Alumno aventajado



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21
A las seis en punto de la mañana del día siguiente, lunes, Todd estaba levantado y picoteando indiferente un huevo revuelto que se había preparado él mismo, cuando bajó su padre a la cocina, aún en bata y zapatillas.

—Hola —le dijo a Todd, pasando hacia la nevera a buscar zumo de naranja.

Todd gruñó algo sin levantar la vista del libro, uno de misterio de la Patrulla 87. Había tenido bastante suerte consiguiendo un trabajo de verano en una empresa de jardinería ornamental de más allá de Pasa-dena. Lo cual habría sido demasiado lejos aun en el caso de que su padre o su madre hubieran estado dispuestos a prestarle un coche para el verano (ninguno lo estaba), pero su padre trabajaba en una obra no muy lejos de allí, y podía dejar a Todd de camino en una parada de autobús y recogerle en el mismo sitio al volver para casa. A Todd no le emocionaba este arreglo, claro; no le gustaba nada volver a casa del trabajo con su padre y le enfermaba tener que ir con él por las mañanas. Por las mañanas era cuando se sentía más desvalido, cuando la barrera entre lo que era y lo que podía parecer era más endeble. Era aún peor tras una noche de pesadillas, pero, aunque no hubiera pesadillas durante la noche, era bastante horrible. Una mañana, comprobó, con un sobresalto repentino, casi con terror, que había estado considerando seriamente echarse sobre el portafolios de su padre, agarrar el volante del Porsche y lanzarse serpenteando entre los dos carriles marcando una franja de destrucción entre los viajeros de la mañana.

—¿Quieres otro huevo, Toddito?

—No, gracias, papá. —Dick Bowden los tomaba fritos.

¿Cómo podría alguien comer un huevo frito? En el grill de la cocina durante dos minutos y luego darle vuelta. Lo que acaba al fin en el plato es una especie de ojo muerto gigantesco, cubierto todo por una catarata, un ojo que suelta sangre anaranjada cuando lo pinchas con el tenedor.

Apartó el huevo revuelto. Casi no lo había tocado.

En la calle, el periódico de la mañana cayó en la escalera de la entrada.

Su padre acabó de cocinar, apagó el gas y se acercó a la mesa.

—Poco apetito hoy, ¿eh, Toddito?



Vuelve a llamarme así otra vez y te clavo el cuchillo en medio de esa maldita cara... «papito».

—No mucho, desde luego.

Dick sonrió tiernamente a su hijo; en la oreja derecha del chico aún se veía una pizca de crema de afeitar.

—Betty Trask te quita el apetito. Eso es lo que yo creo.

—Bueno, tal vez sea eso.

Dedicó a su padre una sonrisa lánguida que se le borró de la cara en cuanto su padre bajó las escaleras en busca del periódico.



¿Espabilarías de una vez si te contara lo puta que es, «papito»? ¿Qué tal si te dijera: Ah, por cierto, sabías que la hija de tu buen amigo Ray Trask es una de las zorras más grandes de Santo Donato? Sería capaz de besarse el coño ella misma si tuviera articulaciones dobles, «papito». Sencillamente es así. Una puta indecente. Dos líneas de coca y es tuya para toda la noche. Y si da la casualidad de que no tienes coca, igualmente será tuya por toda la noche. Se tiraría a un perro si no pudiera conseguirse un hombre. Creo que eso te espabilaría, ¿eh, «papito»? Te haría empezar el día con muchos bríos, ¿verdad?

Desechó con firmeza tales pensamientos, sabiendo que volverían.

Su padre regresó con el periódico. Todd vislumbró el titular: el tren de lanzamiento espacial no funcionara, DICE UN EXPERTO

Dick se sentó.

—Betty es una chica muy agradable —dijo—. Me recuerda a tu madre cuando la conocí.

—¿De veras?

—Tan... joven... rozagante... —Los ojos de Dick Bowden se habían desviado en una mirada remota. Al poco, volvió a centrar su mirada en su hijo—. No es que ya no sea una mujer guapa, claro, pero a esa edad una chica tiene un cierto... no sé, un brillo especial, por decirlo de algún modo. Lo conservan un tiempo, y luego desaparece. —Se encogió de hombros y abrió el periódico—. C'est la vie, supongo.

Es una perra en celo, eso es lo que le da ese brillo.

—Supongo que te portarás bien con ella, ¿eh, Toddito? —Su padre estaba haciendo el rápido recorrido habitual del periódico hacia las páginas deportivas—. No te propasarás con ella, ¿eh?

—Claro que no, papá.

(Como no se calle inmediatamente, creo, creo que haré, haré cualquier cosa. Ponerme a dar gritos. Tirarle el café a la cara. Algo.)

—Ray te considera un buen chico —dijo Dick, distraídamente.

Al fin había llegado a las hojas de deportes. Quedó ya completamente abstraído. Reinó en la mesa del desayuno un silencio beatífico.

Betty Trask se le había echado encima desde el primer día que salieron juntos. La había llevado a la calleja adonde iban las parejas después del cine porque sabía qué era lo que se esperaba de él; podrían besuquearse una media hora o así y luego podrían contar todo lo que hubiera que contar a sus respectivos amigos al día siguiente. Ella podría poner los ojos en blanco y explicar cómo había tenido que pararle los pies continuamente: los chicos eran pesados, desde luego, y ella nunca lo hacía el primer día, no era una chica de esa clase. Sus amigas asentirían y luego se lanzarían todas en tropel a los servicios de chicas y harían lo que hacen allí: maquillarse, fumar, lo que sea.

En cuanto a un chico... bueno, digamos que tienes que quedar bien. Tenías que llegar al menos a la segunda base e intentar alcanzar la tercera. Porque, claro, había reputaciones y reputaciones. Todd no se moría por tener una gran reputación de conquistador; lo único que quería era tener una reputación de ser normal. Y, claro, si ni siquiera lo intentas, se sabe en seguida. Y la gente empezaría a preguntarse si eres como se debe ser.

Así que las solía llevar a Jane's Hill, las besaba, les palpaba las tetillas, iba un poco más lejos si se lo permitían... Y ésa era la cuestión. La chica solía pararle, él se disculpaba breve y dócilmente y la acompañaba a casa. No había que preocuparse por lo que pudiese decirse al día siguiente en los servicios de las chicas. Ni tampoco porque alguien pudiese pensar que Todd Bowden no era normal. Sólo que...

Sólo que Betty Trask era el tipo de chica que lo hacía la primera vez que salía con un chico. Siempre que salía con un chico. Y también entre salida y salida.

La primera vez había sido un mes o así antes del ataque al corazón del maldito nazi y Todd creía que lo había hecho bastante bien para ser virgen... tal vez por la misma razón que un pitcher juvenil lo hará bien si le designan para lanzar en el mayor partido de béisbol del año sin previo aviso. No había tenido tiempo de preocuparse ni de plantearse problemas al respecto.

Anteriormente, Todd había podido siempre percibir cuándo una chica resolvía que la vez siguiente que salieran se dejaría llevar hasta el final. Todd sabía perfectamente que era atractivo y que tanto su físico como sus perspectivas eran buenos. El tipo de chico al que las madres consideran «un buen partido». Y cuando percibía que estaba a punto de producirse la capitulación física, empezaba a salir con otra chica. Y ya podía esto indicar lo que fuera respecto a su personalidad, pues, consigo mismo, Todd estaba dispuesto a admitir que si empezaba a salir alguna vez con una chica que fuera frígida de verdad, seguramente se sentiría feliz saliendo con ella durante muchos años. Tal vez incluso casándose con ella.

Pero la primera vez con Betty Trask había salido todo bastante bien: Betty no era virgen, aunque lo fuese él. Ella misma había tenido que ayudarle a entrar, pero parecía hacerlo como algo muy natural. Y, cuando estaba toda la operación a medias, ella había gorjeado: «¡Me encanta, me encanta!», en el mismo tono que habría empleado cualquier otra chica para decir cuánto le gustaba el helado de fresa.

Las salidas posteriores (que habían sido cinco y media, suponía Todd, si se quería contar también la última noche), ya no habían sido tan buenas. En realidad, habían ido empeorando progresivamente..., aunque Todd no creía que Betty se hubiera dado cuenta (al menos hasta la noche anterior). En realidad, todo lo contrario. Betty parecía creer que había encontrado el ariete de sus sueños.

Todd no había sentido nada de lo que se decía que había que sentir en un momento como aquél. Besarla en los labios era como besar hígado tibio, pero crudo. Sentir la lengua de ella en su boca, le hacía pensar sólo en qué tipo de gérmenes le estaría transmitiendo, y hubo momentos en que creyó que podía oler sus empastes: un olor desagradable como a cromo. Y sus pechos eran bolsas de carne. Nada más.

Todd había vuelto a hacerlo con ella otras dos veces antes del ataque de corazón de Dussander. Cada vez le resultaba más difícil llegar a la erección. En ambas ocasiones lo había conseguido al fin mediante una fantasía. Ella estaba en cueros frente a todos sus amigos. Gritando. Y Todd la obligaba a desfilar ante ellos arriba y abajo, gritándole: ¡Enséñales las tetas! ¡Déjales que te vean bien el bocadito, putoncital ¡Ábrete bien! ¡Así, asi, agáchate y ábrete bien!

La valoración de Betty no era sorprendente en absoluto. Todd era un buen amante, no aparte de sus problemas, sino precisamente por ellos. La erección sólo era el primer paso. Una vez conseguida, tenías que llegar al orgasmo. La cuarta vez que lo habían hecho (tres días después del ataque de corazón de Dussander) le había estado dando y dando sin parar más de diez minutos. Betty Trask llegó a creerse que había muerto y estaba en el cielo; tuvo tres orgasmos, y estaba a punto de llegar al cuarto cuando Todd recordó una vieja fantasía... que era, en realidad, la Primera Fantasía: la chica desvalida atada a la mesa. El gran consolador. El bulbo de goma. Sólo que ahora, desesperado, sudoroso y casi enloquecido por el deseo de llegar y acabar de una vez con aquel horror, el rostro de la chica de la mesa se convirtió en el rostro de Betty. Lo cual produjo un lúgubre espasmo que supuso que era, técnicamente al menos, un orgasmo. Un instante después, Betty le susurraba al oído, con un aliento cálido perfumado de chicle de fruta: «Cariño, estoy a tu disposición. No tienes más que llamarme».

Todd había estado a punto de soltar un sonoro gruñido.

El dilema básico era éste: ¿sufriría su reputación si rompía con una chica que deseaba tan claramente estar con él? ¿Se empezaría a preguntar la gente por qué? Parte de él contestaba que no. Recordaba haber caminado en cierta ocasión detrás de dos chicos de último curso durante su primer año y oír que uno de ellos le decía al otro que había roto con su novia. El otro quiso saber por qué. «Lo hemos hecho ya demasiadas veces», contestó el primero, y ambos soltaron carcajadas soeces.



Si me pregunta alguien por qué la dejé, me limitaré a decir que ya estaba harto de hacerlo con ella. Pero ¿y si ella va y cuenta que sólo lo hicimos cinco veces? ¿Será eso suficiente? ¿Qué?... ¿Cuánto?... ¿Cuántas?... ¿Quién hablará?... ¿Qué dirán?...

Su mente divagaba, agotada como rata hambrienta en un laberinto sin salida. Era vagamente consciente de que estaba convirtiendo un grano de arena en una montaña, y su incapacidad para resolver la situación tenía bastante que ver con lo vacilante que se había vuelto. Pero el saberlo no le daba la fuerza necesaria para cambiar de conducta, y se hundía en una grave depresión.

La universidad. La universidad era la solución. Era la excusa para romper con Betty, una excusa que nadie discutiría. Pero septiembre parecía demasiado lejos.

La quinta vez le había llevado casi veinte minutos conseguir la erección, pero Betty proclamaría después que la experiencia bien merecía la espera. Y luego, la noche anterior, no había sido capaz de ninguna de las maneras.

—Pero, bueno, ¿qué es lo que eres tú, si puede saberse? —preguntó Betty en tono petulante. Después de veinte minutos de manipular su pene mustio, estaba desmadejada y había perdido la paciencia—. ¿No serás marica o impotente?

Estuvo a punto de estrangularla allí mismo. Y la verdad es que si hubiera tenido el 30.30...

—Vaya, ¡menuda sorpresa! ¡Felicidades, hijo!

—¿Eh? —levantó la vista, dejando sus lúgubres pensamientos.

—¡Te han nombrado estrella de béisbol! —estaba diciéndole su padre, que sonreía orgulloso y complacido.

—¿Sí? —no supo, por unos instantes, de qué hablaba su padre. Casi tuvo que adivinar el sentido de las palabras—. Bueno, sí, algo me dijo de eso el instructor Haines a fin de curso. Sí, dijo que iba a proponernos a mí y a Billy DeLyons. Pero no esperaba que resultara nada de eso.

—¡Vaya, no pareces muy emocionado!

—Estoy intentando...



(¿A quién coño le importará eso?)

—... hacerme a la idea —con un gigantesco esfuerzo, consiguió sonreír—. ¿Me dejas ver el artículo?

Su padre le pasó el periódico por encima de la mesa y se levantó.

—Voy a despertar a Monica. Quiero que lo vea antes de que nos vayamos.



Por favor, no, no les soportaré a los dos juntos a estas horas de la mañana.

—Oh, no lo hagas. Ya sabes que, si la despiertas, no puede volver a dormirse. Se lo dejaremos en la mesa para que lo vea.

—Sí, muy bien, haremos eso. Eres un chico tan considerado, Todd —le dio una palmada en la espalda y Todd apretó los ojos cerrados. Encogió al mismo tiempo los hombros en un gesto de sorpresa que hizo reír a su padre. Luego abrió otra vez los ojos y miró el periódico.

cuatro chicos nombrados estrellas de béisbol, decía el titular. Debajo había fotos de los cuatro con el uniforme: el catcher y el defensa izquierdo del instituto de Fairview, el jugador zurdo de Mounford, y Todd a la derecha de todo, sonriendo abiertamente al mundo desde debajo de la visera de su gorra de béisbol. Leyó el artículo y vio que Billy DeLyons había conseguido el segundo equipo. Al menos aquello era un motivo de alegría. DeLyons podía decir que era metodista, proclamarlo a los cuatro vientos hasta quedar afónico, si eso le complacía, pero desde luego a Todd no le engañaba. Todd sabía muy bien lo que era Billy DeLyons. Tal vez no fuera mala idea presentarle a Betty Trask, ya que eran de la misma calaña. Había estado mucho tiempo preguntándoselo, y por fin la noche anterior tuvo la respuesta. Los Trask se hacían pasar por blancos. Pero bastaba echar una mirada a su nariz y a aquella tez aceitunada (la del viejo aún era peor). Debía de ser por eso por lo que no se le había levantado la noche anterior. Así de fácil: su miembro se había dado cuenta de la diferencia antes que su cerebro. ¿Ya quién cono creerían que estaban engañando con aquel apellido Trask?

—Felicidades de nuevo, hijo.

Alzó la vista. Vio primero alzarse la mano de su padre; y luego vio la cara de su padre sonriendo bobaliconamente.

¡Tu colega Trask es judío!, se oyó gritarle a su padre a la cara. ¡Por eso anoche fui impotente con ese pu-tón de hija que tiene! ¡Por eso precisamente!

Pero al instante oyó alzarse en su interior la voz fría que oía siempre en momentos como éste y que brotaba de lo más profundo de su ser, cerrando la incipiente irracionalidad tras



(CONTRÓLATE DE INMEDIATO)

puertas de acero.

Tomó la mano de su padre y la estrechó. Sonrió candidamente mientras su padre le contemplaba con orgullo y dijo:

—Sí, gracias, papá.

Dejaron aquella hoja de periódico doblada con una nota para Monica, que Dick insistió en que Todd escribiera y firmara Tu hijo Todd, estrella de béisbol.
22
Ed French, alias Pucker, alias Pete Sneaker, y el Hombre Ked, también alias Ed Chanclos, se encontraba en la pequeña y hermosa ciudad de San Remo para asistir a una convención de técnicos de asesor amiento. Era una absoluta pérdida de tiempo (todos los asesores estaban siempre de acuerdo en no estar de acuerdo en nada) y le aburrieron las disertaciones y los seminarios y debates después del primer día. A mitad del segundo descubrió que también le aburría San Remo, con los adjetivos de costera, hermosa y pequeña; el adjetivo clave era seguramente «pequeña». Secoyas y vistas hermosísimas aparte, San Remo no tenía cine ni bolera, y a Ed no le apetecía ir al único bar de la localidad (junto al que había una zona de aparcamiento llena de camionetas, con pegatinas de Reagan, casi todas en las defensas herrumbrosas y en las puertas traseras). No temía que le molestaran, pero no tenía ningunas ganas de pasarse la tarde contemplando a tipos con sombrero vaquero y escuchando a Loretta Lynch en el tocadiscos.

Así que allí estaba, al tercer día de la convención, que duraría cuatro jornadas increíbles; estaba allí, en la habitación 217 del Hotel Holiday, su esposa y su hija en casa, la televisión estropeada, un desagradable olor emanando del cuarto de baño. Había una piscina, pero tenía tan mal el eccema aquel verano que ni muerto le habrían pillado en traje de baño. De espinillas para abajo, parecía un leproso. Tenía una hora libre antes de la siguiente ponencia, cómo ayudar al niño con dificultad de dicción, en la que se diría que había que hacer algo por los chicos que tartamudeaban o tenían usuras palatinas; claro que por nada del mundo llamarían a las cosas por su nombre, santo cielo, no, alguien podría bajarnos el sueldo. Había almorzado en el único restaurante de San Remo, no le apetecía nada echarse la siesta y el único canal de televisión estaba dando una reposición de Embrujada.

Así que abrió el listín de teléfonos y empezó a hojearlo sin propósito definido, casi sin darse cuenta de lo que hacía, preguntándose vagamente si conocería a alguien lo suficientemente aficionado a lo pequeño, lo hermoso y lo costero como para vivir en San Remo. Suponía que aquello era lo que acaba haciendo siempre la gente que se aburre en todos los hoteles de la cadena Holiday de todo el mundo: buscar a algún amigo o pariente olvidado para llamarle por teléfono. Era eso, Embrujada o la Biblia. Y, si daba la casualidad de que encontrabas a alguien, ¿qué le dirías? «Frank, ¿cómo estás, hombre?» Y, de paso, ¿qué era... «pequeño, hermoso o costero»? Seguro, claro. Darle un cigarro y animarle.

No obstante, mientras seguía allí echado en la cama, recorriendo las páginas blancas sin fijarse apenas en las columnas, tuvo la sensación de que realmente conocía a alguien en San Remo. ¿A un vendedor de libros, quizás? ¿A algunos de los muchísimos sobrinos o sobrinas de Sondra? ¿A algún compañero de póquer de la facultad? ¿Al pariente de algún alumno? Eso pareció hacer sonar una campanita, pero no pudo llegar más allá.

Siguió hojeando la guía y descubrió que, en realidad, tenía sueño. Estaba ya quedándose dormido cuando lo recordó y dio un salto, despierto del todo.

¡Lord Peter!

Estaban reponiendo últimamente aquellas historias de Wimsey.* Él y Sondra estaban «enganchados». Interpretaba a Wimsey un tipo llamado lan Carmichael que a Sondra le encantaba. Tanto le gustaba, en realidad, que Ed, que creía que Carmichael no se parecía en absoluto a lord Peter, se irritó de veras.

—Sandy, la cara no corresponde en absoluto, es horrible. Y tiene dentadura postiza, ¡por amor de Dios!

—¡Bah! —replicó frivolamente Sondra desde el sofa en que estaba acurrucada—. Lo que ocurre es que estás celoso. Es guapísimo.

Papi está celoso, papi está celoso —canturreó la pequeña Norma, correteando por la sala en pijama.

—Tú debías estar en la cama hace una hora —le dijo Ed, mirándola fijamente—. Si sigo advirtiendo que estás aquí, seguramente me daré cuenta de que no estás allí.

La niñita pareció confusa un momento. Ed volvió a dirigirse a Sondra:

—Recuerdo que hace unos tres o cuatro años... vino a hablar conmigo el abuelo de un chico que se llamaba Todd Bowden. Bueno, pues aquel tipo sí que se parecía a Wimsey. Un Wimsey viejísimo, desde luego; el perfil de la cara era exacto y...

—Wimsce, Bimsee, Dirnsee, Jimsee —canturreó la pequeña Norma—. Wimsce, Bimsee, tralara, lara, laaa...

—Silencio los dos —dijo Sondra—. ¡Me parece el hombre más guapo del mundo!

¡Qué mujer desquiciante!

¿No se había retirado el abuelo de Todd Bowden a San Remo? Claro. Figuraba en los impresos. Todd había sido uno de los alumnos más destacados de aquel curso. Y luego, de repente, había tenido un gran bajón. El viejo fue a verle, le contó una historia familiar de problemas maritales y acabó convenciendo a Ed para que dejara pasar un tiempo a ver si todo volvía a la normalidad. Ed creía que el viejo laissez faire no funcionaba: si le decías a un adolescente que se cuidara él de sí mismo o se muriera, lo normal era que se muriese. Pero el anciano había sido casi pavorosamente persuasivo (tal vez fuera el parecido con Wimsey) y Ed había aceptado conceder a Todd un plazo. Y, en fin, Todd había conseguido salir a flote. El anciano debía haberse ocupado personalmente del asunto y lo había hecho a conciencia, sí, pensaba Ed. Tal vez hubiera tenido que dar algún puntapié, pero no sólo parecía capaz de hacerlo, sino hasta de sentir con ello cierta austera satisfacción. Y luego, hacía precisamente dos días, había visto la foto de Todd en el periódico. Era una gran figura del béisbol en California del Sur. No es que fuera una proeza enorme, pues elegían todas las primaveras a unos quinientos chicos. Ed pensó que no habría conseguido dar con el nombre del abuelo sí no hubiera visto la foto de Todd.

Siguió mirando las páginas de la guía, ahora con más decisión, recorriendo con el dedo la columna... y allí estaba. bowden, víctor S. 403, Ridge Lañe. Marcó el número; dio varias veces la señal. Estaba ya a punto de colgar cuando alguien, un anciano, contestó:

—¿Quién es?

—Oiga, señor Bowden, aquí Ed Frenen, del instituto de Santo Donato.

—¿Sí? —cortés, pero sólo eso. Seguramente no le reconocía. Bueno, habían pasado tres años y debían de olvidársele algunas cosas de vez en cuando.

—¿Me recuerda usted?

—¿Tendría que recordarle? —la voz de Bowden tenía un tono cauto y Ed sonrió. Era evidente que se le olvidaban las cosas, pero no quería que se diera cuenta nadie, si podía evitarlo. A su padre le había pasado lo mismo cuando empezó a fallarle el oído.

—Fui asesor de Todd en el instituto de Santo Donato y llamaba para felicitarle. Superó bien el bache de noveno, ¿verdad? Y ahora, como remate, es estrella de béisbol. ¡No está mal!

¡Todd! —dijo el anciano, animándose en seguida—. Sí, realmente se ha portado muy bien, ¿verdad? ¡El segundo de su promoción! Y la chica que iba delante de él hizo cursos de comercio —hubo un carraspeo desdeñoso en la voz del anciano—. Mi hijo me llamó y me dijo que me llevaba si quería a la ceremonia de fin de curso de Todd, pero, sabe, estoy ya en una silla de ruedas. Me rompí la cadera en enero. No quería ir en una silla de ruedas. Pero tengo su foto recibiendo el diploma en el vestíbulo, claro. Los padres de Todd están muy orgullosos de él. Y yo también, claro.

—Sí, creo que conseguimos que superara la fase crítica —dijo Ed; sonreía al decirlo, aunque era una sonrisa un tanto perpleja; había algo en el abuelo de Todd que le parecía distinto. Claro que había pasado mucho tiempo...

—¿Fase crítica? ¿Qué fase crítica?

—La breve charla que tuvimos... cuando Todd tuvo aquellos problemas con las tareas escolares. En noveno...

—Perdone, pero no le entiendo —dijo el anciano, despacio—. Yo nunca osaría hablar por el hijo de Richard. Eso crearía problemas... jo, jo. Usted no sabe cuántos problemas crearía. Creo que se equivoca usted, joven.

—Pero...


—Sin duda hay un error. Nos confunde usted con otro estudiante y otro abuelo, me parece.

Ed estaba perplejo. Era una de las pocas veces de su vida en que no se le ocurría nada que decir. Si había algún error, no era evidentemente él quien lo cometía.

—Bueno —dijo vacilante el señor Bowden—. Muy amable por su llamada, señor...




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