Alumno aventajado



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Y ahora, tras el árbol caído de la colina que bajaba hacia la autopista, contemplando todos aquellos faros anónimos que desaparecían como balas trazadoras sin fin, supo claramente qué era lo que le había asustado.

La chachara de Dussander sobre la confianza. Eso le asustaba.

La idea de que Dussander pudiera estar alumbrando una llama de odio pequeña pero perfecta en lo profundo de su corazón, también aquello le asustaba.

Aversión a Todd Bowden, que era joven, bien parecido, sin defectos; Todd Bowden, que era un alumno aventajado con. toda una vida esplendorosa por delante.

Pero lo que más le asustaba de todo era la negativa de Dussander a usar su nombre.

Todd. ¿Qué tenía eso de difícil, ni siquiera para un viejo alemán con casi todos los dientes postizos? Todd. Una sola sílaba. Fácil de pronunciar. Colocas la lengua en el paladar, bajas un poquito los dientes, vuelves a colocar la lengua, y ya está. No obstante, Dussander le había llamado siempre «chico». Sólo eso. Despectivo. Anónimo. Sí, eso es lo que era: Anónimo. Tan anónimo como el número de serie de un campo de concentración.

Tal vez Dussander estuviera diciendo la verdad. No, no sólo tal vez; seguramente la decía. Pero todos aquellos temores existían... y el peor de todos ellos era la negativa de Dussander a usar su nombre.

Y en el fondo de todo estaba su propia incapacidad para tomar una última y difícil decisión. En el fondo de todo, estaba una triste verdad: después de cuatro años de visitar a Dussander, aún seguía sin saber nada de lo que el viejo pensaba. Tal vez no fuera un alumno tan aventajado, después de todo.

Coches y coches y coches. Le hormigueaban los dedos de ganas de agarrar el rifle. ¿A cuántos podría acertar? ¿Tres? ¿Seis? ¿Tal vez una docena? ¿Y cuántos kilómetros hasta el fin?

Se agitó inquieto, incómodo.

Sólo la muerte de Dussander, pensó, diría la última palabra. En cualquier momento de los próximos cinco años, tal vez antes incluso. De tres a cinco... parecía una sentencia. Todd Bowden, este tribunal le condena a una pena de tres a cinco años por asociarse con un 'famoso criminal de guerra. De tres a cinco años de pesadillas y sudores fríos.

Antes o después, Dussander tendría que morirse. Y cuando lo hiciera empezaría la espera. El nudo en la garganta cada vez que sonara el teléfono o llamaran a la puerta.

No estaba seguro de poder soportarlo.

Le hormigueaban los dedos de ganas de agarrar el rifle y los fue encogiendo hasta cerrar los puños. Los apretó y los descargó en su propia entrepierna. Recorrió su vientre un dolor intenso; se quedó un rato en el suelo hecho un ovillo, los labios abiertos y tensos en un grito silencioso.

El dolor era espantoso, pero borró al fin el incesante desfile de sus pensamientos.

Por el momento, al menos.
20
Para Morris Heisel, aquel domingo fue un día de milagros.

Su equipo de béisbol favorito, los Atlanta Braves, venció al grande y poderoso Cincinnati Reds por el resultado de 7-1 y 8-0. Lydia, que se ufanaba siempre presuntuosamente de saber cuidarse de sí misma, y cuyo dicho preferido era «Más vale prevenir que lamentar», resbaló en el suelo mojado de la cocina de su amiga Janet y se dislocó la cadera. Estaba en casa en la cama. No era nada grave, por lo que daba gracias a Dios (¿a qué Dios?), pero significaba que no podría visitarle en dos días por lo menos, o puede que en cuatro.

¡Cuatro días sin Lydia! Cuatro días en los que no tendría que oírla explicar cómo le había avisado de que la escalera se bamboleaba y que además había subido demasiado arriba. Cuatro días en los que no tendría que oírla contar que ella siempre le había dicho que aquel dichoso perro de los Rogan les traería problemas, pues andaba siempre persiguiendo como un loco a Lover Boy. Cuatro días sin que Lydia le preguntara si no estaba contento ahora de que ella hubiese insistido tanto en suscribir aquella póliza de seguro, pues de no haberlo hecho estarían ahora en la indigencia. Cuatro días sin que Lydia le dijera que son muchísimos los que viven vidas absolutamente normales (o casi) paralizados de cintura para abajo; bueno, todos los museos y galerías de la ciudad tenían rampas para las sillas de ruedas y había autobuses especiales incluso. Tras este comentario, Lydia sonreía valerosa e, inevitablemente, rompía a llorar como una Magdalena.

Morris durmió una siesta agradable.

Cuando despertó, eran las cinco y media de la tarde. Su compañero de habitación estaba dormido. Aún no había localizado a Denker, pero estaba absolutamente seguro de que había conocido a aquel hombre en algún momento de su vida. Le había hecho preguntas a Denker una o dos veces, pero en tales ocasiones había algo que le impedía seguir más allá de mantener una conversación intrascendente con aquel individuo: hablar del tiempo, del último terremoto, del próximo, y de que, según la Guía, Myron Floren volvería para aparecer como invitada especial esta semana en el programa de Welk.

Morris se decía que su actitud se debía a que así tenía algo en que entretenerse, una especie de juego mental, y cuando uno está escayolado del cuello a la cadera, los juegos mentales de este tipo pueden ser muy útiles; entre otras cosas, porque así no dedicas tanto tiempo a preguntarte cómo será lo de tener que mear con sonda el resto de tu vida.

Si se daba por vencido y le preguntaba claramente a Denker, aquel juego mental seguramente alcanzaría a una conclusión rápida e insatisfactoria. Limitaría sus pasados a una experiencia común: un viaje en tren, una travesía en barco, puede que hasta el campo de concentración. Tal vez Denker hubiera estado en Patín; había muchísimos judíos alemanes en Patín.

Por otro lado, una de las enfermeras le había dicho que el señor Denker volvería a casa al cabo de una o dos semanas. Si para entonces no había conseguido determinar dónde y cuándo se habían conocido, declararía mentalmente el juego perdido y le preguntaría sin más: Dígame, todos estos días he tenido la impresión de que le conozco de algo...

Pero había algo más en todo aquel asunto, se decía Morris. Había algo en su sensación... una especie de desagradable resaca que le llevaba a recordar la historia aquella de «La pata del mono», en que está garantizado que se cumplirán todos los deseos a causa de algún cambio funesto de fortuna. La pareja de ancianos que entraron en posesión de la pata quisieron cien dólares y los recibieron como regalo de pésame por la muerte de su único hijo en un horrible accidente laboral. La madre quiso después que su hijo volviera con ellos. Oyeron, al poco, arrastrar de pisadas; luego una llamada a la puerta. La madre, loca de alegría, bajó las escaleras corriendo a abrir la puerta a su único hijo. El padre, loco de miedo, busca la pata en la oscuridad; al fin la encuentra y desea que su hijo vuelva a morir. Un instante después la madre abre la puerta: nadie; sólo el viento de la noche.

De alguna forma, Morris creía que tal vez supiera dónde se habían conocido Denker y él y que tal conocimiento era como el hijo de la pareja del cuento: volvía de la tumba, pero no tal como la madre lo guardaba en la memoria; volvía, por el contrario, horriblemente destrozado y mutilado, tal como había quedado después de caer en aquella máquina rechinante. Creía que su conocimiento de Denker podía ser algo subconsciente, que llamaba a la puerta que había entre aquella zona de su mente y la de la comprensión y el reconocimiento racional, pidiendo que le dejaran pasar... y que otra parte de él estaba buscando frenéticamente la pata de mono o su equivalente psicológico; el talismán que haría desaparecer para siempre el deseo de saberlo.

Contempló a Denker, ceñudo.

Denker, Denker, ¿dónde te he conocido, Denker? ¿En Patín? ¿Por eso quizá no quiero saberlo? Pero dos supervivientes de un espanto común no tienen por qué tenerse miedo. A menos, claro, que...

Frunció más el ceño. Estaba muy cerca de la pista, lo percibió de pronto, pero le hormigueaban los pies, impidiéndole concentrarse, distrayéndole. Le hormigueaban precisamente como lo hace un miembro sobre el que te has dormido cuando vuelve a la circulación normal. Si se debía al maldito vendaje, se incorporaría y se frotaría los pies hasta que desapareciera el hormigueo. Podría...

Morris abrió mucho los ojos.

Estuvo un buen rato quieto del todo, Lydia olvidada, olvidado Denker, olvidado Patin, absolutamente todo olvidado menos aquella sensación hormigueante en los pies. Sí, en ambos pies, aunque era más intensa en el derecho. Cuando sientes ese hormigueo sueles decir: Se me ha dormido un pie.

Aunque, naturalmente, lo que de veras quieres decir es: Se me está despertando el pie.

Morris tanteó torpemente buscando el timbre de llamada. Lo pulsó insistente hasta que apareció la enfermera.

La enfermera intentó desechar la posibilidad; ya le había pasado antes con otros pacientes que se negaban a perder la esperanza. Su médico no estaba en el edificio y la enfermera no quería saber nada de llamarle a casa. El doctor Kemmelman era conocido por su mal genio... en especial cuando le llamaban a casa. Morris no se dejó convencer. Era un hombre apacible, pero ahora estaba dispuesto a algo más que una simple protesta; estaba dispuesto a armar un buen follón si era necesario. Los Braves habían ganado. Lydia se había dislocado la cadera; pero las cosas buenas llegaban siempre en tríos, todo el mundo sabía eso.

La enfermera volvió por fin con un interno, un médico joven llamado Timpnell, con un corte de pelo que Sarecía hecho con una segadora que tuviese las cuchi-as sin afilar. El doctor Timpnell sacó un cuchillo del Ejército suizo del bolsillo de los pantalones blancos, desplegó el destornillador Phillips y lo pasó por la planta del pie de Morris, desde la punta de los dedos al talón, del pie derecho. El pie no se curvó, pero los dedos del mismo se movieron. Era un movimiento claro, imposible de ignorar. Morris se echó a llorar.

Timpnell, que parecía bastante aturdido, se sentó en la cama junto a él y le dio una palmada en la mano.

—Estas cosas pasan de vez en cuando —dijo, algo posiblemente del caudal de su experiencia práctica, que no debía ser muy superior a los seis meses—. Ningún médico lo predice, pero ocurre. Y, al parecer, le ha ocurrido a usted.

Morris asintió entre lágrimas.

—Es evidente que no está completamente paralítico. —Timpnell seguía dándole palmaditas en la mano—. Pero no puedo saber si la recuperación será leve, parcial o total. Dudo que el doctor Kemmelman pueda saberlo. Supongo que habremos de pasar por muchas sesiones de terapia física, y que no todo va a ser agradable. Pero siempre será más agradable que... bueno, usted ya me entiende.

—Sí —dijo Morris, entre lágrimas—. ¡Lo sé, gracias a Dios! —recordó haberle dicho a Lydia que no había Dios, y sintió que la sangre se le agolpaba en la cara.

—Me ocuparé de que se informe al doctor Kemmelman —dijo Timpnell, dándole una última palmada en la mano a Morris y levantándose.

—¿Podrían avisar a mi esposa? —preguntó Morris.

Porque, gimoteos fatalistas y retorcimiento de manos aparte, sentía algo por ella. Puede que hasta fuera amor, una emoción que parecía tener poco que ver con pensar a veces que podrías retorcerle el cuello a una persona.

—Sí. Me ocuparé de que se haga. Enfermera, ¿podría usted...?

—En seguida, doctor —dijo la enfermera, y Timpnell apenas pudo reprimir una sonrisa.

—Gracias —dijo Morris, secándose los ojos con un Kleenex de la caja de la mesita—. Muchísimas gracias.

Timpnell se fue. En determinado momento de la conversación, había despertado el señor Denker. Morris pensó disculparse por todo el alboroto o quizá por las lágrimas, pero luego decidió que no era necesaria ninguna disculpa.

—Supongo que hay que felicitarle —dijo el señor Denker.

—Veremos —respondió Morris, aunque, al igual que Timpnell, apenas podía reprimir la sonrisa—. Veremos.

—Los problemas siempre tienen solución —replicó vagamente Denker, y puso a continuación la televisión con el mando de control remoto.

Eran ya las seis menos cuarto y vieron el final de una película. Seguían las noticias de la noche. El paro había aumentado. La inflación no era tan grave. Billy Cárter estaba considerando la posibilidad de entrar en el negocio de la cerveza. Una nueva encuesta Gallup demostraba que si las elecciones iban a seguir la misma tónica, habría cuatro candidatos republicanos que ganarían al demócrata Jimmy. Y había habido disturbios raciales tras el asesinato de un niño negro en Miami. «Una noche de violencia», según palabras del informador. Más cerca de allí, un individuo no identificado había aparecido en un huerto, cerca de la autopista, acuchillado y apaleado.

Lydia llamó un momento antes de las seis y media. La había llamado el doctor Kemmelman y, basándose en el informe del joven interno, se había mostrado cautamente optimista. Lydia estaba cautamente gozosa. Proclamó solemnemente su intención de ir al día siguiente aunque le costase la vida. Morris le dijo que la quería. Aquella noche amaba a todo el mundo: a Lydia, al doctor Timpnell con su corte de pelo de segadora, al señor Denker, incluso a la joven que entró en la habitación con las bandejas de la cena en el momento en que Morris colgaba el teléfono.

La cena consistía en hamburguesas, puré de patatas, una mezcla de guisantes y zanahorias, y unos platillos de helado de postre. La jovencita que servía las cenas era Felice, una rubita tímida de unos veinte años. Ella también tenía buenas noticias: su novio había conseguido trabajo como programador de una computadora IBM y le había pedido formalmente que se casara con él.

El señor Denker, que rezumaba un cierto encanto al que todas las jovencitas reaccionaban, expresó gran satisfacción por tales nuevas.

—¿De veras? ¡Es estupendo! Siéntese aquí ahora mismo y cuéntenoslo. Cuéntenoslo todo, venga. Sin omitir nada.

Felice se sonrojó y sonrió, y dijo que no podía hacerlo.

—Todavía nos falta servir el Ala B y a continuación el Ala C. Y, mire, ¡son ya las seis y media!

—Entonces mañana por la noche sin falta. Insistimos en que nos lo cuente todo... ¿verdad, señor Heisel? —Sí, claro —murmuró Morris, pero su mente estaba a miles de kilómetros de allí.

(Siéntese aquí ahora mismo y cuéntenoslo todo.) Palabras pronunciadas exactamente en aquel tono burlón. Las había oído antes; de eso estaba absolutamente seguro. ¿Pero habría sido Denker el que las había pronunciado? ¿Habría sido él? (Cuéntenoslo todo.)

La voz de un hombre educado. Un hombre culto. Pero había amenaza en la voz. Una mano de acero en un guante de terciopelo. Sí. ¿Dónde?



(Cuéntenoslo todo. Sin omitir nada.)

(¿Patín?)

Morris Heisel miraba la cena fijamente. El señor Denker ya había empezado a cenar. El encuentro con Felice le había puesto de muy buen humor: igual que después de que hubo venido a verle aquel muchacho rubio.

—Una chica agradable —dijo Denker, las palabras apagadas por el bocado de zanahorias y guisantes.

—¡Oh, sí...!



(Siéntese aquí ahora mismo...)

—Quiero decir Felice. Es...



(... y cuéntenoslo todo.)

—... muy dulce.



(Cuéntenoslo todo. Sin omitir nada.)

Miró su propia cena, recordando de pronto lo que solía pasar en el campo de concentración al cabo de un tiempo. Al principio, podías matar por un trozo de carne, sin importar lo agusanada o podrida que estuviera. Pero, después de un tiempo, el hambre feroz desaparecía y sentías el estómago como si fuese una piedrecita gris. Tenías la sensación de que jamás volverías a tener hambre.

Hasta que alguien te enseñaba comida.

(Cuéntenoslo todo, amigo mío, sin omitir nada. Siéntese aquí ahora mismo y cuéntenoslo todo, TOODOO.)

La pista principal de la bandeja de plástico de Morris del hospital fue la hamburguesa. ¿Por qué le habría recordado de pronto el cordero? No carnero ni chuletas: el carnero era a veces correoso, las chuletas a veces duras, y una persona a la que se le han podrido los dientes como tocones viejos, quizá no se sintiera muy tentada por el carnero o por las chuletas. No, en lo que ahora pensaba era en un sabroso estofado de cordero, con salsa y verduras. Verduras tiernas y sabrosas. ¿Por qué pensar en un estofado de cordero? Por qué, a menos que...

De pronto se abrió la puerta. Era Lydia, la cara ruborosa de sonrisas. Se apoyaba en una muleta de aluminio y caminaba como un personaje de la tele.

¡Morris! —trinó.

Junto con ella, y con el mismo aspecto de trémula felicidad apareció Emma Rogan, la vecina de al lado. El señor Denker, sorprendido, tiró el tenedor. Maldijo suavemente en voz baja y lo cogió del suelo con un respingo.

—¡Es tan maravilloso! —Lydia aullaba casi de la emoción—. Llamé a Emma y le pregunté si podríamos venir esta noche en vez de esperar a mañana, ya tenía la muleta, y dije: «Emma», le dije, «si no puedo soportar esta tortura por Morris, ¿qué clase de esposa soy para él?». Ésas fueron exactamente mis palabras, ¿verdad que sí, Emma?

Emma Rogan, recordando quizá que su perrito había sido el causante de parte del problema, por lo menos, asintió afanosa.

—Así que llamé al hospital —dijo Lydia, quitándose el abrigo y colocándolo para una visita de un buen rato—, y me dijeron que ya pasaba de la hora de visita, pero que en mi caso harían una excepción, aunque no nos podríamos quedar mucho rato porque podríamos molestar al señor Denker. No le molestamos, ¿verdad que no, señor Denker?

—No, señora, no —dijo resignado el señor Danker. —Siéntate, Emma. Toma la silla del señor Denker, él no la usa. Oye, Morris, para ya con el helado, te lo estás tirando todo por encima, pareces una criatura. No hay que preocuparse, pronto estarás otra vez levantado y andando por ahí como si nada. Ven, yo te lo daré. Vamos, vamos, abre más la boca... los dientes... las encías... vamos, estómago, ¡ahí va...! No, no digas nada, mamaíta ya lo sabe. Mírale, Emma, casi no le queda ni un pelo, y no me extraña, pensando que nunca podría volver a caminar. Gracias a Dios. Ya le dije yo que la escalera se movía. Le dije: «Morris», le dije, «bájate inmediatamente de ahí antes de que...»

Le dio el helado y parloteó durante la hora siguiente, y para cuando se fue, cojeando ostensiblemente, apoyada en la muleta, mientras Emma la sujetaba por el otro brazo, aquel estofado de cordero y aquel eco de voces resonando a través de los años se habían alejado bastante de la mente de Morris. Estaba agotado. Decir que había sido un día laborioso sería decir muy poco.

Morris se quedó profundamente dormido.

Despertó entre las tres y las cuatro de la madrugada, con un grito contenido en los labios.

Ya lo sabía. Sabía dónde exactamente, y exactamente cuándo había tratado al hombre que dormía en la cama de al lado. Sólo que entonces no se llamaba Denker. Oh no, ni mucho menos.

Había despertado de la pesadilla más horrible de toda su vida. Alguien les había regalado a Lydia y a él una pata de mono y habían pedido dinero. Y luego, de pronto, estaba con ellos en la habitación un chico de la Western Union con uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Y le entregaba un telegrama a Morris. El telegrama decía: lamento informarle ambas hijas MUERTAS STOP CAMPO CONCENTRACIÓN PATÍN STOP SINCERO PÉSAME POR ESTA SOLUCIÓN FINAL STOP SIGUE CARTA COMANDANTE STOP DIRÁ USTED TODO SIN OMITIR NADA STOP POR FAVOR ACEPTE NUESTRO TALÓN CIEN MARCOS ALEMANES DEPOSITO SU BANCO MAÑANA STOP FIRMADO ADOLFO HITLER CANCILLER.

Un gran gemido de Lydia y, aunque ella nunca había visto a las hijas de Morris, alzó la pata del mono y deseó que volvieran a la vida. La habitación se quedó a oscuras. Y, de pronto, les llegó de fuera un rumor de pasos lentos y tambaleantes.

Morris estaba a cuatro patas en una oscuridad súbitamente saturada de humo, gas y muerte. Estaba buscando la pata. Le quedaba todavía un deseo. Si encontrara la pata pediría que cesara aquella espantosa pesadilla. Se ahorraría ver a sus hijas flacas como espantajos, las cuencas llagadas de los ojos, los números grabados a fuego en los brazos escuálidos.

Repiqueteo en la puerta.

En la pesadilla, su búsqueda de la pata se hacía más frenética, pero sin ningún resultado. Parecía prolongarse durante años. Y luego, a su espalda, se abría de golpe la puerta. No, pensaba. No miraré. Cerraré los ojos. Si fuera necesario arrancármelos, me los arrancaría, pero no miraré.

Pero miró. Tenía que mirar. En el sueño fue como si unas manos inmensas le hubieran atenazado la cabeza y se la hubieran hecho volver.

No eran sus hijas las que estaban en la puerta; era Denker. Un Denker mucho más joven. Un Denker con el uniforme nazi de las SS, con la insignia, con el gorro gallardamente ladeado. Los botones le brillaban despiadados, las botas habían sido cepilladas para que brillaran de manera apabullante.

Llevaba en los brazos una cazuela gigantesca, con un estofado de cordero que hervía muy lentamente.

Y el Denker del sueño dijo, con una sonrisa leve y turbia: Siéntese y cuéntenoslo todo... como un amigo a otro «hein»? Nos han dicho que han escondido el oro. Que han ocultado el tabaco. Que no era en absoluto envenenamiento por la comida lo de Schneibel, sino cristal pulverizado en la cena de anteayer. No puede burlarse de nosotros simulando que no sabe nada. Lo sabe todo, TODO. Así que cuéntenoslo-todo. Sin omitir nada.

Y en la oscuridad, oliendo el aroma enloquecedor de aquel estofado, se lo contó todo. Su estómago, que había sido una piedrecilla gris, era ahora un tigre voraz. Las palabras fluían solas de sus labios. Emanaban de él como el sermón absurdo de un lunático, verdad y falsedad, todo mezclado.

¡Brodin tiene el anillo de boda de su madre pegado debajo del escroto!

(«Siéntese.»)

¡Laslo y Hermán Dorksy han hablado de tomar la torre de guardia número tres!

(«¡Y cuéntenoslo todo!»)

¡El marido de Rachel Tannembaum tiene tabaco, le dio al guardia que viene después de Zeicker, ese que le llaman Comemocos porque anda siempre hurgándose la nariz y metiéndose luego los dedos en la boca; Tannembaum, le dio un poco a Comemocos, para que no arrebatase los pendientes de perlas de su mujer!

(¡Oh, eso no tiene ningún sentido, ningún sentido en absoluto, está mezclando dos historias distintas, creo, pero bueno, es perfecto, muy bien, preferimos que mezcle dos historias distintas que no que omita una, no tiene que omitir NADA!)

¡Hay un hombre que ha estado utilizando el nombre de su hijo muerto para conseguir raciones dobles!

(«Díganos cómo se llama.»)

No lo sé pero puedo señalarle cuando quiera usted sí claro cómo no puedo enseñárselo lo haré lo haré lo

(«Díganos todo lo que sepa.»)

Haré, lo haré, lo haré, lo haré, lo haré lo...

Hasta que saltó a la conciencia con un grito en la garganta como fuego.

Temblando sin control, miró el cuerpo dormido de la cama de al lado. Se quedó mirando en concreto aquella boca hundida y arrugada. Un viejo tigre desdentado. Un elefante viejo y malvado al que le faltaba un colmillo y el otro se le tambaleaba podrido en el alvéolo. Monstruo senil.

«¡Oh, Dios mío!», murmuraba Heisel. Su voz era débil y aguda, audible sólo para él. Le rodaban las lágrimas por las mejillas hasta las orejas. «Oh Dios querido, Dios mío, el hombre que asesinó a mi esposa y a mis hijas está durmiendo en la misma habitación que yo, Dios mío, Dios querido, está aquí mismo en esta habitación conmigo.»

Las lágrimas empezaron a fluir ahora más abundantes... lágrimas de cólera y espanto, lágrimas cálidas, abrasadoras.

Tembló y esperó que llegara la mañana; y la mañana tardó siglos en llegar.



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