Alumno aventajado



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Recobró la razón y enfiló hacia la casa de Dussander; el parche reflector de su rodilla subía y bajaba y su largo cabello rubio ondeaba hacia atrás, dejando su frente al descubierto.

—¡Dios santo! —exclamó Todd, casi en un grito.

Estaba en la puerta de la cocina. Dussander se apoyaba en los codos, con la taza de porcelana entre ambos. Grandes gotas de sudor le brillaban en la frente. Pero Todd no miraba a Dussander. Miraba la sangre.

Había sangre por todas partes: en la mesa, en la silla vacía de la cocina, en el suelo.

—¿Dónde tiene la herida? —gritó Todd, consiguiendo poner de nuevo en movimiento sus paralizadas piernas... Tenía la sensación de llevar allí quieto lo menos mil años. Se acabó, estaba pensando. Éste es el fin de todo, de absolutamente todo. El globo está subiendo, baby, hasta el cielo, baby, y es un adiós, adiós, adiós definitivo. Sin embargo, procuró no pisar la sangre—. ¡Creí que me había dicho que le había dado un ataque al corazón!

—¡La sangre no es mía! —susurró Dussander.

—¿Qué? —Todd se detuvo—. ¿Qué ha dicho?

—Baja al sótano. Ya verás lo que tienes que hacer.

—Pero ¿qué diablos es esto? —preguntó Todd. Imaginó de pronto algo espantoso.

—No pierdas nuestro tiempo, chico. Creo que no te sorprenderá demasiado lo que encuentres abajo. Creo que tienes experiencia en asuntos parecidos. Experiencia de primera mano.

Todd le miró incrédulo otro instante y corrió luego hacia el sótano, bajando las escaleras de dos en dos. La primera ojeada al débil resplandor amarillento de la única luz del sótano le indujo a pensar que Dussander había tirado una bolsa de basura al sótano. Se fijó luego en las piernas que sobresalían de la bolsa y en las manos sucias sujetas a ambos lados con un cinturón apretado.

—¡Dios santo! —repitió, aunque esta vez las palabras salieron de su boca, sin fuerza, en un levísimo y débil susurro.

Se apretó con el dorso de la mano derecha los labios, secos como lija. Cerró los ojos un instante... y cuando volvió a abrirlos era otra vez dueño de sí mismo.

Empezó a actuar.

Vio el mango de la pala sobresaliendo de un agujero poco profundo en el rincón del fondo y al instante comprendió lo que estaba haciendo Dussander cuando se le averió la maauinaria. Al instante siguiente, advirtió el intenso hedor, un olor a tomates podridos. Lo había olido otras veces, pero arriba no era tan fuerte y, además, en los últimos dos años no había visitado a Dussander muy a menudo. Comprendió perfectamente lo que significaba y durante un rato se debatió intentando dominar las náuseas. Le sacudió una serie de arcadas, amortiguadas por la mano con que se tapaba boca y nariz.

Poco a poco, consiguió dominarse de nuevo.

Agarró al mendigo por las piernas y le arrastró hasta el borde de la fosa. Soltó las piernas, limpiándose el sudor de la frente con la palma de la mano izquierda y, por un instante, permaneció absolutamente quieto, pensando más intensamente de lo que hubiera pensado en toda su vida.

Agarró luego la pala y empezó a hacer más hondo el agujero. Cuando tenía ya casi metro y medio de profundidad, salió y echó dentro con el pie el cadáver. Se quedó al borde de la fosa, contemplando su interior. Pantalones andrajosos. Manos asquerosas llenas de postillas. Era un vagabundo. Muy bien. Casi era cómico. Como para partirse de risa.

Subió las escaleras.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó a Dussander.

—Me pondré bien. ¿Te has ocupado de todo?

—Lo estoy haciendo.

—Date prisa. Está todo muy silencioso aquí.

—Me encantaría echarle a usted como comida a los cerdos —dijo Todd, y volvió al sótano sin dar tiempo a Dussander a replicarle.

Había cubierto casi totalmente el cadáver del borracho cuando empezó a pensar que se le olvidaba algo. Miró atentamente la fosa, sujetando la pala con una mano. Las piernas del borracho asomaban del montículo de tierra y también las puntas de los pies, un viejo zapato, probablemente un Hush Puppy, y un calcetín sucio que realmente podría haber sido blanco por la época en que Taft era presidente del país.

¿Un zapato sólo? ¿Uno?

Todd se volvió y miró por el suelo hasta el pie de las escaleras. Miró desolado alrededor. El dolor de cabeza estaba empezando otra vez a golpetearle en las sienes, débiles golpecitos intentando abrirse paso. Localizó el viejo zapato como a metro y medio, entre unos anaqueles abandonados. Lo recogió, volvió a la fosa y lo tiró dentro. Empezó a palear de nuevo. Cubrió zapato, piernas, todo.

Cuando toda la tierra estuvo de nuevo en el agujero, la aplastó bien con la pala. Agarró luego el rastrillo y lo pasó en ambas direcciones para disimular que la tierra había sido removida recientemente. Sin gran éxito; sin un buen camuflaje el lugar en el que se ha abierto y vuelto a llenar un agujero siempre parece el lugar en el que se ha hecho y vuelto a llenar un agujero. De cualquier forma, nadie tendría ocasión de bajar allí, al menos en ello tendrían que confiar desesperadamente él y Dussander.

Todd subió las escaleras corriendo. Jadeaba.

Dussander había separado más los codos y la cabeza le colgaba casi tocando la mesa. Tenía los ojos cerrados, los párpados amoratados... del color de los

ásteres.


—¡Dussander! —gritó Todd. Sentía un intenso sabor picante en la boca: sabor de adrenalina, sangre ardiente latiendo y miedo—. ¡No se atreva a morírseme ahora, cabrón de mierda!

—Baja la voz —dijo Dussander sin abrir los ojos—. Conseguirás que venga todo el vecindario a ver qué pasa aquí.

—¿Dónde hay jabón o algo para limpiar todo esto? Detergente, o algo parecido. Y bayetas. Necesito bayetas.

—Lo encontrarás todo bajo el fregadero.

En muchos sitios, la sangre estaba ya seca. Dussander alzó la cabeza y vio a Todd arrastrándose por el suelo, restregando primero el charquito del linóleo y luego las gotas que habían caído por las patas de la silla en la que había estado sentado el vagabundo. El chico se mordía compulsivamente los labios, rascándolos casi como un caballo el freno. Al fin" acabó. El olor a detergente llenaba la estancia.

—Hay una caja con trapos viejos bajo las escaleras —dijo Dussander—. Pon debajo de todo esos manchados de sangre. No te olvides de lavarte las manos.

—No necesito que me dé su consejo. Usted me metió en este lío.

—¿De veras? He de decir que te las arreglaste muy bien. —Por un momento, el viejo tono de burla asomó a la voz de Dussander. Luego, se dibujó en su rostro una mueca de amargura—. De prisa.

Todd se ocupó de los trapos. Subió luego corriendo por última vez las escaleras. Se volvió a mirar abajo un momento, luego apagó la luz y cerró la puerta. Fue al fregadero, se remangó y fregó con el agua todo lo caliente que podía aguantar. Hundió las manos en la espuma y sacó el cuchillo de cocina que había utilizado Dussander.

—Me gustaría cortarle el cuello con este cuchillo —dijo lúgubremente.

—Sí; y echarme como comida a los puercos. No lo dudo en absoluto.

Todd enjuagó el cuchillo, lo secó y lo guardó. Secó los otros cacharros de prisa, soltó el agua, enjuagó el fregadero. Mientras se secaba las manos, miró el reloj y vio que eran las diez y veinte.

Fue hasta el teléfono del pasillo, descolgó y quedó mirándolo pensativo. No dejaba de preocuparle la idea de que olvidaba algo (alguna prueba potencial como el zapato). ¿Qué? No lo sabía. Si no tuviera aquel dolor de cabeza, conseguiría precisar lo que era. Aquel dolor de cabeza maldito. A él no solían olvidársele las cosas, aquello era alarmante.

Marcó el 222, sonó una vez sólo la señal y ya contestaron.

—Aquí Centro Médico de Santo Donato. ¿Cuál es su problema?

—Me llamo Todd Bowden. Estoy en el 963 de la calle Claremont. Necesito una ambulancia.

—¿De qué se trata, hijo?

—Se trata de mi amigo el señor D... —se mordió el labio inferior tan fuerte que se hizo sangre y, por un momento, se quedó en blanco, perdido en las pulsaciones de su cabeza. Dussander. Había estado a punto de dar a aquella voz anónima del Centro Médico el verdadero nombre de Dussander.

—Tranquilízate, hijo —dijo la voz—. Tómatelo con calma y todo saldrá bien.

—Mi amigo el señor Denker —dijo Todd—. Creo que ha sufrido un ataque al corazón.

—¿Qué síntomas tiene?

Todd empezó a describirlos, pero en cuanto explicó el dolor del pecho que se extendía luego por el brazo izquierdo, la voz no quiso escuchar más. Le dijo a Todd que la ambulancia tardaría de diez a veinte minutos, según estuviera el tráfico. Todd colgó y se apretó los ojos con las palmas de las manos.

—¿Hablaste ya? —clamó Dussander débilmente desde la cocina.

—¡Sí! —chilló Todd—. ¡Sí, sí hablé ya, maldita sea\ ¡Sí, sí, sí! \Callese de una vez!

Volvió a apretarse los ojos con más fuerza, produciendo primero leves destellos de luz y luego un campo de intenso color rojo. Contrólate, Niño-Toda. Cálmate, domínate, serénate. Tranquilo.

Abrió los ojos y descolgó de nuevo el teléfono. Ahora, la parte difícil. Era el momento de llamar a casa.

—¿Sí? —la voz suave y delicada de Monica en su oído. Por un momento (un instante sólo) se imaginó embutiéndole el cañón del 30.30 en la nariz y apretando el gatillo para el primer chorro de sangre.

—Soy Todd, mami. Ponme con papá, rápido.

Ya nunca la llamaba mami. Sabía que captaría esa señal antes que ninguna otra, y así fue.

—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo, Todd?

—¡Que se ponga papá, por favor!

—Pero, ¿qué...?

Todd oyó un matraqueo y un ruido metálico al teléfono. Oyó que su madre le decía algo a su padre. Se preparó.

—¿Todd? ¿Qué pasa?

—Es el señor Denker, papá. Él... le ha dado un ataque al corazón, creo. Bueno, estoy casi seguro.

—¡Jesús! —la voz de su padre se alejó un momento y Todd oyó que le repetía a su madre lo que acababa de decirle. Luego volvió a hablar con él—: ¿Está vivo todavía? ¿Qué te parece?

—Está vivo. Está consciente.

—Bien. Gracias a Dios. Pide una ambulancia.

—Acabo de hacerlo.

—¿A urgencias?

—Sí.

—Buen chico. ¿A ti te parece muy grave?



—No sé, papá. Los de la ambulancia dijeron que llegarían pronto, pero... bueno, estoy un poco asustado. ¿Podrías venir y esperarles conmigo?

—¡Por supuesto! Tardo cuatro minutos.

Todd oyó que su madre decía algo cuando su padre colgaba, interrumpiendo la comunicación. También él colgó.

Cuatro minutos,Cuatro minutos para hacer lo que quedara por hacer. Cuatro minutos para recordar lo que había olvidado. ¿O no había olvidado nada? Tal vez fueran sólo los nervios. Santo Dios, ojalá no hubiera tenido que llamar a su padre. Pero lo normal era hacerlo, ¿no? Claro. ¿Había alguna otra cosa normal que no había hecho? Algo...

—¡Oh, bobo de mierda! —gritó de pronto, y volvió como un tiro a la cocina. Dussander estaba con la cabeza en la mesa, los ojos entornados, indolente.

—¡Dussander! —le gritó Todd. Le sacudió con fuerza y el viejo gruñó—. ¡Despierte! ¡Despierte, viejo cabrón, asqueroso!

—¿Qué? ¿Llegó la ambulancia?

—¡La carta! Mi padre viene para acá, llegará en cualquier momento. ¿Dónde está esa carta maldita?

—¿Qué... qué carta?

—Me dijo que les dijera que había recibido una carta importante. Se lo dije —le dio un vuelco el corazón—. Una carta de ultramar... de Alemania. ¡Santo cielo! —Todd se pasó las manos por el pelo.

—Una carta. —Dussander alzó la cabeza lentamente, con dificultad. Sus arrugadas mejillas tenían un color blanco-amarillento enfermizo; tenía los labios lívidos—. De Willi, creo. De Willi Frankel. Querido... querido Willi.

Todd miró el reloj y vio que hacía dos minutos que había colgado el teléfono. Su padre no llegaría, no podría llegar a casa de Dussander en cuatro minutos, aunque podía llegar con asombrosa rapidez en el Porsche. Rapidez, ésa era la cuestión. Todo se movía demasiado aprisa. Y seguía habiendo algo que no encajaba. Y aún tenía que hacer algo; algo estaba mal; lo sentía. Pero no había tiempo para pararse y buscar la salida.

—Sí, de acuerdo; yo se la estaba leyendo y entonces se puso nervioso y le dio el ataque al corazón. Bien. ¿Dónde está?

Dussander le miraba ausente.

—¡La carta! ¿Dónde está?

—¿Qué carta? —preguntó Dussander abstraído, y Todd sintió deseos de estrangular a aquel viejo monstruo borracho.

—¡La que le estaba leyendo! ¡La de ese tal Willi lo-que-sea! ¿Dónde está?

Los dos miraron la mesa como esperando ver allí una carta.

—Arriba —dijo al fin Dussander—. En mi cómoda, en el tercer cajón. Al fondo de ese cajón hay una cajita de madera. Tendrás que romperla para abrirla. Hace mucho que perdí la llave. Hay algunas viejas cartas de un amigo mío. Todas sin firma. Y sin fecha. Todas en alemán. Una o dos hojas serán suficientes. Si te dieras prisa...

—¿Pero está usted loco? —bramó Todd—. ¡Yo no sé alemán! ¿Cómo iba a leerle una carta escrita en alemán, cretino de mierda?

—¿Y por qué iba a escribirme Willi en inglés? —le contestó-.Dussander con mucha fatiga—. Si tú me leyeras la carta en alemán, yo la entendería, aunque no la entendieras. Claro que tu pronunciación sería muy chapucera, pero de todos modos yo podría...

Dussander tenía razón, de nuevo tenía razón, y Todd no se quedó a oír más. Aun después de un ataque al corazón, el viejo le llevaba la delantera. Todd corrió pasillo adelante hacia las escaleras, deteniéndose junto a la puerta de entrada sólo lo suficiente para asegurarse de que no llegaba todavía el Porsche de su padre. No se veía aún el Porsche, pero su reloj le indicó el poco tiempo que tenía; ya habían pasado cinco minutos.

Subió de dos en dos las escaleras e irrumpió en el dormitorio de Dussander. No había estado nunca allí, ni siquiera había sentido curiosidad, y, por un instante, se limitó a estudiar un territorio desconocido. Descubrió la cómoda, un modelo barato de lo que su padre llamaba Mobiliario Moderno de Ocasión de los Grandes Almacenes. Se arrodilló delante de la cómoda y tiró del tercer cajón. Se abrió hasta la mitad, luego se salió de la guía y se quedó atascado.

—Maldita sea —murmuró. Estaba pálido como un muerto, salvo por las manchas de rojo intenso de las mejillas y los ojos azules, que parecían tan oscuros ahora como nubes de tormenta del Atlántico—. ¡Maldito cachivache, ábrete de una vez!

Tiró con tal fuerza que se tambaleó todo el mueble y a punto estuvo de caérsele encima. El cajón salió disparado y aterrizó en el regazo de Todd. Se desparramaron a su alrededor calcetines, ropa interior y pañuelos de Dussander. Hurgó entre el contenido restante del cajón y sacó una cajita de madera de unos treinta centímetros por diez. Intentó abrirla. Imposible. Estaba cerrada tal como había dicho Dussander. Todo era difícil aquella noche.

Volvió a meter toda la ropa en el cajón y hubo de forzarlo para volver a colocarlo en la guía. Volvió a atascarse. Intentó desbloquearlo, moviéndolo hacia atrás y hacia adelante, sudando a naves mientras lo hacía. Al fin consiguió cerrarlo. Se levantó con la cajita n la mano. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido?

La cama de Dussander era de esas que tienen pequeñas columnas a los pies y Todd golpeó con todas sus fuerzas la cerradura de la caja contra una de ellas. Hizo una mueca, el dolor del golpe vibró en sus manos y le recorrió los brazos hasta los codos. Miró la cerradura. Parecía un poco abollada, pero estaba intacta. Volvió a golpearla de nuevo contra la cama, más fuerte esta vez, ignorando el dolor. Saltó de la columna una astilla pero la cerradura de la cajita no cedió. Todd soltó una risotada y se acercó al otro lado de la cama. Esta vez alzó la cajita por encima de la cabeza y la lanzó al suelo con todas sus fuerzas. El cierre se astilló.

Cuando alzaba la tapa, los faros atravesaron la ventana de Dussander. Revolvió y escarbó nervioso el contenido de la caja. Tarjetas postales. Un medallón. Un retrato muy doblado de una mujer con unas ligas negras muy escaroladas por único atuendo. Un viejo billetero. Varias tarjetas de identidad. Una carpeta de pasaporte vacía, de piel. Y, al fondo, cartas.

Las luces se hicieron más intensas y ya podía oír el rumor peculiar del motor del Porsche. Se hizo más fuerte... y luego cesó.

Todd separó tres hojas de papel de carta tipo correo aéreo densamente escritas en alemán por ambos lados y salió a toda prisa del dormitorio. Casi había llegado ya a las escaleras cuando se dio cuenta de que había dejado la cajita forzada sobre la cama. Volvió al dormitorio corriendo, la tomó y abrió el tercer cajón de la cómoda.

Volvió a atascarse, esta vez con un ruido fuerte de madera contra madera.

Oyó el frenazo del Porsche, oyó abrirse la puerta del conductor, y cerrarse luego.

Todd podía oír también, vagamente, sus propios lamentos. Metió la caja en el cajón torcido, se irguió y le dio una patada. EÍ cajón quedó pulcramente cerrado. Se quedó parpadeando un momento y luego corrió al pasillo. Bajó corriendo las escaleras. A la mitad, oyó el rápido matraqueo de las pisadas de su padre en el camino de la casa de Dussander. Saltó la barandilla, aterrizó ágilmente y corrió a la cocina con las hojas de la carta aleteando en la mano.

Una llamada a la puerta.

—¡Todd! ¡Todd, soy yo!

Y en el mismo instante pudo oír también la sirena de la ambulancia a lo lejos. Dussander había vuelto a sumirse en una especie de semiinconsciencia.

—¡Voy, papá! —gritó Todd.

Dejó en la mesa las hojas de la carta, desplegándolas un poco, para dar la impresión de que se hubieran dejado caer precipitadamente; volvió luego al pasillo y dejó entrar a su padre.

—¿Dónde está? —preguntó Dick Bowden, empujando con el hombro a Todd al pasar.

—En la cocina.

—Lo has hecho muy bien todo, Todd —le dijo su padre, y le abrazó de un modo torpe y desconcertante.

—Espero no haberme olvidado de nada —dijo Todd modestamente, y siguió a su padre por el pasillo hacia la cocina.

Con las prisas de sacar a Dussander de la casa, se ignoró la carta casi por completo. El padre de Todd la tomó un momento y enseguida tuvo que dejarla porque llegaron los de la ambulancia con la camilla. Todd y su padre siguieron a la ambulancia, y la explicación de lo ocurrido que dio Todd fue aceptada sin cuestionar nada por el médico que atendió a Dussander. Después de todo, el «señor Denker» tenía ochenta años y sus hábitos no eran precisamente perfectos. El médico felicitó a Todd con cierta rudeza, por haber pensado y obrado con rapidez. Todd le dio a su vez las gracias lánguidamente y preguntó a su padre si podían irse a casa.

En el camino de vuelta, Dick le repitió lo orgulloso que estaba de él. Todd casi no le oía. Estaba pensando otra vez en su 30.30.
18
Aquel mismo día se fracturó la espalda Morris Heisel.

Morris no tenía la menor intención de partirse la espalda; sólo pretendía arreglar el canalón de la parte oeste de su casa. Nada más ajeno a su pensamiento que la idea de romperse la espalda, ya había sufrido bastante en la vida sin necesidad de eso. Su primera esposa había muerto a los veinticinco años y también habían muerto sus dos hijas. Y también había muerto su hermano, en 1971, en un trágico accidente de automóvil, cerca de Disneylandia. El propio Morris, que ya casi tenía sesenta años, veía agravarse su artritis por momentos. Y también tenía verrugas en las dos manos, verrugas que parecían reproducirse al mismo ritmo que el médico las iba quemando. Y también era muy propenso a las jaquecas, y en los dos últimos años su vecino Rogan había empezado a llamarle «El Gato Morris». ¿Que tal le sentaría a Rogan, le había dicho Morris a Lydia, su segunda esposa, que él empezara a llamarle «La Hemorroide Rogan»?

—¡Basta, Morris! —le decía Lydia en tales ocasiones—. No sabes aguantar una broma, eres incapaz de aceptarla. A veces me pregunto cómo pude casarme con un hombre que carece por completo de sentido del humor. Vamos a Las Vegas —había dicho Lydia, dirigiéndose a una cocina vacía como si la escuchara una horda invisible de espectadores que sólo pudiera ver ella—, vemos a Buddy Hackett y Morris no se ríe ni una sola vez.

Además de la artritis, las verrugas y las jaquecas, Morris también tenía a Lydia, que. Dios la bendiga, se había vuelto pesadísima en los últimos cinco años o así... desde que se hizo la histerectomía. Así que bastantes preocupaciones y problemas tenía sin tener que añadir la espalda rota.

¡Morris! —gritó Lydia, saliendo por la puerta de atrás y secándose las manos con un paño de cocina—. Morris, bájate inmediatamente de esa escalera.

—¿Qué? —torció la cabeza para poder verla. Estaba en los peldaños más altos de la escalera de aluminio. En el peldaño en que estaba él, había una etiqueta amarillo chillón que decía: ¡peligro! ¡puede perderse el EQUILIBRIO DE PRONTO PASANDO DE ESTE PELDAÑO! Morris llevaba puesto el delantal de carpintero de los grandes bolsillos, uno lleno de clavos, y el otro, de grapas grandes. El suelo era levemente irregular bajo la escalera y ésta tembló un poco al moverse él. Le dolía un poco el cuello, preludio desagradable de una de sus jaquecas. Estaba fuera de sus casillas—. ¿Qué?

—He dicho que te bajes inmediatamente de ahí, antes de que te rompas la espalda.

—Casi he terminado ya.

—Te balanceas ahí arriba como si estuvieras en una barca, Morris. Bájate ahora mismo.

—Bajaré cuando haya acabado —dijo, irritado—. ¡Déjame en paz!

—Vas a romperte la espalda —repitió con tristeza ella, y volvió a entrar en casa.

Diez minutos después, cuando clavaba el último clavo en el canalón, inclinado hacia atrás bastante peligrosamente, oyó un bufido felino, seguido de un fiero ladrido.

—¡Válgame Dios, pero qué...!

Miró alrededor y la escalera se balanceó peligrosamente. En aquel mismo instante, su gato (que se llamaba Lover Boy, no Morris) dobló la esquina del garaje con los pelos de punta y los ojos llameantes. El cachorro de pastor escocés de Rogan lo perseguía furioso, con la lengua fuera, arrastrando la correa tras él.



Lover Boy, que al parecer no era supersticioso, pasó corriendo bajo la escalera de Morris. El pastor le siguió.

—¡Cuidado, cuidado, perro estúpido! —gritaba Morris.

La escalera se tambaleó. El cachorro le dio un golpe y la escalera cayó y Morris cayó con ella, lanzando un grito. Grapas y clavos saltaron por los aires. Aterrizó mitad en el camino pavimentado de coches y mitad fuera y sintió un dolor tortísimo en la espalda. Más que oír que se le rompía la columna, lo sintió. Luego, el mundo se sumió en la oscuridad.

Cuando volvió en sí, seguía allí tirado, mitad sobre el camino de coches, mitad fuera del mismo sobre un lecho de clavos y grapas. Lydia estaba a su lado, inclinada sobre él, llorando. Y estaba allí también Rogan, el vecino de al lado, la cara tan blanca como un sudario.

—¡Ya te lo dije! —balbucía Lydia—. ¡Te dije que te bajaras de esa escalera! Y ahora mira. ¡Mira ahora lo que te ha pasado!

Morris descubrió que no tenía ninguna gana de mirar. Tenía una franja angustiosa de dolor ceñida a la cintura como un cinturón v eso era grave; pero había algo mucho peor: por debajo de aquel cinturón de dolor no sentía nada: absolutamente nada.

—Ya te lamentarás luego —le dijo secamente—. Ahora llama al médico.

—Llamaré yo —dijo Rogan; y corrió hacia su casa.

—Lydia —dijo Morris. Se humedeció los labios.

—¿Qué? ¿Qué, Morris? —se inclinó hacia él y le cayó una lágrima en la mejilla. Sería conmovedor, supuso él, pero le había hecho encogerse, con lo que el dolor se había agudizado.

—Lydia, tengo además una de mis jaquecas.

—¡Oh, cariño! ¡Pobrecito mío, Morris! ¡Pero ya te dije yo...!

—Tengo la jaqueca porque ese perro potzer de Rogan se pasó toda la noche ladrando y no pude dormir. Y hoy ese perro se pone a perseguir a mi gato, tropieza con la escalera y ahora creo que me he fracturado la espalda.



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