Alumno aventajado



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Todd sintió que le fallaban las piernas.

Y de muy lejos le llegó el eco del grito agudo de su madre:

—¡Sujétale, Dick, sujétale! ¡Que se desmaya!

La palabra (desmaya) repetida una y otra vez. Notó vagamente los brazos de su padre que le agarraban y luego, durante un rato, no sintió nada ni oyó absolutamente nada.


27
Ed French estaba tomando un pastelillo de frutas cuando desplegó el periódico. Tosió, emitió un ruido extraño como de náusea y escupió migas de pastelillo por toda la mesa.

—¡Eddie! —dijo Sondra French un poco alarmada—. ¿Estás bien?

—Papi sahoga, papi sahoga —proclamó la pequeña Norma con una alegría un poco crispada, y luego colaboró, contenta, con su madre en la tarea de darle golpecitos a Ed en la espalda. Ed apenas se daba cuenta. Seguía mirando el periódico absolutamente atónito.

—¿Qué es lo que pasa, Eddie? —volvió a preguntar Sondra.

—¡Es él, es él! —gritó Ed, golpeando el periódico con tal fuerza que acabó rasgando con la uña la sección A.

—¡Aquel hombre! ¡Lord Peter!

—Ed, por amor de Dios, explícame de qué estás habí...

¡Es el abuelo de Toda Bowden!

—¿Qué? ¿Ese criminal de guerra? ¡Eddie, eso es un disparate!

—¡Pero es él! —dijo Ed, casi gimiendo—. ¡Dios Santo Todopoderoso, es él!

Sondra French contempló la fotografía detenidamente un buen rato.

No se parece a Peter Wimsey en nada —dijo al fin.


28
Todd, pálido como un muerto, estaba sentado en el sofá entre su padre y su madre.

Sentado enfrente estaba un cortés detective canoso de la policía llamado Richler. El padre de Todd se había ofrecido para llamar a la policía, pero lo había hecho el propio Todd; se le quebraba la voz y le fallaba como cuando tenía catorce años.

Terminó su relato, que no duró mucho. Hablaba con un tono monocorde, mecánico que angustiaba a Monica. Aunque tenía ya diecisiete años, en muchos aspectos era todavía un niño. Aquel asunto iba a marcarle para siempre.

—Le le... bueno, no sé dónde... Tom Jones, El molino, de Eh'ot, que era bastante aburrido y creo que ni siquiera llegamos a terminarlo. Algunos relatos de Haw-thorne... También empezamos Los papeles del club Pickwick, pero no le gustaba. Decía que Dickens sólo podía ser divertido cuando se ponía serio y que Pickwick era sólo un juego. Eso fue exactamente lo que dijo, sólo un juego. Lo pasamos mejor con Tom Jones. Nos gustó a los dos.

—Y eso fue hace tres años, ¿no? —preguntó Richler.

—Sí. Solía parar cuando pasaba y hacerle una visita siempre que podía. Pero luego, cuando empecé el bachillerato superior, tenía que ir en autobús al otro extremo de la ciudad... Unos cuantos chicos organizaron un equipo de béisbol... y tenía mucho más trabajo... ya sabe... cosas que surgen.

—Total, que tenías menos tiempo.

—Eso es, menos tiempo. Tenía que estudiar mucho más... para conseguir entrar en la universidad.

—Pero Todd es un magnífico estudiante —dijo Monica, casi de forma maquinal—. Sacó un promedio de sobresaliente en la enseñanza media. Nos sentimos muy orgullosos de él.

Es lógico —dijo Richler con una cálida sonrisa—. Yo tengo dos chicos en Fairview, abajo en el Valle, y sólo parecen valor para los deportes. —Se volvió a Todd y siguió—: ¿No volviste a leerle mas libros cuando empleasle el bachillerato superior?

—No. Alguna que otra vez, le leía el periódico. Pasaba por allí y él me pedía que le leyera los titulares. Se interesaba por lo de Watergate cuando todo aquel lío. Y siempre quería saber cómo iba la Bolsa y lo que decía el periódico solía dejarle bastante jodido... perdóname, mamá.

Ella le dio una palmadita en la mano.

—No sé por qué le interesarían los valores, pero le interesaban.

—Tenía algunos valores —dijo Richler—. Con eso iba tirando. Tenía también unos cinco carnets de identidad distintos por la casa. Era un tipo astuto, desde luego.

—Supongo que tendría los valores en alguna caja de seguridad en algún sitio —comentó Todd.

—¿Cómo? —Richler enarcó las cejas.

—Sus valores —dijo Todd.

Su padre, que pareció sorprenderse también, miró luego a Richler e hizo un gesto de asentimiento.

—Sus certificados de valores, los pocos que le quedaban, estaban en un baulito debajo de la cama —dijo Richler—, junto con esa foto suya como Denker. ¿Acaso crees que tenía una caja de seguridad, hijo? ¿Te dijo alguna vez que la tenía?

Todd se quedó pensativo y movió luego la cabeza. —Yo creía que era en una caja de seguridad donde se guardaban esas cosas. No sé. Esto... todo este asunto... sabe... estoy completamente desquiciado.

Movió la cabeza en un gesto de aturdimiento que resultó perfectamente real. Estaba realmente aturdido. No obstante, sintió, poco a poco, que su instinto de conservación emergía. Sintió una creciente agudeza mental y los primeros aguijóneos de la seguridad. Si Dussander hubiera alquilado realmente una caja de seguridad para guardar su documento protector, ¿no habría metido también allí sus valores? Y aquella foto...

—Trabajamos en este caso junto con los israelíes —dijo Richler—. Extraoficialmente. Les agradecería que no lo mencionaran si deciden ver a alguien de la prensa. Son verdaderos profesionales. Hay un hombre llamado Weiskopf al que le gustaría hablar mañana contigo, Todd. Si te parece bien a ti; y a tus padres, claro está...

—Claro que sí —dijo Todd, pero sintió una punzada de miedo atávico ante la idea de que anduvieran husmeando a su alrededor los mismos sabuesos que habían acosado a Dussander a lo largo de toda la segunda mitad de su vida. Dussander había sentido hacia ellos un respeto considerable, y Todd sabía que sería mejor para él que no lo olvidara ni un momento. —¿Y ustedes, señores Bowden? ¿Tienen algún inconveniente en que Todd vea al señor Weiskopf?

—Ninguno, si no lo tiene Todd —dijo Dick Bowden—. Pero me gustaría estar presente. He leído algo sobre esa cosa israelí del Mossad...

—Weiskopf no tiene nada que ver con eso. Es lo que los israelíes llaman un agente especial. En realidad, da clases de literatura y de yiddish y de gramática inglesa. Y, además, ha escrito dos novelas. —Richler sonrió.

Dick alzó una mano, como dando por terminado el asunto.

—Bueno, sea como sea, no le permitiré que ande fastidiando a Todd. Según lo que he leído, esos individuos pueden ser, digamos, excesivamente profesionales. Tal vez sea un individuo como es debido. Pero me gustaría que usted y ese señor Weiskopf recordaran que Todd sólo intentó ayudar al viejo. No era lo que parecía, de acuerdo, pero eso no lo sabía Todd.

—Es cierto, papá —dijo Todd con una lánguida sonrisa.

—Sólo quiero que nos ayuden todo lo que puedan —dijo Richler—. Agradezco su interés, señor Bowden. Creo que usted mismo averiguará que el señor Weiskopf es una persona muy agradable y muy tranquila. Yo no tengo más preguntas que hacer, pero no estará de más que les diga qué es lo que más les interesa a los israelíes. Todd estaba con Dussander cuando le dio el ataque de corazón por el que ingresó en el hospital...

—Me pidió que fuera para leerle una carta —dijo Todd.

—Lo sabemos. —Richler se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, la corbata colgando como una cinta de plomada—. Pues a los israelíes les interesa esa caria. Dussander era un pez gordo, pero no era el último que quedaba en el lago... o, al menos, eso es lo que dice Weiskopf; y yo lo creo. Y creen que seguramente Dussander sabía de muchos de los otros peces. La mayoría de los que aún viven están seguramente en Sudamérica, pero debe haber otros repartidos en una docena de países... incluidos los Estados Unidos. ¿Sabían ustedes que capturaron a un individuo que había sido Unterkommandant en Buchenwald en el vestíbulo de un hotel de Tel Aviv?

—¡No me diga! —exclamó Monica, espantada.

—De veras —prosiguió Richler—. Fue hace dos años. El caso es que los israelíes creen que la carta que Dussander quería que Todd le leyera podría ser de uno de esos peces. Puede que estén en lo cierto y puede que no. De cualquier modo, quieren cerciorarse.

Todd, que había vuelto a casa de Dussander y quemado la carta, dijo:

—Yo le ayudaría a usted... o a ese Weiskopf, si pudiera, teniente Richler, pero la carta estaba en alemán. Me resultó realmente muy difícil leerla. Me sentía un imbécil. El señor Denker... Dussander... estaba nerviosísimo y me pedía que le deletreara las palabras que no podía entender debido a mi, bueno, a mi pronunciación. Pero creo que lo entendía todo bien. Recuerdo que en determinado momento se echó a reír y luego dijo: «Sí, sí, eso es lo que deberías hacer, ¿no?», y añadió algo en alemán. Esto sería uno o dos minutos antes de que le diera el ataque al corazón. Algo sobre dummkopf. Que creo que significa estúpido en alemán. Miraba a Richler indeciso, bastante complacido interiormente con esta mentira. Richler cabeceaba.

—Sí, tenemos entendido que la carta estaba en alemán. El médico que atendió el ingreso de Dussander en el hospital te oyó contar la historia y lo corroboró. Pero qué me dices de la carta propiamente dicha, Todd... ¿recuerdas qué fue de ella? Ya está aquí, pensó Todd. El crujido. —Creo que había una carta en la mesa, sí —dijo Dick—. Yo recogí un papel del suelo y le eché un vistazo. Papel de correo aéreo, creo, pero no me fijé si estaba escrito en alemán.

—En tal caso, debería seguir todavía allí —dijo Richler—. Con las prisas de sacarle de la casa, nadie pensó en cerrar la puerta. Ni siquiera a Dussander se le ocurrió pedir a alguien que lo hiciera, al parecer. La llave de la puerta de la calle de la casa seguía en el bolsillo de sus pantalones cuando murió. La casa permaneció abierta desde que los enfermeros del centro médico le sacaron de casa hasta que nosotros la clausuramos y sellamos a las dos y media de esta madrugada.

—Bueno, pues está claro —dijo Dick. —No —respondió Todd—. Ya entiendo lo que le intriga al teniente Richler. —Oh, sí, lo entendía perfectamente. Había que ser ciego para no verlo—. ¿Por qué iba a robar un ladrón sólo una carta? ¿Y precisamente una carta escrita en alemán? No tiene sentido. El señor Denker no tenía mucho que robar, pero alguien que allana una vivienda encontraría siempre algo mejor que eso para llevárselo.

—Lo has entendido perfectamente —dijo Richler—. No está nada mal.

—Todd quería ser detective de mayor —dijo Moni-ca, y le revolvió el pelo. Al hacerse mayor, Todd detestaba que su madre le acariciara el cabello, pero ahora parecía no importarle—. Creo que últimamente ha decidido pasarse a la historia.

—La historia es un buen campo —dijo Richler—. Puedes hacer investigación histórica. ¿Has leído a Josephine Tey?

—No, señor.

—No importa. Me gustaría que mis chicos tuvieran alguna ambición mayor que la de que ganen Los Angeles este año el campeonato.

Todd sonrió lánguidamente, y no dijo nada.

Richler volvió a ponerse serio.

—De todos modos, les explicaré la teoría en que estamos basándonos. Creemos que alguien, seguramente de aquí mismo, de Santo Donato, sabía perfectamente quién era y lo que era Dussander.

—¿De veras? —preguntó Dick.

—Desde luego. Alguien que sabía la verdad. Tal vez otro nazi fugitivo. Sé que suena a película, pero ¿quién habría dicho que aquí precisamente, en una zona residencial tranquila como ésta, había un nazi fugitivo? Y eremos que, cuando Dussander fue al hospital, nuestro Señor X registró la casa y dio con la carta acusadora. Y que a estas alturas flota hecha cenizas en el desagüe.

—De todas formas, eso no tiene mucho sentido —dijo Todd.

—¿Por qué no, Todd?

—Bueno, si el señor Denk... Dussander, tuviera un viejo camarada de los campos de concentración, o simplemente un viejo compañero nazi, ¿por qué iba a pedirme a mí que fuera a leerle aquella carta? Quiero decir, si le hubieran visto corregirme y... En fin, al menos ese viejo compañero nazi del que usted habla sabría leer perfectamente alemán.

—Buena objeción. Sólo que tal vez ese viejo compañero esté en una silla de ruedas, o ciego. Al parecer, podría tratarse del mismísimo Bormann, que ni siquiera se atrevería a salir a la calle y enseñar la cara.

—Pero los paralíticos y los ciegos no suelen ser eficaces en la tarea de registrar casas para robar cartas —dijo Todd.

Richler hizo un gesto de admiración:

—Cierto, pero un ciego podría robar una carta, aunque no pudiera leerla. O pagar para que lo hicieran.

Todd consideró esto y asintió, pero al mismo tiempo se encogió de hombros para indicar también lo traída por los pelos que la idea le parecía. Richler había ido mucho más lejos que Robert Dudlum y había entrado en el terreno de Sax Rohmer. Pero el que la idea fuera o no descabellada importaba un pimiento, ¿no? Desde luego, lo realmente importante era que Richler seguía husmeando... y que el avispado Weiskopf también andaba husmeando. La carta, ¡la maldita carta! ¡Aquella maldita y estúpida ocurrencia de Dussander! Y de repente pensó en su 30.30, guardado en la funda y descansando en su estante en el garaje frío y oscuro. Se obligó a dejar de pensar en el rifle. Sintió húmedas las palmas de las manos.

—¿Sabes si Dussander tenía algunos amigos? —le preguntaba Richler.

—¿Amigos? No. Tenía una señora que le limpiaba, pero se mudó, y él no se molestó en buscar otra. Y en el verano pagaba a un chico para que le segara el césped, pero creo que este año no le pagó a ninguno. La hierba está muy alta, ¿no?

—Sí. Hemos llamado a muchas puertas y no parece que contratara a nadie. ¿Puedes decirme si recibía llamadas telefónicas?

—Claro —dijo Todd, sin pensarlo... Se le antojó que era una posibilidad, una vía de escape relativamente segura. El teléfono de Dussander habría sonado en total unas seis veces en todo el tiempo que Todd le había tratado: vendedores, una encuesta sobre alimentos de desayuno y el resto equivocados. Sólo tenía el teléfono por si se ponía malo... como ocurrió al final, ojalá se pudriera su alma en el infierno—. Solía recibir una o dos llamadas todas las semanas.

—¿Y hablaba alemán en esas ocasiones? —se apresuró a preguntar Richler. Parecía alterado.

—No —dijo Todd, cauteloso de pronto. No le gustaba aquel súbito interés nervioso de Richler... había en él algo raro, algo peligroso. Estaba seguro de ello, y le costaba contener la angustia—. No hablaba mucho en general. Recuerdo que un par de veces dijo cosas como «Está aquí ahora ese chico que viene a leerme. Ya llamaré yo».

—¡Estoy seguro de que es lo que pensamos! —exclamó Richler, dándose palmadas en los muslos—. ¡Apostaría la paga de dos semanas a que era él!

Cerró de golpe el cuaderno de notas (en el que, que Todd hubiese visto, no había más que garabatos) y se levantó.

—Quiero darles las gracias a los tres por su tiempo. Y en especial a ti, Todd. Sé lo desagradable que es para ti todo esto, pero pronto terminará. Esta tarde pondremos la casa patas arriba... desde el sótano al ático y del ático al sótano otra vez. Utilizaremos todos los equipos especiales. Tal vez encontremos alguna pista de ese interlocutor telefónico de Dussander.

—Así lo espero —dijo Todd.

Richler les estrechó la mano a los tres y se fue. Dick le preguntó a Todd si quería jugar un poco al volante hasta la hora de comer. Dijo que no le apetecía jugar ni comer tampoco, y subió a su cuarto con la cabeza baja y los hombros hundidos. Sus padres intercambiaron miradas comprensivas y preocupadas. Todd se echó en la cama y se quedó mirando el techo; pensaba en su 30.30. Podía verlo claramente con los ojos mentales. Pensaba en la posibilidad de hundir el cañón de azulado acero justamente en el viscoso coñito judío de Betty Trask: era justo lo que necesitaba ella, un pijo bien duro que nunca se ablandara. ¿Qué tal, Betty?, se oyó preguntándole. Cuando tengas bastante me avisas, ¿de acuerdo? ¿Vale? Se imaginaba los gritos de la chica. Y al fin asomó a su rostro una sonrisa horrible y neutra. Seguro, no dejes de decírmelo, so puta... ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?...

—Bueno, entonces, ¿qué crees? —le preguntó Weiskopf a Richler cuando éste le recogió en un restaurante que quedaba a tres manzanas de la casa de los Bowden.

—Pues yo creo que, de alguna forma, el chico estaba en el ajo —dijo Richler—. De alguna forma, de algún modo, hasta cierto punto. Pero qué tipo increíble. Es un témpano. Creo que si le echaras agua hirviendo en la boca escupiría cubitos de hielo. Metió la pata un par de veces, pero no conseguí nada que pudiera utilizarse en un juicio. Y, de cualquier modo, aunque consiguiera más, un abogado listo lograría que no le condenaran a más de uno o dos años... lo que quiero decir es que, según los tribunales, el chico es aún menor... sólo tiene diecisiete años. Creo que en algunos aspectos dejó de ser menor hacia los ocho años. La verdad es espeluznante, amigo mío.

—¿Qué errores cometió en vuestra conversación?

—Las llamadas telefónicas. Ése fue el principal. Cuando dejé caer la idea, me di cuenta de que se le encendían los ojos como una maquinita electrónica.

Richler giró a la izquierda y enfiló la indescriptible Crevy Nova hacia el carril de acceso a la autopista. A doscientos metros a la derecha quedaba la pendiente y el árbol muerto desde donde Todd había disparado en seco el rifle apuntando al tranco de la autopista una mañana de sábado no muy lejana.

—Él se decía: «Este poli anda bastante desencaminado si cree que Dussander tenía un amigo nazi aquí mismo, pero, si lo que cree es eso, yo quedo completamente al margen», así que va y me dice: «Sí, Dussander recibía una o dos llamadas todas las semanas. Muy misterioso. "No puedo hablar ahora, Z-cinco, llama más tarde"»..., esas cosas, ya sabes. Pero Dussander ha estado pagando la cuota mínima de teléfono los últimos siete años. No lo utilizaba prácticamente, y no ponía ninguna conferencia. Desde luego, no recibía una o dos llamadas todas las semanas.

—¿Y qué más?

—Bueno, sacó precipitadamente la conclusión de que la carta había desaparecido, y ya está. Sabía que era lo único que faltaba en la casa, porque había sido él quien había vuelto y la había hecho desaparecer.

Richler aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—Nosotros creemos que la carta era un simple tapujo. Creemos que a Dussander le dio el ataque al corazón mientras intentaba enterrar aquel cadáver... el más reciente. Tenía tierra en los zapatos y en las vueltas de los pantalones, así que es una suposición bastante razonable. Lo cual significa que llamó al chico después de haber sufrido el ataque cardíaco, no antes. Se arrastra escaleras arriba y telefonea al chico. El muchacho sale disparado (tal como hace siempre, de todas formas) y amaña la historia de la carta precipitadamente. No es gran cosa, pero tampoco está mal..., teniendo en cuenta las circunstancias. Se presenta allí y U- soluciona la papeleta a Dussander, limpia y ordena ludo. Bien; pero ahora el muchacho está absolutamente .ihrumado. La ambulancia está en camino, su padre está a punto de llegar, y necesita aquella carta como tapadera. Sube corriendo las escaleras y rompe la caja l>ura abrirla...

—¿Lo has comprobado ya? —preguntó Weiskopf, encendiendo uno de sus cigarrillos, uno sin filtro, que a Richler le olía a mierda de caballo. No era raro i|ue se hundiera el Imperio británico, pensó, si se de-< Meaban a fumar aquellos cigarrillos.

—Sí, hemos comparado las huellas y no hay duda —dijo Richler—. Las huellas dactilares de la caja son las mismas que las de los boletines de notas del colegio. ¡Claro que sus huellas están prácticamente por todas partes en aquella casa maldita!

—Claro; pero, si le planteas todo eso, le espantarás —dijo Weiskopf.

—Oh, vamos, escucha, tú no sabes cómo es este muchacho. Cuando dije que era frío, quería decir eso exactamente. Él diría que Dussander le pidió una o dos veces que le bajara la caja para meter o para sacar algo en ella.

—Sus huellas dactilares están también en la pala.

—Alegaría que la utilizó para plantar un rosal en el patio de atrás. —Richler sacó los cigarrillos, pero la cajetilla estaba vacía. Weiskopf le ofreció uno de los

suyos. Richler empezó a toser a la primera calada—.

Saben igual de mal que huelen —dijo, atragantándose.

—Como aquellas hamburguesas que pedimos ayer para comer —dijo Weiskopf riéndose—. Aquellas Mac-Burgers.

—De las grandes —dijo Richler, riéndose también—. De acuerdo. Los híbridos culturales no siempre funcionan —la sonrisa desapareció—. Pero, sabes, tiene un aspecto muy sano. —Sí.

—No se trata de un típico delincuente juvenil con el pelo por el culo y cadenas en sus botas de motorista. —No. —Weiskopf miró detenidamente todo el tráfico que les rodeaba y se alegró de no ir conduciendo—.

No es más que un muchacho. Un niño blanco de buena familia. Y la verdad es que me resulta difícil creerlo...

—Yo creía que vosotros los teníais ya listos a los dieciocho para manejar rifles y granadas. En Israel.

—Sí. Pero, cuando empezó todo este asunto, él tenía catorce años. ¿Por qué se asociaría un muchacho de catorce años con un individuo como Dussander? Me he esforzado por entenderlo, y no lo consigo, no puedo.

—Yo más bien me preguntaría cómo —dijo Richler, y tiró el cigarrillo por la ventanilla. Le estaba dando dolor de cabeza.

—Tal vez, si es que ocurrió, fuera la simple casualidad, la suerte, una coincidencia. Yo creo que existe eso de la mala estrella, igual que lo de la buena estrella.

No entiendo nada de lo que me dices —dijo Richler lúgubremente—. Yo lo único que sé es que ese muchacho resulta espeluznante.

—Pues lo que quiero decir es muy sencillo. Cualquier otro muchacho se hubiese sentido feliz contándoselo a sus padres o a la policía. Le hubiese encantado decirles: «He reconocido a un individuo al que se busca. Su dirección es ésta. Sí. Estoy seguro». Y dejar que las autoridades se encargaran del asunto. ¿O es que crees que estoy equivocado?

No, no lo creo. El chaval sería el centro de atención unos días. La mayoría de los chicos lo habrían hecho. Su foto en el periódico, una entrevista en las noticias de la noche, seguramente un premio del comité escolar como ciudadano ejemplar. —Richler se echó a reír. Luego, alzó un poco la voz porque estaban pasándoles por ambos lados vehículos de diez ruedas. Weis-kopf miraba crispado a un lado y al otro—. No quieres entenderlo. Pero estás en lo cierto respecto a la mayoría de los chicos. Casi todos actuarían así.

—Pero no este chico en concreto —dijo Weiskopf—. Este chico, tal vez sólo por pura casualidad, descubrió a Dussander. Pero, en lugar de acudir a sus padres o a las autoridades... acudió al propio Dussander. ¿Por qué? Dices que no te importa, pero creo que sí. Creo que a ti te obsesiona tanto como a mí.

—Desde luego, no para chantajearle —dijo Richler—. Ese chico tiene todo lo que un chico podría desear. Había un Vehículo todo terreno en el garaje por no mencionar un inmenso rifle. Y, aun en el caso de que hubiera querido extorsionar a Dussander por el simple gusto de hacerlo, era prácticamente imposible que lo consiguiera. Aparte de esas pocas acciones, no tenía donde caerse muerto.

—¿Estás bien seguro de que el chico no sabe que has descubierto los cadáveres del sótano?

—Estoy seguro. A lo mejor vuelvo esta tarde y se lo suelto. Por el momento, parece nuestra mejor baza. —Richler golpeó levemente el volante—. Si todo esto se hubiera descubierto al menos un día antes, creo que habría solicitado una orden de registro.

—¿La ropa que llevaba el chico aquella noche?

—Sí. Si hubiéramos encontrado muestras de tierra en su ropa que correspondieran al suelo del sótano de Dussander, creo que habríamos conseguido que se desmoronara. Pero, a estas alturas, la ropa que llevaba puesta aquella noche seguramente ha pasado ya por seis lavados.



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