Alumno aventajado



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Lydia dio un chillido que vibró estruendoso en la cabeza dolorida de Morris.

—Lydia —le dijo, y volvió a humedecerse los labios.

—¿Qué, cariño?

—Durante muchos años, he sospechado algo. Ahora ya estoy seguro.

—¡Pobrecito mío, Morris! ¿Qué?

—Dios no existe, Lydia, Dios no existe —dijo Morris, y se desmayó.

Le llevaron a Santo Donato y su médico le dijo, más o menos a la misma hora en que habría estado normalmente degustando una de las horrorosas cenas de Lydia, que no podría volver a caminar. Le habían colocado ya una especie de escayola en el cuerpo, y tomado muestras de sangre y orina. El doctor Kemmelman le había examinado los ojos y pegado en las rodillas con un martillito de goma (sin que a los golpecitos respondiera ningún movimiento reflejo). Y allí estuvo Lydia en todo momento, llorando a mares y empapando pañuelo tras pañuelo. Lydia, una mujer que habría sido esposa ideal para Job, iba a todas partes bien provista de moqueritos de encaje, por si se producía un ataque de llanto. Había llamado a su madre, que llegaría pronto («Está bien, Lydia», aunque, no había nadie en el mundo a quien Morris detestara más que a la madre de Lydia). Había llamado al rabino, también llegaría en seguida («Está bien, Lydia», aunque hacía cuatro años que él no pisaba la sinagoga y ni siquiera estaba seguro de cómo se llamaba el rabino). Había llamado al jefe de Morris, y, aunque éste no se reintegraría a su trabajo, enviaba saludos y sus más sinceras condolencias («Está bien, Lydia», aunque, si había alguien que Morris detestara tanto como a la madre de Lydia, ése era precisamente aquel putz mascapuros de Frank Haskell). Al fin le dieron un valium a Morris y sacaron a Lydia de allí. Al poco rato, Morris sencillamente despegó: ni preocupaciones, ni jaqueca, ni nada. Si seguían dándole pastillitas azules como aquélla, fue su último pensamiento, volvería a subirse a aquella escalera y a romperse otra vez la espalda.

Cuando despertó (o recuperó la conciencia, sería más exacto), apuntaba ya el alba y el hospital estaba tan silencioso como Morris suponía que debía estar siempre. Sentía una gran calma... serenidad casi. No le dolía nada. Sentía el cuerpo vendado e ingrávido. La cama estaba rodeada de una especie de cachivache parecido a una jaula de ardilla: barras de acero inoxidable, alambres y poleas. Las piernas las tenía sujetas arriba, a este artilugio con cables. Parecía que tuviera curvada la espalda por algo colocado debajo, aunque resultaba difícil determinarlo: sólo tenía su propio ángulo de visión para poder juzgar.

Los hay que están peor, pensaba. En todo el mundo hay personas que están peor aún. En Israel, los palestinos matan campesinos por cometer el crimen político de ir en autobús a ver una película. Los israelíes solucionan esta injusticia bombardeando a los palestinos y matando niños junto con los terroristas que pudiera haber. Hay quien está peor que yo... que no es decir que esto sea bueno, ni mucho menos, pero los hay que están peor.

Alzó con cierta dificultad una mano (le dolía en algún punto del cuerpo, aunque muy levemente) y cerró el débil puño delante de los ojos. Bien. Tenía las manos bien. Y tenía los brazos bien también. Pero no podía sentir absolutamente nada de la cintura para abajo. ¿Y eso qué? Había gente por todo el mundo paralizada del cuello para abajo. Había leprosos. Había personas que se morían de sífilis. Y en aquel preciso instante, en algún lugar del mundo, había personas subiendo a un avión que se iba a estrellar. Sí, aquello suyo no era bueno, pero había cosas peores en el mundo.

Y, en otros tiempos, había habido cosas mucho peores en el mundo.

Alzó el brazo izquierdo. Parecía flotar, descarnado, ante sus ojos: el biazo de un viejo huesudo de músculos decrépitos. Le habían puesto una chaqueta de hospital de manga corta y podía ver el número en el antebrazo, tatuado con una tinta azul desvaída. P499965214. Cosas peores, sí, cosas peores que caer de una escalera y romperse la espalda y que te lleven a un hospital metropolitano limpio y aséptico y te den un valium que borra todos los problemas.

Las duchas, sí, las duchas eran peores. Ruth, su primera esposa, había muerto en una de aquellas duchas malditas. Y las fosas que se convertían en tumbas. Podía cerrar los ojos y seguía viendo a los hombres alineados a lo largo de las fauces abiertas de las zanjas, podía oír aún las descargas, los recordaba aún cayendo hacia atrás como muñecos de trapo. Y los crematorios; sí. También los crematorios eran peores; los hornos crematorios, que impregnaban el aire del constante olor dulzón de los judíos ardiendo como antorchas invisibles. Los rostros sobrecogidos por el terror de viejos amigos y parientes, caras que se fundían igual que velas goteantes, rostros que parecían desaparecer delante de tus propios ojos: delgados, más delgados, delgadísimos. Y luego, un día no estaban ya, ya se habían ido. ¿Adonde? ¿Adonde se va la llama de la antorcha cuando la apaga el viento frío? ¿Al cielo? ¿Al infierno? Luces en la oscuridad. Candelas al viento. Cuando Job desfalleció al fin y cuestionó, Dios le preguntó a él: ¿Dónde estabas tú cuando hice el mundo? Si Morris Heisel hubiera sido Job, le habría respondido: ¿Dónde estabas tú cuando mi Ruth se moría, tú, potzer, tú? ¿Viendo jugar a los Yankees y a los Senators? Si no sabes atender mejor tus asuntos, quítate de mi vista.

Sí, había cosas peores que romperse la espalda, no le cabía la menor duda. ¿Pero qué clase de Dios habría permitido que se rompiera la espalda y quedara paralizado para toda la vida, después de haber visto morir a su esposa y a sus hijas y a sus amigos?

Ningún Dios, desde luego. Ninguno.

Le bajó rodando una lágrima despacio desde el ojo al oído. Fuera de la sala del hospital, sonaba suave un timbre. Pasó una enfermera con suelas de crepé. La puerta de la habitación estaba entreabierta y pudo leer en la pared del pasillo las letras dados int y supuso que el letrero entero diría cuidados intensivos.

Había movimiento en la habitación... crujir de ropa de cama.

Moviéndose con mucho cuidado, volvió la cabeza hacia la derecha, al otro lado de la puerta. Vio a su lado una mesita de noche con una jarrita encima. En la mesa había dos timbres para llamar. Y más allá había otra cama y, en la cama, un hombre que parecía aún más viejo y enfermo de lo que se sentía Morris. No estaba encerrado en una gran rueda de ejercicios para ratones como Morris, pero había una unidad de alimentación junto a la cama y una pantalla de control a los pies. Estaba flaco, amarillento. Las arrugas que le bordeaban la boca y los ojos eran muy profundas. El cabello lo tenía blanco-amarillento, mustio y seco. Los finos párpados indicaban agotamiento y Morris percibió en la gran nariz las venillas reventadas del bebedor consuetudinario.

Morris miró a otro lado... y volvió a mirar luego a aquel hombre. A medida que aumentaba la claridad y se despertaba el hospital, empezó a tener la extraña impresión de que conocía a su compañero de cuarto. ¿Sería posible? El hombre aparentaba de setenta y cinco a ochenta años y Morris pensó que no conocía a nadie tan viejo (a no ser la madre de Lydia, un espanto que a Morris le parecía a veces más vieja que la Esfinge, a la que, por otro lado, se parecía muchísimo).

Tal vez fuera alguien a quien había conocido en el pasado, tal vez incluso antes de que él, Morris, viniera a Norteamérica. Tal vez sí. Tal vez no. ¿Y por qué parecía de pronto que aquello pudiera tener importancia? En cuanto a eso, ¿por qué le habrían abrumado aquella noche todos los recuerdos del campo de concentración de Patín, cuando siempre procuraba (y lo conseguía casi siempre) que todo aquello permaneciera enterrado?

Sintió que se le ponía de pronto carne de gallina por todo el cuerpo, como si hubiera entrado en una casa embrujada e imaginaria en que se agitasen antiguos cadáveres y por la que se paseasen los fantasmas. ¿Podría ocurrir, incluso aquí y ahora en este pulcro hospital, treinta años después de que los tiempos sombríos hubieran terminado?

Apartó la vista del anciano de la cama de al lado y, al poco rato, volvió a dormirse.



Es una trampa de tu mente el que ese individuo te parezca conocido. Se debe sólo a tu mente, que procura distraerte lo mejor que puede, distraerte tal como solía intentarlo...

Pero no pensaría en aquello. No se permitiría pensar en aquello.

Cuando se quedaba ya dormido, recordó cómo había presumido él con Ruth (nunca con Lydia; no merecía la pena ufanarse con Lydia; no era como Ruth, que sonreía siempre con dulzura ante sus exageraciones inofensivas y sus alardes): Nunca olvido una cara. Era su oportunidad de averiguar si seguía siendo así. Si había conocido alguna vez al hombre que dormía ahora en la cama de al lado, tal vez pudiera recordar cuándo... y dónde.

Cuando estaba ya casi dormido, cruzando y descruzando el umbral del sueño, Morris pensó: Tal vez le conocí en el campo.

Sería irónico, sí... lo que llamaban una «burla de Dios».

¿De qué Dios?, volvió a preguntarse Morris Heisel, y se quedó dormido.


19
Todd no pronunció el discurso en representación de su clase el día de la entrega de diplomas, tal vez por la nota baja que sacó en el examen final para el que había estado estudiando la noche que Dussander enfermó. Esto le bajó el promedio del curso a 89, un punto por debajo del A-menos.

Una semana después de la entrega de diplomas, los Bowden fueron a visitar al señor Denker al Hospital General de Santo Donato. Todd se revolvió inquieto durante los quince minutos de comentarios y cumplidos tontos y agradeció la interrupción cuando el hombre de la otra cama le preguntó si podía acercarse un momento.

—Perdona —le dijo, como excusándose. Tenía el cuerpo escayolado y estaba atado a un sistema de cables y poleas—. Me llamo Morris Heisel. Me he roto la columna.

—Eso es bastante malo —dijo Todd con seriedad.

—¡Huy, bastante malo, dice! Este chico tiene el don de quitar importancia a las cosas.

Todd empezó a disculparse, pero Heisel alzó una mano, sonriendo levemente. Tenía la cara pálida y ajada, la cara de ctialquier viejo que afronta en el hospital una vida llena de cambios drásticos: y muy pocos seguramente para mejor. En ese sentido, pensó Todd, él y Dussander eran iguales.

—No es necesario —dijo Morris—. No hay por qué contestar un comentario descortés. No me conoces de nada. No tiene ningún sentido que te agobie con mis problemas.

—«Ningún hombre es una isla completa en sí» —empezó a decir Todd, y Morris se echó a reír.

—Vamos, me contesta con una cita. ¡Un chico listo! Ese amigo tuyo, ¿está muy grave?

—Bueno, los médicos dicen que reacciona bien, para la edad que tiene; son ochenta años.

—¿¡Tantos!? —exclamó Morris—. No me cuenta gran cosa, sabes, pero, por lo que dice, supongo que es nacionalizado. Como yo. Yo soy polaco, sabes. De origen, quiero decir. De Radom.

—¡Ah! —dijo Todd cortésmente.

—Sí. ¿Sabes cómo le llaman a la «boca» de un buzón en Radom?

—No —dijo Todd, sonriendo.

—Pues Howard Johnson, la famosa cadena de restaurantes —dijo Morris, y echó a reír. Todd también se echó a reír. Dussander se volvió hacia ellos, sorprendido por el ruido y un poco ceñudo. Luego, Monica dijo algo y se volvió de nuevo hacia ella.

—¿Tu amigo se ha nacionalizado?

—Ah, sí —dijo Todd—. Es de Alemania. De Essen. ¿Conoce usted Essen?

—No —dijo Morris—. Claro que yo sólo estuve una vez en Alemania. Me pregunto si él estuvo en la guerra.

—Pues en realidad no podría decírselo —dijo Todd, con una expresión remota.

—¿No? Bueno, no importa. Eso fue hace mucho tiempo; la guerra. Dentro de otros tres años, habrá individuos en este país constitucionalmente elegibles para la presidencia (¡presidentes!) que ni siquiera habían nacido cuando acabó la guerra. No habrá para ellos una gran diferencia entre el Milagro de Dunkerque y Aníbal cruzando los Alpes con sus elefantes.

—¿Usted estuvo en la guerra? —preguntó Todd.

—Supongo que sí estuve, en cierto modo. Eres un buen chico viniendo a visitar a un hombre tan viejo... a dos viejos, contándome a mí.

Todd sonrió con modestia.

—Ahora estoy cansado —dijo Morris—. Creo que voy a dormir un poco.

—Espero que mejore muy pronto —dijo Todd.

Morris asintió, sonrió y cerró los ojos. Todd volvió junto a la cama de Dussander; sus padres se disponían ya a marcharse: su padre miraba el reloj y decía con una cordialidad exagerada que se estaba haciendo tardísimo.

Dos días después, Todd volvió solo al hospital. En esta ocasión, Morris Heisel, aprisionado en su escayola, estaba profundamente dormido en la cama de al lado.

—Te portaste muy bien —dijo Dussander con calma—. ¿Volviste después a la casa?

—Sí. Quemé aquella carta maldita. No creo que le interesara mucho a nadie, y tenía miedo... no sé.

Se encogió de hombros; se sentía incapaz de explicarle a Dussander que le había dado un miedo casi supersticioso aquella carta... miedo a que quizás entrara en la casa alguien que pudiera leer alemán, alguien que descubriera en la carta referencias a diez, o quizá veinte años atrás...

—La próxima vez que vengas, procura traerme camuflado algo de beber —le dijo Dussander—. No echo de menos los cigarrillos, pero...

—No volveré —dijo Todd escuetamente—. No volveré nunca. Se acabó ya. Estamos a la par.

—A la par. —Dussander cruzó las manos sobre el pecho y sonrió. No era una sonrisa dulce, pero tal vez fuera a lo más que podía llegar Dussander—. Creía que eso era en las cartas. Creo que me dejarán salir de este cementerio la semana que viene... al menos es lo que me han prometido. El médico dice que aún puedo aguantar algunos años. Le pregunto cuántos, y se limita a sonreírme. Supongo que eso significa como mucho tres, o seguramente no más de dos. Pero, en fin, a lo mejor le doy una sorpresa.

Todd no dijo nada.

—Pero, entre tú y yo, chico, ya casi he renunciado a mis esperanzas de ver el cambio de siglo.

—Quería preguntarle una cosa —dijo Todd, mirando fijamente a Dussander—. Es por lo que he venido hoy. Quiero preguntarle sobre algo que dijo una vez.

Todd miró por encima del hombro hacia el hombre de la cama de al lado y acercó más la silla a la cama de Dussander. Le llegó el hedor de Dussander, tan seco como el de la sala egipcia del museo.

—Pregunta.

—Aquel borracho. Dijo usted algo de que yo tenía experiencia. Experiencia de primera mano, dijo. ¿Qué es lo que quería decir con eso?

A Dussander le creció un poco la sonrisa.

—Yo leo los periódicos, chico. Los viejos siempre leen los periódicos, aunque no los leen igual que la gente joven. Se sabe que en determinadas terminales de las pistas de aterrizaje de algunos aeropuertos de América del Sur se concentran los buitres cuando soplan ciertos vientos de costado que son muy traidores, ¿lo sabías? Así es como lee el periódico un viejo. Hace un mes, leí una historia en el dominical. No una historia de primera página... a nadie le interesan los mendigos y los alcohólicos tanto como para sacarlos en primera página, pero era la principal historia de la sección especial. ¿hay alguien acechando a los desharrapados?, ése era el título. Directo. Periodismo sensacionalista. Los norteamericanos sois famosos en eso.

Todd apretó los puños, ocultando las uñas destrozadas. Nunca leía los dominicales, tenía mejores cosas en que emplear el tiempo. Claro que había repasado los periódicos todos los días, al menos durante una semana después de cada una de sus aventurillas, y ninguno de sus mendigos había pasado de la página tres. La mera idea de que alguien hubiera estado estableciendo conexiones a sus espaldas le enfurecía.

—El artículo mencionaba varios asesinatos, asesinatos extraordinariamente brutales. Acuchillamientos, apaleamientos. «Brutalidad infrahumana», eran las palabras del articulista, aunque ya sabes cómo son los periodistas. El escritor de este artículo lamentable a que me refiero, admitía la existencia de un elevado índice de mortalidad entre esos desdichados. Y que en Santo Donato ha habido un número excesivo de indigentes a lo largo de los años. No todos los muertos de este grupo mueren de muerte natural ni a causa de sus malos hábitos. Son frecuentes los asesinatos, pero en la mayoría de los casos el asesino suele ser uno de los colegas del difunto, y el motivo una simple discusión por un juego de cartas sin importancia o por una botella de moscatel. El asesino suele confesar de buena gana. Porque el remordimiento le destroza.

»Pero esos últimos asesinatos no se han resuelto. Y lo que es aún más siniestro para esta mentalidad de periodista sensacionalista es el alto índice de desapariciones de los últimos años. Claro que, vuelve a admitir, estos hombres no son más que vagabundos modernos. Gente de paso. Vienen y van. Pero algunos de éstos no han recogido siquiera sus talones de la asistencia social... ¿Podrían, tal vez, haber sido algunos de ellos víctimas del Asesino de Borrachos? Esto se pregunta el periodista sensacionalista. ¿Víctimas que aún no han aparecido? ¡Puah!

Dussander movió la mano en el aire, como desechando una irresponsabilidad tan notoria.

—Simple aguijoneo, claro. Alarmar un poquito a la gente el domingo por la mañana. Evoca viejos fantasmas, muy trillados ya, pero todavía útiles: el Asesino del Torso de Cleveland, Zodíaco, el Misterioso Mr. X que mató a la Dalia Negra, Springheel Jack. Estupideces por el estilo. Pero me hace pensar. ¿Qué puede hacer un viejo más que pensar, cuando los viejos amigos no van ya a visitarle?

Todd se encogió de hombros.

—Pensé: Si deseara ayudar a este periodista odioso, cosa que evidentemente no deseo, le explicaría algo de los desaparecidos. Nada le diría de los cadáveres hallados acuchillados o apaleados, nada le diría de ellos, que Dios acoja sus almas embrutecidas, pero sí algo de los desaparecidos. Porque al menos algunos de esos mendigos están en mi sótano.

—¿Cuántos hay allí abajo? —preguntó Todd en voz baja.

—Seis —dijo Dussander con calma—. Seis, contando el último .del que tú me ayudaste a desembarazarme.

—Está usted loco del todo —dijo Todd. Bajó los ojos; la piel era blanca y brillante—. Creo que se ha pasado usted de rosca, sí.

—¡Pasarse de rosca! ¡Una expresión encantadora! Tal vez tengas razón. Pero entonces me dije: A este chacal periodístico le encantaría imputar los asesinatos y las desapariciones a una misma persona, a su hipotético asesino. Pero creo que es muy probable que no sea en absoluto lo que ocurrió... Y entonces me dije: «¿Conoces a alguien que pudiera ser autor de todo esto? ¿Alguien que haya estado sometido a una tensión parecida a la que he soportado yo los últimos años? ¿Alguien que también haya estado oyendoa de él mismo agazapado tras el árbol muerto, atisbando por la mira telescópica de su 30.30, centrada en la sien del hombre de barba canosa que conducía la camioneta Brat.

—Tal vez no —convino Dussander, bastante amablemente—. Pero la otra noche actuaste con absoluta serenidad y con aplomo. Creo que tu sorpresa fue más que nada de cólera por verte en situación tan peligrosa por culpa de la debilidad de un viejo. ¿Me equivoco?

—No, no se equivoca —dijo Todd—. Estaba furioso con usted. Y sigo estándolo. Lo hice todo porque tiene usted una cosa guardada que podría destrozar mi vida.

—No. No la tengo.

—¿Qué? ¿Qué está diciendo?

—Eso era un farol como el de «la carta de un amigo». Tú nunca escribiste esa carta, nunca existió el amigo. Y yo nunca he escrito una sola palabra sobre nuestra... asociación, digamos. Ahora estoy poniendo mis cartas boca arriba. Me salvaste la vida. No importa que sólo lo hicieras por protegerte tú; eso no altera la eficacia y rapidez con que actuaste. No puedo hacerte daño, chico. Lo digo francamente. He visto la muerte cara a cara y me asusta, pero no tanto como creí que me asustaría. No existe ningún documento. Como tú dijiste, estamos a la par.

Todd sonrió: un misterioso retorcer los labios hacia arriba. Bailaba y revoloteaba en sus ojos un brillo extraño y sardónico.

—Herr Dussander —dijo—, si por lo menos pudiera creerlo...

Por la noche, Todd bajó caminando hacia la loma que daba a la autopista, bajó hasta el árbol muerto y se sentó en él. Acababa de oscurecer. Era una noche cálida. Los faros de los coches cortaban el crepúsculo en largas guirnaldas de margaritas.

No hay ningún documento.

No había comprendido lo absolutamente irreparable que era toda la situación hasta la discusión que había seguido a aquellas palabras de Dussander. Éste propuso a Todd que buscara en la casa la llave de la caja de seguridad y que, como no la encontraría, eso demostraría que no existía ninguna caja de seguridad y, por tanto, ningún documento. Claro que una llave podía esconderse en cualquier sitio: podías meterla en una lata y enterrarla luego; podía meterse en un bote y ponerlo debajo de una tabla desclavada y vuelta a clavar; incluso podía haberse ido a San Diego en autobús a meterla detrás de una piedra del decorativo muro de piedra que rodeaba la zona ambiental de los osos. E incluso, prosiguió diciendo Todd, podría sencillamente haberla tirado. ¿Por qué no? Sólo la había necesitado una vez: para colocar el documento dentro de la caja. Si se moría, ya se encargaría alguien de sacarlo.

Dussander asentía de mala gana a toda esta argumentación, pero después de pensarlo un momento, hizo otra sugerencia: cuando se recuperara lo suficiente para regresar a casa, haría que el chico llamara a todos los bancos de Santo Donato. Diría en todos que llamaba por su pobre abuelo. El pobre abuelo, diría, estaba ya chocho y senil últimamente, y ahora había extraviado la llave de su caja de seguridad. Y, peor aún: ni siquiera recordaba en qué banco tenía la caja. ¿Serían tan amables en comprobar sus archivos, y ver si figuraba en ellos un tal Arthur Denker, sin inicial intermedia? Y cuando obtuviera resultados negativos en todos los bancos de la ciudad...

Todd volvía a mover la cabeza. Primero: Una historia como aquélla era casi seguro que levantaría sospechas. Demasiado evidente. Seguro que sospecharían alguna estafa y avisarían a la policía. Y, aun en el caso de que todos se tragaran la historia, no serviría de nada tampoco. Si en ninguno de los casi cien bancos de Santo Donato había una caja de seguridad a nombre de Arthur Denker, eso no demostraba ni quería decir que Dussander no hubiera alquilado una en San Diego, en Los Angeles, o en cualquier otra ciudad que quedase entre ambas.

Al fin Dussander se dio por vencido.

—Tienes respuestas para todo, chico. Para todo menos para esto: ¿Qué iba a sacar yo ahora mintiéndote? Inventé esta historia para protegerme de ti: ése es un motivo. Ahora intento desinventarla. ¿Qué posible beneficio ves en ello?

Dussander se irguió laboriosamente apoyándose en un codo.

—En cuanto a eso, ¿por qué iba a necesitar un documento a estas alturas? Podría destrozar tu vida desde esta cama de hospital, si fuera eso precisamente lo que deseara. Podría abrir la boca y contárselo todo al primer médico que pase. Todos son judíos. Todos deben saber quién soy, o al menos quién fui. ¿Pero por qué iba a hacerlo? Eres un buen estudiante. Te aguarda una gran carrera... a menos que te descuides con esos borrachos...

—Le dije ya... —respondió Todd, con una expresión gélida.

—Lo sé. Nunca tuviste relación con ellos, jamás les tocaste un pelo de sus cabezas mugrientas y miserables. Perfecto, de acuerdo, bueno. No hablemos más del asunto. Pero dime una cosa, chico: ¿por qué te iba a mentir yo ahora? Estamos a la par, tú mismo lo has dicho. Pero sólo podremos con ellos, jamás les tocaste un pelo de sus cabezas mugrientas y miserables. Perfecto, de acuerdo, bueno. No hablemos más del asunto. Pero dime una cosa, chico: ¿por qué te iba a mentir yo ahora? Estamos a la par, tú mismo lo has dicho. Pero sólo podremos estar en paz si podemos confiar uno en otro.



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