesado el tejido del globo y ahora descendía y descendía y se hundía rápidamente.

Las llamadas telefónicas, eso había sido lo peor. Richler lo había dejado caer como si nada. Oh sí, había dicho él, precipitándose como un imbécil en la trampa. Recibe una o dos llamadas todas las semanas. Mandarles a recorrer todo el sur de California a la busca de ex-nazis geriátricos. Muy bien. Sólo que tal vez Mamaíta Telefónica les hubiera contado otro cuento. Todd no sabía si la Compañía Telefónica podía saber las veces que hablabas por teléfono... pero creyó advertir un brillo en los ojos de Richler...

Y estaba también lo de la carta. Sin darse cuenta, le había dicho a Richler que la casa no había sido allanada, y, sin duda alguna, Richler había salido de allí pensando que la única forma de que Todd lo supiera era porque había vuelto... tal como lo había hecho, no una sino tres veces; la primera para recoger la carta, y las otras dos para asegurarse de que no había nada que pudiera incriminarle. No lo había. Hasta el uniforme de las SS había desaparecido, seguramente el propio Dussander se habría deshecho de él en algún momento de los últimos cuatro años.

Y estaban también los cadáveres. Richler no los había mencionado.

Al principio, esto a Todd le pareció muy bien. Que prosiguieran la caza mientras él conseguía ordenar sus ideas (y su historia, claro). Nada que temer del polvo que hubiera quedado en su ropa mientras enterraba el cadáver; la había lavado aquella misma noche. Él mismo la metió en la lavadora, pues comprendía que Dussander podría morirse y descubrirse después todo. Nunca se es demasiado cuidadoso, chico, como diría el propio Dussander.

Y luego, poco a poco, había comprendido que no era buena señal. Había hecho bastante calor, y el calor hacía siempre que el sótano de Dussander oliera aún peor; la última vez que había estado en la casa, lo había advertido como una presencia constante. La policía sin duda se habría interesado por aquel olor y habría buscado su origen. Entonces, ¿por qué le había ocultado Richler la información? ¿La reservaba para después? ¿Tal vez para darle una desagradable sorpresa? Y el que Richler estuviera preparando una sorpresa desagradable, sólo podía significar una cosa: que sospechaba.

Todd alzó la vista del recorte de periódico y vio que Ed le daba casi la espalda. Estaba mirando hacia la calle, aunque en la calle no pasaba prácticamente nada. Richler podía sospechar, pero eso era todo lo que podía hacer.

A menos que existiera algún tipo de prueba concreta que relacionara a Todd con el viejo.

Exactamente el tipo de prueba que podía aportar Ed French.

Un hombre ridículo con un calzado ridículo. Hombre tan ridículo, apenas merecía vivir. Todd acarició el cañón del rifle.

Sí. Ed era el eslabón que les faltaba. Jamás podrían probar que Todd había ayudado a Dussander en uno de sus crímenes. Pero con el testimonio de Ed demostrarían la conspiración. ¿Y terminaría todo ahí? Oh, no, echarían mano de su fotografía del último curso y empezarían a enseñársela a todos los mendigos del distrito de la Misión. Una probabilidad remota, claro, pero Richler no la desdeñaría. Si no podían atribuirle uno de los montones de mendigos, tal vez pudieran cargarle con el otro montón.

¿Ya continuación qué? A continuación el juzgado.

Su padre le proporcionaría un maravilloso montón de abogados, claro. Y los abogados le sacarían libre, por supuesto. Causaría una excelente impresión al jurado. Pero, para entonces, tal como Dussander le había dicho que pasaría, su vida estaría arruinada. Habría salido todo en los periódicos, que lo habrían desenterrado y aireado como los cadáveres medio descompuestos del sótano de Dussander.

—El hombre de esa fotografía es el hombre que vino a mi despacho cuando hacías noveno —dijo Ed de pronto, volviéndose de nuevo hacia él—. Se hizo pasar por tu abuelo. Ahora resulta que era un criminal de guerra perseguido.

—Sí —dijo Todd.

Su cara era ahora absolutamente inexpresiva. Era la cara de un maniquí. Toda animación, vivacidad y vida habían desaparecido de ella. Lo que quedaba era aterrador por su vacua vaciedad.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Ed; tal vez se propuso que su pregunta resultara una atronadora acusación, pero resultó quejumbrosa y vaga y de alguna forma engañosa—. ¿Cómo ocurrió, Todd?

—Bueno, una cosa siguió a la otra, ya sabe —dijo Todd, y agarró el 30.30—. Así es como ocurrió en realidad. Sencillamente una cosa... siguió a la otra —quitó el seguro con el pulgar y apuntó con el rifle a Ed Chanclos—. Tan estúpido como suena, eso fue justamente lo que pasó. Así de fácil.

—Todd —dijo Ed, abriendo mucho los ojos. Dio un paso hacia atrás—. Todd, no querrás... por favor, Todd. Podremos hablar de todo esto... podemos disc...

—Usted y el maldito alemán podrán discutirlo juntos en el infierno —dijo Todd, y apretó el gatillo.

El disparo resonó en la tarde cálida y quieta. Ed French cayó de espaldas contra su coche. Tanteó tras sí con una mano y arrancó un limpiaparabrisas. Se quedó mirándolo tontamente mientras la sangre le empapaba el jersey de cuello subido y luego lo tiró y miró a Todd.

—Norma —susurró.

—De acuerdo —dijo Todd—. Lo que digas, campeón.

Disparó de nuevo contra Ed, y más o menos la mitad de su cabeza desapareció brutalmente en una lluvia de sangre y hueso.

Ed se volvió tambaleante y empezó a tantear la puerta del lado del conductor, llamando a su hija una y otra vez con voz débil y estrangulada. Todd volvió a disparar, apuntando a la base de la columna vertebral, y Ed cayó al suelo. Sus pies repicaron un instante en la grava y enmudecieron luego.

Una muerte bastante dura para un asesor escolar, pensó Todd, y se le escapó una risilla. Sintió al mismo tiempo que un dolor tan agudo como un punzón de hielo recorría su cerebro; cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, se sentía perfectamente; hacía meses, años quizá, que no se había sentido tan bien. Todo era perfecto. Todo estaba en orden. La inexpresiva vacuidad se borró de su rostro, que adquirió una gran belleza.

Volvió al garaje y recogió todas las municiones que tenía, más de cuatrocientos proyectiles. Los metió en su vieja mochila y se la echó al hombro. Al salir de nuevo a la luz del día, sonreía nervioso, le brillaban los ojos. Su sonrisa era una sonrisa infantil de cumpleaños, una sonrisa de Navidad; una sonrisa que hablaba de fuegos artificiales, casitas en los árboles, señales secretas y secretos lugares de reunión, del resultado del gran partido triunfal cuando los jubilosos aficionados sacan del estadio en hombros a los jugadores. Era la sonrisa exaltada de niños rubitos que van a la guerra con cubos de carbón a modo de cascos.

¡Soy el rey del mundo! —gritó con fuerza al cielo azul, y aízó con ambas manos el rifle por encima de la cabeza. Lo bajó en seguida, sujetándolo con la mano derecha y se encaminó a aquel lugar de la pendiente sobre la autopista, donde el árbol caído le serviría de parapeto.



Pasaron cinco horas, y ya casi era de noche cuando lograron desarmarle.




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