Alumno aventajado



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Ed recuperó la palabra.

—Oiga, señor Bowden, mire, estoy aquí, en San Remo. En una convención. De asesores escolares. Mañana por la mañana se clausura la convención y a partir de las diez estaré libre. ¿Podría pasarme por... —consultó de nuevo el listín telefónico— ...por Ridge Lañe y verle un momento?

—¿Pero para qué?

—Simple curiosidad, supongo. Ahora todo ha vuelto a su cauce, pero, hace tres años, Todd tuvo un bajón muy serio en los estudios. De hecho, sus calificaciones bajaron tanto que enviamos a su casa una carta con el boletín de notas pidiendo una entrevista con el padre o la madre o, mejor aún, con ambos. Y, como respuesta, me visitó su abuelo, un hombre muy agradable llamado Víctor Bowden.

—Pero yo ya le he dicho que...

—Ya, ya. Pero de todas formas yo hablé con alguien que dijo ser el abuelo de Todd. Supongo que importa poco ya, pero ver es creer. Sólo le robaré unos minutos. No podré estar más porque me esperan en casa para la cena.

—Tiempo es precisamente lo que más tengo —dijo Bowden con cierta tristeza—. Estaré en casa todo el día. Le recibiré con mucho gusto.

Ed le dio las gracias, se despidió y colgó. Se sentó a los pies de la cama, contemplando pensativo el teléfono. Al poco rato, se levantó y sacó los cigarrillos de la cazadora que estaba colgada en el respaldo de la silla. Tenía que irse. Había un debate y si no aparecía le echarían de menos. Encendió el cigarrillo con una cerilla del Hotel Holiday, que apagó después y echó en un cenicero del Hotel Holiday. Se acercó luego a la ventana del Hotel Holiday y contempló abstraído el patio del Hotel Holiday.

Poco importa ya, le había dicho a Bowden, pero a él sí que le importaba. No era corriente que uno de sus muchachos le engañara y una noticia tan inesperada le disgustaba. Supuso que podría resultar todavía un simple caso de senilidad, aunque el viejo no le había dado la impresión de estar chocho. Y, maldita sea, no parecía el mismo.

¿Le habría engañado Todd Bowden?

Llegó a la conclusión de que podía ser. Al menos teóricamente. Y más siendo Todd un chico inteligente como era. Podía haber engañado a cualquiera, no sólo a Ed French. Hasta podía haber falsificado el nombre de su padre o el de su madre en las tarjetas de aviso de suspenso durante aquel mal período. Eran muchísimos los chicos que descubrían una habilidad latente increíble para falsificar cuando recibían esas tarjetas. Hasta podía haber utilizado borrador de tinta en los boletines de notas del segundo y del tercer trimestre, cambiar las calificaciones antes de presentar el boletín a sus padres y volver a cambiarlas luego antes de devolvérselo al tutor, de forma que éste no notara nada raro si miraba la tarjeta. La aplicación de borrador de tinta la advertía cualquiera que se fijara bien, pero los tutores tenían a su cargo un promedio de setenta alumnos cada uno. Tenían suerte si conseguían pasar lista antes de que sonara el primer timbre, así que no iban a ponerse a examinar las tarjetas que les devolvían en busca de posibles falsificaciones.

Y, en cuanto a las notas finales de Todd, quizás hubieran bajado tres puntos en conjunto: dos evaluaciones malas en un total de doce. Las otras notas eran lo bastante buenas para suplir la diferencia. ¿Y a qué padres se les ocurría pasar por el colegio para mirar los libros escolares de sus hijos? ¿Cuántos que tuvieran además un hijo que fuese tan buen estudiante como lo era Todd Bowden?

La frente de Ed French, lisa normalmente, se crispó y se llenó de arrugas.

Poco importa ya. Eso era verdad realmente. El trabajo de Todd en los últimos cursos de bachiller había sido excelente. Es imposible falsificar una media de sobresaliente. Según el artículo del periódico, el muchacho iría a Berkeley y Ed suponía que sus padres estarían orgullosísimos, con toda la razón del mundo. Ed estaba cada día más convencido del deterioro de la vida americana, en la que abundaban el oportunismo, los ancianos, las drogas fáciles, el sexo fácil, una moralidad más turbia cada año. Así que cuando un hijo sale como es debido y destaca, los padres tienen derecho a sentirse orgullosos de él.

Poco importa ya... Pero ¿quién diablos sería su abuelo?

No conseguía quitarse el asunto de la cabeza. ¿Quién podría ser? ¿Habría ido Todd a la delegación del gremio de actores y habría colocado una nota en el tablero de anuncios? joven r.N apuros por problemas DE NOTAS NECESITA ANCIANO, PREF. 70-80 AÑOS, PARA ACTUAR COMO ABUELO, ACTUACIÓN IMPliCABLE, PAGARÉ TARIFAS sindicato. Ohhh, ni hablar, hombre. Y, además, qué adulto habría podido prestarse a semejante conspiración? ¿Y por qué?

Ed French no tenía ni idea. Y, como daba igual, en realidad apagó el cigarrillo y se encaminó a la conferencia. Pero no podía concentrarse.

Al día siguiente, se fue hasta Ridge Lañe y tuvo una larga conversación con Víctor Bowden. Hablaron de uvas; hablaron del negocio de los comestibles, de cómo las grandes cadenas de tiendas estaban hundiendo a los pequeños comerciantes; hablaron del ambiente político que había en el sur de California. El señor Bowden le ofreció a Ed un vaso de vino. Ed lo aceptó muy complacido. Le parecía que lo necesitaba verdaderamente, aunque sólo fueran las once menos veinte de la mañana. Víctor Bowden se parecía tanto a Pcter Wim-sey como una ametralladora a una cachiporra. Víctor Bowden no tenía ni rastro del leve acento que Ed recordaba, y era bastante gordo. El individuo que le había visitado en el colegio como abuelo de Todd era delgado como un palillo.

Antes de despedirse, le dijo:

—Le agradecería que no comentara nada de todo esto a su hijo ni a su nuera. Tal vez todo tenga una explicación absolutamente lógica... y, de cualquier modo, es algo que queda en el pasado.

—A veces —dijo Bowden, alzando el vaso de vino hacia el sol y admirando su hermoso tono oscuro—, el pasado no se queda tranquilo. ¿Por qué, si no, estudia historia la gente?

Ed sonrió, inquieto, y no comentó nada.

—Pero no se preocupe. Nunca intervengo en los asuntos de Richard. Todd es un buen chico. El segundo de su promoción... tiene que ser un buen chico. ¿No le parece?

—Desde luego —dijo Ed French, sinceramente, y le pidió otro vaso de vino.


23
Dussander dormía un sueño inquieto; yacía en una fosa de pesadillas.

Caían sobre la valla. Miles, millones quizás. Salían de la selva y se arrojaban sobre el alambre de púas electrificado que estaba empezando a combarse peligrosamente. Algunos de los cables habían cedido y se enroscaban en la tierra atestada donde se amontonaban, soltando chispas azules. Y todavía no se acercaba el fin de ellos, no llegaba. El Führer estaba tan loco como había proclamado Rommel si creía ahora (si alguna vez lo había creído) que podía existir una solución definitiva para aquel problema. Eran miles de millones; llenaban el universo; y todos ellos le perseguían.

—Eh, viejo, despierte, viejo. Dussander. Despierte, viejo, despierte.

Al principio pensó que era la voz del sueño.

Le hablaba en alemán; tenía que pertenecer al sueño. Ése era el motivo de que la voz fuera tan aterradora, claro. Si se despertaba, la eludiría, así que emergió del sueño...

El hombre estaba sentado junto a la cama en una silla colocada al revés: un hombre real.

—Despierte, Dussander —decía el visitante. Era joven, no tendría más de treinta años. Ojos oscuros y atentos tras unas gafas sencillas de montura de acero. Llevaba el cabello castaño un poco largo, hasta el cuello, y, durante un confuso instante, Dussander pensó que era el chico disfrazado. Pero no era el chico, con aquel traje azul tan pasado de moda demasiado grueso para el clima de California. Y en la solapa de la chaqueta llevaba un alfiler de plata. Plata, el metal utilizado para matar vampiros y hombres-lobo. Era una estrella de David.

—¿Habla usted conmigo? —preguntó Dussander en alemán.

—¿Con quién, si no? Su compañero de habitación se ha ido.

—¿Heisel? Sí, se fue ayer a su casa.

—¿Está ya despierto?

—Claro. Pero creo que me confunde usted con otra persona. Yo me llamo Arthur Denker. Tal vez se haya equivocado de habitación.

—Me llamo Weiskopf. Y usted, Kurt Dussander.

Dussander deseaba humedecerse los labios, pero no lo hizo. Muy probablemente todo aquello formara parte del sueño... era simplemente una nueva fase del sueño. Tráigame un borracho y un cuchillo de cocina, Señor-Estrella-de-David-en-la-Solapa y le haré desaparecer como si fuera humo.

—No conozco a ningún Dussander —le dijo al joven—. ¿Debo llamar a la enfermera?

—Me entiende usted perfectamente —dijo Weiskopf. Cambió ligeramente de postura y se retiró un mechón de pelo de la frente. Lo prosaico del gesto hizo que se desvanecieran las últimas esperanzas de Dussander.

—Heisel —dijo Weiskopf, y señaló la cama vacía.

—Heisel, Dussander, Weiskopf... ninguno de esos nombres me dice nada.

—Heisel se cayó de una escalera cuando arreglaba un canalón de su casa —dijo Weiskopf—. Se rompió la columna. Puede que no vuelva a andar. Desdichado. Pero no fue ésa la única tragedia de su vida. Estuvo internado en Patín, perdió a su mujer y a sus hijas. En Patín, que usted dirigía.

—Creo que está usted loco —dijo Dussander—. Yo me llamo Arthur Denker. Vine a este país cuando murió mi esposa. Antes de eso estaba...

—Ahórreme esa historia —dijo Weiskopf, alzando una mano—. Él no olvidó su cara. Esta cara.

Weiskopf esgrimió ante la cara de Dussander una fotografía como un mago que hiciese un truco. Era una de las que el chico le había enseñado hacía años. Un Dussander joven con la gorra de SS gallardamente alzada, sentado a un escritorio.

Dussander habló despacio, en inglés ya, pronunciando con mucho cuidado.

—Durante la guerra fui mecánico en una fábrica. Mi trabajo consistía en supervisar la fabricación de transmisiones y direcciones para camiones y carros blindados. Luego trabajé en la fabricación de carros de combate Tiger. Luego, durante la batalla de Berlín, llamaron a mi unidad, que estaba en la reserva, y combatí honrosa pero brevemente. Después de la guerra, trabajé en Essen, en la fábrica de coches Menschler, has...

—... hasta que se vio obligado a escapar a Sudamé-rica. Con el oro fundido sacado de los dientes de los judíos y con la plata fundida sacada de las joyas de los judíos y con su cuenta numerada en un banco suizo. El señor Heisel se fue a su casa feliz, sabe. Bueno, pasó un mal rato cuando se despertó de noche y comprendió con quién compartía la habitación. Pero ya está mejor. Cree que Dios le ha concedido el gran privilegio de romperse la columna para poder ser un instrumento en la captura de uno de los hombres más sanguinarios de la historia.

Dussander habló lentamente, pronunciando con mucho cuidado:

—Durante la guerra, fui mecánico en una fábrica. Mi trabajo...

—Oh, vamos, ¿por qué no lo deja ya? Sus documentos no pasarían un examen detenido. Yo lo sé y usted también lo sabe. Está descubierto.

—Mi trabajo consistía en supervisar la fabricación de...

—¡De cadáveres! De cualquier modo, estará usted en Tel Aviv antes de Año Nuevo. Ahora las autoridades están colaborando con nosotros, Dussander. Los norteamericanos quieren tenernos contentos y usted es una de las cosas que nos pone contentos.

—... la fabricación de transmisiones y direcciones para camiones y carros blindados. Luego trabajé en la fabricación de carros de combate Tiger.

—¿A qué ponerse tan pesado? ¿Por qué demorarlo?

—Luego, durante la batalla de Berlín...

—De acuerdo; si así lo quiere usted. Volverá a verme. Y pronto.

Weiskopf se levantó. Salió de la habitación. Su sombra aleteó un instante en la pared y luego desapareció también. Dussander cerró los ojos. Se preguntó si Weiskopf diría la verdad en lo de la cooperación de los norteamericanos. Tres años antes, cuando escaseaba el petróleo en Estados Unidos, no le habría creído. Pero el lío del Irán podría muy bien reforzar el apoyo norteamericano a Israel. Era muy posible. ¿Qué importaba de todos modos? De un modo u otro, legal o ilegalmen-te, Weiskopf y sus compinches le atraparían. En el tema de los nazis eran intransigentes. Y en el tema de los campos de concentración eran lunáticos.

Temblaba de pies a cabeza. Pero sabía ya perfectamente lo que tenía que hacer.
24
Las actas escolares de los alumnos que habían aprobado los cursos inferiores de secundaria se guardaban en el almacén de la zona norte. No lejos de la estación de tren abandonada. Era un sitio oscuro y destartalado y olía a cera y a pulimento, y servía también como almacén de reliquias del departamento escolar.

Ed French llegó hacia las cuatro de la tarde seguido por Norma. El conserje que les dejó pasar le dijo a Ed que lo que buscaba estaba en la cuarta planta y les guió hasta un lento y ruidoso ascensor que asustó a Norma hasta el punto de sumirla en un silencio impropio de ella.

Volvió a ser la misma en la cuarta planta, correteando y saltando por los oscuros pasadizos de cajas y archivos mientras Ed buscaba los archivos con los boletines de 1975, que encontró al fin. Abrió la segunda caja y repasó la B. bork. bostwick. boswell. bowden, todo. Sacó la tarjeta. Movió impaciente la cabeza y se acercó a una de las ventanas altas y polvorientas.

—No corras por ahí, cariño —le dijo a la niña, por encima del hombro.

—¿Por qué, papi?

—Porque te atraparán los duendes —dijo, alzando la tarjeta de Todd hacia la luz.

Lo vio en seguida. El boletín, que llevaba en aquellos archivos ya tres años, había sido falsificado con una habilidad casi profesional.

—¡Válgame Dios! —murmuró Ed French.

—¡Duendes, duendes, duendes! —cantaba Norma alegremente, mientras seguía bailoteando por los pasillos.
25
Dussander caminaba cauteloso por el pasillo del hospital. Se notaba algo débil aún para caminar. Llevaba puesta la bata azul sobre el pijama del hospital. Era de noche, poco más de las ocho, y las enfermeras cambiaban de turno. La media hora siguiente sería un poco confusa: había observado que en los cambios de turno siempre había descontrol. Era el momento de intercambiar notas, comentarios, de tomar café en el bar de las enfermeras, que quedaba justo al volver la esquina del surtidor.

Lo que a él le interesaba quedaba justo enfrente al surtidor.

Cruzó el amplio vestíbulo sin que nadie se fijara en él; a aquella hora, el vestíbulo le recordaba una gran estación de ferrocarril resonante minutos antes de que parta el tren de pasajeros. Los heridos paseaban por allí, en bata algunos, como él, otros sujetándose el pijama. Se oía música incoherente de media docena de transistores distintos que llegaba de media docena de habitaciones distintas. Los visitantes entraban y se iban. En una habitación reía un hombre y otro parecía estar llorando frente a él en el vestíbulo. Pasó a su lado un médico con la nariz metida en una novela, en edición de bolsillo.

Dussander se acercó al surtidor, bebió un trago, se secó la boca con la mano deforme y miró la puerta cerrada de enfrente.

Aquella puerta estaba siempre cerrada, en teoría al menos. Se había fijado que, en la práctica, a veces no la vigilaba nadie y además no estaba cerrada con llave. Esto especialmente durante la caótica media hora de cambio de turnos en que las enfermeras se reunían a la vuelta de la esquina. Había observado todo esto con el ojo cauteloso y experto del individuo que lleva mucho, muchísimo tiempo, alerta y vigilante. Preferiría haber podido vigilar aquella puerta sin letrero durante otra semana más o menos, buscando posibles momentos de peligro: ojalá hubiese podido, se decía. Pero no disponía ya de otra semana. Su condición de Hombre Lobo tal vez, no se descubriera en dos o tres días, pero igual podía saberse al día siguiente. No se arriesgaría a esperar. En cuanto se descubriera, le vigilarían constantemente.

Bebió otro trago de agua, volvió a secarse la boca y miró en ambas direcciones. Luego, con toda naturalidad, sin tener que esforzarse en disimular, cruzó el vestíbulo, giró el pomo y entró en el cuartito de medicamentos. Si estuviera por casualidad la encargada sentada ya detrás de su mesa, él sería sólo el miope señor Denker. Oh, perdone usted, señora, creí que era el excusado. Qué tonto soy, perdón.

Pero el cuartito estaba vacío.

Recorrió el estante más alto, a la izquierda. Sólo gotas para los ojos y para los oídos. Segundo estante: laxantes, supositorios. En el tercer estante había Seco-nal y Veronal. Se metió un frasco de Seconal en el bolsillo de la bata. Luego volvió a la puerta y salió sin mirar a los lados, con una sonrisa de perplejidad en la cara: Aquello no era el excusado, ¿verdad? Estaba al lado justo del surtidor, ¡qué tonto soy!

Cruzó la puerta en que decía hombres, se acercó a un lavabo y se lavó las manos. Volvió luego al vestíbulo y se encaminó a su habitación semiprivada, privada totalmente ahora, después de marcharse el muy ilustre señor Heisel. En la mesita de noche de entre las camas había un vaso y una jarra de plástico llena de agua. Lástima que no hubiera bourbon; era una vergüenza realmente. Pero las pastillas le harían despegar con la misma precisión y delicadeza independientemente del acompañamiento con que las tomara.

—Morris Heisel, salud —dijo, con una débil sonrisa, y se sirvió un vaso de agua. Después de tantos años de tanto miedo a todo, de ver rostros que le resultaban familiares en los bancos de los parques y en los restaurantes y en las paradas de los autobuses, había acabado reconociéndole y delatándole un hombre al que no recordaba en absoluto. Casi era cómico. No había dedicado a Heisel ni dos miradas; Heisel y su columna vertebral rota por obra de Dios. Pensándolo bien, no era casi cómico; era terriblemente cómico.

Se metió tres pastillas en la boca, se las tragó con agua. Tomó luego otras tres, después tres más. Podía ver en la habitación de enfrente del pasillo a dos viejos inclinados sobre la mesita de noche jugando a las cartas. Uno de ellos tenía una hernia, según sabía Dussan-der. ¿Qué tenía el otro? ¿Cálculos en la vejiga? ¿Cálculos en el riñon? ¿Tumor? ¿Próstata? Los horrores de la vejez. Eran legión.

Volvió a llenar el vaso de agua, pero no tomó más pastillas de momento. Si tomaba demasiadas podía dar al traste con su objetivo. Podría devolverlas y le sacarían los residuos del estómago y le salvarían para las indignidades a las que americanos e israelíes planearan someterle. No era su intención quitarse la vida tontamente como una Hausfrau en un arrebato histérico. Cuando empezara a sentirse soñoliento, tomaría unas cuantas más. Así sería perfecto.

Le llegó la voz trémula de uno de los jugadores de cartas, débil pero triunfal:

—As, tres, sota, caballo y rey... ¿Qué, qué te parece esto?

—Calma, calma —decía ahora el de la hernia confiado—. Vamos a contar. Al freír será el reír.

Qué forma de hablar, pensó Dussander, ya soñoliento. Los americanos tenían una habilidad especial para el lenguaje: hacían juegos maravillosos con el idioma.

Creían que le tenían en sus manos, pero se esfumaría ante sus mismísimas narices.

Se dio cuenta, con cierta sorpresa, que de entre todas las cosas absurdas que podían ocurrírsele, pensaba en concreto que ojalá pudiese dejar una nota para el chico. Pensaba que ojalá pudiese decirle que tuviera cuidado. Que escuchara a un viejo que al fin se había excedido. Ojalá pudiera decirle al chico que al final él, Dussander, había llegado a respetarle, aunque no había conseguido que le cayera bien y que hablar con él había sido mejor que oír sólo el fluir de sus propios pensamientos. Pero una nota, por muy inocente que fuera, podría hacer recaer sospechas sobre el chico, y Dussander no quería eso. En fin, pasaría uno o dos meses malos, esperando que apareciera algún agente del gobierno a preguntarle por cierto documento que habían encontrado en una caja de seguridad a nombre de Kurt Dussander, alias Arlhur Denker... pero, pasado un tiempo, el chico se convencería de que le había dicho la verdad. Todo aquello no tenía que tocar para nada al chico, a no ser que él mismo perdiera la cabeza.

Dussander estiró una mano que pareció alejarse kilómetros. Cogió el vaso de agua y se tomó otras tres pastillas. Volvió a colocar el vaso en la mesita, cerró los ojos y se hundió más en aquella almohada blanda, blandísima. Nunca le había gustado demasiado dormir, y aquel sueño sería largo. Y tranquilo.

A menos que tuviera pesadillas.

La idea le sobrecogió. ¿Pesadillas? Oh, no, Dios mío, por favor. Esos sueños no, por favor. Por toda la eternidad, no. No después de que no haya ya posibilidad de despertar. No...

Súbitamente aterrado, se agitó intentando despertar. Parecía que surgieran de la cama manos y manos que intentasen asirle, manos de ávidos dedos.



(¡NO!)

Sus pensamientos se dispersaron en una espiral de oscuridad en pendiente; rodó por la espiral como si resbalara por una suave superficie, cayendo y cayendo hacia los sueños que fueran.

Se descubrió la sobredosis a la una y treinta y cinco minutos de la madrugada, y quince minutos después le declararon muerto. La enfermera de guardia era joven y le había agradado aquella cortesía un poco irónica del anciano. Se echó a llorar. Era católica y no podía entender por qué un anciano tan gentil, que estaba mejorando, pudiese querer hacer una cosa así y condenar su alma inmortal al infierno.
26
El sábado por la mañana no se levantaba nadie en casa de los Bowden hasta las nueve por lo menos. Aquella mañana eran las nueve y media, y Todd y su padre estaban sentados a la mesa leyendo, y Monica, a la que le costaba más despertarse, les estaba sirviendo huevos revueltos, zumo y café, sin hablar, como en sueños aún.

Todd estaba leyendo una novela de ciencia-ficción y Dick estaba abstraído en su Architectural Digest cuando el periódico dio contra la puerta.

—¿Quieres que lo traiga, papá?

—Ya lo hago yo.

Dick recogió el periódico y volvió a la mesa. Empezó a tomar el café y se atragantó con él en cuanto echó una ojeada a la primera página.

—¿Qué pasa, Dick? —preguntó Monica, acercándose presurosa a él.

Dick tosió y carraspeó para sacar el café que se le había ido por el otro lado y mientras Todd le miraba por encima del libro que estaba leyendo, con escaso interés, Monica empezó a darle golpecitos en la espalda. Pero al tercer golpe se taparon sus ojos con el titular del periódico y se quedó paralizada a medio camino como una estatua. Abrió tanto los ojos que parecía que iban a caérsele encima de la mesa.

—¡Santo Dios del cielo! —consiguió articular al fin Dick Bowden, con una voz ahogada.

—No puede ser... no puedo creerlo... —empezó Monica, paró. Miró a Todd—. Oh, cariño...

También su padre le estaba mirando.

Alarmado ya, Todd rodeó la mesa.

—¿Qué es lo que pasa?

—El señor Denker —dijo Dick... y fue todo lo que logró decir.

Todd leyó el titular del periódico y lo entendió todo en seguida. El titular decía, en letras oscuras: Fugitivo nazi se suicida en el Hospital de Santo Donato. Y debajo dos fotos, una junto a otra. Todd ya las había visto antes las dos. En una se veía a Arthur Denker, seis años más joven y más fuerte. Todd sabía que se la había sacado un fotógrafo hippie de la calle, y que el viejo la había comprado sólo para que no cayera en malas manos. La otra foto era de un oficial de las SS llamado Kurt Dussander tras su escritorio en Patín, con el gorro ladeado.

Si tenían aquella foto del hippie, es que habían estado en casa de Dussander.

Todd repasó el artículo con el pensamiento dando vueltas en frenéticos torbellinos. No decía nada de los vagabundos. Pero encontrarían sin duda los cadáveres y cuando lo hicieran reconstruirían toda la historia. el COMANDANTE DE PATÍN SEGUÍA TRABAJANDO. HORROR EN UN SÓTANO NAZI. NUNCA DEJÓ DE MATAR.



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